La
vida
en
Graxos
En
el
siglo
XIV
Esta breve reseña histórica, de cuando
nuestro Graxos no pasaba de ser un pequeño villorrio bajo-medieval,
allá por los tiempos de Maricastaña, está dedicada
a todos aquellos que aman su pueblo, sienten curiosidad por su historia
local y han leído, al menos, un libro en su vida.
Pedro, el marido de Anita
PRÓLOGO
La baja Edad Media es una época compleja. No todo era oscurantismo
y guerra, cierto, pero sí había demasiada oscuridad en
la mente rural de los campesinos, miserias e ignorancias, enfermedades,
abusos, supersticiones y miedo. Y cuán pocos los dispuestos a
iluminar cuerdamente dicha época...
En la baja Edad Media, hablar del campo es tanto como hablar de los
campesinos, quienes constituían la inmensa mayoría de
la población. Eran criaturas sencillas, nacidas y formadas en
un mundo sencillo, determinado por la alternancia de las estaciones
del año y la preocupación cotidiana de lograr comida para
el día y leña para calentar la noche. La cerrada sociedad
bajomedieval, en la práctica, no les garantizaba nada. Si no
llovía lo bastante o si llovía demasiado, o se cernían
las plagas sobre los campos, el hambre era segura. El cultivo de las
tierras que se poseían absorbía la preocupación
de la familia campesina, que aportaba, lógicamente sin retribución,
el trabajo de todos los miembros que se hallaban en condiciones apropiadas
para ello. No importaba que los rendimientos de tan ímprobos
trabajos, a lo largo de muchos años, aun de generaciones completas,
fueran casi ínfimos. Todos los esfuerzos se volcaban para garantizar
la pervivencia de una menguada economía doméstica: Todo
es mata y por rozar... Ahora bien, la economía campesina medieval,
cuyo ideal se basaba en conseguir un equilibrio entre producción
y consumo, no era un mundo cerrado y autónomo, pues formaba parte
de una sociedad feudal, pero caracterizada por la generalización
de las relaciones de interdependencia a todos los niveles. Las unidades
de estas producciones familiares de los campesinos bajomedievales estaban
insertas, hablando en términos muy generales, en las redes del
territorial Señorío de Behetría. Consecuencia de
semejante situación servil -ya hubiese sido la cosecha del año
abundante, o misérrima-, era que una parte muy importante de
los productos de los campesinos pasaba a las manos de los Señores,
lo que suponía una gravosa carga para la economía del
labriego y su familia.
La historia del campesinado medieval ha sido escrita básicamente
a partir de las fuentes procedentes de aquellos que les explotaban,
es decir, de los Señores feudales, pues los rústicos,
la inmensa mayoría analfabetos, no nos han dejado testimonios
suyos. ¿Y qué decir del magnate castellano don Juan Manuel
quien, en su Libro de los estados, afirmaba categórico de los
campesinos que, puesto que eran menguados de entendimiento... son sus
estados muy peligrosos para salvamento de las almas? Ni siquiera cabía
para los labriegos, al decir de este brillante escritor y orgulloso
aristócrata, la misericordiosa esperanza de la posible salvación
eterna. Así definían las Partidas a los campesinos: los
que lavran la tierra e fazen en ella aquellas cosas por que los omes
han de vivir e de mantenerse.
Enrique de Villena ya nos señalaba cómo el mundo del campesinado
estaba constituido por villanos, cavadores e labradores, hortelanos
e los que se alquilan a jornales.
Donde dice gran verdad el rey sabio Salomón,
el siervo con su señor non andan bien aconpañón,
nin el pobre con el rico non partirán bien quiñón,
nin será bien segurada oveja con el león.
(Libro de miseria de omne; siglo XIV)
La precariedad de la existencia en el ámbito del campesinado
rural, sobre todo, se manifestaba en la vivienda, mínimamente
acondicionada para proteger a las personas y a los animales de las inclemencias
meteorológicas; en la gastronomía, donde el pan de príncipes
de los poderosos, amasado con trigo y complementado con una mayor variedad
dietética, se contrapone al pan salvaje de los modestos campesinos
quienes, en los casos extremos, recurrían a la limosna alimenticia
a cargo del clero o del Concejo; y aun en los juegos y diversiones,
puesto que, si para las clases subalternas era una interrupción
espontánea a su calendario laboral, para la nobleza se había
convertido en un elemento característico del ritual del poder.
Tan sólo fiestas como el Carnaval servían de válvula
de escape a los más desheredados, de un desorden controlado que
tan sólo suponía romper por unos días la norma
-disfraces, parodias, etc.- para reafirmar la conducta del orden establecido.
En algunos de los viejos burgos castellanos, como nuestra amurallada
Ávila, una ruidosa banda de músicos con sus trompas, cornetas,
flautas, dulzainas, timbales y chirimías rondaba por toda la
ciudad seguida de una multitud que aprovechaba los espacios abiertos
de las plazas para danzar al son de las melodías de los juglares,
en tanto que un hombre emplumado, a sueldo del Concejo, para diversión
de las gentes y satírica burla de las mujeres, recorría
las desniveladas calles con un enorme falo de madera sujeto por una
correa entre las piernas, con el que perseguía a las solteras,
a las viudas, y a todo cuanto llevase faldas, dirigiéndoles gestos
obscenos. (CORRAL, José Luis; El invierno de la corona)
- Una vez que el pueblo llano se arremangó, hasta el culo se
le vio.
- Sí, tanta razón le cumple a vuestra merced en la sentencia
que harto le sobra; pero una anárquica polvareda de jolgorio
y desgobierno levantada al año... bien me tengo creído
que a ningún obispo le hacía daño.
Ahora imaginad un mundo en el que el sol marca el ritmo de vida de
los habitantes, donde hallarse en el bosque cuando anochece puede suponer
la muerte, un mundo en el que se es viejo, pero viejo de verdad, con
tan sólo treinta años. Estas masas de siervos eran gentes
sin el menor asomo de instrucción. Una realidad en la que nadie
sabe leer, ni tan siquiera el noble de la zona, y el párroco
del lugar, con suerte, se sabe algunos pasajes de su Biblia en el latín
de la soldadesca que quedó en nuestra península. Muchos
de ellos no veían una página escrita en todos los días
de su vida y, aunque la hubieran visto, tampoco habrían podido
descifrarla. El analfabetismo era la tónica general. A duras
penas sabían contar, y aunque algunos de entre ellos podían
hacer sumas y restas sencillas, la multiplicación y la división
les eran del todo complejas e inalcanzables. En realidad, sólo
conocían aquello que sus padres y los curas les habían
explicado. Consideraban artículos de fe las supersticiones de
todas clases y aun las creencias más absurdas. Al nacer ingresaban
en un mundo en el que ya se habían diseñado para ellos
todas las posibles respuestas que necesitarían escuchar hasta
el momento de morir. La religión lo explicaba todo: era la ciencia
universal. No eran más que unos simples campesinos. Nunca llegarían
a comprender las sutiles normas que rigen el mundo. Para ellos las cosas
eran como eran y nada más: vivían en la ignorancia, como
los animales silvestres.
- Éste es todo nuestro mundo, miçer Escribano, nuestra
aldea, nuestra comarca..., es el lugar que nos ha asignado Dios, y no
nos incumbe poner en duda la voluntad del Señor.
La voluntad divina era la única razón última y
suprema, y el miedo a un más allá de tormentos infinitos
el freno decisivo para la conducta moral. El diablo andaba suelto por
el mundo y, de vez en cuando, alguien lo veía bajo uno u otro
aspecto siniestro, ocupado en todo tipo de faenas, desde las más
terroríficas hasta las más absurdas. Además, el
imaginario colectivo disponía de una amplia panoplia de trasgos,
fantasmas, aparecidos, espíritus, brujas, hechiceros, nigromantes,
duendes y ogros, mimbres con los que se tejían desde la tierna
infancia verdaderos monumentos al terror en las conciencias populares.
De manera que, en la edad adulta, se creía firmemente en el mal
de ojo, los ensalmos, la magia negra, la posesión o la brujería.
Por si las amenazas del otro mundo no fueran suficientes, los poderes
terrenales se encargaban de purgar cualquier exceso cometido en éste.
Las leyes eran muy duras y se aplicaban con celo y rigor. A sus infractores,
en un mayor o menor grado les cabía esperar mutilaciones, grilletes,
palos, azotes, mazmorras, tormentos y, al final del camino, el sencillo
y lúgubre perfil de la horca. Claro que, de cara a la ley, todo
dependía del puesto que uno ocupara en la escala social. El Señor
lo era por su cuna, y muy mal le tenían que ir las cosas para
que dejara de serlo. En cuanto al siervo, no tenía la menor posibilidad
de mejorar su estado. Su destino ya estaba marcado a fuego: siervo nacía
y siervo moría, lo mismo que sus abuelos, sus padres y sus hijos.
A los siervos, la inteligencia les servía de muy poco. El amo
prefería unas buenas manos ágiles y encallecidas que una
buena cabeza. En cuanto a las siervas, la belleza solía ser,
por razones obvias, más un inconveniente que una ventaja para
ellas. Entonces, los hijos bastardos eran mucho más numerosos
que los descendientes legítimos.
- Justicia de lugar: ahorcar al hombre y después hacer la pesquisa.
El templo, la guerra y la caza estaban sujetos al tiempo de los humildes,
del trabajo cotidiano en el campo: todo está sometido a los ritmos
agrarios, a las épocas y los trabajos adjudicados, y no por capricho,
a los períodos de explosión vital -los meses de mayo y
junio-, a los de cosecha y vendimia -entre julio y septiembre-, a los
de acopio de carnes -noviembre-, o a los de inactividad agraria forzosa
-de diciembre a febrero-, en general. Las grandes fiestas y los momentos
de recaudación de rentas (Santa María de Agosto, San Miguel,
San Martín) se vinculan muchas veces a momentos destacados del
calendario agrícola, e incluso el período de gran abstinencia
y ayuno, la Cuaresma, ocurre en el momento del año en que las
reservas están a punto de agotarse y todavía no es posible
evaluar los recursos de las cosechas nuevas. Los ritmos del tiempo rural,
caracterizados por el predominio de la continuidad, incluso de la rutina,
mandaron, por lo tanto, sobre el conjunto social durante siglos, e informaron
su concepto del trabajo -de sol a sol- de la vitalidad diurna, y de
la ociosidad forzada, del miedo ancestral y del no-ser vinculados a
la noche, que condicionaron a las mentalidades colectivas en un sentido
mágico: noche-oscuro-negro = el mal; día-luz-azul-rubio
= el bien.
- En el ámbito rural, apenas si hemos evolucionado lo suficiente.
No es una época de maravillas, es un lento transcurrir de monótonos
días, extremadamente aburrido y harto rutinario. La gente normal
trabaja de sol a sol, vive en casas de base de piedra si tiene suerte
y posibles, y de adobe si no, y techadas con bálago. Casas con
una sola habitación, frías y pequeñas, sin cristales
en las ventanas -cuando las había- y con cortezas de madera formando
la puerta. ¡Cuántas veces la lluvia se abría paso
en forma de goteras por el tejado de paja, calándolo todo de
humedad! El mero hecho de hacer la lumbre para poner el diario puchero,
y de paso calentar la casa, era una ardua tarea que requería
paciencia y tino. El método más extendido era el de la
yesca preparada de antemano cabe el hogar -una materia muy seca, normalmente
trapo, cardos u hongos desecados, preparada para que cualquier chispa
prendiera en ella- el eslabón y el pedernal, una piedra muy dura.
Consistía en golpear por los bordes dos trozos de pedernal muy
cerca del trozo de yesca que hacía de mecha, o el perdenal contra
el eslabón. A base de chasquidos, paciencia y buen tiento, las
chispas saltaban y prendían pronto en la materia deshilachada
y reseca. A continuación, con unas pajas o helechos quedaba preparado
el comienzo de la lumbre para el fuego. Nada se les puede robar a sus
míseros moradores porque nada tienen éstos de apetecible.
En las ciudades o burgos, que ya florecen poco a poco, en estos momentos
la vida de los burgueses no es mucho mejor que la del rural campesino:
están recluidos en gremios de artesanos; los toques de queda
marcan su rutina diaria; sufren altos impuestos y gozan de menos libertades
de movimientos que en el campo. Además, las enfermedades se propagan
mejor entre los numerosos grupos de personas hacinadas en los barrios
y a través de los ríos de aguas fecales que, al no encauzarse
eficientemente de ninguna manera, discurren con absoluta libertad por
entre las plazas, calles y callejones de las casas. En el pueblo, el
estiércol se sacaba de las cuadras a la calle para ser llevado
después a las tierras para su abonado, y en la vía pública
permanecía hasta que el montón alcanzaba el volumen necesario
para colmar una carreta. El lugar olía con aromas fuertes: a
mantequilla y queso, también a establo y a montones de estiércol.
Y esto era normal; tan normal, que como tal era tenido y aceptado por
todos; sin embargo había alguna ocasión en que por el
propio decoro se exigía imperiosamente fuera retirada la basura,
al menos de las callejuelas lindantes con la iglesia, como por ejemplo
al paso de las devotas procesiones. De aquí se determina que:
"... e mando a los mayordomos e al cura que hagan poner quentos
a la entrada de la calle, para el debido cumplimiento." Tomándole
prestada la expresión a Miguel Delibes, nuestro villorrio "resultaba
polvoriento y árido en verano, frío y cenagoso en invierno
y sucio y hediondo en todas las estaciones". ¡Ah!, ese barro
helado en la calle durante casi medio año...
Acontecimientos como el que una mujer de la aldehuela fuese a dar a
luz eran un gran suceso. Todo el mundo conocía a todo el mundo,
incluso en las emergentes ciudades importantes, pues en éstas
podían llegar a juntarse hasta unas setecientas o mil almas,
no más. Y como, por otro lado, cada uno era conocido por el cargo
que ocupaba, o el que ocupaba alguno de sus parientes, era aún
más fácil saber quién era quién en cada
comunidad. A los extraños se les observaba con una mezcla de
cierto respeto y curiosidad. Normalmente se les acogía con alegría,
ya que podían contar historias de lugares lejanos... Lo normal,
y más habitual, es que la vida entera transcurra en el sitio
en el que se ha nacido. El mundo conocido por la mayoría de los
habitantes del lugar de los Graxos era muy reducido, no tendría
más allá de una jornada a pie en cualquier dirección.
Apenas si se viajaba. Era realmente difícil puesto que existían
pocas comunicaciones y, además, los caminos que se solían
usar no eran más que barrizales, tan anchos como los carros de
los bueyes de los mercaderes o campesinos, y que servían para
unir los siervos del feudo de behetría con el castillo de su
Señor o las ciudades más cercanas. Además, existía
el miedo a las bandas organizadas de salteadores y asesinos que vivían
en los bosques. Muchos de los caminos reales eran prácticamente
intransitables y las condiciones climatológicas los hacían
aún más difíciles de recorrer. Hay que tener en
cuenta que lo más normal entre los campesinos era viajar a pie
ya que, generalmente, no poseían montura. La mayor parte de las
órdenes monacales también viajaban a pie, pues tan sólo
los Señores más poderosos y los clérigos con mayor
influencia y poder, como los obispos y abades, poseían medios
propios para realizar largos viajes a caballo y, además, con
su debida escolta. En condiciones normales, por los caminos pedregosos
y favorecidos por una climatología benévola, se podían
llegar a recorrer entre los 15 y 18 Kms. de media por jornada. En algunas
ocasiones excepcionales, y por caminos romanos por ejemplo, se podían
llegar a hacer hasta los 38 kms. en un día. Una montura ampliaba
las posibilidades de ver mundo, de alejarse uno de su lugar de nacimiento
-sólo al alcance de los siervos libres, claro, que sí
podían disponer de montura propia- y acercarse hasta las personas
de otras poblaciones diferentes. A caballo, en una jornada, se podían
llegar a recorrer hasta los 45 Kms.
El tiempo tenía para el hombre medieval dos referentes muy precisos:
el primero, de carácter físico, era el sol; el segundo,
de carácter espiritual, eran las campanadas de las iglesias.
Una vez más se ponía de manifiesto la dependencia del
ser humano respecto de la naturaleza y de la religión. La jornada
se iniciaba con la salida del sol, y su puesta significaba el final
del trabajo diario. Las otras formas de contar el tiempo eran el adecuarse
a las oraciones de los eclesiásticos. Las horas canónicas
dividían las 24 horas del día. Cada tres horas, las campanas
de la iglesia monástica anunciaban a los monjes el correspondiente
rezo y, al resto de ciudadanos, la hora del día: a medianoche,
Maitines; a las tres de la madrugada, Laudes; a las seis, Prima; a las
nueve, correspondía Tercia; a mediodía, Sexta; a las tres
de la tarde, Nona; a las seis, Vísperas; y a las nueve de la
noche, Completas. No sólo en el ámbito campesino, también
en las ciudades las campanas de las iglesias ejercían un papel
determinante, al igual que el nacimiento y el ocaso del sol.
En nuestra aldea, la medida del tiempo no eran los días del calendario,
¿para qué? Lo que contaba en la aldehuela eran las estaciones,
primavera, verano, otoño e invierno, los domingos y las demás
fiestas de guardar. Casi nadie sabía en qué año
vivía. En nuestro lugar de los Graxos se tocaba a "ñublao",
a la saca de los cerdos y a la reunión comunal en la plazoleta,
para extinguir el fuego devorador o bien arreglar por vecera y a hombro
de vecino los caminos desigualados. La diferencia en la percepción
del paisaje era muy acusada entre los habitantes de un mismo lugar:
entre el estante agricultor, el pastor trashumante o el carretero, buhoneros
y arrieros, mercaderes o peregrinos, contraponiéndose así
dos formas de vida bien diferenciadas, una sedentaria, estática
e inmóvil, y dinámica la otra: aferrado el campesino a
la tierra como las raíces del árbol, y utilizándola
como simple vector de inquieto desplazamiento, los segundos. Éstos
últimos están más abiertos a nuevas experiencias,
extrañas y diversas pero, a su vez, también enriquecedoras;
a encuentros fortuitos en las encrucijadas camineras o cañariegas,
cabe los indicadores cruceros de piedra, que les permite toparse desde
las sufrientes cuerdas de los esclavos y penados galeotes hasta con
las joviales y festivas compañías de los cómicos
de la legua; caballeros y gitanos, verdugos y caldereros, muleros y
vendedores de bulas, músicos y ladrones, juglares y salteadores,
bufones, obispos, mendicantes, trujamanes y fornicarias... El refranero
lo recoge en un tono picante cuando nos dice de forma regocijada: Entre
Medina y Olmedo te encontrarás una mula, una monja y una puta.
- ¿Y por ese orden? ¿Nadie de más valor o algún
interés?
La Reconquista -según Juan Eslava Galán, Plaza & Janés
editores, 1999: TUMBAOLLAS y hambrientos-, además de los motivos
patrióticos de recuperación de las tierras que eran nuestras,
se hizo para ganar pastos estacionales a la oveja cristiana y por cambiar
el alforfón, más propio de las tierras malas o demasiado
altas, por el trigo candeal, es decir, las inciertas gachas negras y
ásperas por el cotidiano pan blanco y suave. La vida rural, entonces
era relativamente sencilla, agraria y ganadera. Los habitantes de villorrio
tan aislado vivían lejos de las desgracias grandes y pequeñas
que afectaban al mundo, y casi nunca pasaba nada. Por noviembre se hacía
la matanza del puerco; en enero se molían las aceitunas; por
mayo se recogían las habas y comenzaban los frutos; era también
el mes de los ruibarbos, de las truchas, de las cabrillas... Luego llegaba
el verano, y con él la esperada cosecha del cereal y la odiada
guerra, ir al moro o correr del moro que viene; a veces la guerra y
el cereal mezclados, entorpeciéndose mutuamente.
No había mucho que repartir, pero aun eso se procuraba que estuviera
mal repartido. La población estaba dividida en tres estamentos
inamovibles: el aristocrático-militar, el eclesiástico
y el civil. El primero defendía la tierra; el segundo, impetraba
el auxilio divino para asegurar las victorias del primero; y el tercero,
es decir, el campesino, se deslomaba trabajando de sol a sol para mantener
a militares y clérigos. Y con lo que quedaba, que no era mucho,
procuraba no morirse de hambre, desconsideración que hubiese
acarreado un gran quebranto a la milicia y al clero, y los hubiese distraído
de sus altas misiones. Como además la tierra era mala, más
adecuada para el pastoreo que para la agricultura, se entiende que las
hambrunas fueran la constante amenaza de los campesinos laboratores.
Nos dice don Juan Manuel:
"Et digo vos que todos los estados del mundo son tres: oradores,
defensores e labradores. Cada uno destos son muy buenos en que puede
omne fazer muncho bien en este mundo e salvar el alma". La idea
más sencilla acerca de la sociedad durante la Edad Media ha sido
como sigue: los sacerdotes rezaban, los caballeros luchaban, los campesinos
trabajaban, y todos aceptaban y sabían perfectamente cuál
era su sitio.
"porque al cielo caminando,
ya llorando, ya riendo,
van los unos padeciendo,
y los otros peleando".
(GUILLÉN DE CASTRO. Las mocedades del Cid. 2191-2194)
El siglo XIV era un mundo en desintegración y muy peligroso.
Era un mundo dominado por la religión: la mayoría de la
gente asistía a la misa al menos una vez al día. Sin embargo,
constituía un universo cerrado y en extremo violento; donde las
huestes invasoras, por costumbre, arrasaban culturas seculares, y mataban
a cuantos encontraban a su paso; donde se descuartizaba de manera rutinaria
a las mujeres, ancianos y niños; donde se destripaba a las embarazadas
por imperativo (¡es la guerra!), mero deporte y aun simple diversión...
Era un mundo de fronteras cambiantes y mudables lealtades y, esos cambios,
a menudo, se producían inesperados de la noche a la mañana.
Era un mundo que ensalzaba los ideales caballerescos y, al mismo tiempo,
se saqueaba, se destruía, se traicionaba y aun se asesinaba indiscriminadamente;
donde se consideraba a las mujeres como unos seres inermes y delicadas
damas de ensueño cuando, en realidad, administraban grandes fortunas,
gobernaban castillos, tomaban amantes a su antojo y sin escrúpulos,
y maquinaban abominables traiciones, sangrientos crímenes y rebeliones.
Era un mundo, en fin, de odio y muerte, de hazaña y egoísmo,
de epidemias devastadoras como la letal peste negra y aventura de Cruzada,
de enfermedades incurables, de hambrunas y de guerras permanentes...
Un siglo XIV en el que los propios obispos y sacerdotes convocaban a
la guerra santa, al tiempo que la Iglesia exigía a los Señores
que hacían la guerra, y a sus vasallos, que hicieran penitencia
tras cada combate. El que había matado a un enemigo en el campo
de batalla tenía que guardar un año de ayuno y, cuarenta
días, por cada herido. Un arquero, que no podía saber
con certeza si había matado al enemigo o si sólo lo había
herido, tenía que ayunar tres veces cuarenta días. A un
mercenario que luchaba únicamente por la soldada le correspondía
la misma penitencia que a un vulgar asesino: tenía que hacer
una peregrinación a Roma, Santiago o Jerusalén para expiar
el grave pecado mortal que representaba el asesinato cometido. Los vasallos
hacían caso omiso de tales disposiciones, y los nobles feudales
compraban la exención con un donativo al monasterio correspondiente,
y dejaban que los monjes ayunaran en su lugar. (BAER, Frank; El Puente
de Alcántara)
Yo a muchos monjes vi en sus predicaciones
denostar el dinero y a las sus tentaciones;
pero, al fin, por dinero, otorgan los perdones,
absuelven el ayuno y ofrecen oraciones.
(Arcipreste de Hita: Libro de Buen Amor)
¿Eran felices nuestros antepasados del lugar de los Graxos? No
hay manera de saberlo, porque en esta época nadie se molestó
demasiado en escribir sobre sus vidas, y ellos mismos no sabían
hacerlo. Como en tantos lugares de los reinos de Castilla y León,
el lugar de los Graxos era solar de un noble Señor feudal. Tierras
sobre las que el Señor de behetría tenía pleno
dominio sobre la inmensa mayoría de sus rurales y campesinos
pobladores: los siervos de la gleba. El único noble que conocían
era el Señor de todas aquellas tierras, que se presentaba en
la aldea cada dos o tres años para que le rindieran pleitesía,
para cazar en los bosques y para consumir, él y su séquito,
buena parte de las escasas provisiones existentes. Hecho esto se ponía
de nuevo en camino y los lugareños hacían tres cruces
sobre sus castigadas espaldas a ver si con ese conjuro se le olvidaba
la visita durante una larga temporada. Pero no les valía de nada;
aunque el Señor no se presentase en la aldea, no dejaban de hacerlo
en los meses fijados, y todos los años, sus intransigentes y
despiadados recaudadores.
Nos preguntamos cómo sería pasar la vida entera en aquel
siglo XIV. Vivir y amar, un día tras otro, enfrentados a un constante
y asiduo peligro, amenazados permanentemente por las contagiosas y letales
enfermedades, por el hambre, la violencia desatada y el pillaje, la
peste, la muerte... ¡Estar vivo en aquel mundo de contrastes!...
Por otra parte, no cabe duda de que el trabajo era pesado, pero era
al aire libre, estaban acostumbrados a él y, excepto en algunas
épocas como las de la siega, no tenían ningún apremio.
Es probable que sus días de descanso sumaran un buen total a
lo largo del año laboral, si tomamos en cuenta todas las fiestas
y los días sagrados:
"No hay ventanas que sojuzguen tu casa, no hay gente que te dé
codazos, no hay caballos que te atropellen, no hay pajes que te griten,
no hay hachas que te enceren, no hay justicias que te atemoricen, no
hay Señores que te precedan, no hay ruidos que te espanten, no
hay alguaciles que te desarmen, y lo que es mejor de todo, que no hay
truhanes que te cohechen ni aun damas que te pelen".
(Antonio DE GUEVARA, "Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea")
Los aldeanos tenían sus derechos: en el tribunal del feudo aconsejaban
a los Señores feudales sobre lo que debía hacerse (otra
cosa bien distinta es que éstos les hicieran caso), y sobre cuáles
eran las costumbres del dicho feudo. Pero si no eran felices -de nunca
se tuvieron noticias de que gozaran de la castellana y panzuda olla
labriega, mansamente cocida con las bostas del ganado, preñada
con sus tres tumbos reglamentarios: caldo, legumbres y carne-, tampoco
podían hacer grandes cosas para remediarlo. Cuando la vida se
les hacía demasiado mísera como para soportarla estoicamente,
o cuando sucedía algo que les transformaba el disgusto y la frustración
en ira irreprimible, entonces era cuando se producían las sangrientas
revueltas del campesinado, sofocadas de ordinario por el Señor
feudal a horca y cuchillo.
Siguiendo los pasos que nos marca Gwyneth Morgan en su libro "La
vida en un pueblo medieval", y salvando las inevitables diferencias
tanto climáticas, paisajísticas y de suelo, como las temperamentales
e históricas, entre los habitantes de su Inglaterra del siglo
XIII y nuestra Castilla del XIV, vamos a imaginarnos juntos cómo
pudo transcurrir en nuestro lugar de los Graxos el diario quehacer cotidiano
-toda una existencia- de uno cualquiera de nuestros antepasados en tiempos
de Alfonso XI el Justiciero, Pedro I el Cruel, Enrique II el de las
Mercedes, Juan I y Enrique III el Doliente, todos Reyes de Castilla:
las vidas de los campesinos europeos no se diferenciaban sustancialmente
entre unos países y otros. Es en este siglo XIV cuando la aldea
de los Graxos se separa de Manjabálago y "se hizo lugar
de por sí, y se puso justicia en él". (Los nombres
de los personajes que aquí aparecen, salpicando de anacrónicos
aromas la descripción, no me los he inventado, no señor,
que había personas que así se llamaban y yo no tengo la
culpa: los he entresacado de la "Historia de las grandezas de Ávila",
del P. Ariz)
- Ya tendrán su aquél, ya. ¿Su merced no los encontró
más normalitos?
- Pues, no; más llamativos sí, pero normalitos...
En la historia general de este siglo XIV, la peste, la guerra y el hambre
ocupan un lugar de excepción. Son numerosos los testimonios en
Castilla y León que, por estas fechas, nos hablan de grandes
epidemias, mortandades inexplicables y sin cuento, y de lugares despoblados
o de simple disminución de los habitantes y fuegos de unas determinadas
localidades. Ya al inicio del siglo, la crónica de Fernando IV
de Castilla, en el año 1301, dice al respecto:
"E este año fue en toda la tierra muy grand fambre; e los
homes morianse por las plazas e por las calles, e fue tan grande la
mortandad en la gente, que bien cuidaran que muriera el cuarto de toda
la gente de la tierra".
En el primer tercio de este siglo XIV, numerosos Concejos castellanos
pidieron a los monarcas que les rebajaran sus contribuciones fiscales,
pues había descendido el número de sus habitantes. La
principal causa de las mortandades hay que buscarla en la mortífera
peste negra. Según la Crónica de Alfonso el Onceno, "esta
fue la primera et grande pestilencia que es la llamada mortandad grande
[...] et fue la voluntat de Dios que el Rey [Alfonso XI] adoleció,
et ovo una landre [bubón]. Et finó viernes de la semana
santa" (año de 1350). En las Cortes de Valladolid de 1351
se toman medidas en relación directa con la epidemia: ordenamiento
de precios y salarios, revisión de numerosas cabezas fiscales,
reducción desde un año a seis meses del tiempo que debía
esperar una viuda para contraer segundas nupcias, etc. En 1363-1364,
"fue gran mortandad de landres en las ingles y en los sobacos".
El impacto letal de la llamada peste negra -hacia mediados del siglo
XIV-, las adversas condiciones meteorológicas y los desastres
originados por las guerras, tuvieron como consecuencia más inmediata
una fuerte depresión económica sobre todo en las zonas
rurales. Los despoblados significaban, en numerosas ocasiones, el total
abandono de unas tierras que antes habían sido cultivadas. Muchos
campesinos desertaron de los campos sumándose así a las
peligrosísimas y numerosas bandas de miserables vagabundos, salteadores
de comerciantes, viajeros y caminantes por las calzadas reales o caminos
carreteros, que no acataban ninguna ley del reino; se transformaban
en falsos peregrinos sin meta conocida ni dios alguno, y aun a los proscritos
bandoleros cuyo único refugio era lo más profundo del
bosque. Los salarios de los jornaleros del campo, por falta de mano
de obra, subieron sin techo, vertiginosamente, hubo cruentas peleas
y encarnizadas sublevaciones entre plebeyos y nobles, y muchas cosechas
se dejaron pudrir sin recogerlas. Los labradores y los jornaleros, como
ya se había notado en las dichas Cortes celebradas en Valladolid
(1351), "demandan presçios desaguisados... en manera que
los duennos de las heredades non lo pueden cunplir".
Así mismo, en el primer tercio de este siglo, los enojados labriegos
de Castilla se quejan amargamente al rey Alfonso XI de los atropellos
de que han sido víctimas por parte de aquellos nobles a quienes
estaban sujetos.
Nos somos labradoresdel mundo desenparados,de los vuestros tutoresmuy
mal somos estragados.Corrennos de cada dia,que paresçer non podemos,
Mucho mal ffuemos sofriendoe pasando mucha guerra,por vos sennor atendiendoque
cobrasedes la tierra.E nos diesedes derechoque pasamos grand rrancura,
a Dios pesar deviadel mal que padeçemos.Tomannos los averese
fasen nos mal pesar,los fijos e las mujerespiensan de los cativar.Puercos
e vacas e ovejastodos roban fieros,non nos valen eglesiasmas que fuessemos
puercos. sennor, ved este fechopor Dios e vuestra mesura.Non suframos
mas mansiellade quanta ya padeçemos,o dexaremos Castiellapues
y venir non podemos.Non podemos padeçer,cada día tantas
penas,nyn nos hemos a perderpor estas tierras axenas.
Este ejemplo andaba germinando por entre los terrones de la castellana
tierra: "Cuando los canes hallan una bestia muerta comen della,
mientras los cuervos y las cornejas vuelan a la espera que los canes
se vayan. Desque los canes son hartos, vienen las aves por los huesos.
Así los reyes y los nobles y los obispos se comen las carnes
de los vasallos y los labradores como si fuesen pobres bestias. Y cuando
se hartan, vienen los capellanes y los escuderos para roer los huesos."
- Hasta que se ponga el sol..., ¡ni pan al perro ni agua al pastor!
En el transcurso de este siglo se abandonaron definitivamente muchos
lugares, como el hoy despoblado de Robledillo, en el camino de Marranos,
y a ello concurrieron las mortandades sufridas por tantas pestes, las
hambres pertinaces, las frecuentes y sangrientas guerras, las sempiternas
banderías de los poderosos y las endémicas crisis económicas.
- ¿Y el envenenamiento de los invitados a una boda?
- Pura leyenda.
De 1250 parece ser el primer testimonio escrito que hable del lugar
de los Graxos como un Concejo en toda regla, y se trata de una relación
de los pueblos del obispado de Ávila. En el referido Cabildo
de Rioalmar, y junto al de Maniabalago, el de Fortigosa y Pasariella,
se encuentra Graios.
Nos dicen las viejas crónicas que el día 13 de octubre
de 1274, por una real orden del rey Sabio Alfonso X, un caballero llamado
Fortún Allián, acompañado de Íñigo
Matheos y de Xill Vázquez, fueron a Manjabálago y ampliaron
su término -no nos dicen las crónicas si a costa de los
campos de Graxos- en forma que tuviesen suficientes tierras en que pudiesen
labrar por pan; y que aún dieciocho años más tarde,
el día 20 de junio de 1292, vayan ustedes a saber si porque había
interpuesto demanda al respecto el Señor de Behetría de
estos pagos, o protestado amargamente los graxenses ante el merino del
rey, que menudos debían ser para sus parcelitas de tierra los
pocos hombres libres que por la época residían en nuestro
villorrio, lo cierto es que el mismísimo rey Sancho IV, el Fuerte,
confirma al vecino lugar de Manjabálago la concesión que
su padre el rey Alfonso X, El Sabio, ya le había hecho, y a instancias
de los susodichos tres caballeros anteriormente mencionados. Nos guste
o no, lo cierto es que nuestra pequeña aldehuela del lugar de
los Graxos -con sus casas tejadas, las menos, y sus pajizas chozas,
las más de ellas; y carentes las viviendas siquiera de unas simples
chimeneas al uso, o unas ventanas como ahora las conocemos- dependía,
pues, administrativamente hablando, del ya por entonces pueblo de casas
de piedra, tierras suficientes de pan llevar y caballeros, llamado Manjabálago.
Los labradores acostumbraban a decir a cualesquier extraño personaje
que asomase por sus pagos: "Non te diré que te vayas, mas
hacerte he que huyas"; si el forastero aparentaba posibles en su
atuendo, lamentábanse de su escasa fortuna con un lastimero "remendando
y ayunando, vamos los pobres la vida pasando", o bien, enmascarando
la sempiterna queja petitoria en su otra forma, no menos hábil
por ello, de hacerla. Una tradición secular de mendicantes les
respaldaba. Así: "Si oviésemos unos huevos faríamos
una capirotada, mas sin haberlos en el nuestro tajo, contentos vamos
con hierbas y ajos". Alguna que otra vez, para el mendigo siempre
menos de las esperadas, incluso llegaba a darles cierto resultado, y
les caía algún que otro alivio socorredor de necesidades
en forma de tintineantes blancas y hasta cobrizos maravedíes.
- ¿Estás seguro, Pedro?
- Y tanto: en un antiguo libro becerro tan grueso como un arcón,
y tan arrugado como el rostro de un anciano venerable, bien leído
me lo tengo.
- ¡Ah!, pues siendo así...
- ¡Así es!
Capítulo I: LA ALDEA
Como la inmensa mayoría de las aldeas castellanas, la nuestra
surgió como un grupito de cabañas, chozas y casuchas juntas
con una pequeña base de barro apisonado, pared de adobe, la techumbre
de piorno o retama sembrada de piedras para sujetar el bálago
y los ramajes y, en los suelos, como aisladoras alfombrillas de las
humedades, las habituales brazadas de seco heno extendido. Varias de
estas viviendas disponen de algún que otro cañizo. Suman
unas treinta y dos las edificaciones habitables del lugar, con sus firmes
paredes e impermeable techo de bálago casi todas; incluso, para
mejor defensa, algunas de ellas están cercadas con zarzas protectoras
de duras espinas o del arbusto llamado cambronera. Las cabañas,
nos indica el Covarrubias: "Se hizieron para que en ellas se recogiessen
con sus bueyes, mulas y hato todos los que labravan las tierras vecinas".
Las calles, callejones, plazoletas y callejuelas del lugar de los Graxos
-si para tanto daba-, como las calles de todos los demás pueblos
de la vieja España, los pueblos que, si no calvos del todo, ya
peinan canas de nieve y de experiencia en las páginas de su historia,
se nos entrelazan juguetonas las unas con las otras, y vuelta a empezar,
tejiéndonos una malla tan sutil como enrevesada y harto desorientadora
de cruces, solaneras y esquinazos. Enroscándose cual espiral
y desorientador laberinto esotérico alrededor de la iglesia y
buscándoles las vueltas, a su vez, a los fríos vientos
nortizos, sí, pero nos tejen un tapiz tan loco y cómplice
de rincones y bocacalles como si, y a propósito hecho, hubieran
sido diseñados sus planos de forma delirante y a voleo, en un
desvencijado fonducho de tres al cuarto, orillado de cualquier camino
y bajo la macilenta luz de un candil.
- ¿O trazados más bien con el grasiento dedo pulgar, tinto
en rojo vino, sobre la mesa sanguinolenta de una taberna, con pulso
temblón y torpe, por un delineante tan etílico de ideas
descabelladas como bromista y trapisonda, durante la cascabelera y chispeante
noche de un fin de año tormentoso y cualquiera, cantando a pleno
pulmón, en un grito pelao, desafinado y duro, el Asturias, patria
querida, o El vino que sirve Asunción...?
- ¡Anda!; ¡pues también!
- O, tal vez, soltaron una liebre por marzo... ¡y a lo que saliera!
- ¡Lo mismo!; y por raro no lo tenga su merced.
Sea como fuere, y hasta que no nos lo aclare mejor la diáfana
luz de la investigación: ¡que el buen Dios bendiga generoso
sus esfuerzos y arduas dedicaciones, y premie ubérrimo con su
largueza de dones a todos cuantos colaboraron a través de la
secular historia concejil -aún no pergeñada ni lo suficiente-
de este viejo pueblo, en el huidor trazado de los cierzos heridores
de las bocacalles, callejones, plazoletas, esquinazos y callejuelas
de nuestro querido, y asombroso por tantas causas ignotas, lugarejo
de los Graxos! A quienes tan bien lograron teñir de poético
suspense, y hasta amatorio recato, la intimidad conspiradora de sus
oscuros rincones y cómplices sombras, sus laboriosas solanas...
y mejor supieron concentrar en sus melladas esquinas y vergonzantes
revueltas el sobresalto inesperado de la cotidiana sorpresa:
Irrumpiendo, de pronto, en las esquinas
donde el aire se bate con el viento...
- ¡Qué bonito!; ¿es suyo?
- Y de usted, si me lo acepta: que de regalo lo escribo.
- ¿Y los baches que te acechan traicioneros, y a ras del suelo,
como si cruzases un diabólico campo de minas? ¿Y los picudos
chinarros, saltarines como perdigones de posta brava, que parecen sembrados
por las calles?
- ¡Bah!, mera consecuencia lógica del sempiterno devenir
de los siglos y del uso que de las calles hacemos. Su merced, ni caso;
un tropezón, ya se sabe que cualquiera lo lleva inscrito en su
historial.
- ¡Ah!; será el peaje que tenemos que pagar por vivir sin
contaminación.
La realidad física de nuestra aldea gira en torno al núcleo
de viviendas y de corrales aledaños, tan necesarios para la explotación
agropecuaria; junto a ellos, y a veces entremezclados, los huertos y
los herrenales, las eras y los linares; los pagos cadañeros,
que soportaban una explotación normalmente anual al beneficiarse
de un mayor abono, del agua y cuidados permitidos por la cercanía
de las viviendas; a continuación, campeaban las tierras de labor,
los cereales y el barbecho, alternándose generalmente cada año;
los prados, y el molino del S.S.I. don Blázquez, el Sr. Obispo
de Ávila junto al río; más alejados, los espacios
de bosque y monte, de donde se extraía la leña y la caza
furtiva, y los pastos para el ganado. Todo bien barajado, y en paisaje
variopinto, constituía el término.
En sus inicios, todas las tierras de este lugar pertenecieron al asturiano
y repoblador caballero Illán de Llanes, albergador mayor del
conde don Raimundo de Borgoña, y que tenía su residencia
en Ávila capital. Para que los criados y los esclavos que labraban
sus tierras no tuviesen que ir y venir con tanta frecuencia al lugar
de los Graxos, se realizaron in situ las dichas cabañas: La aldea
es un sitio donde hay algunas casas juntas. Se hizieron para que en
ellas se recogiessen con sus bueyes, y mulas y hato los que labravan
las dichas tierras vecinas. Lo primero que hay que afirmar antes de
nada, y disipar cualquier atisbo de duda histórica de las mentes
dubitativas, es que a esta media docena de chozas primerizas, luego
aldea, y más tarde pueblo y aun Concejo, se le ha llamado desde
siempre, y por los siglos de los siglos ¡amén Jesús!,
el lugar de los Graxos. Nuestro Graxos se halla inmerso en una de las
regiones más eminentemente córvidas de todas estas agrestes
serranías, y es vecino muy destacado del Valle del Corneja. Se
halla encaramado sobre las espaldas de la mismísima Sierra Abulense,
en el Alto de Navacuerro y lugar El Portacho, en un suave declive hacia
el niño río Almar; el puerto de su nombre está
a unos 1.300 metros sobre el nivel del mar; tiene en la época
unos 100 habitantes; al norte, Manjabálago, a unos 2 1/2 kms.
por trocha; al sur, la famosísima ermita de Nuestra Señora
de las Fuentes, a 4 1/2 kms. con una bellísima talla románica
de la Virgen Santa María de finales del siglo XII; su denominación
viene de la fuente natural que brota debajo del altar; romería
de todos los sitios el 16 de septiembre; la del pueblo, más íntima
y familiar, la celebran el 1 de mayo, allí donde nace el río
Zamplón, por un lado y por otro el moro Almar; al otro lado de
la sierra, está Muñana, a unos 13 kms.; al este, se divisa
Valdecasa, a 4 kms., anejo de Graxos, con alturas como la Fuente del
Valle que tiene hasta 1.512 m/a., y está bañado por las
frescas aguas de los claros arroyos Olcina y Gorgoril; al suroeste,
se encuentra Vadillo de la Sierra, a unos 10 kms. atrochando por los
senderos del monte. Tiene de levante a poniente media legua; de norte
a sur alcanza los tres cuartos de legua; y de circunferencia, hasta
dos leguas y media. Todo ello medido poco más o menos.
- Era un término muy apañadito, ¿no lo cree su
merced?
- Para estar en plena Sierra de Ávila... ¡ya lo creo, sí!
¡Muy apañadito!
- Pues, entonces, y en estadales, nuestros paisanos tocaban a...
- Tocaban a repartirse el hambre, sobre todo, miçer Escribano.
El resto de las tierras para el Señor de behetría, don
Nuño de Guzmán.
Al villorrio de los Graxos, más que acariciarle, le curten reciamente
los cueros hasta cinco vientos bien dispares. Quisiera recordártelos
todos, lee: el Gallego, del oeste (viento que viene de la parte por
donde se pone el sol en el solsticio de verano), que acumula frailones
sobre la Bragueta de Vadillo y nos surte del agua necesaria a los manantiales
de la sierra; el Ábrego, sureño (viento que corre entre
el austro y el céfiro; y por venir de la parte de África,
con poca corrupción, se llama así), que salta por encima
del canto El Castrejón, se desliza por las suaves laderas de
Las Fuentes y nos acerca los rumores del Valle de Amblés y la
berrea de las capras hispánicas de Gredos; el Solano, del este
(viento que viene de oriente, donde el sol nace), que bien se lo pudieran
quedar los amigos de Balbaharda, que es viento traicionero y tumbador
de cosechas agostadas; el llamado Cierzo, (viento que corre del septentrión,
frío y seco), que se abre paso bravío, punzante y heridor
desde el lejano norte helado zurrándoles la badana, inmisericorde,
a los cuerpos más desavisados, o se entretiene juguetón
colgándoles carámbanos helados a los parduscos tejados
de las achaparradas casas y, por último, el revuelto Escornacabras,
que baja dando tumbos y bufando, cual cabrito bravo, por los montes
de Valdecasa, la puerta siempre abierta del nordeste.
- Y el invierno de estas serranías, oiga bien su merced, nos
regala unos nevazos que caen copos como boinas de grandes.
- Sí señor, sí; por estos andurriales, desde que
Dios amaneció sobre el mundo, nos caen copos como para vestir
a todos los pobres.
- A los ricos endeluego que no, velaila; que se quedan arrebujaos como
podencos cansinos cabe los fogones de las sus cocinas, y ni se enteran...
- De siempre acaesció lo mesmo: ¡al peor cochino, la mejor
panocha!
En el lugar hay hasta veintidós vecinos y medio, con inclusión
de siete viudas que, cada dos, por costumbre, componen uno. Y en el
término no hay alquería ni casa de campo y sí sólo,
como a distancia de más de un cuarto de legua de la población,
una ermita titulada Nuestra Señora de las Fuentes, con su acogedora
hospedería para los caminantes, los arrieros, peregrinos, trujamanes...
y, en la cual, tienen su residencia habitual cuatro hombres, a quienes
llaman hermanos, y se ejercitan en pedir limosna para dicha ermita o
santuario recorriendo las veredas y vestidos con pardos ropones.
- ¿Y siempre estuvieron los cuatro frailes?
- No, más bien no. Era un número variable y dependía
de las escasas posibilidades económicas de la pequeña
ermita: a más medios, en años de vacas lustrosas, más
ermitaños. Y no eran monjes del todo porque no hacían
votos de ninguna clase... Bueno, el de pobreza era casi obligatorio,
pero sin otros méritos que destacar porque la mayoría
de los campesinos del lugar de los Graxos lo padecían en sus
carnes desde que el buen Dios amaneció por vez primera y tienen
recuerdos de su infancia... En cuanto al exigente voto de la castidad,
como no eran clérigos en verdad ni disponían de barragana,
y por esas solitarias veredas se cruzaban con tantas pastoras y campesinas...,
pues ¡más nos vale no airear saya alguna de paisana montañesa!
- Ni menos preguntarles a los despiertos chiquillos del término
concejil, ni siquiera a varias leguas por todos los alrededores, por
su variopinto pelaje, auténtica filiación y cuál
sea la paternidad.
- Deje su merced de empadronar tan a la ligera a la chiquillería,
miçer Escribano, que en este siglo XIV no hacían falta
tantos monaguillos.
Los serranos de Graxos son gentes desbravadoras de montes huraños
y resecos caminos polvorientos, de sierras pedregosas y huertos viciales
y viboreros; gentes de hoz y guadaña, silbido penetrante y perro
careador o lobero, manta bejarana al hombro, zahones de cuero, curvadas
y cosidas abarcas y enhiesta aguijada conductora. Fueron una raza extraordinaria
de hombres contrabandistas de todos los paisajes y fieles compañeros
de los soles y de los vientos, de las nieves y de las lluvias, por trochas
y veredas, por trajineras cañadas y cordeles, escalando montes
de ventisca y cruzando valles húmedos y fértiles, por
los transitados carriles y las coladas mesteñas, misérrimos
puebluchos, fondas acogedoras y esquilmadores ventorros, por agrestes
descampados y traicioneros desgalgaderos... Partida trashumante y permanente
por la desnutrida y peligrosa estepa castellana -arreando los baladores
rebaños polvorientos de ajenas y estúpidas ovejas o empujando
resignados los hatillos de vacas mugidoras de cálido y penetrante
aroma, pesadas y remolonas- camino de los belloteros encinares, yerberas
dehesas y los amplios horizontes extremeños -¡hasta la
misma raya!-, porque tierras suficientes y socorredoras de necesidades,
linares o pastizales, ni heredaron de sus antepasados ni tuvieron jamás
en su pueblo...
El lugar de los Graxos, a lo largo de todo este siglo XIV, es más
tierra de encinares y robles que de jaramagos y tomillos; ganadería
expansiva, sí, pero de cultivos cerealistas más bien pobres.
Estas circunstancias, añadidas a la difícil situación
geográfica y el intrínseco alejamiento de cualquiera de
las rutas comerciales ya incipientes, favorecieron formas de explotación
muy arcaicas, sin cambios destacados. Nuestros antiguos paisanos ajustaban
su jornada de trabajo diario al discurrir natural del sol -orto y ocaso-
y al ciclo vegetal de las estaciones, sin otras prisas ni mayores apremios.
En el término de este lugar de los Graxos hay dos especies de
tierra que son de regadío, y producen unas todos los años,
y otras de tres a tres; y de secano, que también producen unas
todos los años, y otras de tres a tres. Las tierras de regadío
de este término son todas de buena calidad; y las de secano de
buena, mediana e inferior. No hay demasiado plantío de árboles
frutales, y sólo sí como ciento veinte álamos negrillos,
plantados sin orden, que se hayan sitos entre las lindes de los linares
o de los huertos inmediatos a la dicha población. Descontamos
los bosques de roble, haya y encina.
La medida de que se usa en el término de este lugar es una obrada
que se compone de cuatrocientos estadales en cuadro, y cada uno de éstos
de quince cuartas castellanas; y que en cada obrada de las de regadío,
en que de ordinario se siembra linaza, acostumbran a echar cinco fanegas
de la especie. En la de primera calidad de secano, diez celemines de
trigo; en la de segunda calidad, ocho celemines de la misma especie;
en la de tercera, media fanega escasa de centeno.
(Nota: La obrada -o la huebra de otros lares- equivale a la labor que
en un día hace un hombre cavando la tierra, o una yunta arándola.
El estadal es una medida de longitud que tiene cuatro varas, equivalente
a 3 m. y 334 mm. El estadal cuadrado es una medida superficial o agraria,
hoy ya absolutamente en desuso, que tiene 16 varas cuadradas, y equivale
exactamente a 11 m 17 dm y 56 cm cuadrados)
En el término hay, poco más o menos, como tres mil y cuatrocientas
obradas de tierra, repartidas en esta forma: cincuenta de primera calidad
y regadío, y de ellas, las cuarenta producen todos los años,
y las diez de tres a tres según la hoja en que están.
Noventa y tres de secano y primera calidad, de las cuales, las quince
producen todos los años, y las setenta y ocho de tres a tres.
Trescientas lo son de la segunda calidad y, de éstas, veintiséis
frutan todos los años, y las otras doscientas y setenta y cuatro,
de tres a tres. Novecientas y cincuenta de tercera calidad, de las que
producen diez todos los años, echándolas algún
beneficio; y las novecientas y cuarenta, de tres a tres. Cuarenta y
cinco de prados de primera calidad, que producen todos los años;
cuarenta de prados de segunda calidad, que también producen todos
los años; ochenta de prados que son de la misma segunda calidad,
que sólo se disfrutan de tres a tres años según
la hoja en que están; veinte de tierra posia, y las restantes
de prados, ejidos, y tierras yermas; y los pastos que producen se disfrutan
comúnmente por los ganados de todos los vecinos. Los frutos que
regularmente se cogen son trigo, cebada, centeno, garrobas, lino y heno.
El resto del término está ocupado por el bosque.
La obrada de tierra de regadío y primera calidad produce, un
año con otro, con una ordinaria cultura, ciento y sesenta capillos
de lino; la de secano de primera calidad, seis fanegas de trigo; la
de segunda calidad, cuatro fanegas y media de la misma especie; la de
tercera calidad, tres fanegas de centeno; y la obrada de prado de primera
calidad, un carro de heno. No hay árboles que den producto anual,
excepto algunos dispersos frutales que embellecen y aromatizan los distintos
herrenales.
El valor que de ordinario tienen un año con otro los frutos que
producen las tierras del término es: veinticuatro maravedíes
de vellón cada capillo de lino; dieciséis reales la fanega
de trigo; diez, la de centeno; ocho, la de cebada; y lo mismo la de
garrobas; quince, cada carro de heno; seis, el buen pasto que produce
la obrada de prado de segunda calidad; dos y medio, el que produce la
obrada de tierra posia.
(Nota: El real de vellón de la época, aunque de valores
muy fluctuantes, equivalía a 34 maravedíes, o lo que es
lo mismo, a 68 blancas.
Un ducado valía por once reales)
Aunque el lugar de los Graxos sea un pueblo eminentemente agrícola,
se crían en él hasta unas 4.000 cabezas de ganado: vacuno,
cabrío y lanar principalmente, cuya custodia precisa de un mayoral,
rabadán, compañero, ayudante, zagales... Gran parte del
mismo ganado -que muy probablemente es mucho mayor en número
que lo declarado- pasa el invierno en las tierras de Extremadura, "a
razón de seis moruecos para cien hembras y dos libras diarias
de pan por pastor", algo que venían haciendo ya desde tiempos
inmemoriales los vetones, celtíberos, visigodos..., llegándose
en este siglo a librar verdaderas batallas campales contra la obligatoriedad
de pagar los portazgos que existían en el puerto El Pico, y entre
la villa de Mombeltrán y Derramacastañas. Con las favorecedoras
leyes de La Mesta, estos rancios problemas heredados se acabaron para
siempre al poder discurrir libremente los ganados por las cañadas
y cordeles.
- ¿Libremente?; la más absoluta inseguridad se había
adueñado de los caminos de la vieja Castilla, los ladrones la
emprendían impunemente con toda clase de bienes, raíces
o semovientes; se incendiaban las casas y las cosechas, se cometían
múltiples asesinatos, y la justicia parecía impotente
para encontrar o castigar a los criminales... ¡pues anda que no
faltaban años para que patrullasen por los desiertos caminos,
haciendo reinar el orden y la ley, los celosos vigilantes de la Santa
Hermandad! Los cuadrilleros infligían el castigo en el lugar
de los hechos, instantáneamente y de modo ejemplar. Los autores
de un robo de más de cinco mil maravedíes eran condenados
a que les cortaran un pie; los autores de un crimen eran ejecutados
a campo abierto, atados en el primer árbol y asaeteados... Pero
en este siglo XIV...
Tienen sus vecinos, en propiedad -los menos- o confiados por parte del
Señor feudal -los más- ciento y catorce bueyes y vacas
destinados para la labor; hasta ciento sesenta y siete reses vacunas,
hechas cerriles, en que se comprenden vacas, novillos y novillas que
exceden de tres años; sesenta y seis erales y eralas; sesenta
y dos añojos y añojas; treinta y siete yeguas; veintisiete
potros y potrancas; sesenta y siete bestias menores; noventa y cuatro
cerdas de parir y de criar; ciento cincuenta y ocho cerdos de sobre
un año; dos mil setecientas y cuarenta cabezas ya hechas de ganado
lanar; doscientas y noventa y cuatro de cabrío. El útil
que puede dar al año cada cabeza del ganado de las especies referidas
sería el siguiente: cada res vacuna hecha, treinta reales de
vellón; cada eral o erala, veinte; cada añojo o añoja,
quince; cada yegua, mula o caballo que no sea de regalo, treinta; cada
potro o potranca, quince; cada bestia menor, diez; cada cerda de parir,
dieciocho; cada cerdo de sobre año, doce; cada cabeza hecha de
ganado lanar, seis; la de cabrío, diez. Y los dichos ganados
pastan de invierno y de verano en confines de este término y
dehesas de sus inmediaciones.
Hay también esparcidas por el paisaje unas cuarenta colmenas,
de las denominadas de tronco de árbol, construidas hábil
y tenazmente durante los larguísimos, heladores y blancos inviernos
por algunos habitantes de nuestro lugar de los Graxos, vaciando previamente
los troceados troncos de ciertos árboles más propicios
para ello, y considero que cada una de estas dichas colmenas puede dar
al año de útil hasta cuatro reales de vellón. La
miel era un producto muy apreciado por todos los pueblos mediterráneos
desde los tiempos más remotos y nuestros paisanos la utilizaban,
básicamente, como alivio medicinal, para elaborar una bebida
de fiesta llamada hidromiel y aun para endulzar algunos alimentos, tisanas
y atenuar el acíbar de algunos de los brebajes medicinales denominados
genéricamente cordiales.
- Envuélvelo con un poquito de miel y verás como el niño
se lo toma.
- Miel de abeja, mejor que fresca, añeja.
Los campesinos eran los pecheros por antonomasia y sobre ellos recaía
una fiscalidad muy gravosa que incluía los tributos señoriales,
el diezmo de la iglesia y las rentas exigidas por el poder real. Así,
en la Cortes castellanas celebradas el año del Señor de
1387 en Briviesca, muy expresivamente se dijo, a propósito del
origen de los ingresos de la hacienda regia, que todo salía "de
cuestas e sudores de labradores". Una rígida barrera jurídica
los separaba de los estamentos más privilegiados. Los derechos
que se hallan impuestos sobre las tierras del término de este
lugar son el diezmo, que consiste en pagar una fanega de grano de cada
diez de las que se cogen, y lo mismo de los demás frutos que
consisten en peso y número. El derecho de primicia que consiste
en tres cuartillas de grano, en llegando a coger cada labrador, o penjariego,
doce fanegas de cualesquiera de las especies de trigo, cebada o centeno;
otras tres cuartillas debidas al exigente Voto del Sto. Apóstol
Santhiago por el mismo expeditivo ordenamiento que todos los antecedentes.
En esta misma conformidad, una cuartilla al monasterio de las Religiosas
Bernardas de la ciudad de Ávila. Así mismo, el tercio
diezmo para la Fábrica de la Iglesia Catedral de la dicha ciudad,
cuyo derecho consiste en elegir la tercera casa mejor decimera.
Los referidos diezmos, regulados por un quinquenio, importan en cada
un año ochenta y seis fanegas de trigo y trescientas sesenta
y seis de centeno; treinta y dos de cebada; treinta y ocho de garrobas;
cincuenta y ocho arrobas de lana; y como setecientos reales de los demás
menudos. El llamado Voto de Santhiago importa, bajo de la misma regulación,
hasta cinco fanegas de trigo y otras treinta y cinco de centeno; la
cuartilla de Santa Ana, fanega y media de trigo y doce de centeno; y
el tercio diezmo dos fanegas de trigo, once de centeno y setenta reales
de vellón de los demás menudos. Todo, bajo de la expresada
regulación.
Pero ven, amigo lector, recupera un tanto el aliento, sacude la modorra
que te viene rondando y vamos a asomarnos curiosos, a vista de pájaro
y desde las amplias balconadas de la historia, sobre nuestro minúsculo
lugar de los Graxos. Desde aquí mismo, desde el llamado Berrueco
el Sombrero, podemos tener una primera visión del conjunto. Recuerda
que estamos en pleno medioevo, ya sabes, entre 1300 y 1400. Observa
cómo el paisaje que predomina alrededor de la aldea lo constituye,
fundamentalmente, el bosque de hayas y los oscuros pinos resinosos,
hogares del jabalí, el oso pardo, el lobo y el proscrito; y por
encinas y robles que le proporcionan a nuestros antepasados suficiente
leña y caza -aunque está severísimamente prohibida-
para sobrevivir a los crudos inviernos heladores, y las sabrosísimas
bellotas para la cría de los autóctonos y nutritivos cerdos
serranos tan socorredores en las pertinaces hambrunas. Los bosques se
medían no por la densidad o cantidad de sus árboles, sino
por el número de puercos que podían caber en ellos y ser
alimentados con sus productos. Se cazan -siempre de manera furtiva y
ojo avizor, huyendo de la proximidad y vigilancia de Orosio, el eficaz
montanero de Manjabálago, quien cabalga a diario todos los paisajes
sobre su zaino caballo Castaño-, el huidizo conejo rabicorto,
la orejuda liebre veloz, la sabrosa perdiz de pata rojiza, el coronado
ciervo majestuoso y el arisco jabalí; y merodean hostiles hasta
las mismas bardas del pueblo los gregarios lobos, los zorros recelosos
y siempre hambrientos, las sigilosas jinetas de la noche... Entre la
densa maleza del bosque, uno de los mayores peligros lo constituyen,
sin duda alguna, las traicioneras víboras. Normalmente están
en las ramas más bajas de los árboles, colgadas de ellas
como una sombra de asesinato. Caen por sorpresa en los hombros de quienes
pasan por debajo, y les muerden en el rostro o en el cuello. Por fortuna
para nuestros paisanos, las imprevistas y peligrosas mordeduras de las
víboras raramente son de fatales consecuencias.
Acerquémonos un poquito más. Aquí, desde el Cerrillo
del Anochecer, contempla detenidamente los ocres campos ajedrezados
en cuadrículas y rectángulos, tan reposados y fértiles;
cómo aparecen parcelados por setos de arbustos espinosos, bardas,
cercas de piedra con sus porteras... Algunas campesinas desembocan por
las callejas llevando sobre sus espaldas fardos de heno o haces de leña
y, aquellas que llegan desde las fuentes, sobre un rodete de trapo aposentado
sobre la cabeza, un orondo cántaro panzudo lleno de agua. Cómo
los labradores visten multicolores calzas apedazadas y sayos de cálidos
colores rojo y azul, naranja y rosa. Esas vivas tonalidades contrastan
con la tierra oscura y el verdor de los árboles que delimitan
el cauce del río Almar y que festonean los diversos arroyos.
Otros campesinos trabajan desnudos desde la cintura para arriba, con
el velludo tórax brillante de sudor, ocupados con sus azadones
y sus palas en trabajos agrícolas interminables. La mayoría
de los campos ya están sembrados y arrellanados. Casi deben haber
concluido la siembra de primavera, la de los llamados cultivos cuaresmales.
Observa allí abajo, en la dehesa de La Nava de los Carros cómo
están arando un campo nuevo con la negra reja de hierro tirada
por una yunta de bueyes. El arado lleva una plancha de madera montada
sobre la reja (la vertedera) que abre la herida del hondo surco y amontona
limpiamente la tierra a ambos lados. (Díxose dehesa por estar
guardada y defendida hasta cierto tiempo que admiten el ganado, y assí
se llamó defesa)
Es Acisclo el Pedolobo, el moço de tía Engrazia Martingala,
por quien suspira Elvirita la Pelatordos, la hija mayor de la tía
Adosinda, la Trenzas. Él, de quien está enamorado hasta
los más menudos huesecillos del cuerpo, es de la Beatriz, alias
la Bellota, una moça tan morena como los renegríos tizones
de Panthaleón el carbonero, e hija de la tía Legundia
la Trampera. Como la mayoría de los hijos de madre viuda, el
Acisclo Pedolobo era un mozo bien consentido y mal adoctrinado. Lleva
en la mano diestra un gavilán de hierro, con mango de madera,
para limpiar el barro que, de cuando en cuando, ciega la afilada reja
de su arado romano. Ahora está cantando en la arada una copleja
de cosecha propia. Oigamos atentos:
De las frutas, la manzana,
de las aves, la perdiz,
de las colores, la grana,
de las damas, Beatriz. (TIMONEDA, Sarao, fol. 29)
Detrás del labrador, Dagoberto el Alobao, otro de los campesinos
del lugar, esparce la simiente con un rítmico movimiento de su
brazo. Acarrea al hombro el saquete de las semillas. Unos pasos por
detrás del sembrador, los pájaros revolotean sobre el
surco y picotean ávidos las tiernas semillas. En un campo cercano,
tío Eustasio el Cascabeles, a lomos de un mulo que tira de una
grada (bastidor de madera en forma de T, con una enorme piedra encima
para darle más peso), arrellana los surcos para proteger la simiente
mientras canta a grito pelao una popular tonada de la sierra. Todo se
mueve con la misma cadencia de la naturaleza sosegada y uniforme: la
mano que arroja al aire las semillas, el arado que remueve la mansa
tierra, la copla en la garganta campesina y la grada que escarifica
el campo...
- Y ni siquiera las conciencias andaban contaminadas...
- ¡Quiá!; no, señor. Envidias, todas las que su
merced imaginar pudiera; pero contaminación, ninguna.
- Y todo muy bucólico, pastoril e idílico, ¿verdad
amigo?
- Pues, no sabría muy bien qué decirle. En la época
de las nieves y las lluvias tendría que volver por aquí
su merced, cuando las aguas convierten en pegajosas y hediondas gachas
todas las calles del villorrio y los caminos, callejas y senderos por
los que tan penosamente nos vemos obligados a transitar; eso por no
hablarle de cómo durante los tórridos calores del verano
-amén de las plagas de moscas, mosquitos y tábanos- el
fétido y humeante olor del estiércol de los muladares,
de las basuras putrefactas amontonadas en las puertas de las casas-cuadra
hasta que haya montón suficiente para transportarlo a los campos,
huertos y herrenes; de los orines y repugnantes excrementos de todo
tipo y origen -animal y humano-, fuerte y penetrante, que flota sobre
las chozuelas de nuestro lugar de los Graxos, constituye una densa emanación
infecta cargada de insalubres pestilencias...
- ¡Bah!, molestias sin la menor importancia. ¿De veras
cree su merced que a nuestros paisanos les importaba demasiado la higiene
y el mal estado de sus calles? ¿A ellos que, apaciblemente calentitos,
dormían junto a los cerdos? Cuando la necesidad mandaba, los
vecinos se afanaban en cubrir los suelos de sus chozas con juncos, cañas
y ramas para que el agua y el barro no lo anegasen rebozándolo
todo. Las calles del lugar ya las barrerían las lluvias del Señor
cuando a bien tuviesen...
Ahora fíjate bien, mi querido lector, en el poblacho; ¿observas
algo en particular y que más te llame la atención? Sí,
en efecto: ¡no hay chimeneas! No asoma una sola chimenea por ninguna
parte. En las chozas, la salida del humo es un simple agujero en la
techumbre de paja, ramajes y juncos. En las pocas casas que tienen techado
de teja, el humo escapa por un orificio en el techo o por un respiradero
abierto en alguna pared... ¿Y el ruido? Apenas se escucha ruido
alguno: está todo tan tranquilo y sereno que puede oírse
la voz del río. Se escucha el gorjeo de los pájaros, el
suave susurro de las hojas de los álamos temblones movidas por
una ligera brisa que llega desde el Castrejón, el monótono
estridular de las ásperas cigarras estivales, el zumbido laborioso
de los insectos, los trinos líquidos de la garganta del ruiseñor,
el tamborileo del picapinos sobre el tronco del árbol añoso...
pero no existen ruidos ambientales que no sean producidos por la misma
vitalidad de la naturaleza: ni radios chillonas, ni estridentes televisiones
basura, ni ruidosos aviones, ni móviles estrafalarios, ni maquinaria
contaminante en el campo, ni un enloquecido tráfico por el camino
carretero o Calzada Real... Sin ruidos, ni poluciones de máquinas,
pero con muchas huellas de rodadas, de cascos, pezuñas, pisadas...
Incluso el aire es distinto: más embriagador, más luminoso,
con más oxígeno y transparencia...
- Humo del hogar no empaña el cielo.
Sí, amigo mío: en este siglo XIV tan desvencijado, nuestro
lugar de los Graxos es una minúscula aldehuela perdida entre
los abruptos picachos y hondos valles de la serranía abulense
y en la que, por fortuna para nuestros antepasados, los pájaros
aún cantan más fuerte que los vecinos.
¿Conoces el Exido? ¿Qué no sabes lo que es? Atiende,
el exido es el campo que está a la salida del lugar, el qual
no se planta ni se labra, porque es de común, para adorno del
lugar y desenfado de los vecinos dél, y suele servir para reunir
todos los ganados y para descargar sus mieses y hazer sus parvas y limpiarlas.
Esta institución fue sustentada en el Código de las Siete
Partidas, que exigía a los ayuntamientos que velaran por su integridad.
// Los alrededores inmediatos a la ciudad medieval se talaban y despejaban
para evitar emboscadas. Este anillo yermo se llamaba exido.
En nuestro lugar de los Graxos, por descontado, debemos admitir la primera
de las acepciones, amigo lector. Luego no me digas que no estabas convenientemente
avisado.
- Arreando, miçer Pedro, marido de Anita: nos aguarda la aventura.
- Pues... ¡vamos, ya! Respira hondo, sumerjámonos entre
las mansas aguas de la sabia curiosidad y que ellas, siéndonos
propicias, nos depositen mansamente en las acantiladas orillas de los
feudales y palaciegos castillos de Cespedosa o La Puente del Congosto,
habituales residencias de nuestro Señor de Guzmán, a quien
Dios guarde muchos años...
- Pero muy lejos del lugar de los Graxos, a ser posible...
- Buen Dios y Padre, escucha clemente la súplica de tus siervos
y que, a ser posible, nuestro otro Señor, el de behetría...,
¡no suba de La Moraña!
- Un velón de a real te encendemos entre todos: ¡palabra
de siervo!
Capítulo II: EL SEÑOR DE BEHETRÍA
En las puertas de los castillos están los nobles de alta y baja
alcurnia preparándose para una posible guerra, practicando con
armas de madera, o para los torneos, que se pondrán de moda más
como mero entretenimiento que como forma de lograr honor y gloria o
la mano de la dama más deseada.
Cualquiera que fuese su lugar en la estructurada jerarquía de
la corte, no hay demasiados nobles, ni caballeros, ni cargos eclesiásticos
ya que suponen el 12% real de la población. No es que haya mucha
gente, pero el grueso de la población, por mayoría aplastante,
es quien constituye el tercer estamento, aquellos que tienen que trabajar
para ganarse la vida: los campesinos, muy pobres y esquilmados por todo
tipo de impuestos; los buhoneros, aún más pobres; y los
mercaderes que comercializan los productos agrarios en ferias y mercados;
los transportistas, ya sea en forma individualizada -las menos de las
ocasiones por ser esta modalidad harto peligrosa y muy aventurada- o,
más frecuentemente, uniéndose a las caravanas formadas
por carretas o recua de acémilas y que recorren incesantemente
los caminos carreteros de los reinos castellanos con ciertas garantías
de seguridad; los bosqueros, que practican la apicultura y la recolección
de frutos silvestres en las florestas, amén de los leñadores
dedicados a la tala de árboles; los vagabundos, los siervos,
los artesanos que están bien considerados pues confeccionan la
ropa y las herramientas básicas para estas economías de
autosubsistencia y traen una cierta riqueza para aquellos nobles con
los que pactan y, por lo tanto, disponen de un cierto desahogo como
el que supone poder tener pan a diario, aunque tampoco mucho más.
Esta población no dispone de armas de metal, muy caras y destinadas
al ejército o a los nobles, y que sólo ellos pueden permitírselo.
Sólamente la coraza, en este guerrero siglo XIV, cuesta tan cara
como una explotación agrícola de mediana importancia.
Por otro lado, las encallecidas manos de los menestrales tampoco sabrían
muy bien cómo manejarlas. Las espadas, lanzas, escudos y armaduras,
las mazas y demás protectores -sin mencionar los costosos caballos-
están demasiado alejados de su alcance: los proscritos pueden
jugarse la vida por las armas, sí, pero sólo por las armas
de aquellos caballeros que osen asaltar.
La vocación de los aristócratas consiste en combatir el
mal con las armas, por lo que la casa noble tiene que ver con la fortaleza
y el palacio. En estas mansiones deben habitar las parejas conyugales
para engendrar una descendencia legítima. Los hijos que se casan
abandonan el hogar, al igual que los ancianos y las viudas, animados
aquéllos a realizar peregrinaciones, o retirarse a un monasterio
o convento, éstas.
El castillo-palacio del Señor de Guzmán tiene su torre
del homenaje, o donjón, levantada con piedra de sillería.
En la segunda planta del edificio está la zona noble donde encontramos
una gran sala con chimenea donde el Señor celebra sus reuniones.
En las paredes hay tapices, colgaduras, pieles o espejos, cuya función
es la de mostrar el poderío económico de la familia en
aquellas celebraciones o reuniones más importantes o apresuradas.
En el poderoso y galante castillo-palacio de La Puente del Congosto,
entre otras muchas curiosidades, Anthón, el Ronzales, durante
su breve estancia, había observado con gran asombro cómo
algunos vanos de las ventanas estaban cubiertos con láminas traslúcidas
de piel de vejiga de cerdo... "La enorme cocina se encuentra en
la parte interior del castillo, en una construcción pegada a
la torre que sirve de vivienda como un niño a las piernas de
su madre. La entrada está a tres hombres de altura por encima
del suelo: una boca tan grande como la puerta de un establo que, en
verano, se mantiene abierta de par en par para que el calor pueda salir.
Una empinada rampa hecha con troncos unidos por maderos horizontales
lleva hasta allí arriba. Para todos los hombres que sirven en
el castillo, tanto si son criados como si portan armas, rige la norma
de que cada mañana, al salir del edificio de la tropa e ir a
la cocina para tomar la sopa y recibir la ración diaria de pan
y tocino, o lo que corresponda, deben recoger un poco de leña
del montón apilado abajo y subirla a la cocina". (FRANK
Baer; El puente de Alcántara) En el comedor se engalanan las
mesas donde se celebran los banquetes, porque comer es un acto principal,
solemne y público. Al mismo nivel que el salón y el comedor,
las salas principales, están las habitaciones y la pequeña
capilla. La torre del homenaje está habitada, y su función
no es meramente defensiva o como un símbolo del poder del Señor.
La planta baja es para las bodegas y los graneros, cofres, toneles y
cubas.
El Señor de la casa es ayudado en su gestión por una serie
de valiosos auxiliares domésticos, aunque éstos no sean
creyentes como es el caso del judío Salomón Ezra, -muy
hábil en documentos y cuentas- y uno de sus más fieles
y competentes administradores. El primero y principal es su propia esposa,
una mujer muy decidida, quien dirige todo aquello que en el palacio
puede ser considerado dentro del ámbito femenino, y controla
las reservas de la despensa, los gastos y lo que entra en el hogar.
Los menesteres de la casa son depositados en personas de confianza del
Señor, estableciendo continuidad en los cargos palaciegos a través
de la herencia. Estos hombres de su máxima confianza se sitúan
por encima de los demás miembros del servicio y, algunos, incluso
tienen el privilegio de comer en la mesa con el Señor, recibir
un caballo enjaezado y elegantes vestidos dignos de su oficio. A su
cargo están los cocineros, los compradores, despenseros, porteros
y criados, estableciendo una compleja estructura en la que todas las
piezas deben estar en perfecto y sincronizado funcionamiento, especialmente
en algunos días más señalados -como la visita de
la pomposa comitiva real en tránsito hacia Salamanca, algún
príncipe de la Iglesia y su séquito o alguno de los nobles
más linajudos y grandes del reino- en los que está en
juego el lucimiento de la familia de los Guzmán. Los Señores
disponían de un libro y en él memoria de los hombres de
más habilidad y méritos para los cargos que vacasen.
En este siglo XIV, la distinción social se refleja, en primer
lugar, en la cantidad de alimentos de que se dispone. Las clases altas
se caracterizan de entrada porque comen mucho. La bulimia, así,
se ha convertido en señal de fuerza, de salud, de prestigio,
de riqueza y de nobleza. Quien come poco es indigno de la categoría
de aristócrata. Los estamentos sociales privilegiados comen,
sobre todo, carne: la caza mayor asada ocupa un lugar importante en
las preferencias gastronómicas. La carne, para el noble, es un
alimento imprescindible: renunciar a ella constituye siempre una humillación,
y privarle de su consumo es uno de los peores castigos que se pueden
dar a un noble, según recuerdan las leyes regias, o aun las disposiciones
pontificias, cuando condenan a los cargos públicos -como a aquellos,
por ejemplo, que no hayan acudido diligentes con sus tropas a formar
hueste- a abstenerse de comer carne y de beber vino durante tantos días
como hayan tardado en acudir al llamamiento del rey, y la pena de no
llevar armas, no comer carne, no besar a muger, no vestir ropa de lino...
ni recibir el cuerpo de Christo hasta el final de sus días. Es
la misma condena que imponen los jueces más severos a todos cuantos
instigan, por ejemplo, a matar un obispo. Al finalizar el yantar, los
criados barren los restos de la comida que quedan esparcidos por el
suelo, como dictan las normas al uso de la buena educación, que
consideran de mal gusto dejar las sobras encima de la mesa.
Las costumbres alimenticias tienden a transformarse en obligaciones
sociales: el noble ha de comer mucho y, sobre todo, carne bien sazonada
con condimentos y especias aunque esto provoque, a largo plazo, obesidad,
hipertensión arterial, urea e inflamaciones articulares, enfermedades
todas ellas reservadas entonces a los miembros de los estamentos privilegiados.
En los banquetes de los nobles cristianos, la excelencia de un plato
servido en la mesa se mide más por el contenido en carne del
mismo que por la complejidad de la preparación o por el refinamiento
de su presentación...
- Les quedaba el romanticismo a tantos siglos de futuro adelante...
- Y el hambre campesina tan cercana...
Al joven Señor, a quien se desea hacerle caballero, hasta los
doce años se le educa en la cortesía, le instruyen sobre
los grandes hechos de los caballeros más célebres y practica,
así mismo, la equitación y esgrima. Se le inculca que
el poder es la única certeza de este mundo: quien lo detenta
decide; si no, acata. Normalmente no sabe leer ni escribir porque es
hijo y heredero de casa noble. A partir de los doce años acompaña
a los caballeros a las cacerías y a las guerras. Después
de los quince años, por lo general, es armado caballero. Al recibir
sus armas hace el solemne juramento de amar a su país en extremo,
de ser valiente, fiel a la palabra dada, generoso y leal defensor de
la justicia y el bien. Entonces, ya toma parte en los torneos, en las
justas, las lides y en los hechos de armas. Las justas enfrentan sólo
a dos caballeros y las normas que deben observarse, y que disminuyen
los riesgos en los enfrentamientos, hacen que los caballeros las prefirieran
a los siempre peligrosos torneos, verdaderas batallas que ponen frente
por frente a dos tropas de fieros guerreros organizadas por regiones
o, incluso, por naciones. Dichas justas y torneos -que si bien se realizan
como preparación para la guerra, tienen ciertos componentes lúdicos
y aun como ejercicios de fuerza bruta, alarde, agilidad y destreza-
son una de las actividades favoritas de los caballeros de occidente.
No existen apenas reglas y, en la práctica, vale todo, con lo
cual, la mayoría de las veces, se convierten en auténticos
combates feroces y sangrientos donde no impera ningún código
de honor ni está presente caballerosidad alguna. En estos enfrentamientos,
el peligro es grande y las sangrientas heridas son, a menudo, mortales.
Se cuenta de un torneo que acarreó la muerte de hasta sesenta
caballeros.
- ¡Más bestias que sus caballos, y con menos juicio y cordura
que una cabra pirenaica! Pero si, a fuer de nobles caballeros, ¡alardean
y se jactan de no saber leer y desconocer la escritura! Ningún
caballero conoce, a buen seguro, -tampoco tienen necesidad de ello,
ciertamente- la bella terminología toponímica de algunos
de sus paisajes y, aún menos, se interesan por su significado
como que un berrueco, por ejemplo el graxense Berrueco el Sombrero,
es un peñasco puntiagudo, llamado así porque tiene forma
de verruga; o que un regajal, regaja o regajo, tal que Los Regajales,
dícese del charco que se forma de un arroyuelo; y tantos otros
ejemplos como tapizan y cubren el adusto paisaje castellano y, en particular,
el de nuestro elevado y singular lugar de los Graxos.
A principios del siglo XIV se va imponiendo una especie de reglamento
que evita en lo posible la brutalidad de los participantes. Así,
las justas, con sus combates entre caballeros armados de lanza y con
el firme propósito de derribarse, enfrentados y separados por
una distancia determinada y con una marcada línea divisoria,
van evolucionando sus disposiciones hasta crearse una necesaria reglamentación
y una mejor organización. Y los torneos, con sus tremendos combates
a muerte -condenados tanto por los reyes como por los pontífices,
decretando éstos excomuniones y privación de sepultura
eclesiástica a sus protagonistas-, se van olvidando por el noble
deporte de la caza a caballo al disfrutar los reinos de Castilla y León
de una gran variedad de venados, jabalíes y osos.
El Señor de nuestra aldea -y aun de todo el paisaje que alcanza
la vista desde el Portacho- es don Nuño de Guzmán, Señor
de Cespedosa y La Puente del Congosto, prototipo del gran Señor
feudal quien, cuando no se ejercita en la guerra, consagra gran parte
de su vida a cabalgar, nadar, tirar al arco, pelear en los torneos,
cazar pájaros con redes, reclamo o cetrería; jugar al
ajedrez con otros caballeros o clérigos y a componer versos.
Lo que más le apasiona, sin duda, son las mujeres y todo tipo
de caza, sobre todo la caza mayor o de río. Ya no es joven -su
cabello de color cañizo está veteado de grisácea
plata-, pero sí son harto conocidas -y más aireadas aún
por sus salaces siervos y criados con groseros regocijos, procaces ademanes
y soeces expresiones- sus falderas tendencias, sin consideración
alguna del estado, ya noble o ya plebeyo de la mujer requerida. Entre
malévolas risas cómplices le comparan, pícaros,
con los tiesos puerros de las huertas, sobre todo con aquellos que presumen
más altaneros con la cabeza blanca y la su porreta verde. Para
mejor preservar la rara virtud de la fidelidad conyugal en este siglo
XIV, los grandes Señores deben combatir con más ahínco
y salir de caza si tienen la desdicha de estar en paz con todos sus
vecinos. Al final del día estarán tan extenuados que,
hartos de correrías, vivirán fielmente con sus propias
esposas. Como ello no ocurre con frecuencia en nuestro caso, el lema
nada noble de don Nuño de Guzmán, y que les repite más
a menudo a sus compañeros de armas y francachelas, es el siguiente:
- Las mujeres, como la Historia, sienten debilidad por los bribones.
- Si las más pazguatas de las doncellas no nos dejan otra salida
más honorable... ¡seamos pues, mi Señor don Nuño,
grandes bribones!
- Y qué más se nos da a nosotros los nobles... ¡si
con una buena dote para casar la doncella desflorada, nunca nos faltará
obispo que nos bendiga!
En cuanto a la caza de río, disfruta jinete cabalgando a lo largo
de las umbrosas orillas de los mismos, laderas y ribazos, y lanzando
velozmente contra las desprevenidas garzas, grullas, cigüeñas,
chorlitos grandes, cisnes y patos salvajes -ahuyentados previamente
por los galgos y perros de aguas, o por el clamoreo ensordecedor de
las cuadrillas de ojeadores bien provistos de sus cuernas, tambores
y timbales-, las más poderosas aves cetreras: sus falcones garçeros,
el señorial gerifalte, el llamativo sacre de plumas y pico rubio
y azulinas patas, el gavilán y el neblí, de fuertes y
puntiagudas alas, vuelo rápido y recto, y garras y picos formidables,
como tan bien nos indica, didacta, don MAURA GAMAZO, Manuel, en sus
"Rincones de la Historia". Dominarle la fuerza al indómito
halcón y obligarlo a cazar, acosar a una presa hasta ensartarla
ágil con la lanza o el arco y luego rematarla con el acerado
puñal, abatir una pieza gracias a la superior inteligencia del
hombre sobre la bestia..., ésos son los grandes placeres de don
Nuño de Guzmán, quien, además, usa la caza como
un excelente ejercicio para mantener sus músculos vigorosos,
en espléndida forma, siempre fuertes y tonificados, y su leonina
cabeza despierta y preparada para las futuras batallas.
- Y, como nuestro Señor de behetría no se ducha ni lava
aunque diluvie a cántaros, y huye del agua como el mismo demonio
escapa del interior de una iglesia, su cuerpo está permanentemente
defendido por un caparazón impermeable y protector contra cualesquiera
de las adversas inclemencias del tiempo serrano.
- Tampoco sube demasiado por estos montes, a Dios gracias.
Las relaciones feudales se caracterizan por los continuos abusos del
Señor para con sus campesinos o siervos de la gleba. Apenas sale
de su fortaleza-palacio de Cespedosa, o bien de La Puente del Congosto,
cuando la advertencia del peligro pasa velozmente del labriego al pastor
y de éste al leñador como fuego de verano entre la seca
rastrojera. Todo el paisaje del Señorío está avisado
de antemano de su presencia y, prestamente, con la mayor de las discreciones
y rápidas diligencias, los campesinos ponen a buen recaudo cuanto
pudiera apetecerle al antojadizo y caprichoso Señor de Guzmán:
animales, cosechas e hijas... Según un ilustrativo códice
del siglo XIV, encontrado en la zona rural de San Martín de Elines
(Valderredible), llamado "Miseria del homne", una fidedigna
y representativa estampa de esta época bajomedieval que estamos
observando, costumbres y formas de comportamiento, así de crudamente
se nos describe la vuelta del noble Señor de una jornada de caza
por las viñas de su extenso feudo. Éste envía a
su escudero por delante a la casa del siervo para que le tenga preparada
la cena a su llegada, sin más preocupaciones que su comodidad
personal y la de sus valiosos animales: más, sin duda alguna,
que las vidas de aquellos míseros labriegos carentes de toda
dignidad o derechos. Parece que regresa sin capturas, está de
muy mal humor, trae cansado el caballo y los perros; el azor, un símbolo
de la nobleza y animal odiado atávicamente por los villanos,
chilla porque está hambriento...:
El señor en este comedio por las viñas va caçar.
Anda valles y oteros, caza non puede trobar,
trae cansada la bestia, los canes quieren folgar,
el azor anda gritando por amor de se çeuar.
Miseria del homne. (Siglo XIV)
El siervo está muy asustado y se acerca a besar la mano de
su Señor, en símbolo de vasallaje, con la mansedumbre
con la que el buey va a ser uncido. Si tiene una gallina en casa servirá
para cebar al azor. Si no la tiene, deberá comprarla al precio
que le pidan:
Como buey a la melena va su mano a vesar,
desende si aue gallina si non yr la a buscar
para comprarla commo quier pora el azor çeuar.
Tiene que ofrecerle forzosamente su casa, yéndose él,
su familia y sus animales, y obligado a pedir alojamiento en casa de
un vecino si tal hubiere. Si en el lugar no lo hallare, o no estuviese
dispuesto, entonces tendría que acogerse a la intemperie y procurarse
refugio con todos sus allegados:
E demas si aue el sieruo buey o puerco o pollino
sacargela ha de casa en metra y su rroçino
e yazra con sus fiuelos en casa de su vesino.
Don Xill González Dávila, recibió estos señoríos
de mano del mismo Rey. La tabla genealógica de la familia Dávila
empieza con Xill González Dávila, I Señor de Cespedosa,
maestresala y alguacil de la corte de Juan II. Uno de sus descendientes
fue don Francisco González Dávila, Señor de Cespedosa,
que murió en la batalla de Los Gelves. Al morir don Juan Dávila
sin vástago sucesor que le heredara se produjo un cambio en el
Señorío de Behetría hacia don Diego de Braquemonte.
Los Braquemonte descendían, a su vez, de los Braquemont franceses,
nobles de Aviñón y leales a don Pedro Martínez
de Luna y Pérez de Gotor, el Papa Luna, Benedicto XIII. Sirvieron
fielmente al rey de Aragón y al de Castilla. Un sobrino de Philippe
Braquemont, Juan de Bethencourt, al servicio de la corona castellana,
conquistó las Islas Canarias en el piélago Atlántico.
Nuestro pueblo tiene unos cincuenta habitantes, quizás menos,
y todos los que tienen tierras en arriendo, ya sean libres o siervos,
pagan por ellas a don Nuño de Guzmán, a cuyo Señorío
de Behetría pertenece Graxos, unos en metálico y otros
trabajando para él, según los términos de su contrato
de arrendamiento. Lo cierto es que todos ellos tienen que trabajar en
algún momento en las tierras del Señor, pero los campesinos
libres pagan la mayor parte de su renta en dinero o en productos determinados.
Los siervos de la gleba, los campesinos que no son libres, trabajan
para él sin recibir apenas nada a cambio, aparte de la subsistencia
y, aunque pagan gran parte de la renta con los productos cosechados,
la mayor parte del pago lo hacen -¡qué remedio tenían!-
trabajando para el Señor.
- Si sois el amigo del Señor feudal, y os concede su confianza,
tomará vuestras riquezas; si sois su enemigo, tomará vuestra
cabeza.
- Amén; y que sea lo que Dios permita, que aun la Iglesia está
con ellos.
Se consideraban de una gran importancia las prestaciones de vasallaje
y servicio personal de los labriegos como siervos. Deberes de esta clase
-y a los que vienen obligados los campesinos del lugar de los Graxos-
como los establecidos en el año 1369, son los siguientes:
- El yantar o conducho, que consiste en una determinada porción
de viandas, de leña, ropas, menudos (diezmo de los frutos menores,
como son hortalizas, frutas, miel, cera y otras semejantes, que se arrendaban,
y se recaudaban, con el nombre de renta de menudos), en ciertas fechas,
y en unas cantidades previamente acordadas, que deben darse al Señor
para su manutención y alojamiento cuando esté de paso
por el pueblo. Así: el Señor tiene derecho a puerros,
berzas y habas verdes en cada huerto de behetría quanto podier
encerrar entre suas manos, que lleguen los dedos de la una mano a los
de la otra; y a cinco pies de coles; a las caballerías del Señor,
el hombre de behetría les dará para la cama de tres dedos
travieçes en alto paja, mas la que necesiten para comer, tres
veces al día, y una vez cebada... El propio fuero equipara a
hombres y ganado: el cuidador de estos animales recibe la misma cama
que el caballo y, lógicamente, distinta alimentación,
en la que se incluye de forma taxativa, y específicamente diáfana,
no menos de un vaso de vino al día.
- ¡Señor de los cielos, que nunca nos aparezca el otro!
- La luctuosa, también llamada miacio o nuncio (anuncio), que
consiste en la mejor cabeza de ganado -o su equivalente en dinero- que
se cobra el Señor feudal a la muerte del vasallo jefe de la casa.
- La fonsadera: Todos los hombres del lugar de Graxos, hombres de behetría,
han de reconocer su dependencia del Señor pagándole cuatro
sueldos anuales en concepto de fonsadera, es decir, como redención
del servicio militar que, teóricamente, están obligados
a prestar (recordemos cómo nuestro pueblo venía obligado
a servir a su Señor feudal primero con una y, al crecer en importancia,
hasta con diez lanzas) y que, en su lugar, realizan en exclusiva los
guerreros profesionales (mercenarios) a cambio de estas compensaciones
económicas.
- La fazendera o vereda, que exige colaborar en la construcción
o reparación de los caminos y puentes en las tierras del Señorío.
- La catellaria, según la cual los vasallos se ocupan en el arreglo
de los daños que hayan sufrido los castillos, palacios y fortalezas
del Señor, ya sea consecuencia de las guerras o de las inclemencias
del tiempo.
- La anubda o guayta, por la que se tiene que vigilar la villa y su
término por vecera, es decir, cada graxense debe cumplir con
esta obligación de vigilancia cuando le toque la vez.
- La mandería, que consiste en la diversa prestación de
servicios comunales, o considerados de bien público entre varios
Concejos, como los mensajeros -denominados verederos-, aunque el Señor
de Behetría pone de su parte la comida y las provisiones necesarias
para realizar dicho viaje. Así y todo es uno de los servicios
más arriesgados por la cantidad de ladrones y salteadores que
infectan los despoblados de los montes y caminos.
- El hospedaje, que obliga a los campesinos a dar cobijo en sus casas
al Señor y a sus enviados cuando se hallen de paso por el lugar.
El primer servicio del año le deben prestar nuestros paisanos
por San Juan de junio: han de segar todo el heno, amontonarlo en medio
de los prados y transportarlo después al pajar cuando se les
indique. Los aparceros lo meten dentro. Después han de ocuparse
enseguida del trigo. Si sus tierras son de arrendamiento han de hacer
las cuentas exactas, so pena de fuerte multa, y también llevar
al granero la parte del propietario, sin perder gavilla ni derramar
cosa alguna, so pena de una multa, mientras su trigo queda en el campo
expuesto al viento y a la lluvia... (Recordemos cómo las riñas
de por San Juan son paz para todo el año. Quiere decir que conviene
al principio de los conciertos se averigüe todo bien, y entonces
se riña y porfíe lo que haya de ser, y así resultará
paz para todo el año. Tuvo principio de las casas que se alquilan
y de los mozos que se escogen y entran con amos por San Juan. Por San
Pedro también se alquilan casas y cogen mozos, y es todo uno,
por ser sólo cinco días de diferencia, y de aquí
se dice otrosí hacer San Pedro y hacer San Juan, por mudarse
de una casa a otra y por despedirse los mozos y dejar el amo, o bien
despedirse de él) Viene luego la feria del Prado, y la de Santa
María de septiembre, cuando hay que pagar el derecho sobre los
cerdos: si el campesino tiene ocho cochinillos, tomará los dos
que más le plazcan y el Señor cogerá el tercero
-que no será el peor- (el derecho es de un octavo) Y si pasan
de dicha cifra hay que pagar también. Después llega San
Miguel, momento espantoso en el que los campesinos han de pagar su censo...
y, más adelante, por el derecho de poner cercas en sus campos.
Ya cultiven su cebada o trigo, ya compren o vendan, si no pagan puntualmente
están a merced del Señor feudal.
Deben pagar también la corvea (carga personal consistente en
trabajar gratuitamente en las tierras de su Señor) una vez que
hayan arado su tierra; y deben, otrosí, entrojar el trigo (el
trigo de la reserva) La martiniega, así llamada por cobrarse
por la fiesta de San Martín (el 11 de noviembre) Y aún
deben la ofrenda navideña, pagada tres semanas antes de Navidad,
por San Andrés, que suele ser el mejor momento elegido de la
matanza del cerdo. En Navidad deben darle a modo de colofón,
y además, dos gallinas ponedoras, y éstas han de ser de
las buenas... que les han de pagar a sus Señores un par de gallinas
prietas, gordas, crestidoradas y en pie.
"Los prelados, grandes, señores y caballeros, que son los
que recogen todo el pan en grano que los dichos labradores labran y
cultivan, no pagan ninguna cosa; y han de cargar todo sobre los labradores,
los cuales no pueden escapar de un grano que vendan". (Actas de
las Cortes de Castilla)
A todas estas tareas se suma la obligación de trabajar los utensilios
de labranza, moler el grano de la cosecha y luego panificarlo en los
monopolios Señoriales: molinos, hornos y fraguas que sólo
el Señor de Cespedosa y La Puente del Congosto tenía autorización
de construir -o en el molino del Ilmo. Sr. Obispo de Ávila, don
Sancho Blázquez en el caso del lugar de los Graxos- y deben ser
utilizados obligatoriamente por todos los habitantes de la dicha aldea,
en tiempo y vez, y pagar pechos por ello, además, claro, de la
correspondiente esquilma de harina, la llamada maquila, sustraída
por parte del distraído molinero.
- Molinero y no ladrón, sería caso de admiración.
- Razón de más que se gasta su merced. Mi padre, a quien
Dios tenga a su lado, me canturreaba la misma copla camino del molino:
De molinero a ladrón no hay más que un escalón;
y aquéste es tan bajo, que lo sube de un salto un escarabajo.
Se amasa el pan en las casas, pero se cuece en los hornos públicos,
propiedad del Señor de Behetría, como en tiempos de Roma.
El panadero, así mismo, se queda con una porción de masa
en pago de sus servicios (una pella por pan, aproximadamente), la denominada
poya, con la que prepara bollos o pastelillos que luego vende por su
cuenta. En el cercano y próspero lugar de Manjabálago,
hay un hornero llamado en la pila Bonifacio y a quien todo el pueblo
le apoda el Poyagrande, no por el cumplido calibre de su credencial
masculina, sino por las abusivas poyas -¡el muy ladrón!-
que, al menor descuido, te detrae de la masa de pan.
En contrapartida, se sopesa en la balanza de la justicia la seguridad
de los súbditos a cargo del Señor de Behetría.
En las Cortes celebradas en Valladolid en el año de 1325, convocadas
por el rey Alfonso XI de Castilla, el rey se aviene a que "otrossí,
a lo que me pidieron por merçed que non mande matar nin prender
nin lisiar nin despechar nin tomar a ninguno ninguna cosa de lo suyo
sin antes ser llamado e oído e vencido por fuero e por derecho,
por querella nin por querellas que d'él den. A esto respondo
que tengo por bien de non mandar matar nin lisiar nin despechar nin
tomar a ninguno lo suyo, sin antes ser oído e vendido por derecho.
Otrossí, de non mandar ninguno prender sin guardar su fuero e
su derecho a cada uno. E jura de lo guardar".
"Esfuérzate y no llores,
que aunque en mí la piedad es muy propicia,
para que no lo ignores,
también hay atributo a la justicia:
Dí quién te hizo agravio,
que quien al pobre ofende, nunca es sabio".
(LOPE DE VEGA, El mejor alcalde, el rey)
La pena es que el monarca devenía en una figura lejana, en
la esfera de lo imaginario, y que el sufrido campesino tiene que resignarse
a principiar su oración diaria con El pan nuestro de cada día...,
sin mayores esperanzas, en la utópica espera de cosechar más
en mejores tiempos en una economía de autosubsistencia, o de
la conquista del siempre problemático pan cotidiano.
¿A do los buenos señores,
adónde los buenos reyes,
dónde los buenos prelados?
- Dios nos conserve a este Señor, no nos venga otro peor.
- Entretanto..., plantemos ajos que ayudan al campesino en sus trabajos.
Capítulo III: LOS CAMPESINOS
Para ver cómo es la vida cotidiana en el lugar de los Graxos
vamos a observar la de Acazio, alias el Tumbarrobles. Acazio es hombre
de edad mediana, alto de hasta siete pies bien cumplidos, recio, curtido
y musculoso, de anchas espaldas y manos como palas de amasar; adorna
la cabeza con leonada melena cobriza, está bien proporcionado;
trabajador como hormiga en verano, gusta de hacerles favores a sus convecinos
más necesitados y míseros para quienes su palabra vale
más que cualquier firma en pergamino de un merino real, se muestra
honrado y es fiel a sus amigos y paisanos a carta cabal. Como casi nunca
hay jueces a mano, y son tan deficitarias las comunicaciones, a veces
tiene que oficiar de hombre bueno y, cuando algún convecino del
villorrio falta en hacer bien lo que debe, Acazio examina minuciosamente
el delito en presencia de los afectados. En el Ordenamiento de Leyes
de las Cortes de Burgos, 1315, se dice: "Que los alcaldes que libren
los pleitos bien y derechamente... y que no tomen algo ni presente ninguno
por razón de los pleitos que libraren". Si, tras juzgar
el caso de la forma más conveniente, y harto concienzuda, según
los Fueros vigentes, los privilegios otorgados y las normas establecidas
y aceptadas por el uso y la tradición, Acazio se dirige solemnemente
al acusado pronunciando como dictamen definitivo las palabras que éste
más espera: "¡Váyase, su merced, por las callejas!";
"¡Esta es la palabra del fiel Tumbarrobles!", ello significa
que el reo queda absuelto de inmediato de todas aquellas faltas acusatorias.
Y, algunas veces, como juez de paz del Concejo, remata Acazio de forma
harto socarrona: "Esta sentencia es la derecha; y la torcida...,
¡la del candil!".
Callejas:
humildes callejas
que van limitando
los huertos yerberos,
y alejan
del pueblo
los hombres, al campo,
cargados de aperos.
Callejas:
humildes callejas
que van retorciendo
sus cauces de piedra,
y acercan
al pueblo
los hombres, del campo,
sudada la brega.
Callejas:
humildes callejas
regadas por tantos
sudores y penas,
las zarzas
de mora
transforman sus bardas
en rojos y negros
balcones de piedra.
Callejas:
humildes callejas
que vierten al pueblo
la paz de los campos
y alejan...
¿Qué aleja del pueblo,
torciendo su espina,
la humilde calleja?
Existen ciertas ordenanzas que son de obligado cumplimiento en la
totalidad de los reinos dependientes de la corona de Castilla y León.
Acazio, que sabe leer y escribir, y en cuyo buen juicio y honesto talante
confian tanto el Señor de Guzmán como sus convecinos del
lugar de Graxos, se las sabe casi todas de memoria: ... que tengo por
bien no mandar matar ni lisiar ni despechar ni tomar ninguna cosa de
lo suyo sin ser antes oído y vencido por fuero y por derecho,
les tenía encomendados a los jueces el rey Alfonso XI. Además
de ser el fiel, como hemos señalado más arriba, cada vez
con más asiduidad se tiende a juzgar el delito en el término
o lugar que se comete y, por consiguiente, poco a poco se va desenganchando
el Concejo de Graxos de su absoluta dependencia del de Manjabálago
para los diversos trámites administrativos. Acazio, el Tumbarrobles,
tiene que desempeñar, pues, con relativa frecuencia, el oficio
de "hombre bueno", o "juez de paz". También
es cierto que, gran parte de tales normas, sólo son aplicables
en el ámbito de las ciudades y en nada conciernen a la normal
convivencia de los graxenses. El siglo XIV es un siglo revuelto, feroz,
voraz y despiadado, y cuán lejos quedaban ya aquellos tiempos
del orden y la paz que el buen rey Alfonso el VI acertó a imponer
en todos sus reinos castellanoleoneses, ya fuese en la ciudad, la aldea
o en descampado:
"En sus días tanto abundó justicia en la su tierra,
que si una mugier sola leuasse por todos los sus regnos en su mano oro
et plata o cualquier otra cosa, también por yermo como por poblado,
non fallarle ninguno quel tomasse ende nada nin aun quien le dixiesse
en mala guisa que lieuas y, nin le fiziesse pesar ninguno" (Lucas
de Túy)
- Se dize animales mostrencos de cualquiera res que se ha perdido y
no le parece dueño. Cuando hallan la tal res deven publicalla
y pregonalla. Y assí, del verbo monstrare se dixo monstrenco.
- Si alguien mata a un vecino suyo, y los parientes del muerto pueden
probarlo, quien lo haya hecho tiene que pagar trescientos sueldos: cien
sueldos al Rey y otros doscientos a sus parientes y, además,
es tenido por omiciero. Si los parientes no pueden probarlo, el malhechor
se salva con el testimonio de doce vecinos jurados.
- Si un criado que está a sueldo, mata a un hombre, y mientras
está con su amo le denuncian, por él tiene que responder
el amo.
- Si un padre maltrata a su propio hijo, y éste muere a causa
de las palizas, no es tenido como homicidio.
- Si un cristiano mata a un judío o a un moro, si es manifiesto,
paga 300 sueldos; si lo negare, sálvese con otro jurando que
no lo ha hecho.
- Si un vecino rapta a una vecina (póngala en medianería
ante sus parientes y los vecinos del pueblo), si aquélla quiere
irse con sus parientes, el raptor tiene que pagar 500 sueldos a los
parientes de la mujer y es tenido como culpable; pero si la mujer quiere
irse con el raptor, arréglense éstos como mejor puedan
y sea ella tenida como culpable.
- Comadre y vecina mía,
démonos un buen día.
- Señor vecino y compadre,
con mañana y tarde. (CORREAS, Vocabulario, pág. 430a)
- El vecino que viola a una su vecina, y ésta saliera dando
voces y presentara dos testigos de la dicha violación, el violador
tiene que pagar no menos de otros 500 sueldos a los parientes de la
mujer, y es tenido como culpable; si la mujer no puede probarlo (normalmente
por falta de testigos) y el vecino lo niega, éste se salva con
doce jurados, y la mujer, tratada como perjura, es condenada muy severamente.
La mayor parte de las mujeres violadas no se atreven a presentar denuncia
ninguna por temor al castigo.
Si una mujer es sorprendida con un moro o con un judío, y pueden
ser capturados, ambos conjuntamente sean quemados. (Fuero de Teruel)
- Si algún omne diera yervas a la muier, porque la faga abortar,
o quel mate al fijo, el que faze debe prender muerte, e la muier que
toma yervas para abortar si es sierva reciba C.C. azotes; si es libre,
pierda su dignidad e sea dada por sierva a quien mandar el rey:
"Si alguna muier libre o sierva mata su fijo, pues que es nado,
o ante que sea nado prende yervas por abortar, o en alguna manera lo
afogare, el juez de la tierra, luego que lo sopiere, condémpnela
por muerte. E, si la non quisiere matar, ciéguela; e si el marido
ie lo mandar fazer, e la sofrier, otra tal pena debe aver.
Quien fiere muier en alguna manera, o por alguna ocasión le faze
abortar, si la muier muriere, aquel prenda muerte por el omecillio que
fizo. E si la muier abortare, e non obiere otro mal, si ambos eran libres
el omne e la muier, e si el ninno era formado dentro peche C. a L. sueldos;
e si el ninno non era formado peche C. sueldos." (Fuero Juzgo,
libro VI, título III)
- Los juramentos son tan importantes como una escritura ante notario.
No se puede jugar con el nombre de Dios en vano, y las leyes más
antiguas así lo reglamentan:
El que debiera jurar en causa de homicidio o batalla, jure sobre el
altar; por otras causas, jure sobre una cruz de madera o de piedra.
El que deba jurar diga: "Por Dios y por esta Cruz te juro..."
y no jure por ninguna otra causa; el que reciba el juramento diga: "Si
miente, sea perdido"; y el que jura responda una vez "amén";
y no haya más riña ni reyerta en el juramento, sino que
haya paz sobre la Cruz y el juramento sea de sol a sol. (Fuero de Calatayud
-1131- concedido por Alfonso I el Batallador)
- El que sale fiador por mandato, una vez pasado medio año ya
no responde de ello. Así, ¡cuántos viajes y peregrinaciones
de ricos homes se realizaron durante el tiempo que transcurría
dicho plazo! El que es fiador por propia voluntad del pago, él
responde mientras viva; después de su muerte, no responden por
él ni su mujer, ni sus hijos, ni pariente alguno.
- Quien persigue a un vecino para herirle o prenderle, el que le encierra
en su casa y le hiere o golpea delante de su puerta, si el encerrado
tiene dos testigos, el culpable tiene que pagarle 300 sueldos al que
es encerrado; y si no hay testigos, el acusado tiene que jurar que no
lo ha hecho sobre el altar donde se jura por homicidio.
- Que ningún vecino pague prendas de otra cosa sino del ganado
que sale por la mañana y debe volver por la noche; y el dueño
del ganado jure que salió por la mañana y que debe venir
por la noche; vaya luego aquél por quien se han entregado prendas
y ponga fianza ante su juez: si no quisiera tomarlas, coja allí
mismo testigos y vuélvase; después, el dueño del
ganado, tráigalo como mejor pueda.(Fuero de Calatayud.)
- Quien toma prendas de su vecino y se las lleva a la fuerza, las tiene
que pagar como doble. (¡Ay!, de quienes osen comerse la hoja ajena,
por escribir un ejemplo ilustrativo, y sean sorprendidos y denunciados
por otro campesino... ¡Hasta sus propios animales sufrirán
de indigestión y dentera!)
- El que produce a su vecino una herida por la que se salen los huesos,
tiene que pagarle al herido 60 sueldos; si le rompe un diente, 100 sueldos;
y si le taja una mano o un pie, o le saca un ojo o le parte la nariz,
tiene que pagarle como por un homicidio. (Caloñas por heridas)
- Está prohibido llevar dentro de las villas cualquier clase
de arma.
- Se considera ladrón a quien después de sonar el címbalo
anduviere por las calles de la villa, e, interrogado, no acertase a
justificar la rectitud de su propósito y estancia en ella, acreditando
su veracidad con el testimonio de hombres buenos.
- Todos aquellos vinosos que no acertaban en su decir... ¡a la
trena!
Alfonso el Casto, rey de Aragón, confirmándole los fueros
a la ciudad de Jaca, dice lo siguiente: "Respecto a los ladrones
establecemos esto: en cada villa habrá tres o cuatro hombres
buenos que juren no ocultar los hurtos, sino manifestar lo que sepan
al merino del rey; pero el merino por ningún caso descubrirá
quién le señaló al ladrón, y así
caerá éste en poder del rey. Si alguien se atreviere a
oponerse a que el merino prenda al ladrón, comuníquelo
el merino al señor rey, y el rey hará justicia de toda
la villa, y con los que hubieren defendido al ladrón hará
lo que se debiere haber hecho con él. Si alguno hurtase o robase
ovejas o cabras, pagará nueve por cada una. Nadie se atreva a
embargar el buey, la oveja o la cabra, si hay otra hacienda en que hacer
el embargo; pero si no la hubiere, podrá tomarse prenda en ovejas
o bueyes por mediación del merino. Si alguien embargare buey,
oveja u otra bestia, no podrá morir la prenda antes de los nueve
días, y nadie se atreva a dar la piel de una bestia por la de
otra que purió pignorada, sino que devolverá la misma
piel de la que murió; el que hiciere lo contrario sea juzgado
como ladrón."
- Si hay disputas entre los aldeanos (por ejemplo, a causa de cuántos
animales puede poner a pastar un hombre en un campo comunal, si la linde
de tu roza la montaste sobre la mía...), el representante del
Señor feudal -en Graxos feudo de behetría, dependiente
del Señor de Cespedosa y La Puente del Congosto, lo es Acazio,
como hombre bueno-, zanja la disputa de acuerdo a lo que parezca ser
la costumbre habitual del feudo. Si un aldeano ha hecho algo malo, el
Señor don Nuño de Guzmán, o su representante, puede
castigarlo. Normalmente el castigo consiste en una multa de granos o,
en determinados días, de trabajos comunales -como arreglar las
roderas de los caminos, sanear las fuentes de abundosas aguas en la
sierra... - porque el derecho a colgar a los malhechores convictos se
reserva, sobre todo, para los rectos tribunales del Rey -aunque sus
merinos no frecuenten los lejanos et míseros poblachos de las
sierras- o el de los Señores más importantes.
- Los ladrones infestan los solitarios caminos carreteros; cuando un
rey ordena que se quiten los árboles y los arbustos a una distancia
de tiro de arco a cada lado de la carretera, tiene buenas razones para
ello.
- Aunque la sociedad bajomedieval es plenamente sedentaria, aún
se conservan las costumbres del vagabundaje, movilidad y marginación
por medio de la búsqueda de la soledad o de otras tierras, que
nos resultarían hoy sorprendentes. La forma más conocida
de esta práctica itinerante es la de las pías peregrinaciones,
que responden tanto a móviles religiosos como sociales: el escaso
arraigo de los hombres de la época con respecto a la propiedad
material de la tierra y sus connotaciones. En todo caso, hay otras manifestaciones
que, al contrario de lo que ocurre con la peregrinación, producen
situaciones de marginalidad, como son la retirada vida en el monte y
el bosque, al margen del ager más civilizado, propia de gentes
proscritas, ermitaños, leñadores y carboneros, pastores,
a veces, o la práctica del oficio de juglar, casi siempre nómada
y mal integrado en el tejido social.
- Los fueros castellanos equiparan los moros a las bestias, al extremo
de multar el de Cáceres con un maravedí a todo omne que
echase can morto o porco morto, o moro, o bestia morta o tal cosa que
fidionda, en la calle o en la villa. Para no ser confundidos con los
cristianos llevan el cabello cortado en redondo, la barba larga y una
sotana de aljuba o almejía; prohibiéndoles, así
como a los judíos, el uso de piedras preciosas y aun de anillos
de oro.
- ¿Cómo no llevar las joyas encima, hombres y mujeres,
si en los reinos de la cristianísima Castilla no podían
comprar tierras?
- La situación de los judíos españoles es, en este
siglo, privilegiada no tan sólo respecto a la de los moros, sino
a la de sus correligionarios de otros países en Europa occidental.
Resignándose, eso sí, a no tener nodrizas, siervos ni
amores cristianos; a cubrirse con una sobirana vestidura, ceñida,
cosida a la capucha y de paño liso, que no fuera listado, ni
verde, ni aun rojo; obligados a abstenerse del proselitismo y de las
abominables prácticas que denuncia y condena Alfonso X el Rey
Sabio en el título XXIV de la Setena Partida. Es decir, viviendo
en los sus lugares mansamente e sin mal bollicio pueden los hebreos
peninsulares gozar tranquilos de sus bienes y practicar su culto en
sinagogas autorizadas y protegidas por la ley.
Cierto que no se permite a los judíos "auer oficio, nin
dignidad para poder apremiar a los cristianos"; cierto que se prohibe
a éstos convidar a israelitas o ser convidado por ellos, comer,
beber y el bañarse "en uno" con judíos; gustar
el vino elaborado por los enemigos del Señor Christo y recibir
"melezinamiento nin purga que fuera fecha por mano de judíos",
aunque sí la recetada por algún sabidor hebreo, compuesta
"por mano de cristiano que conozca e entienda las cosas que son
en ella".
Acazio, si le es posible, enseguida da cuenta del resultado del juicio
a su Señor, don Nuño de Guzmán, por medio de un
ágil veredero: un onbre ligero e trotero quien, rápidamente,
por trochas, atajos y veredas señaladas llega presto hasta los
castillos de Cespedosa o de La Puente del Congosto. En estos menesteres,
Acazio Tumbarrobles, el hombre fiel de nuestro lugar de los Graxos,
es sobremanera inflexible y siempre se muestra tan diligente porque
conoce el carácter encrespado de su natural Señor de behetría
y su escrupulosidad en administrar justicia. Tiene avisados a todos
los habitantes del pueblo para que no se dejen sorprender y que nadie
les pudiera, así, "echar el muerto". Según las
leyes bajomedievales, si aparece en el término una persona que
hubiese muerto de forma violenta, y no se puede descubrir al autor o
autores del delito, aquel pueblo en cuyo término aparezca, de
manera conjunta y a escote, está obligado a pagar una multa a
la corona. Por ello, procuran trasladar el cadáver a otra aldea
donde sus habitantes anduvieran menos alertas o desprevenidos, y pagasen
ellos el muerto, y de ahí surgió la dicha expresión...
Todos los graxenses, de forma inmediata, procuran comunicar el hallazgo,
si el tal se producía, a Acazio, para que él, como fiel
del pueblo y al servicio de la justicia del Señor de Behetría,
determine qué hacer. En su momento, también Acazio el
Tumbarrobles signa a los nuevos propietarios de tierras y ganados, es
decir, asienta su nombre en el Libro de Pechos y Alcabalas, donde se
inscribe con pluma de ave gallinácea el nombre del padre, "e
anssi deciaçe enpadronear", y el de la madre, "e anssi
deciaçe matricular".
Los fueros o privilegios concedidos por los Reyes o los Señores,
no llegan en su copia original para ser leídos por sus destinatarios.
Existe un medio de multiplicar estas leyes por medio de los llamados
traslados. El Rey, o el Señor, dicta el documento base que se
guarda en los archivos reales o señoriales. Como éste
debe llegar a muchas partes se hacen las copias o traslados por escribanos
públicos que dan fe de su autenticidad. Cuando se trata de un
Concejo se manda uno de estos documentos y, reunidos en el atrio de
la Iglesia, se les lee a todos ya que la mayoría no saben leer
ni escribir. Este era el objeto de los pórticos románicos
ya que los Concejos, hasta muy adelantada la Edad Media, no poseían
casa propia de reuniones. La fórmula general de todos los documentos
que han de llegar a la masa del pueblo es doble: "sepan cuantos
esta carta mía vieren e oyeren...", pues la mayor parte
no leen, sino que simplemente escuchan, y así la Ley se da por
promulgada.
Acazio también es villano, sí, pero uno de los pocos campesinos
libres en la aldea, ya que la mayoría son siervos del Señor:
es un encomendado bajo la protección del Señor de Guzmán.
Nuestro hombre, que se llama como el Santo Patrón principal menor
de nuestra aldea de los Graxos (San Acazio y sus compañeros mártires),
vive en una de las casas más grandes del lugar, sita en el barrio
de Cerca de la Iglesia (los otros dos barrios del pueblo se llaman el
Barrio de Arriba y el Barrio de Abajo), junto con su mujer, Liberata,
y los dos hijos que aún les viven a ambos, Eutimio el Trepapinos
y Policarpo el Zarzales, a quienes su madre procura llevarles todos
los días bien despercudíos. Liberata la Fermosa, es algo
más joven que su esposo Acazio, se casó con apenas los
quince años recién cumplidos y ahora ya se acerca a los
veintiocho. Aunque más esbelta que la mayoría de las mujeres
del poblado, también es más menudita que su esposo, de
cintura cimbreante como los tallos de la fresneda, fibrosa y ágil;
morena de misterio, hecha del fuego del sol como las granadas maduras
y la fértil ocredad de las tierras de la dehesa de La Nava de
los Carros; con el cabello negro como las noches sin luna, el mirar
igual que el agua cantarina de las fuentes, sus ojos reflejan la inquietante
y tupida penumbra de las boscosas laderas del Castrejón... ¡y
es muy temperamental! Liberata, la Fermosa, destaca entre las distintas
mujeres del lugar de los Graxos por ser ama y señora de las doce
señales de una dama: negra en cejas, cabellos y ojos; luenga
en cuerpo, cuello y dedos; ancha de caderas, espaldas y frente; bermeja
en labios, mejillas y encías...
Pues que me tienes,
Acazio, por esposa,
mírame, Acazio,
cómo soy hermosa. (Cancionero de Medinaceli, 42)
- Dios me dé morena con gracia y no rubia lacia, -había
repetido una y otra vez el joven Acazio cuando estaba soltero.
Acazio tiene en arriendo unas cuantas franjas de la tierra común,
que pertenecen al Señor de La Puente del Congosto y Cespedosa.
A cambio, le paga su renta en metálico cuatro veces al año
y, además, lleva a cabo una serie de trabajos que son obligatorios
para todos los arrendatarios rurales. Una parte de estos dichos trabajos
(fazendera) consiste en ayudar a reparar el camino-carretera (la pomposamente
denominada Calzada Real) que, viniendo desde Ávila, orilla el
pueblo y llega hasta Peñaranda. Al igual que la mayor parte de
los Señores feudales castellano-leoneses, el de Cespedosa y La
Puente del Congosto, don Nuño de Guzmán, tampoco tiene
demasiado interés en que se hagan estos arreglos y, además,
le parece una molestia innecesaria y una pérdida de tiempo, pero
desde que el caballo del comisario encargado de cobrarle los tributos
tropezó en una rodera hace unos años, haciendo que su
lacayo se hiriera en un brazo dejándole casi inútil de
por vida, se siente obligado cada otoño a reparar los tramos
más estropeados. Por tanto, en esa época del año
todos los arrendatarios tienen que ponerse a extraer piedras y tallarlas,
y también a rellenar los baches y las roderas, sobre todo en
la llamada Calzada Real o camino carretero.
Los fueros castellanos ya prescriben previsoramente unas anchuras mínimas
para todos los caminos, fijándolas en la necesaria para dos bestias
cargadas en aquellos caminos que salgan de las fincas, y en dos mujeres
con orzas a la cintura, para los que lo hagan desde las ciudades.
Ante tan reducido tamaño de tales caminos, las carretas -el vehículo
de transporte más utilizado en esta oscura época bajo
medieval que estamos observando en nuestro lugar de los Graxos- prefieren
seguir las cañadas de la Mesta que son mucho más anchas.
La jornada de los carros y carretas no pasa de los 40 kms. de recorrido.
- Si los bueyes son recios, amigo mío; sólo si los bueyes
son recios.
- ¿Y con la revolucionaria innovación del cambio del buey
por la mula?
- ¡Ah!, entonces, sí.
Además de todo esto, hay unas obligaciones determinadas que no
se pueden cambiar por dinero, ni siquiera los campesinos libres, y que
han sido fijadas por la costumbre local desde hace generaciones. Así,
Acazio debe entregar a su Señor don Nuño de Guzmán,
y por Navidad, como más arriba ya apuntábamos, una gallina
hermosa y ponedora, y una cesta de huevos por Pascua. Luego, cuando
él muera, Liberata o su hijo mayor tendrán que entregarle
el mejor animal de cuantos tienen (nuncio); este regalo es llamado de
la manomuerta, y ha de ser pagado antes de que uno de los hijos pueda
tomar posesión de las tierras de su difunto padre.
Pero aparte de estas obligaciones, Acazio el Tumbarrobles disfruta de
mucha más libertad personal que los siervos que viven en Graxos.
En efecto, él y su familia son libres, y pueden marcharse del
pueblo si así lo desean, e ir a servir a otro Señor, o
incluso trasladarse a vivir a la ciudad. Además, no corren el
peligro de ser enviados a otras posesiones, o vendidos como los siervos
comunes, y también pueden poseer armas y llevarlas consigo, como
corresponde a su posición social y a sus ingresos. El rey Alfonso
XI declaró que era obligatorio el que todos los hombres libres
tuvieran algún tipo de armas, y que éstas podían
variar desde una espada o una lanza para los más pobres, hasta
una cota de malla, con escudo y caballo, para los nobles y los caballeros
ricos. (Al liberar a un siervo suyo, don Nuño de Guzmán
le entrega un arma como símbolo de su nuevo estado) Por el momento,
Acazio no tiene más que una espada que le regaló su abuelo
quien, como peón ligado al Señor por vínculo de
dependencia, luchó contra el moro más allá de las
sierras. Cada aldea tiene que poner a disposición de la tropa
común, y al menos durante dos meses al año, a un hombre
con su caballo y lanza para que vigile la frontera. Algunas aldeas contratan
gente para que lo hagan. Hay algunas noches felices, en que Acazio sueña
que si se enriquece un poco más, entonces tendrá su propio
caballo como los auténticos caballeros, un casco y escudo, lanza,
daga, cuchillo de misericordia y obligación de asistir al alarde
militar con su fiel peonada. Y que vuelve jinete victorioso, con otros
caballeros, tras haber derrotado a los ejércitos árabes
en un fiero y peligroso combate, y con los enemigos vencidos y atados
por las muñecas al arzón trasero de la silla de su caballo...
También por entonces el soñar era gratis.
Quizás la mayor ventaja de ser libre sea la posibilidad de comprar
o adquirir tierra para uno mismo. Pidiendo permiso al Señor,
puede reclamar un pedazo de tierra aún no cultivado, roturarlo
y trabajarlo para su propio beneficio. En el siglo XIV en el que nos
encontramos, es bastante frecuente que un hombre libre enérgico,
y harto emprendedor, obtenga permiso de su Señor para limpiar
una zona de monte bajo y así cultivar allí otras cosechas;
además, los beneficios que obtenga de esta tierra lo serán
exclusivamente suyos, a excepción de un real de vellón,
o quizá dos, que pagará como renta al Señor. Esta
tierra nueva, denominada roza, puede llegar a ser muy valiosa para Acazio,
ya que puede vender en el bullicioso mercado de Ávila, o en lugares
más cercanos, todas las cosechas de cuanto allí cultive,
y utilizar los reales de vellón obtenidos para comprar mejores
herramientas: un cabuche para el muchacho; una zafra grande y otra pequeña
para que Liberata, la Fermosa, su mujer, guarde sin desdoro el aceite
de las ollas y las sartenes; quizás algún animal de labor,
e incluso algunos artículos de cama o de mesa para su familia.
¡Ah!, y poder realizar un secreto deseo: comprarse un buen botillo,
o borracha de cuero (un cuerezito pequeño, con la mitad de costura,
con su brocal en el cuello, que en Castilla llaman bota, por ser del
pellejo atusado y corto), así que buenamente pueda. Sueña
con una vejez feliz junto a su esposa Liberata, rodeados de voces infantiles
y familiares, de la vista de los campos en flor y el misterio de los
bosques, del agradable mugido del ganado, de los árboles frutales,
una sombra acogedora y el murmullo del río.
En las ciudades, los días que se celebran los mercados, las gentes
se arremolinan en las plazas, las calles y bajo las arcadas en medio
de un ruido ensordecedor y de una gran algarabía, entre empujones,
insultos y riñas. El mercado bajo-medieval puede ser diario o
permanente (azogue) y en él se venden todos los productos artesanales
que se fabrican por los maestros de los gremios en dicha ciudad; semanal,
con ámbito comarcal o regional y las ferias más importantes
o mercados anuales (éstas más bien de ganado) que se celebran
únicamente durante unos días determinados y que siempre
los hacen coincidir con alguna festividad religiosa: el Patrón
de la ciudad o una romería popular a alguna ermita famosa. Unos
venden las galochas, abarcas y los zapatones que han fabricado durante
la semana, para comprar nabos, sebo, pan, vino, una pierna de carnero,
cecina de vaca o de castrón..., otros el trigo o el vino que
les sobra, cabezas de ganado menor, lino, legumbres o alguna res envejecida
por el trabajo o desgraciada en accidente fortuito, para mercar alguna
reja de arado, espadas y monturas o adquirir sayas, mudas de mesa, tapetes...
(Habitualmente los humildes calzaban simples sandalias muy parecidas
a las que asumieron los frailes franciscanos como signo de su gran humildad)
Para gozar de la sombra, unos hortelanos han armado sus miserables toldos.
Han clavado en el suelo gruesos troncos, cruzado dos ramas por los agujeros
abiertos en los palos unos dedos antes de su remate superior y tendido
sobre las dos varas aspadas un sucio pedazo de lienzo moreno. Bajo estos
tenderetes, en grandes banastas hechas con delgadas tiras de castaño,
haya o sauce, o en cestos cuévanos, carguillas o talegas de mimbre,
ofrecen manzanas, ajos, cebollas, higos, peras, castañas, nueces
y otras mil frutas y hortalizas diversas. Sentadas detrás de
sus cántaros, ollas, pucheros, barreños y cazuelas de
barro rojo vidriado en su interior, unas mujerucas cejijuntas, de pómulos
salientes, pelo entrecano y tez morena, esperan comprador a sus cacharros.
Junto a ellas unos mozos, de manos ennegrecidas y de rostros humados,
ofrecen instrumentos de hierro, latón, acero y cobre. Sobre mantas
raídas tienen hachas, hoces, azadas, azuelas, cuchillos y tenazas;
amontonadas junto a las mantas varias rejas de arado, y delante largas
filas de trébedes, morteros, sartenes, calderos y cuencos, entre
los que figuran algunos de latón. Unos labriegos miran, remiran,
palpan y vuelven a palpar varias tiras anchas de cuero llamadas tórdigas;
unas correas (sobeios) para atar el yugo a la lanza del carro; varias
melenas para adornar la testuz de los bueyes y algunas sogas, coyundas
y cabestros que penden de un palo horizontal colocado sobre dos verticales
clavados en el suelo. En las cercanías se venden algunas piezas
sueltas de ropa de casa o de vestir; manteles, cobertores, almohadas,
colchas, camisas... (En el siglo XIV se suele dormir desnudo, con lo
que, al despojarse de los vestidos, se aleja la dañina presencia
de los piojos y pulgas que tanto molestan durante el día) Dos
colchas de seda, no se compran por menos de 150 maravedíes. Otra,
de color rojizo, vale arriba de 100, y más de 20 una de algodón.
Por un par de manteles tableados se paga algo más de 15 maravedíes.
Una toca con oro, alrededor de 30. El Fuero de Cuenca advierte: "Que
leñadores y los que llevan las cargas, vayan dando voces por
las calles y plazas, que no hagan daño empujando a alguno".
Tras las continuas batallas, los caballos han alcanzado tanto valor,
que incluso los más famélicos se cambian por 8 bueyes.
Por los más recios se pagan 100 sueldos, suficientes para comprar
20 bueyes, 100 ovejas, una espada de remates dorados o incluso unas
tierras. Sobre todo ello tenía derecho de impuesto el monarca.
En los mercados de azogue, o diarios, tienen preferencia los siervos
de los Señores, -aquellos fámulos que trabajan en las
despensas, bodegas o cocinas mayormente- o las criadas de las damas,
si a éstas se les antoja algún abalorio llamativo, lucidas
preseas o una pieza de tela especialmente rara y difícil de conseguir.
Llegada la hora en que los despenseros de los nobles se retiran del
mercado con los criados de la casa señorial portando las viandas
u otros objetos de la compra, y siempre a toque de campana de una de
las iglesias más próximas, se inaugura el tiempo de compra
de los villanos, que acuden así a disfrutar de los restos.
El celoso sayón de la ciudad viene recaudando las maquilas del
rey, los derechos que pertenecen al monarca, y es el impuesto que pagan
todos cuantos llevan a vender algo al mercado. Por cada carreta de nabos
exige tres denarios, uno por la carga de cada pollino, y un puñado
de nabos a los labriegos que vienen a pie con las alforjas llenas. De
cada carro de ajos o cebollas toma veinte ristras de ocho cabezas, diez
ristras por la carga de un asno y cinco por la de un peón, y
en proporción análoga cobra maquilas de las castañas,
peras, nueces y demás productos que se venden en aquella zona
del mercado. Cobra una emina por cada carro de sal, un sueldo y una
olla de vino por cada carreta de pellejos o cubas, quince cuartillos
a los vinateros por la carga de cada asno, y de la cera, grullas, gallinas
y palomas. Las leyes establecen que el domicilio es inviolable y el
sayón no puede entrar en él para cobrarse ninguna deuda
ni castigar robos. Eso sí, puede desenclavar la puerta y llevársela
en prenda de pago.
En los mercados medievales la profesión más difundida
y exitosa es la del regatón o regatero que, en general, está
en manos de mujeres. Su mayor trabajo consiste en la compra-venta de
una serie de productos, como la caza menor, volatería y pequeños
animales de corral, huevos, leche, hortalizas, queso y frutas. Los adquirían
a los campesinos próximos a las ciudades y los revendían
en el mercado. Las regateras se ganaron justamente la fama de avariciosas.
En la época llega a decirse que son gentes ociosas, que pululan
por todas partes y tan mentirosas que "si decían la verdad,
se les caían los dientes": Cree el regatón tener
la razón y se muestra mal hablado y por un par de castañas
en mal estado es capaz de llegar a las manos y a tratarte de puta. (Antonio
Pucci)
Según el árabe Ibn'Abdün, así debe ser la
calidad de los productos que se vendan en los mercados:
- No venderán leche más que personas de fiar, porque,
si no, la añadirán y mezclarán con agua, en detrimento
de los musulmanes.
- Las medidas para la leche habrán de ser de barro vidriado o
de madera, pero no de cobre, porque éste cría cardenillo,
perjudicial para los musulmanes.
- Ningún frutero mantendrá la balanza con la mano, sino
que ésta ha de estar colgada.
- Los hueveros deberán tener ante sí unos cacharros llenos
de agua, para poder distinguir en ellos los huevos podridos.
- No se venda el pan más que al peso, e inspecciónese
su cochura y examínese su miga, pues a menudo está "disfrazado",
quiero decir que los panaderos toman un poco de harina buena y con ella
"disfrazan" el aspecto exterior del pan, que por dentro es
de harina mala.
- Las salchichas y las albóndigas han de hacerse con carne fresca
y no con carne de animal enfermo o muerto sin degollar, porque ésta
sea más barata.
- No ha de comprarse vinagre más que a persona de fiar, porque
este producto aguanta ser mezclado con mucha agua, y es un fraude.
- No se vendan muchas uvas a quien se sospeche que las va a exprimir
para hacer vino.
- Deberá ordenarse que los zurradores de cuero y los tintoreros
de seda no ejerzan su oficio más que extramuros.
- Habrá de ordenarse a los que hacen el fieltro que mejoren la
fabricación, porque el que ahora hacen no tiene ningún
cuerpo, poca lana, y de nada sirve.
- No se dejará que ningún vendedor al aire libre levante
sobre su cabeza una sombrilla, a menos que sea más alta que un
hombre a caballo, pues si no sacaría los ojos a los transeúntes.
En su más pura esencia, hoy en día, y en los bulliciosos
mercados de nuestras grandes ciudades, tan asépticas todas, no
hemos mejorado gran cosa en su precavida e higiénica escrupulosidad,
y menos aún superamos su ardorosa preocupación por el
riguroso cumplimiento de la exigente norma.
En Ávila existen los tres tipos de mercado. El mercado semanal,
que se celebra los viernes para toda clase de consumos y, así
mismo, los lunes y miércoles para cereales. Las ferias son del
22 al 30 de junio, coincidiendo con la fiesta religiosa de S. Pedro
y S. Pablo; y del 8 al 11 de septiembre, fiesta de la Natividad de la
Virgen. Además, por un privilegio concedido por Alfonso VII,
la ciudad tiene una medida especial para la medición de los granos,
legumbres secas, la sal, las castañas, etc., y que es conocida
como "el pote de Ávila". (El pote de Ávila era
una vasija de cobre que tenía una capacidad de media fanega,
es decir, seis celemines, = 27,5 litros.)
- Dios me dé yerno que compre las hoces en invierno; que bendita
es la herramienta, que pesa, pero alimenta.
Además, Acazio, al igual que cada vez más miembros de
su estado social por los pueblos de los alrededores, ya sabe leer y
escribir, si bien rudimentariamente. Cuando aún era pequeño,
las lecciones le parecían muy difíciles, y el viejo párroco
del pueblo, don Firmo -quien desgraciadamente, y sin que el algebrista
llegase al tiempo de un eficaz socorro, junto al peñasco denominado
Quebrantaollas (que vaya a saber su merced si las tales "ollas"
tan quebrantadas no serían por un casual azar las emboinadas
y durísimas cabezas de nuestros más recios y antiguos
paisanos, porque unas cuántas cruces conmemorativas de desnucamientos
y desgracias luce grabadas sobre sus lomos la susodicha piedrecita),
murió desnucado al caerse del mulo que lo traía desde
Balbaharda-, le consideraba un niño lento y poco trabajador,
pero ahora se da cuenta de que todo aquel esfuerzo mereció la
pena. Hay ocasiones en las que puede ser de utilidad a los comisarios
del rey o sus merinos, y también a los jueces pues, como las
comunicaciones a todos los rincones de sus reinos son muy malas -las
notificaciones oficiales circulan por el sistema de veredas, envían
a un hombre (el veredero) pueblo por pueblo para transmitirlas-, al
rey le resulta muy difícil mantener un control fiable de las
cifras que manejan los señores terratenientes -y con ello de
los ingresos, los impuestos, y las tasas que deben pagarle a la corona-,
por lo que la mejor manera de conseguir información a este respecto
consiste en enviar a los funcionarios acreditados hasta cada uno de
los Señoríos de behetría, interrogando al respecto
al Señor del mismo, al párroco de cada pueblo, que nadie
se fiaba de nadie, y a los arrendatarios más sensatos y de confianza:
Acazio, el Tumbarrobles, era uno de ellos.
En estas encuestas oficiales, los siempre recelosos por haber salido
siempre trasquilados de cada pesquisa -cualquiera que ésta sea-,
taimados, prevenidos, los escarmentados en arca propia y astutos aldeanos
-en toda forma, solemnemente y bajo señal de una cruz- tienen
que jurar decir toda la verdad en cuanto allí dijeren, y conforme
a su mejor saber y entender. Y si mienten -que mentían como bellacos
así encontraban ocasión propicia de escabullir aunque
fuese una vulgar gallina- o si ocultan alguna información valiosa
-que la ocultan siempre que mintiendo ganen un algo-, pueden ser castigados
severamente, a menos que el error sea de cuenta o de pluma: corregible,
en todo caso, y en cuanto haya lugar y a la primera ocasión.
-¿Y recuerda, acaso, vuestra merced, maese Pedro, el Escribano,
si en aquellos antiquísimos Libros Becerros, o de Fábrica
también llamados, y que usía ha consultado de forma tan
reiterada como parco provecho, presentóse ocasión y vez
en que las cuentas se corrigieran?
- ¡Jamás, velaila, mi curiosa e interesada comadre! ¡Nunca!
¡Jamás de los jamases se corrigió cuenta alguna!
- ¡Qué tíos más majos y echaos palante, y
cuán trapisondas han sido desde los amaneceres de los tiempos
nuestros jodíos paisanos!
- ¿Y mauleros, engañifas y pigres?
- Tampoco faltaron, no.
Resulta bastante complicado saber cómo es el vestido de las
gentes, sobre todo en las zonas rurales, en la baja Edad Media. Bien
es cierto que encontramos algunas pautas generales. El vestido femenino
suele ser largo mientras que el masculino, por contra, es corto. Los
sectores más modestos de la sociedad utilizan colores oscuros,
generalmente negro. Sin embargo, estas afirmaciones son limitadas y
escasamente ilustrativas. El vestuario medieval experimenta una importante
transformación gracias a las ciudades y las burguesías
que habitan en ellas. En ese cambio también influye el frecuente
contacto con otras culturas, especialmente la musulmana, gracias a las
Cruzadas. En una sociedad tan regulada como la medieval no debe extrañarnos
que los asuntos relacionados con el vestuario también tengan
reglamentaciones. Alfonso X el Sabio, cincuenta años atrás,
regula en 1258 las vestimentas según los distintos estamentos
sociales:
Los oficiales mayores y menores de la casa real: "non trayan pennas
blancas ni çendales sin siella de barda dorada nin argentada
nin espuelas doradas nin calças descarlata, nin çapatos
dorados nin sombrero con orpel nin con argent nin con seda". Los
eclesiásticos no podían utilizar ropas encarnadas, rosadas
o verdes. Debe llevar calzas negras, y olvidarse de zapatos con hebilla
y cendales; utilizando en sus cabalgaduras tan sólo sillas de
color blanco. Los canónigos visten de manera más relajada
al estarles permitido el uso de cendales -siempre y cuando no sean amarillos
o rojos- y poder utilizar sillas azules en sus cabalgaduras. La marginación
de algunas clases sociales -como los judíos y los musulmanes-
se extiende también al vestuario. Los judíos no pueden
llevar pieles blancas, ni las calzas rojizas, ni los paños de
color, ni cendales... Los mudéjares tampoco pueden llevar zapatos
blancos o dorados, aplicándoseles también las normas anteriores.
El vestido de los numerosísimos mendigos consta de la capa, camisa,
saya, calzas, zapatos y bragas. Generalmente no llevan esta última
prenda y esto hace que se dejen ver las nalgas.
El onbre enpobeçido trae capa muy catiua
quando aue la camisa non puede auer la saya,
desfallécele la calça, trae rrota la çapata,
por pecados non ha bragas que pueda cobir la nazga.
Miseria del homne. (Siglo XIV)
Sí, ya sé que todas estas modas, tan palaciegas y mundanales,
nada tenían que ver con nuestro apartado lugar de los Graxos,
pero, óiganme sus mercedes, por asomarnos un poquito por encima
de la barrera del Castrejón a ver cómo gira el mundo,
tampoco perdemos demasiado tiempo.
En las ciudades más significadas de los reinos de Castilla y
de León, a principios de este siglo XIV, los varones se cubren
con unas túnicas largas hasta el suelo, los capirotes o cogullas
en la cabeza, sin calzones ni medias, rústicos zapatos de madera,
de fieltro o de cuero, y adornan sus rostros con luengas barbas. Más
adelante, se usarán dos túnicas, la una de hilo y ceñida
inmediatamente sobre el cuerpo, y la otra exterior, de lana, llevando
debajo de ambas una especie de bragas con calzas de paño, generalmente
de color rojo; y se envuelven los pies y las pantorrillas con unas tiras
o vendas de resistente paño. Los hombres se cubren con camisas
de lana, o de lino, de distintos colores. Usan, así mismo, túnicas,
que reciben distintos nombres según sean sus formas. La cerrada
se llama almesia y, la abotonada, adorra. En invierno se cubren, según
la riqueza personal disponible, con abrigos de pieles o simplemente
con pellizas cortas a modos de chalecos. Lo normal en los hombres es
que las faldas lleguen por debajo de las rodillas, aunque pueden llevar
aberturas delante y detrás para facilitar el caminar o la monta
a caballo. En verano, la capa debe proteger del sol durante el día
y abrigar de la fresca brisa nocturna. Se necesitaba bastante tela para
cortar un amplio semicírculo en el que pudieran hacerse las aberturas
para sacar los dos brazos. También podía añadirse
un capuchón. El cierre se realiza con dos cordones o bien con
un broche. Las capas con aberturas para sacar los brazos son típicas
de los siglos XIII y XIV. De la ropa interior -recatada o inexistente-
poco se ve, salvo parte de la camisa y de las calzas. La prenda más
visible de la ropa interior es, sin duda alguna las calzas que muestran
los hombres cuando no van con traje larguísimo, o cuando cosechan
tan sólo en calzoncillos, y las mujeres al trabajar, o por accidente:
un invento muy antiguo que celtas y germanos ya usaban en el siglo VI.
Solían ser de tela y de colores vistosos. Durante la mayor parte
de la baja Edad Media las calzas son una especie de calcetines de tela,
que pueden llegar hasta la rodilla (sobre todo en el caso de las mujeres)
o cubrir la mayor parte de la pierna, atándose a un cinturón
interior o algo similar. En el siglo XIV, la ropa interior masculina
es más bien exterior y con vistas, pues los hombres llevan los
calzones largos por fuera con un braguero que les marca los genitales.
Pero, también existen otros calzones interiores llamados zaragüelles.
Las camisas, en general, se cortan como los trajes simples y con proporciones
similares. Suelen ser de lino blanco, que puede sustituirse por el algodón
para ahorrar. Sería muy raro, y aun escandaloso, el ver a una
persona en camisa, excepto cuando se fuese a la cama o algo así,
ya que se las considera como prendas interiores. Sólo en algunas
épocas medievales se muestran las mangas o, más normalmente,
alguna parte de ellas; suelen dejarse sueltas y asomarse, a veces, por
los agujeros de las mangas del traje que va encima, según el
vaivén de la moda de la época. Ir de paseo con camisa
y falda, y nada más, sería considerado indecente. La forma
de los calzoncillos, probablemente, está muy relacionada con
la de las calzas que van por encima de éstos. Con las calzas
de tres cuartos, usadas durante casi toda la baja Edad Media, los calzoncillos
son muy amplios, ajustándose a la cintura por medio de una cinta.
Hay bastantes ilustraciones de labriegos cosechando en calzoncillos,
sin calzas o con las calzas remangadas.
En nuestro lugar de Graxos, las pieles de cordero, de comadreja, zorro,
ardilla y conejo constituyen el elemento indispensable para las mantas
de los jergones y los mantos. Las pieles más usuales son las
de esquirol o ardilla, las de macho cabrío, carnero, cervatillo,
zorra, liebre, de conejo y gato, que tanto abundan en el término
del Concejo. Como calzado usan abarcas de cuero, prácticas y
resistentes. El vestuario de las gentes campesinas de nuestra aldea
se reduce, casi siempre, a unos míseros, raídos e insuficientes
harapos, o los gruesos y sucios tabardos que sirven como refugio a parásitos
de todo tipo y que se convierten en una de las causas más frecuentes
de los numerosos contagios. La ropa del campesino es bastante holgada,
de tela semejante a la arpillera. Es muy característico y popular
el capote doblado, especie de capa de tela gruesa y de cuerpo, muy usada
por los campesinos y pastores aún hoy, con el fin de protegerse
del frío, de la lluvia y de la nieve. La ropa de Acazio, en cambio,
es casi toda de lana: la camisa suele ser de lana o lino; la túnica
se la puede recoger con el ancho cinturón de piel cuando está
trabajando; los pantalones que van por debajo de la túnica, se
sujetan a la cintura con un cordón corredizo, las medias las
suele llevar firmemente sujetas con una liga a las rodillas, y la capucha
se la pone por encima de las orejas en invierno. Su cubrecabeza para
los días solemnes de fiesta mayor consiste en un elegante sombrero
de fieltro. Cuando está en el campo suele llevar botas.
Para mejor hacernos una idea vamos a jugar a vestirte, amigo lector.
Eres un varón principal -por ejemplo, merino real, que llegas
un día a Graxos de inspección rutinaria- y tienes que
presentarte adecuadamente vestido, claro. Ve realizando lo que yo te
diga. Comenzamos:
"Ponte, primero, el calzón interior. Es de hilo de muy buena
calidad, que en la época lo tienen excelente. Para sostenerte
el calzón, ata la correa a la cintura y enrolla la parte superior
del calzón alrededor de la correa dándole un par de vueltas.
Así se aguantará. La correa va por debajo de la ropa para
sujetarte el calzón. Luego te pones las calzas: son unas mallas
negras de lana. En su extremo inferior, observa cómo las perneras
no van abiertas, sino que tienen pies, como un pijama actual de niño.
Las calzas tienen que ir holgadas, solamente las de gala se llevan ajustadas,
y visitar nuestra aldea no es precisamente una fiesta. Ahora, la camisa,
que también es de hilo, sólo tienes que pasarla por la
cabeza y dejarla colgar. Por último, el jubón, que es
una prenda de fieltro, mezcla de chaqueta y cazadora. Se usa tanto en
el interior como al aire libre, y sólo podrás quitártela
si hace mucho calor. Habrás observado que lleva unos cordones,
como unos rabillos, debajo del fieltro. Tienes que atarte las calzas
a los dichos rabillos del jubón, pasando los cordones de la cintura
por las aberturas de la camisa. Por fin, alrededor de la cintura te
enlazas la cadena de la que penderá la daga, sin ajustarla demasiado".
- Y ya está su merced preparado para el alarde.
- ¿Y no me tirarán piedras, corriéndome a cantazos?
- Lo más probable; y que le achuchen los perros, también.
Pero eso ya pertenece a otro negociado bien distinto al de los ropajes.
- Preferiría aparecer como un San Jorge, caballero sobre blanco
alazán, vistiendo una brillante armadura, y con los atributos
propios de un héroe que ha vencido al maligno dragón y
rescatado a la doncella prisionera.
- Y a mí; átese bien su merced la cinta de las calzas,
y... ¡a la calle!
Capítulo IV: LA CASA
La vivienda del rural campesinado también sirve de granero y
establo, mientras que en las ciudades la casa de los artesanos incluye
el taller. La chimenea, como queda apuntado más arriba, no es
precisamente uno de los elementos fundamentales dentro de cualesquier
tipo de vivienda. Las casas más pobres son las más sencillas,
y constan sólo de un espacio donde toda la familia vive y trabaja,
se come y se duerme. Las viviendas suelen estar hechas con el material
más abundante en la región: adobe, ladrillo, madera o
piedra. Dentro de las ciudades, o burgos, las casas de los vecinos burgueses
más pudientes pueden llegar a tener hasta varias plantas, estando
la zona a pie de calle destinada a la tienda o el taller, y a zona de
cocinas donde se come. La segunda planta es la zona de las habitaciones
y está comunicada con la planta baja por medio de una escalera.
Sobre este primer piso se sitúa el granero y, en el subsuelo,
ubican la bodega. Algo así como los insulsos chalets adosados
de la actualidad. Las baldosas que cubren los suelos, las letrinas,
los costosos cristales que cierran las ventanas, son signos evidentes
del progreso económico y social de los habitantes de la vivienda.
Otro tipo de viviendas urbanas son los típicos corrales castellanos
donde toda gente de condición modesta organizan sus casas alrededor
de un patio donde está el pozo común. Las viviendas son
más bien pequeñas y las letrinas, cuando las hay, de uso
comunitario. En las pequeñas aldeas, como nuestro particular
lugar de los Graxos, los paisanos ni piden ni dan la vez para sus perentorios
aseos, y orean mucho más ecológicamente sus escatológicas
necesidades.
Las limitaciones caracterizan el escaso mobiliario medieval. La cama,
la mesa, los bancos (escaños) y las arcas son los cuatro muebles
básicos en una casa. El más importante es la cama, generalmente
de gran tamaño ya que la familia en pleno suele dormir en ella.
En numerosas ocasiones la cama se construye con unos bancos o tablas
sobre las que se colocan las colchas, siendo un mueble desmontable.
En las casas nobles, la cama es una estructura estable que se adorna
con un dosel. Los colchones son de paja -los más pobres (jergones)-
o plumas. La ropa de cama también varía en función
de la condición social. Las mesas cumplen un importante papel
en la vivienda bajomedieval y suelen ser desmontables -un tablero sobre
caballetes que se quitaba cuando se acababa la comida, de donde viene
la expresión quitar la mesa- o fijas, incluso adosadas a la pared.
Acompañando a la mesa encontramos los bancos. Para amortiguar
la dureza de la madera con que están construidos se utilizan
cojines. Los enseres de la familia se guardan en arcas, desde los vestidos
a los utensilios, los alimentos o los recuerdos familiares; también
son utilizadas como asientos. Los braseros, candiles, alfombras, esteras,
pucheros, sartenes, jarras, tinajas... son lo más básico,
lo que podía encontrarse en casi cualquier vivienda... ¡de
la ciudad!
- En nuestro Graxos, con una frazada de heno limpio, o bálago
seco de centeno para dormir... ya nos apañamos, ya.
Y con cierta ironía, no exenta de la campesina retranca, le comenta
Anthón, el Ronzales, a su mujer Sebasthiana la Mandiles:
- Y en nuestra cama, tan estirá como la del galgo, como no sean
pulgas chupadoras, ¿quién nos va a encontrar algo? Mas,
bendito sea el Señor y alabado Sebasthiana, que así ya
amanecemos vestidos y calzados.
El Fuero de Sepúlveda condena a pechar como forasteros a cuantos
no cubran de teja el techo pajizo de su vivienda. Y poco más
que chozas deben ser aquellas casas de nuestro pueblo en este siglo
XIV que nos ocupa. En general, nuestros paisanos son gente desheredada
que habitan en tabucos de adobe, sin enlosar, sobre la tierra apelmazada:
casas de pocos muebles y ningún adorno. En el antiguo Fuero de
Cáceres (siguiendo la enumeración indicada al detalle
por UREÑA Y BONILLA) las industrias de la construcción
sólo están representadas por los caleros, que no pueden
trabajar sin licencia dentro del término municipal; los carpinteros,
que son castigados cuando venden madera con albura, o séase defectuosa,
y los tejeros, obligados a cambiar a su costa toda teja o ladrillo que
por agua se dannare antes de anno. Los vecinos adquieren los materiales
ya elaborados, pero construyen, sin duda, su propia vivienda con el
auxilio de los criados, si se tienen, de los parientes, amigos y convecinos.
Apenas llegan las lluvias, y a falta de las higiénicas cloacas
y aceras (mucha agua tendrá que pasar aún por el árabe
río Almar hasta que nuestro pueblo goce de tales modernidades),
los habituales moradores de las aldeas como el villorrio de nuestro
minúsculo lugar de los Graxos, y los transeúntes ocasionales,
-y en las estrechas callejuelas convertidas en basureros de todo tipo:
bostas de caballo, mula o burro, boñigas de vaca, restos de animales
en putrefacción, paja podrida, plumas de aves, charcos de orines,
defecaciones humanas, detritus... - se hunden chapoteando ellos mismos,
sus carros o las monturas, entre el fango fétido de las calles
que riegan las aguas sucias de todos sus habitantes, ítem unidas
a las llovedizas y las arrojadas desde las puertas de las chozas sin
previo aviso, remueven las carretas y caballerías mayores, y
enriquecen diariamente contumaces los sólidos residuos de los
perros, gatos, cerdos, palomas, gallinas, bueyes, ovejas y demás
animales sueltos o libres, cualquiera fuese su especie y que por ellas
transitaran.
El edificio más importante de la aldea es la Iglesia y, aunque
no sea de grandes dimensiones (porque entre los maravedíes del
Señor, pocos, y las limosnas de los lugareños, escasas,
no llegan para demasiadas florituras), es la única construcción
realizada enteramente de piedra. La planta es de una sola nave, sin
crucero, con una puerta de arco de medio punto que se abre al poniente,
una pila de agua bendita realizada en piedra, y con media docena de
estrechas saeteras que no iluminan lo suficiente el interior de la misma.
Luce una pequeña espadaña, coquetuela y esbelta de líneas,
con sus dos campanitas en los correspondientes campaniles, y está
coronada por un gallo de chapa: remate tan esbelto que semeja picotear
las nubes. Lo había realizado artísticamente en su fragua
el tío Olivio, el Ferrador, padre del actual herrero, y tío
Genadio, alias el Torrezno, decidido y ágil como los gatos, había
trepado como una lagartija para colocarlo en la misma punta de la aguja
de la airosa veleta de la torre. La altura no era demasiada, pero al
tío Genadio se le fue una abarca, planeó desde la cresta
del gallo y a poco si se mata... Para nuestros rústicos paisanos,
que apenas si levantan la vista del surco, la espadaña de su
iglesia les parece la más esbelta y la más bella de cuantas
espadañas o torres se levantan por toda la serranía abulense.
- Ya no da el sol en el gallo, moços; y hacen sombra los terrones...
La buena moza
De Graxos La buena moza,
la más altiva y galana,
la más pícara serrana
que con el aire retoza;
la que en su pecho encierra,
en arcón de negro herraje,
la historia del paisanaje
de la gente de esta tierra;
la que se ríe traviesa
o enjuga su llanto en nube:
piedra a piedra, tanto sube...
¡que a Dios en los pies le besa!
La casa de Acazio es una de las más grandes de Graxos, ya lo
hemos reseñado, y está rodeada por un pequeño herrenal
en el que tiene algunos árboles frutales (perales, manzanos de
reineta, ciruelos, un par de higueras, algunos nogales), unas pocas
verduras que las puede regar con el agua que saca del pozo situado en
una esquina, ayudado por el quejumbroso cigoñal que ya utilizaran
su padre y su abuelo -con su contrapeso como ya le usaban también
los antiquísimos agricultores egipcios-, y unas cuantas colmenas,
hechas unas de pleita y otras del tronco de un árbol. Se levanta
en lo alto del cerrete que hay a la entrada del pueblo, y que llaman
La Costanilla.
Acazio construyó él mismo la casa, con la ayuda de Matheo
Martín, tío Serrines, un pariente lejano suyo que vino
desde La Moraña, primo de su tía Thoda la Moñoliso,
y que ejerce de carpintero en el pueblo. Matheo Martín, alias
el tío Serrines, es un excelente carpintero capaz de hacer un
recio carro caminero de la resistente madera de las duras carrascas
(de ahí le vendrá el nombre de "carro" al susodicho
vehículo) que tanto abundan en el término de Graxos. Antes
de serrar las maderas, las señala previamente con el almagre:
una tierra colorada con que los aserradores y carpinteros suelen señalar
las líneas por donde han de aserrar el madero o tabla, desatándola
en agua y tiñendo en ella una cuerda que, estendida de extremo
a extremo del madero, la golpean, levantándola con los dedos,
y queda señalada en él, por la cual se rigen al aserrar.
También le ayudó el anciano Muño Diago, más
conocido en el lugar de los Graxos como el tío Terrero, quien
fabricó para el bellísimo mudéjar de la cerealista
Moraña -¡ay, esa joya exquisita de La Lugareja arevalina!-
y de todo el fértil valle de Amblés -¡ay, esa iglesia,
irrepetible, alzada de puntillas sobre la atalaya de Naharros del Puerto!-
sus mejores ladrillos y sus solicitados adobes tan artísticos
al lado mismo del arroyo que la costumbre y los graxenses bautizaran
con su nombre.
- El tío Muño Diago, el Terrero, con sus mencaleras de
a cuatro huecos cada una, ha hecho los mejores ladrillos de adobe de
todos los contornos.
- Y aun de más allá; que, mandados expresamente por los
maestros alarifes de la construcción, con los burros y sus ásperos
serones de esparto; las recias mulas con sus alganas, y hasta con robustos
carros bien provistos de teleras, llegaban los arrieros a las orillas
del Almar buscando aquellos que ya estaban secos y apilados en pequeñas
pirámides bajo los protectores cobertizos de paja y enramadas...
Y todo tipo de vasos de barro: pucheros, ollas, cántaros, barreños,
colodras... Siendo moço, junto con Forthunato el Girasoles, tras
el caballo de don Luis de Guzmán, cruzando por Priego y la hoz
de Beteta, llegó al trote hasta el Señorío de Molina
de Aragón. Al paso, se fijaba en el trabajo de otros alfahareros,
preguntaba, se interesaba por los detalles y matices, dibujos y coloridos,
formas tradicionales y renovadoras... Regresó con un brazo roto
y sin media oreja que ni recuerda por qué pinares se la dejó,
pero conociendo el cálido secreto de los colores rojo y amarillo
de la cerámica pricense, y el más frío de los verdes
primavera y marinos azules de los renombrados artesanos del Puente del
Arzobispo o de Talavera, pero ¡ay!, en el lugar de los Graxos
nuestro Muño Diago, el Terrero, no disponía ni del horno
ni de los materiales adecuados para iluminar sus trabajos...
Acazio, también fue ayudado en su empeño, esfuerzo e ilusiones,
y orientado con la precisión característica del maestro
alarife especializado en cerramientos, por el magnífico techador
de Manjabálago, Adolfo Ferranz, el tío Boliche, un eficaz
alarife y concienzudo artesano, que goza de merecida fama en toda la
comarca. Como en el lugar de los Graxos la piedra es muy cara de extraer,
más difícil de tallar y aun otro tanto o más de
transportarla, no predomina en sus rústicas construcciones, sino
que, generalmente, las casitas graxenses están levantadas, sobre
todo, con la inestimable y básica aportación de aquellos
materiales auxiliares que se encuentran fácilmente en el término
de la aldehuela: ramas gruesas y troncos de árboles de la última
roza, las ramas bajeras más pequeñas y más finas
de los montes cercanos (Marranos, Chiones, La Ocina...) y del campo
común (el baldío), arcilla del barrizal que hay junto
al moro río Almar, y los adobes fabricados por el terrizo y viejo
Muño. Aunque toda su dilatada y azarosa vida no ha dejado de
ser un simple y misérrimo siervo de la gleba, ¡qué
orgulloso está nuestro alfaharero Muño Diago con su ancestral
oficio! Él mismo no se cansa de repetir que ya es sólo
un simple montón de tierra, y que sus huesos, al crujir, cantan
la canción artesanal de sus incontables años de brega.
Prefiere que le llamen así, el alfaharero de Graxos, y no el
adobero que suena más a curador de matanzas gorrineras que a
fino artesano del barro. Mantiene que el nombre de su oficio es arábigo
y que deriva de fahar que significa barro; que, si bien no es el más
importante de los humanos quehaceres, sin duda fue el primero de todos
ellos... ¡Cuántas veces se le oye tararearla por lo bajito
junto al arroyo, o silbarla con una brizna de hierba entre los dientes,
la bellísima letra de la antigua canción del oficio...!
Oficio noble y bizarro,
entre todos el primero,
que, del oficio del barro,
Dios fue el primer alfarero
y el hombre, el primer cacharro...
[Texto copiado de un colorista frontis de azulejo, que lucía
orgulloso de su dedicación el establecimiento alfarero de Jesús
Parra Fernández, al pie mismo de la carretera, y a la entrada
de Priego (Cuenca)]
Cuando la peste negra -la puta descarná-, a mediados de siglo,
se llevó por delante al tío Thelesforo, el Liendres, el
viejo alfarero recogió a uno de sus cinco hijos, Segismundo,
el Arrendajo, para enseñarle su antiguo oficio, que el chiquillo
pudiera valerse por sí mismo y, de paso, quitarle de encima una
boca a tía Higinia la Ropavieja. El chaval enseñaba al
principio el genio adusto, la sucia cara llena de granos, mohina y hosca,
pero resultó ser muy trabajador, mañoso con el buril,
bien dispuesto, y más listo que el hambre en cuaresma. Enseguida
le cambió el carácter, se hizo pronto con el diseño
en espiral o acaracolado de los celtíberos, se defendía
dibujando cenefas con las encadenadas volutas de los antiguos íberos
-rematadas con sus airosas y puntiagudas crestas-; el manejo de las
pareadas mencaleras para fabricar los robustos adobes no guardaba secretos
para él, aprendió a calcular a ojo el peso de las pellas;
a distinguir el barro útil, compacto y de confianza de aquel
otro cualquiera y deleznable; parecía incansable seleccionando
la paja adecuada para su labor artesanal y no le importaba pasarse horas
enteras pisando la mezcla para que ésta resultase más
homogénea. Aventajaba a su maestro -¡ay!, aquel pulso que
yo me tenía de joven mi señor Escribano- en darles diversas
formas y precisos acabados a los pucheros (la olla en la que se cozían
las puches: guisado de harina y azeyte), los rezumantes botijos blancos,
los hondos cuencos soperos, algún que otro previsor canto de
olla, arrimador u ollero de barro, para apuntalar firme la olla e impedir
que ésta cayera al borbotar dejando ese día a la familia
sin sus tres vuelcos del cocido (sopas, garbanzos, carne) y en ayunas;
las silbadoras y festivaleras ocarinas de encargo y los cumplidos y
capaces cántaros panzudos. Sí, el anciano Muño
Diago está satisfecho con el trabajo de su joven aprendiz -porque
no siempre donde se mete aguja se saca reja-, y no puede ocultarlo.
- Juanucho, tu sobrino Segismundo, el Arrendajo, se va a convertir en
un excelente alfaharero: tiene condiciones de artesano y le gusta su
trabajo.
- Así Dios te oiga, viejo Terrero; así Dios te oiga...
La estructura de los dos extremos de la casa está hecha con
dos ramas de roble muy fuertes y gruesas unidas en forma triangular
y que, previo pago y permiso del Señor, cortaron al sitio de
Las Yeguas de Juan Domingo. La base de cada rama está metida
en el suelo en un hoyo bastante profundo y, a su alrededor, de forma
concienzuda, se pondrán primero piedras y tierra, y luego se
apisonará todo muy bien para que mejor resista. En realidad,
se construirán hasta cuatro de estas resistentes estructuras
triangulares: dos de ellas, bastantes separadas, formarán los
extremos de la casa, y las otras dos entre medias. Es decir, el edificio
se compondrá de tres naves o espacios, de unas cinco varas de
longitud cada uno de ellos, poco más o menos, entre las diversas
estructuras mayores. Luego se colocarán en la parte de arriba
unas ramas largas y derechas, bien pulidas y trenzadas, que formarán
las vigas principales, y después otras que compondrán
los distintos entramados laterales como si del nido de una sabia cigüeña
se tratase.
Una vez que ya esté terminada la estructura de la casa, Liberata
y sus dos hijos comenzarán a rellenar los huecos entre los postes
y las vigas con una mezcla de ramitas finas entretejidas con tallos
flexibles, como los de las ramas de sauce, cañas y hierbas, y
a recubrirla con barro o arcilla para evitar que se cuele el viento.
El tejado lo pone el techador, que corta cañas en las orillas
del moro río Almar y luego las mezcla con paja antes de sujetarlas
con las estacas y cuerdas al tejado de la casa. Los huecos que queden
en las paredes, entre los leños, se rellenan con trozos de cestería
cubiertos de arcilla o de yeso. Estas casas son bastante sencillas de
hacer y de arreglar. El exterior lo construyen bajo para protegerse
de las tormentas del invierno. Quizá en el interior se forme
humo, pero la casa es cómoda y hasta caliente. Para rematar la
obra, Acazio fijó a la puerta de su casa, en la hoja superior,
una artística armella que le había fabricado Trastemiro,
el actual herrero -el hijo del difunto tío Olivio el Ferrador,
que heredó el oficio familiar-, para que mejor llamase a ella
quien llegare desde fuera. Al herrero, el tío Trastemiro, le
conocen en el pueblo como el tío Chapuzas, no porque fuese un
desastre en el ejercicio de su profesión, que la domina casi
tan bien como su padre, sino porque haze clavos de cabeça redonda,
extendida como chapa.
Y comenta Liberata, la Fermosa:
- Un día de albañiles, un mes de escoba. Y de no hacerlo,
el día que no barrí vino a mi casa quien no creí.
- Y eso si tenemos nuestro día de suerte, Liberata; que un albañil
tapa una gotera y abre tres: aquélla con las manos y éstas
con los pies. Y ya no sabes si es desidia o... ¡castigo del maligno
lleven si a intento lo hacen!
- Dichosos aquellos que pueden tener goteras sobre sus cabezas -señal
de que ocupan viviendas con tejas- y no duermen casi a la dura intemperie
entreviendo las titilantes estrellas a través del raquítico
bálago colocado en la techumbre, porque a ellos difícilmente
se les incendiará la casa.
En el interior, la casa consta de tres habitaciones. La del fondo, con
un pajar encima, se utiliza como establo y Acazio guarda su pareja de
bueyes, las gallinas de su mujer y, a veces, también los cerdos.
Además, almacena heno, cereales y fruta en el pajar, y en la
parte de abajo tiene una cántara con vino, un barril de carne
en sal; unos cuantos cubos de piel, unos toneles de madera, con tapa,
y todas sus herramientas agrícolas, unos guantes de piel gruesa
y el cuerno que lleva al cinturón cuando sale a trabajar al campo.
La habitación más grande es la vivienda de la familia,
y allí es donde comen y duermen. La calientan con el fuego que
se enciende en el centro de la habitación, y como no hay chimenea,
el humo busca salida por un agujero en el techo. Liberata, la Fermosa,
cuece la olla con el fuego de las boñigas secas, que como el
dicho fuego es suave, la haze sabrosa. El fuego, además de para
cocinar, se utiliza también para dar luz y ahorro del candil.
Un par jaulas de sauce trenzado cuelgan a considerable altura de las
paredes de la choza para evitar que los niños pequeños
o los perros, en un descuido, se apropien de los necesarios huevos que
ponen las gallinas. Los muebles son muy escasos y sencillos: unos cuantos
taburetes de tres patas, una mesa de caballete (hecha con una tabla
plana y dos juegos de patas, de forma que se pueda retirar después
de cada comida) y dos grandes arcones de madera.
En cuanto a las camas o lechos para descansar tras la fatigosa y diaria
tarea, simplemente, y como tal mueble para descansar o dormir, no tienen;
por la noche se sacan unos cuantos jergones rellenos de crujiente paja
de centeno o de aromático heno fresco en la época, y se
colocan junto al fuego, y allí duermen, tapándose todos
con frazadas de lino muy toscas y, a veces, con suaves pieles de oveja,
siempre escasas, para poder calentarse. Las sábanas representan
un auténtico lujo: la mayor parte de las familias pobres no tienen
más que unas mantas de lana muy gruesa, las dichas frazadas,
o unas cuantas pieles de animales con las que taparse. (Parece ser que
hasta ya bien entrado el posterior siglo XV algunos campesinos utilizaban
troncos de madera a modo de almohada.) Aun en las casas más humildes,
y durante esta época medieval, es una costumbre inveterada el
disponer la colocación de los jergones al igual que orientaban
los iniciados maestros alarifes -fieles depositarios de remotísimos
saberes arquitectónicos y arcanos, y de los simbólicos
secretos constructores- las grandes catedrales en los burgos, las iglesias
en los Concejos y las humildes ermitas. La gente más sencilla
del agro lo había captado por intuición. Y así
rezaba un refrán de la época:
- Duérmete siempre con la cabeza al naciente y los pies al poniente,
y vivirás eternamente.
- ¿Aunque las tripas silben vacías?
Las frazadas y las pieles se guardan, junto con el resto de la ropa,
en el más grande de los dos arcones. El pequeño contiene
unas cuantas de las posesiones más preciadas por Acazio: seis
platos y seis cucharas de peltre (aleación de cinc, plomo y estaño,
usada antiguamente para elaborar piezas de vajilla) y dos cacharros
de bronce que se sacan sólo en las ocasiones muy, pero que muy
especiales. Por lo general, Liberata utiliza cucharas de madera y algunos
cacharros de cerámica: el almirez es de madera (se usa para machacar
hierbas, ajos, etc.), mientras que el caldero es de hierro.
El inventario de una casa de la época, más pudiente que
la de nuestros amigos Acazio y Liberata, sin duda, y, por descontado,
bastante más que el resto de los vecinos y moradores en el lugar
de los Graxos, y que constituiría una pequeña fortuna
tan sólo al alcance de aquellos labradores más ricos,
si exceptuamos las casas de los nobles, bien podría ser semejante
al siguiente:
"...tres almadraques; tres fazes e enueses, e doze arrobas de lana
para lauar; e tres cabeçales llenos; e doze almohadas, siete
blancas e çinco labradas; e siete sáuanas, las quatro
de lino e las tres de estopa, e tres pares de touajas, las dos labradas
e la una blancas; e una cortina de lino con orillas de sirgo bermejas;
e una colcha blanca nueua; e tres pares de manteles de estopa; e dos
calderas, una grande e otra pequeña, e vna sartén de fierro;
e seys tajadores de madero; e vna arca de espinazo; e tres açendoques,
uno grande e otro pequeño; e vn baçin de alatón,
e dos plateles de estanno; e un alfamar de lana; e tres tinajas para
tener vino, sanas; e más dos tinajuelas pequeñas para
azeyte; e dos lebrillos verdes, vno grande e otro pequeño; e
tres atarradillas; e un echadillo; e un farnero; e vn çedaço;
e vn alcaboque; e quatro tablas; e madera para fazer vn almario; e vna
ballesta; e vna sierra braçera; e vna sierra de mano e otra pequeña
de mano; e vnas cuentas de azauaje, que tiene un cruçifixo e
una rueda de Santa Catalina de plata; e otro par de cuentas de azauaje
gordas, e vnas mangas de sirgo". (Bienes de Catalina Ferrández.)
Cerca de Acazio viven Anthón y su mujer Sebasthiana. Son jóvenes
y fuertes, pero aún no tienen hijos. Anthón es onbre suelto
en fablar, osado en toda plaça, animoso de coraçón,
ligero por su cuerpo, mucho sabyo, sobtil e engenioso, muy solícito
e despachado; todo perezoso aborresce; es onbre para mucho e ama justicia...
Está forjado con una pasta de material especial, de aquellos
materiales irrepetibles cuyas canteras hace ya mucho tiempo que desaparecieron
de todos los paisajes y, en los caminos que recorrían los canteros,
se borraron las huellas que nos pudieran permitir encontrarlas: su paso
está cerrado para nosotros y su ubicación nos es desconocida.
Tiene una poderosa constitución física coronada, casi
siempre, por la boina pero, amigos míos, bajo esa boina posee
la noble cabeza de un estoico filósofo griego quien, de vuelta
de tantas andaduras y haber doblado tantas esquinas en la vida, desdeña
las discusiones. La incomodidad conduce naturalmente al furor, dicen
los chinos, y a nuestro paisano Anthón el Ronzales quedan ya
poquísimas cosas que le incomoden. Los años de duros trabajos
-como la inmensa mayoría de los hombres de estas tierras- y el
vino mantenedor que tan gustoso ha trasegado y sudado, le viene sosteniendo
su recia estructura, y mantiene muy poderosos los andares sobre el paréntesis
de sus piernas arqueadas. Oscila Anthón su caminar en un gracioso
y pendular bamboleo, como los robles centenarios de La Umbría
de La Marotera son mecidos por los templados vientos de marzo, como
se balancean los laboriosos carros sobre las desajustadoras rodadas
de los caminos terreros, como el péndulo repetidor de la historia...
Anthón el Ronzales es siervo, cuida las tierras del Señor
don Nuño de Guzmán y tuvo que pedirle permiso a éste
para casarse con su actual mujer, Sebasthiana, que es de La Moraña
("la tierra de los moros") Constituyen una ínfima clase
paupérrima, los denominados "siervos de la gleba",
y ocupan el último peldaño en la escala de la vida social.
Son verdaderos esclavos de la tierra, vendidos juntamente con ella,
y atados de por vida a su laboreo, sin estarles permitido, ni aun remotamente,
el poder trabajar como los hombres llamados haraganes: floxamente y
reçongando. No les sirve de gran consuelo, claro, que el italiano
Francisco Petrarca, les aconseje: "Que el que la carga ha de soportar,
pues de fuerça le conpete, avisado será quien por grado
la soportare".
Desde niños, a todos los aldeanos los han educado en la creencia
de que la paciencia y el sufrimiento son virtudes cristianas. Por lo
demás, sus monótonas vidas discurren entre el campo y
las míseras viviendas en que moran: rústicos ignorantes
que no conocen más que el humo de las aldeas, el adobe de las
chozas y la vaheante compañía de las bestias; ganapanes
del sudor, de la faméliza escasez y de la oscura muerte. No se
les permite ni siquiera casarse con moza que no esté al servicio
de la misma explotación agraria del amo y Señor. Lo de
Sebasthiana Mandiles constituyó un gesto excepcional de generosidad
por parte del Señor hacia su siervo cuando, en una cacería,
por las fragas más arriba de La Perdiguera, Anthón el
Ronzales le salvó la vida en un quite providencial ante el salvaje
ataque de un enorme macho de jabalí malherido; un jabalí
grande como un buey, un jabalí de no menos de doce arrobas, y
que no paraba de hacer considerables destrozos por los huertos y herrenales
del lugar de los Graxos. Anthón sabía que era un jabalí
macho -la hembra huye a la carrera, sin detenerse nunca-, y que un jabalí
macho herido es enormemente agresivo, ataca enseguida y puede herir
muy gravemente de un buen hocicazo. Así que permaneció
ojo avizor y alerta todo el tiempo y así, al atacar brusco el
animal, pudo rematarlo casi de forma instantánea. En el intenso
fragor de la ruidosa cacería, en un repentino y abrupto desnivel
del terreno, Capitán, el negro corcel morisco del Señor
don Nuño, perdió las manos y derribó a su jinete.
Fue el momento esperado por el macho de jabalí para atacar de
pronto con toda su rabia, odio y fuerza concentrada; bufando y gruñendo
de tal forma demoníaca que erizaba el vello de los más
valientes paralizándolos por el terror. Anthón el Ronzales,
que vigilaba la espesura, lo esperó tras el tronco de una encina,
y jugándose la vida en el envite, lo despenó con un certero
lanzazo. El fiero animal, con las oscuras cerdas erizadas, quedó
de lado pataleando y clavado en tierra: el astil de la lanza corta,
clavada en su pecho, vibraba nervioso con los últimos estertores
de su animoso corazón.
Una vez restablecido don Nuño de Guzmán, su elegido y
natural Señor de behetría, con un ágil veredero
de su personal servicio, presto le mandó llamar al recio castillo-palacio
que gozaba en La Puente del Congosto, allá por las salmantinas
y feraces tierras llanas que baña el caudaloso Tormes, para premiarle
con generosa largueza gesto tan certero, puntual y valeroso que hasta
le salvó la vida. (Palacio es dicho cualquier lugar do el rey
o noble se ayunta paladinamente para fablar con los omes. Esto es en
tres maneras: o para librar los pleitos, o para comer, o para fablar
engasajado)
En el castillo de su Señor, Anthón el Ronzales vivió
gozoso la semana más descansada, hasta entonces, y después,
de toda su laboriosa y mísera existencia, sin más obligaciones
que almohazar un par de caballos árabes y mudarles la paja usada.
Aprovechó la benigna ocasión que tan propicia se le brindaba
-quando te dieren la cabrilla, acorre con la soguilla- y, armándose
de un valor inusual, que no era fácil por aquellos entonces,
le pidió al Señor la mano de Sebasthiana, una moza morañera
quien, al conocerla durante la última siega cabe los dorados
trigales del lugar de Mirueña, tan gratamente le había
impresionado por su recia fortaleza, buenas hechuras, laboriosidad y
decisión... En el poderoso castillo-palacio del Señor
de Guzmán, entre otras muchas curiosidades, había observado
con asombro cómo algunos vanos de las ventanas estaban cubiertos
con láminas traslúcidas de piel de vejiga de cerdo...
Sólo en esa ocasión, que Anthón el Ronzales se
recuerde, pudo repapilarse hasta las gorjas y el papo, besar el jarro
de vino cuantas veces le plugo, es decir, beber a boca de cangilón
como si el caldillo aloque no costase sus buenas monedas, y hasta despreciar
el trinchero.
- ¡Guardas que guardáis las puertas del garguero, dejad
pasar el vino y el pan estése quedo!
- Mejor así, que gran pena debe ser tener hambre y ver comer.
¡Y qué variedad de viandas se servían en aquellas
surtidas mesas del Amo-Señor!: que allý non ay rienda
en conprar piernas de puerco fresco, los jamones enteros, capones, perdizes,
gallynas, pollos, lechones e cavritos, gordos ansarones -costados de
carnero e vaca para los labradores (el carnero no constituía
carne tan apreciada en esta época como para ser digna de caballeros)-,
los cabrones monteses, con corços e torcazas; vino blanco e tinto,
¡el agua vaya por el río!, frutas de diversas guisas, vengan
doquiera, cuesten lo que costaren.
En la primavera borrincos, guindas, ciruelas, alvérchigas, figos
con las tres calidades notorias -ojo de viuda, ropa de povre e cuello
de aforcado-, bevras, durasnos, melones, peras vinosas e de la Vera,
mançanas xabíes (una especie de manzana silvestre y pequeña),
granadas dulçes e azedas, figo doñegal e uva moscatel;
non olvidando en el ynvierno torresnos de tozino asados con vino e açúcar
sobrerraýdo, longanizas confacionadas con especias, gengivre,
e clavos de girofrer (capullo seco de la flor del clavero, con figura
de clavo pequeño, de olor muy aromático y agradable y
sabor acre y picante), mantecadas sobredoradas con açúcar,
perdiz e vino pardillo, con el buen vino cocho a las mañanas
y ¡ándame alegre; que la ropa es corta, pues a las pulgas
ymos!
Pues a la noche confites de açúcar, citronad, estuches,
ciliatre, confita e piñonada, alosas e tortas de açúcar,
e otras maneras de preciosas viandas que dan apetito a mucho comer e
bever más de su derecho... Que al final de la noche tenía
cada uno la talega bien llena.
- ¡Qué largueza de todo, Sebasthiana!; ¡ni los perros
pasaban hambre! Los Señores comen sentados, y hasta usan lavadedos
para tener las manos limpias entre plato y plato. Con los escamochos
bien pudiera alimentarse nuestra aldea entera. Que bien me decía
pa mis adentros más escondíos: ¡Tate, Ronzales;
y abre bien el ojo que aquí asan carne! Y puedes jurar por lo
más sagrado que nuestro Señor de Guzmán no morirá
de un cólico de acelgas, ¡ni hablar!¡no, señor!
Cuando acababan de cenar, en una demostración de lujos sin ningún
precedente en la vida de nuestro paisano Anthón, los pajes se
llevaban las rebanadas de pan que les servían de platos. A la
mañana siguiente, esos mismos trozos de pan moreno, empapados
en salsa, eran distribuidos cual limosna entre los siervos de la gleba:
como lo era él. Y exclamaba atónito:
- Hay gente que come hasta dos veces al día... ¡y lo considera
normal! Allá en lo alto de la sierra de mi lugar de los Graxos
tenemos la comida del aldeano: sin mesa, sin manteles, ni mucho, ni
sano.
Y recordaba, casi sin querer, las palabras tan comprensivas del padre
Hunuldo al llegar el restrictivo tiempo de la Cuaresma, cuando no disponían,
siquiera, de una sencilla sopa de berzas:
- En los reinos de Castilla hay dos Castillas: una que trabaja y no
come, y otra que come bien y no trabaja. Cuando mis fieles lloran de
hambre, ¿voy a alimentarlos con sermones? Hijos míos:
¡bastante ayuna quien mal come!
- Bien dicho, padre; ¡que ayunen los Santos, que no tienen tripas!
- Sí, hijo, sí; que a falta de gallina, bueno nos es el
caldo de habas.
Los pobres -y en esta época lo son la inmensa mayoría-
tienen pocos problemas de cómo sentarse para llevarse a la boca
el manjar que les toque, sea pan de centeno, cebollas, nabos, queso,
legumbres...; el problema es no tener con qué llenarse la andorga.
La fruta -higos, peras, melones...- no ha cambiado desde entonces. Anthón,
a nuestro buen amigo el siervo de la gleba Anthón, en el lugar
le apodan el Ronzales porque con unas simples matujas de esparto te
los elabora para las caballerías como nadie. Es uno de los campesinos
del llamado lugar de los Graxos que mejor laboran las tierras del Señor
de behetría: empuña la esteva, hunde la reja en la tierra
y la guía con mano firme, trazando recta la besana hasta donde
acaban los campos, sin delirársele más el arado a un lado
que a otro, ni aun cuando la afilada reja se le embarbasca. No le ocurre
lo que a su vecino Pero Garçés, el Revientacabras, ya
casi un anciano, y a quien rara es la jornada, si coinciden linderos
en el surco, que no tiene que echarle una mano para reconducirle al
orden el par de vacas con las que éste suele arar. De por sí
ya son recias de temperamento y bravas -se tiran a cualquiera y al menor
descuido-, reacias al trabajo y nerviosas; la yunta no es, precisamente,
lo que cualquier labriego entiende por una buena pareja de vacas para
la labranza, y para colmo de males un día sí y el otro
también les ataca la mosca en la su natura...
- Sebasthiana, ¿a que no sabes lo que le ha ocurrido hoy al viejo
Pero Garçés en el surco? Pues estaba labrando cuando las
moscas incordiadoras les han entrado a las vacas en su misma natura,
éstas han enloquecido (que ya conoces cómo se enloquece
el dicho ganao en trance semejante), se han desmandado mugidoras delirando
de los surcos, y al bueno del Pero Garçés todo se le volvía
mirar al cielo, juntar las huesudas manos ya encallecidas y repetir
cuasi a voces y gimiendo de forma entrecortada, que más movía
el ánimo a compasión y no a chacota: "¡Ay,
Virgen Santisimita, devuélvemelas al surco!"... Y tuve que
ayudar un algo a la Virgen "santisimita" para que se le volvieran
las vacas a su concierto y a la lira del surco.
- ¿Y ajustarle a la yunta la camisadera?
- También; ajustarle a la yunta la camisera, también.
- Aramos, dijo la mosca, y estaba en el cuerno del buey.
- Viejo me haré yo, mujer, si Dios lo quiere, y otro a mí
me ayudará así que el arado se me embarbasque y me abandonen
las fuerzas...
El tío Pero Garçés, el Revientacabras, es casi
un anciano de muchos años -¡ojo!, y no confundamos con
viejo-, que tiene curtidos los cueros como una petaca y amasadas las
profundas arrugas de su cara, de la color de la madre tierra, por todos
los soles, las aguas, los vientos y los años que en su pueblo
han sido. Con la boca desdentada y hundida, quedaron grabadas en sus
carnes -por el buril inmisericorde del tiempo vivido, y como en tantos
y tantos paisanos nuestros- las fatigas pasadas, y en su cuerpo fibroso,
enjuto, cobrizo, experimentado y prieto, se condensan y resumen los
azares de una vida entera de brega sudorosa en el campo, desgastadora
y diaria, tanto que ya acostumbra a cabecear cuando se pone el sol.
El anciano, solterón de por vida, y artrítico Pero Garçés
Revientacabras, que luce un pelo alborotado en las cien direcciones
diferentes de la rosa de los vientos, manos llagadas y encallecidas,
piernas ahorquilladas como los alabeados listones del tonel, y a quien
no hubo aire Solano ni Escornacabras que se lo llevara verde por delante,
aún conserva cierta destreza artesanal y ágiles sus callosas
manos para fabricar hábil las siempre rudimentarias y muy útiles
candelas: unas antorchas realizadas de cuerda recubierta con sebo, resina
o pez, y que no faltaban para una necesidad en ninguna de las chozuelas
del lugar. De vez en cuando le regala alguna a Sebasthiana Mandiles.
Si contásemos las que ésta tiene recogidas sobre la pequeña
espetera que su Anthón Ronzales le fabricó del tronco
de un castaño, justo cabe el fuego de su minúscula cocina,
adivinaríamos casi con una certeza absoluta, velaila su merced
las vueltas que da este repajolero viento de la vida, las veces que
al viejo campesino se le espantaron nerviosas las vacas del surco -¡malditas
sean las moscas, y más remaldito el tábano!- durante esta
otoñada...
- Pase, miçer Escribano, pase más adelante; entre la su
señoría en esta mi humilde vivienda y cuéntelas
todas aína en la taca si tal le place. Podéis parlamentar
con mi menguada persona, si tal no lo tenéis a ofensa. Arrime
su merced esa tajuela de tres patas a la lumbre, y no recele su merced
que no encontrará asiento más seguro ni equilibrado.
El inmisericorde solazo, el solazo escaldapobres, ya ha traspuesto más
allá de las redondeadas lomillas de Manjabálago. Es la
hora del avemaría, esa última hora del día en que
ya empieza a asomarse la noche: el llamado lubricán (aquel tiempo
del crepúsculo en que se va mezclando la luz con las tinieblas;
tiempo en el que el pastor no acierta a divisar si el animal que ve
es su perro o es el lobo) El siervo Anthón ha concluido su jornada
a la puesta lenta del sol -¿por qué se pondrán
tan lentos todos los soles, de todos los paisajes, para todos los jornaleros
del campo?- y, tras colocarle la maneota estorbadora a Mariposa, la
vaca más inquita de las que cuida, y la enjalma al noble Canito
-un burro poderoso, entero y grisáceo-, regresa a su humilde
y escuálida morada, con doce o catorce horas de duro trabajo
a sus espaldas y con la mente fija en la ya vacía calabaza de
vino que puso por la mañana a refrescar en el agua del arroyo.
La casa de Anthón Ronzales es una choza de paredes de barro y
techumbre de paja, desprovista de ventanas, sin más ventilación
que la que le procuran la puerta abierta y el hueco del cobertizo adyacente.
En el centro de la reducida habitación, cuyo suelo es de tierra
pisada, distinguimos un círculo de losas algo rebajado, el lar,
en el que arde un mediano chisco de retamas y granzas sobre el que Sebasthiana
prepara la parva cena. Y bien se le puede aplicar el triste refrán:
lumbre mezquina, sacar de abajo y echar encima. El humo se filtra y
escapa a través de las pajas y los ramajes del techo. El hogar
central sirve, además, para caldear, poco, y alumbrar, menos,
la estancia. No hay muebles supérfluos, ni casi los necesarios,
sólamente un par de toscos bancos de madera que no llegan a escaños,
unas equilibradas tajuelas de tres patas, y unos poyos bajos y corridos
a lo largo de las lodadas paredes, que tanto sirven de asiento como
de cama. No disponen de cubiertos, ni de platos o vasos individuales.
En el ámbito rural, todos los que estaban sentados alrededor
de la mesa cogían del plato común los alimentos con la
mano. Entre dos o tres, o quizá más, sorbían la
sopa en una misma escudilla (a lo sumo el viajero disponía de
su propia cuchara de madera) y mojaban los labios en la misma y única
copa. El tenedor de dos dientes era considerado por la Iglesia como
un símbolo del demonio y por eso no se utilizaba. La hacendosa
Sebasthiana la Mandiles sobrelleva diariamente sus penurias y estrecheces
con una resignación casi animal. Sus arcones familiares, de los
que no disponía, pero de haberlos tenido, estarían más
vacíos que escudilla de ciego.
- De casa que amanece a mediodía, guárdenos Dios y Santa
María.
- ¡A mí me lo dice su merced, que despierto a los gallos!
Su madre Columba, la tía Trotacuestas, -está casada con
Eutropio el tío Comechinches, un hombre más bien algo
olvidadizo en el cumplimiento regular de sus débitos matrimoniales,
y ambos nacidos en La Moraña-, que experiencia tenía para
regalar la señora comadre y aun le sobraría un cesto bien
colmado para incautos, y que no le habían sellado con semejante
apodo los avispados lugareños de los contornos del lugar de los
Graxos por haber profesado en religión, precisamente, la tenía
bien advertida desde muy niña:
- Sebasthiana, hija, has de saber que nosotros, los más miserables
de la fortuna, no tenemos nada. No podemos sentirnos orgullosos por
más que lo intentemos. Hemos de contentarnos los pobres, sí,
aun a regañadientes, con las sobras de los demás, aunque
nos las arrojen con gesto desdeñoso... Y eso no es humildad,
hija mía: eso es necesidad. Nos acaece como a los cántaros
de barro que fabrica el viejo Muño Diago, el terrizo alfaharero:
si la piedra da sobre el cántaro, mal para el cántaro,
pero si el cántaro da sobre la piedra, también se nos
quiebra en ella... Así, a nosotros. Cuando los pobres tenemos
trompo, no tenemos cuerda; y cuando tenemos cuerda, trompo no tenemos.
Que en este mundo mezquino, hija mía, cuando hay para pan no
hay para vino.
- Sí, madre, sí; pero un pobre -¡velaila!- es sólo
aquél que no entiende en verdad en qué consiste realmente
la riqueza.
- Esos saberes, hija mía, del tío Comechinches no te vienen...
Columba, la tía Trotacuestas, hace descansar su poderosa y garrida
anatomía sobre sus dos piernas -no ha mucho tiempo firmes columnas-
que, pasito a paso, año tras año, paréceseme a
mí que se la van rindiendo. Su temperamento es vitalista y arrollador
y poco dado a la paciencia y holganza; su franqueza, una llamarada tal
de claridad que de la noche hace surgir el día, y la frescura
de su espontaneidad carece de florituras literarias, desvíos
y arreglos para salir buenamente del paso, o componendas preestablecidas:
- Sebasthiana, niña, qué poco se te acomoda el apodo de
la Mandiles; a veces me pregunto si no serás más hija
del regidor que de tu padre...
- Pero, madre, sosiéguese su merced; que dice usted unas cosas...
- Bien me sé lo que me digo; ¡que a la luz de la tea no
hay mujer fea!
- Sí, madre; y a la sombra de un hilo se la pega una mujer a
su marido.
- ¡Talmente del regidor, hija mía; talmente! Del Comechinches...
¡nada!
- ¡Ay, madre; y qué desventuras si la oyera el padre!
Sebasthiana la Mandiles tiene muy poderoso el andar, ni se fatiga ni
se aburre jamás: hasta prepara su propio jabón para lavar
en el Almar con sebo de cabra y ceniza de haya. Antes lo elaboraba con
simple agua, sin más, mezclada con ceniza o incluso con la orina,
que contiene el amoniaco que blanquea la ropa, pero desde que tía
Canuta, la Morteros, le sugirió lo del sebo de la cabra y la
ceniza de haya... la ropa de su Anthón el Ronzales luce remendada,
sí, pero da gloria el verla aun tendida sobre la verde hierba.
La Sebasthiana Mandiles es una mujer de gesto hermoso, con las mejillas
coloradas (algo barrosas), boca pequeña, labios bermejos, ojos
prietos y grandes, el cabello de rojiza llamarada hasta la cintura,
estado luengo, busto abultado, las caderas anchas, con largas piernas
y el culo remangado. No es una mujer doblada, como tantas otras; quiá,
no, señor: ella no tiene una cosa en el corazón y otra
en la lengua, eso sí que no. No teme que los males ajenos se
le peguen al cuerpo o al espíritu del ánima. Con todas
las gentes del pequeño lugar congenia, todo lo disculpa y acepta
de buen grado, y aun suele repetirle al padre Hunuldo: Padre, incluso
a mi peor enemigo le deseo que lleve ya diez minutos en el cielo cuando
el diablo se entere de que ha muerto. Que bien nos dijo nuestro Señor
don Cristo: Si no soltardes a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro
Padre os soltará las vuestras.
- Mi Sebasthiana, -comenta el Ronzales por la aldea, más orgulloso
que gallo de corral y más henchido que tonel de salados arenques-,
vale más que muchos hombres, ¡pero que mucho más!
- Suerte que tienes Anthón, y gran favor que te hizo nuestro
Señor de Guzmán. Sí, tu mujer vale más que
muchos hombres, dónde va a parar.
Lávanse las casadas
con agua de limones;
lávome yo, cuitada,
con ansias y dolores. (FUENLLANA, fol. 138)
Como el clima de Graxos es tan frío, las dos vacas y los dos
bueyes que cuida Anthón pasan el invierno en la misma choza de
su cuidador, en un cobertizo habilitado a un nivel más bajo y
convenientemente drenado. La proximidad de estos animales, y más
aún la fermentación del estiércol, desprenden un
calor que complementa el del insuficiente lar central. Anthón
y Sebasthiana duermen ambos sobre una estera tendida cerca del rescoldo,
formada por entretejidas tiras de esparto, llamadas empleita, y cosidas
unas a otras para formar cuerpo.
- Encógete, Sebasthiana Mandiles, que hiela y la manta es vieja.
- Abrázame, mi Anthón Ronzales, y cúbreme el mi
cuerpo con tu cálida pelleja. Que en haciendo las noches tan
frías por estos perdidos andurriales de la abulense serranía,
más importa ser mujer que sólo esposa. Que bien sabía
qué decía quien lo dijo: a cama chica, échate en
medio. Y no rebullas en demasía pa que aguante la yacija; que
anoche tornamos a dar en el suelo y tengo quebrantadas por tu empuje
las costillas.
En la humildísima choza de nuestros paisanos Anthón y
Sebasthiana, el hedor es insoportable, pero las vacas y los bueyes no
tienen otra opción: o convivir con el cuidador y los suyos, o
dormir al cielo raso. Y, claro, como no son animales propios, sino del
Señor... ¡cualquiera se arriesga a que se le arrecien a
uno de frío en una noche heladora del crudo invierno, con sus
durísimos hielos, te los robe cualquier desaprensivo amigo de
lo ajeno o, simplemente, dejarlos sueltos, así, sin más,
y al albur de la llegada del lobo famélico y hambriento! Como
que para el inmisericorde Señor feudal de los castillos-palacios
de Cespedosa y de La Puente del Congosto, junto al salmantino y truchero
río Tormes, valía mucho más un buey o un asno que
cualquiera de sus siervos, por muy eficiente que éste fuera,
o muy Anthón Ronzales que aqueste se llamara. Y en tratando con
Señores, de sobra es ya sabido que al mejor nadador se lo lleva
el río...
¿A do los buenos señores,
adónde los buenos reyes,
dónde los buenos prelados? (Juan Álvarez Gato)
- Aún no nació el Señor que no tenga una piedra
por corazón.
- Saber de pobre, hermosura de puta, fidelidad de criado y fuerza de
ganapán, nunca valdrán: Así fue en el tiempo ido,
y así será.
¡Qué gran ventura sería,
si pluguiese al Creador,
que asomar ahora pudiera
mío Cid Campeador! (Poema del Cid)
Como suyos propios tienen media docena de gallinas, una cerda con
su garrapo -al que le echan de comer en un pequeño dornajo- y
una cabra que ya les da algo de leche. El resto de los gorrinillos,
hasta media docena, ¡vaya por Dios!, los tuvo que vender para
comprar medicinas que recetó el barbero sangrador, y algo de
carne y cecina, pescado, fruta y otras fruslerías cuando su Sebasthiana
se le puso tan mala: algunas hogazas de pan de trigo, algo de tocino
seco, sopas espesas de cebolla y calabaza, suave queso de oveja, habas
frescas... Y todo cuanto, por su parte, le indicara también tía
Canuta la Morteros. Fueron unas fiebres que le entraban con intenso
frío, de cuatro en cuatro días, y que por ello todos las
conocían como cuartanas. Y dijo el barbero que se las había
provocado una alteración del aire corrompido, el cual, al ser
ingerido por el cuerpo a través de los pulmones le alteró
el equilibrio de los humores corporales a la joven Sebasthiana -especialmente
el de la sangre, y que así había necesidad de sangrarla
cada cierto tiempo-, provocándole de este modo la enfermedad.
Y les recomendó que se lavasen los pies cada quince días
y, sin ningún recelo a enfermarse ni pecar, se bañaran
ambos, completamente, siquiera cada mes. Era la primera vez en que Anthón
Ronzales conoció, de veras y de cerca, al auténtico miedo.
En aquella ocasión se salvó su mujer por lo fuerte y recia
que siempre fue de constitución, si no...
- Agigolaíto del todo estaba, mire su merced, y sin saberme qué
hacer.
Por entonces, Anthón se consideraba a sí mismo como un
hombre que había nacido desastrado, sin estrella bien puesta
que le fuera propicia a su sino de labriego semiesclavo, ni signo zodiacal
que le favoreciese una meaja siquiera en las casas más empingorotadas
del estrellado firmamento -que nunca le fueron demasiado propicios los
cabalísticos dichos estrelleros-, hasta el momento en que sanó
su mujer de tan malignas fiebres cuartanas. El mismo padre Hunuldo se
lo reconoció, quien también había rogado a los
cielos por la salud de la pobre mujer:
- Hoy es un buen día, Anthón Ronzales: ¡mételo
en casa!
- ¡Quite allá su merced, padre!; que cerraré cuanto
pueda, y hasta he de echar la tranca pa que no se nos adentre el hambre
la puerta adelante: a los menesterosos, los plazeres nos llegan por
onzas, los pessares por arrobas.
Creo que Anthón, ahora optimista, ni se enteró del mensaje
alentador. El párroco quería avisarle que quienes se sientan
a comer con el diablo han de llevar cuchara larga, y no fiarse de las
buenas palabras que el viento de la ocasión desperdiciada se
las lleva y propician el ayuno si no te andas alerta y presto. Pero
la casita de Anthón y Sebasthiana, socialmente hablando, era
tan pequeña aun para nuestro minúsculo lugar de los Graxos...
Como que compartían habitación, higiene, descanso, venturas,
privaciones y hasta sus más apremiantes e intransferibles necesidades
con el gorrino y su prole...
En primavera, así que el sol se asienta un poco, como una invasión
de febril actividad que inundase la sierra, todas las mujeres del dicho
lugar de los Graxos, ya sean siervas de la gleba o no, jóvenes
o ancianas, y también la vocinglera chiquillería, andan
al estricote rivalizando entre ellas en el enlucido de las paredes de
sus casas, en las bardas de los corrales y aun los gallineros, enxalvegándolas
con una capa de yeso de tal claridad, que son capaces de transformar
en una semana la grisácea oscuridad del invierno en un derrame
de blanca luz. Preparan la masa en un cuezo de madera y en él
meten las brochas para el blanqueo.
- El enjalbegue de la sierra: que un burro lo trae y ciento se lo llevan.
- Y a puertas viejas, aldabas nuevas.
Sí, señor; la verdad es que dura más bien poco...
Pero brillan tanto las discretas chocillas de la aldehuela... y huele
a tan limpio y a tan sano al menos por unos días... Algunas aplican
la cal en las paredes con el pellejo ya raído de alguna oveja...
Tía Canuta, no; tía Canuta la Morteros lo hace con una
linda brocha confeccionada de ramos de baleo que, cariñosamente,
le ha preparado para la ocasión Orosio, el montanero de Manjabálago.
- Gracias, mi Orosio Gorragrande; es una brocha muy aparente.
- De nada, tía Canuta: ¡usted me manda!
- ¿Y pa mí no tiene brocha el montero? -le preguntaba
invariablemente con un mohín de disgusto entre sus gordezuelos
labios encanutados, y más coqueta que gallina ponedora, Constanza
la Cosquillas.
- ¡Date tono, Cosquillitas, que un azacán de la corte te
solicita!
- ¡Compón la posturita moçuela la Cosquillejas,
que este buen moço y montero no te trastea las tejas!
- Si es que a la que bien baila -critican ácidas las mujeres
de Graxos, entre brocha y brochazo- con poco son le basta.
- ¡Ay, mísera de mí: desde que se me murió
mi Sabiniano no consigo tener paz en la cabeza!- se lamenta con un suspiro
tía Engrazia la Culopino.
- ¿Tan sólo en la cabeza, mi señora comadre? ¿Sólo
en la cabeza se nota su merced las angustias, los desbarajustes y los
desasosiegos cuando pintan yemas y brotes los árboles por la
primavera?
Y, al compás de las bromas, más subiditas de verde tono
que discretas, y más procaces que no pías jaculatorias
de rosario vespertino, al ritmo de los brochazos y sus salpicadores
repiques de cal, que salen despedidos de las brochas canosas en todas
las direcciones de la rosa de los vientos como tardía nevada
en primavera, cantan las mujeres del lugar de los Graxos a un solo coro,
poca templanza y muchas voces desajustadas:
Los techadores malvados
no tienen perdón de Dios:
se suben a los tejados
y de un bujero hacen dos. (Cancionero Popular)
O aquesta otra con más intención de zaherirse los cueros:
Todas tus amigas son
las más viejas y más feas,
con ellas vas y paseas:
ya se sabe tu intención...
Fábula bien engañosa,
entre feas ser hermosa,
y entre viejas niña ser. (Marcial)
Antes del inicio de la Cuaresma, el día miércoles de
ceniza (o miércoles corvillo), en todas las chozas, cabañas
e iglesia parroquial inclusa -que ya el padre Hunuldo no se anda para
tales agitaciones-, las mujeres del lugar de los Graxos hacen munda
(limpieza) general ayudándose con el necesario librillo (un barreño)
aquellas que lo tengan como enser habitual en su casa, claro, y barren
una vez más los omnipresentes excrementos de ratones y ratas
que infestan prácticamente todas las casas, aun las más
impolutas.
"Luego el primero día, el miércoles corvillo,
en las casas do anda, çesta nin canistillo
non dexa, tajador, baçín nin cantarillo,
que todo non lo mu[n]da sobre linpio librillo:
escudillas, sartenes, tinajas e calderas,
espetos e griales, ollas e coberteras,
cañadas e varriles, todas cosas caseras,
todo lo faz lavar a las sus lavanderas".
(JUAN RUIZ. Libro de Buen Amor)
Capítulo V: LA ALIMENTACIÓN
En la baja Edad Media, cada estamento social desarrolla un sistema de
alimentación muy variado, en el que se combinan de manera harto
diversa los comestibles de origen vegetal y de procedencia animal: los
cereales, las legumbres y el vino con la carne, el pescado y el queso.
La carne procede de la caza y de la ganadería menor, muy presente
en todas las explotaciones, incluso en las más pequeñas.
El gran número de días de abstinencia da un interés
especial al pescado, al queso y a los huevos, productos de consumo obligado
los días en los que la religión prohíbe comer carne.
El trigo escasea y en el pan de la mayor parte de la población
entran cereales secundarios como la avena o el centeno. Entre las leguminosas,
importante fuente de proteínas, predominan las habas. El vino,
recurso complementario de los hidratos de carbono, figura en la dieta
de todas las clases sociales, desde las más altas a las más
desfavorecidas.
Los campesinos de Graxos, poco numerosos y dispersos en un paisaje presidido
por bosques y tierras de monte bajo, carentes de recursos y con escasos
conocimientos técnicos, optaron por una explotación del
suelo más silvo-pastoril que estrictamente agrícola y,
por tanto, mal pueden basar su dieta alimentaria en el pan. Sólo
así, consumiendo cereal en poca cantidad, se explica cómo
el campesino puede, con la reducida producción de sus parcelas,
obtener trigo suficiente para pagar las cargas fiscales y señoriales
en especie, y aun reservar simiente para el año próximo.
El papel de refugio frente a los musulmanes lleva a una mayor concentración
de los habitantes en las zonas montañosas y a una importante
roturación de tierras en las que, sin duda, se producen cereales
secundarios, más pobres en calorías que el trigo, pero
menos exigentes en fertilizantes y agua. Mientras que el trigo se cultiva
en las fértiles llanuras de La Moraña, más soleadas
y con suelos bien drenados, el centeno, la avena y la cebada crecen
en las tierras más frías y húmedas del alto de
El Portacho donde está ubicado nuestro Graxos.
El básico sustento alimentario de nuestros paisanos, en especial,
es muy irregular y ello depende casi siempre de la buena fortuna alcanzada
en las cosechas. El pan blanco, el bueno, el de trigo, constituye un
verdadero lujo en nuestra pequeña aldehuela y al que únicamente
pueden acceder las clases más acomodadas de la misma (entiéndase
como los representantes del Señor de behetría cuando recaudan
en el lugar), mientras que el vulgar pan moreno, hecho de avena o de
centeno, es el más frecuente entre los campesinos quienes, cuando
buenamente pueden, lo complementan con legumbres -"la carne de
los pobres"-: "Tan grande era el hambre -en el año
de 1301- que comían los hombres pan de grama." El pan más
frecuente es el llamado pan bazo, que se hace con el afrecho y el moyuelo,
los restos de la molienda del trigo. A veces, aquel pan se hace también
con guisantes, judías y otras semillas, que se nota en su textura
más áspera y que, en demasiadas ocasiones, hay que escupir
algunos trocitos más duros que piedras. Es una comida propia
de los labriegos. Tal vez, el mejor sistema para conservar los cereales,
elemento básico en la dieta del hombre medieval, es tostándolos.
Luego se guardan en lugares secos para ser consumidos o convertidos
en harina. Los cereales secundarios siempre son más digeribles
cocinados que panificados, aspecto que explica que nuestros antepasados
campesinos hagan de las sémolas trituradas en el mortero, y reforzadas
con pequeños trozos de carne del cerdo y otros productos de la
caza furtiva, el centro de su sistema alimentario. En general, pues,
el régimen alimenticio resulta poco equilibrado y no muy recomendable
y sano: sobreabundan las salazones, las salsas, las grasas animales,
las especias y las féculas. La posibilidad de hacer al menos
una comida diaria se convierte en la auténtica obsesión
para el hombre medieval en general, y siempre que puede se entrega a
festines y banquetes. Resultan normales las comidas en común,
pero los usos de las cucharas y de los platos individuales son excepcionales,
circunstancias que favorecen la propagación de enfermedades contagiosas.
El saber culinario se sustenta en la olla de barro, recipiente que,
como más adelante será el caldero de cobre, hierve lenta
y continuamente sobre, o al lado de un pequeño fuego siempre
encendido. La olla y los fogones fueron durante siglos las piezas clave
de la cocina campesina occidental, y el agua ligeramente salada el fondo
del que, con el añadido de sémola de cereales, legumbres,
verduras, el tocino, embutidos y algunos trozos de carne fresca o seca,
se extraía una sopa que, muchos días al año, debió
de constituir para la mayoría de las familias campesinas de nuestro
Graxos el plato único.
Las legumbres secas, ricas en proteínas y en minerales, desempeñan
en la dieta campesina un papel importante, aunque siempre inferior al
de los cereales; las más consumidas fueron las habas, garbanzos,
algarrobas... Los campesinos medievales comparten con los monjes el
gusto por la verdura; tienen siempre, junto a la choza-vivienda, un
huerto-herrén en el que cultivan de forma ininterrumpida cebollas,
ajos, coles, puerros, berzas, calabazas y nabos. Las hortalizas frescas
que aparecen en la mesa, y no sólo como un condimento de la sopa,
sino también crudas, aseguran a los comensales, junto con los
frutos silvestres, una aportación mínima y escalonada
a lo largo de todo el año de las necesarias vitaminas.
El consumo de castañas está muy difundido a lo largo de
la Edad Media, especialmente entre las clases más populares y
campesinas. Son frutos muy fáciles de encontrar, baratos y de
alto valor nutritivo. Pueden ingerirse de muchas maneras distintas:
maceradas en agua caliente, asadas, hervidas, fritas o tostadas; enteras,
en puré o en forma de harina con la que se hace pan y sémola.
Cuando no se consumen frescas, se secan al sol o se ahuman: "Las
castañas verdes al ser ahumadas, de forma que se sequen, se conservan
durante largo tiempo y se dice que son más sabrosas que las otras".
(Piero de Crescenzi, Tratado de agricultura) Otras veces se colocan
las castañas en arena gruesa o se entierran en un lugar seco
apenas están recolectadas, con lo cual se consigue un resultado
final muy similar a las conocidas castañas pilongas. A excepción
de las castañas, la fruta es una comida muy poco frecuente en
la Edad Media, ya que se considera un auténtico lujo con que
enriquecer la mesa.
- Los huevos de hoy, el pan de ayer y el vino de un año, a todos
hacen provecho y a ninguno daño.
De los rebaños de ovejas se espera, sobre todo, lana y leche,
y sólo se sacrifican los machos y las hembras accidentadas o
viejas, cuya carne -más rica en proteínas que la del cerdo-
se consume casi siempre fresca. Menos abundante es la presencia de la
carne de ave en los menús de los grupos campesinos. La necesidad
de asegurarse un aprovisionamiento mínimo de huevos, y el hecho
de que una parte de las aves de corral vaya a parar a las manos del
Señor de Guzmán en forma de censos -caso de nuestro pueblo-,
obligan a los campesinos a limitar el consumo de pollos, ocas y ánades,
alimentos que se reservan así, siguiendo el ejemplo de los monjes,
para los enfermos, viejos y niños, y por este orden.
Para una familia humilde el problema del alimento se convierte en una
auténtica y constante carga económica, ya que se lleva
cerca del 90% de sus ingresos. La prueba de que el hambre es la ingrata
compañera de la vida cotidiana rural, se refleja en la circunstancia
de que la posición social de un hombre se mide por la cantidad
de comida que puede permitirse consumir. Por otra parte, la dieta de
las clases más nobles, altas y poderosas (mucha carne de cualesquier
tipo y despreocupado exceso de vino) no es mucho más sana que
la de los humildes labriegos (vegetales, cerveza o vino flojo.)
Acazio y su familia consumen unos alimentos muy simples. Los pocos
animales que tienen los utilizan sobre todo para trabajar la tierra
(si en el pueblo se matan algunos bueyes, corderos o incluso vacas en
el otoño, y se ponen sus carnes en unos barriles con sal, es
porque les resulta demasiado caro alimentarlos durante todo el invierno)
La exigua carne que suelen comer los labriegos normalmente procede de
los cerdos. En la rara cocina -porque posee ya un atisbo de chimenea-
y cerca del fuego, Liberata cuelga en el humero (adonde se cuelgan las
morcillas y longanizas, y otras cosas que se enxugan y secan al humo)
parte de la carne del cerdo que mataron, para que se ahume, seque y
conserve. No obstante, ni aun con la ayuda del ambiente frío,
que lo es, o conservándola en sal (siempre escasa y harto costosa
para una aldehuela tan alejada de la costa como la nuestra de los Graxos),
dura la carne demasiado tiempo, y muchas veces hay que disimular su
mal sabor añadiéndole unas salsas abundantemente condimentadas
con los tomillos campestres, los salutíferos ajos de apestoso
aliento o las blandas cebollas. Asan bellotas y castañas, comen
higos secos, nueces, avellanas... y, a la noche, de ordinario, tanto
los villanos libres como los siervos de la gleba, se toman unas aceitunas
con las nutritivas gachas de harina de almortas, bien removidas en la
sartén, y enriquecidas con un chorrete de aceite, cuando lo hay,
que no es lo más frecuente. El pescado es un alimento muy raro,
pues el Señor de behetría no permite pescar en ninguno
de sus ríos o lagunas, y el pescado de la mar, conservado también
en sal, es demasiado caro para las misérrimas economías
de nuestros paisanos. Normalmente, Acazio, Liberata y los dos niños
viven del oscuro pan de harina de centeno y de los guisos viudos, tan
sólo preparados con algo de grasa y, sobre todo, de las diversas
verduras caseras de que disponen según la temporada: cebollas,
ajos, guisantes, lentejas, garbanzos, garrobas, coles... (El plato de
verduras que se sirve a la mesa, y porque le echan sal para que tenga
más gusto y corrija su frialdad, se llamó ensalada) En
cuanto a las proteínas, las reciben de los quesos, hechos artesanalmente
con leche de cabra, de oveja o de vaca, y para beber toman leche, cerveza
que hacen en casa con la cebada, o el tan generalizado aguamiel. Los
platos están hechos con unos sencillos trozos de madera medianamente
aplanados con la azuela y repasados con el escoplo, y los cubiertos
los constituyen el simple cuchillo normal, el mismo que usa Acazio el
Tumbarrobles para trabajar en el campo -o en la casa, o para desangrar
el cerdo en la matanza-, y una cuchara realizada de madera o bien tallada
sobre un cuerno. (Aquellos que disponen de algunos platos, cuchillos
y aun de cucharas, en nuestro lugar de los Graxos son los menos)
Acazio cultiva él mismo su fruta y sus verduras en el huerto
que está cerca de la casa, regándolas con el agua que
saca del pozo ayudado por el varal y su contrapeso del antiquísimo
cigoñal. También cría abejas a las que dedica muchos
cuidados, ya que son muy valiosas: hay que tener en cuenta que la miel
es el medio más utilizado para endulzar la comida al no disponer
ni de caña ni de remolachas azucareras, y de meleçina.
Las colmenas tienen forma de cúpula y están hechas algunas
con paja trenzada y, otras, las más comunes, en el viejo tronco
excavado de un árbol de dura madera. Acazio el Tumbarrobles tiene
hasta media docena de estas colmenas hechas de árbol, en concreto
de encina y roble, realizadas por él mismo durante los largos
y fríos inviernos, y está realmente muy orgulloso de ellas.
Las abejas obtienen el polen de las flores de los escasos árboles
frutales y, principalmente, del brezo y romero, tomillo y aulaga de
los campos comunales. Sus huertos los tiene cerrados con un arbusto
llamado cambronera, una especie de çarça que se suele
plantar en los valladares de viñas y huertas para defender la
entrada a los animales, y aun a los hombres. Echa unos tallos tiernos,
en las puntas ahusados, que se pueden comer y se haze dellos ensalada.
Recordemos cómo la bregadora profesión de yunteros o labradores
es la más común entre los plebeyos medievales; tienen
una remuneración fija anual de sus Señores -así
está legislado aunque no se cumple- que consiste en el 5% de
la cosecha, 300 kilos de pan, 150 de centeno, 150 de trigo, 8 de sal
y 3 pares de buenas albarcas. Los más necesitados casi siempre
son los más agradecidos. Los siervos de la gleba, como nuestros
antepasados del lugar de los Graxos, antes de comer bendicen los alimentos,
y es al acabar cuando le dan las rendidas gracias al Señor todo
misericordioso por haber recibido sus gratuitos favores. La comida del
siervo Anthón, y de su familia, se compone principalmente de
gachas y tortas de ínfima harina (el pan bazo) En ocasiones (muy
raras veces), catan la harina del trigo, pero por lo general la consumen
de centeno, de cebada, mijo o una mezcla de ellas, incluso de avena,
y sentados en el suelo, que sillas y mesas son lujos de los Señores
de Corte. Cuando la harina disponible es de alforfón, la comen
también en forma de gachas porque panificada es aún más
detestable para sus curtidos estómagos aunque no estén
acostumbrados, precisamente, a fruslería de ninguna clase. Sebasthiana
Mandiles, la abnegada y laboriosa esposa de Anthón, sabe moler
el grano del cereal entre dos piedras, como se molía ya en el
período Neolítico, lo cual no es ningún consuelo
para ella, pero sí muy útil porque no se pueden permitir
cocer en los hornos concejiles del Señor por los costes de la
molienda. El resultado es una harina bastante gorda, con su cascarilla
de salvado, con la que cuece las irregulares tortas sobre las cenizas
del rústico lar. Su carta culinaria es breve, escueta -¡y
no permitas Señor Dios que nos falte!-, pero se extiende también
a los nutricios potajes de las necesarias legumbres (lentejas, alubias,
guisantes, las habas verdes) que aumenta con las verduras más
increíbles, incluidos los tiernos cardillos y borrajas, las tovas
(es decir, las blandas cañas de los cardos borriqueros), malvas
y ortigas: "lo que no mata engorda". La carne de vacuno, o
de ovino, es un artículo de lujo reservado a los abades o Señores
feudales pero, aun así y todo, Anthón y Sebasthiana alegran
su humilde parrilla con otras carnes más menudas, eso sí,
pero para ellos tan sabrosas al menos como aquellas otras cuyas excelencias
conocen sólo de oídas, porque de la gran necesidad de
siempre en el campo se hizo virtud: perros, gatos, conejos cazados con
liga o perro, liebres, grajos y gorriones... "todo lo que vuela
cae en la cazuela". También casi todo lo que se arrastra:
lagartos, culebras...
- Eche, su merced, eche, ya sea salmorejo o escabeche.
- A ser posible, carne de junto al hueso, denme de eso.
Alguna rara vez, algo de carne salada y muy curada al cierzo (cecina
o ciercina) y, de pascuas a ramos, si Anthón se encontró
un nidal de perdiz o de tórtola en el campo, tal vez una capirotada
(aderezo con hierbas, ajos y huevos para acompañar un guiso)
Los habitantes de los pueblos medievales no compran la carne en la inexistente
carnicería, sino que van a cazar. Ahora que no nos oye ninguna
justicia del Concejo, ni montero alguno del Señor feudal, así
entre nosotros y quedo, y ¡y guárdenme, por Dios, sus mercedes
esta confidencia!, Anthón el Ronzales, siempre que puede, y si
el día le pinta propicio el naipe de la fortuna, caza en los
vivares con el escurridizo hurón, como lo oyen, pero sin cascabelillo
al cuello y sin seña ninguna de identidad en el bicho. Claro
que se arriesga mucho, pero si su Sebasthiana la Mandiles se recuperó
tan presto, y en grande medida, fue gracias a las carnes tan atléticas
y oreadas, aromáticas y sabrosas de los ágiles conejos
de campo: la lievre del covil sácala la comadreja...
- Anthón el Ronzales viene a ser como el pobre de Calatayud,
que le falta dinero y le sobra salud.
No son gentes melindrosas, ¡quiá!. Cuando se pueden permitir
el lujo de comer juntos, que no les ocurre con frecuencia, en lugar
de platos utilizan normalmente una gran rebanada de pan, llamada trinchero,
que comparten gozosos, así como el cuenco o escudilla de madera
-que la fabricó Anthón el invierno pasado, cuando la enfermedad
de su mujer, para que ésta mejor sorbiera la sopa- y que hace
de vaso. Al final se comen también el trinchero, que todo desperdicio
es un lujo. Rara, rarísima vez, los perros de Anthón se
han podido regalar con los escamochos de la mesa. Algún año
tan dichoso como el presente, se han podido embarcar en la compra y
engorde de una cerda, con su lechoncillo y todo, cuyas carnes, bien
administradas, les darán consuelo durante muchos meses. No toda
ella, claro, porque el derecho de pernada que ejerce el Señor
les priva de la parte más suculenta.
El derecho de pernada no consiste, como mucha gente cree aún,
en el abusivo privilegio feudal que le permite al Señor acostarse
con la novia del siervo, la misma noche del día de la boda, antes
que su propio marido, y que el tal derecho puede quedar sin efecto si
se le paga al Señor una elevada suma de dinero para evitarle
al novio tamaño trance ornamental y que la novia no acostumbre
a solazarse en blanca sábana sobre colchón mullido...
Muy al contrario, consiste (y a muchos hambreados de entonces -no es
este el caso del siervo Anthón que está muy enamorado
de Sebasthiana su mujer- les parecería mayor desventaja que la
hipotética prestación sexual) en que el Señor feudal
tiene derecho a una pernada, es decir, a un jamón de cada una
de las reses criadas y sacrificadas por su siervo. Los nobles, se cuidan
tanto que López de Ayala se arrepentirá del contraste
entre lo que él tenía y lo que faltaba al olvidado hombre
de la gleba:
Busco muchas viandas, costosas e preciadas,
de diversos sabores ricamente adobadas,
que a yantar y cena siempre queden sobradas,
muchos pobres hambrientos las tienen deseadas...
Y deje yo al pobre de hambre padecer,
que con pan y con agua le pudiera socorrer.
Ciertamente, nuestros amigos del lugar de los Graxos no corren peligro
alguno de verse envenenados por algún envidioso enemigo, ni aquejados
tampoco con las apretaduras y retortijones de los bien bautizados "despeños
de tripas" -así llamadas aquellas purgadoras diarreas endémicas
provocadas por la glotonería- tan propios de ciertos clérigos
y monjes poco edificantes, pero que estos mismos frailes, harto ladinos
y estudiados, tan bien habían aprendido a sobrellevar, remediar
y aun curárselos del todo con los tiernos espárragos silvestres.
Aunque los azote inmisericorde con el ágil látigo de su
conocedora pluma el Arcipreste de Hita:
Desde que te conozco nunca te vi ayunar;
almuerzas, de mañana; no pierdes el yantar;
sin mesura meriendas; mejor quieres cenar;
cualquier cosa que tengas vas de noche a probar.
Nuestros campesinos también están obligados a la severa
abstinencia de carne, aunque no siempre lo cumplen rigurosamente y,
en los numerosos días penitenciales, intentan sustituir, cuando
buenamente les es posible, los escasos trozos de carne bien por el queso,
los huevos o pescado. El queso se convierte para los estamentos rurales
más humildes en el sucedáneo más asequible de la
carne, y a su fabricación destinan la mayor parte de la leche
de las ovejas. Este producto, muy nutritivo y fácil de conservar,
goza de gran aceptación entre los campesinos que no dudan en
incluirlo -al revés de los Señores- entre sus comidas
más extraordinarias.
Los campesinos obtienen del bosque muy diversos productos. De las bellotas
y castañas, muy abundantes en las zonas montañosas, se
obtiene harina para la olla, con la que suplen, en años de malas
cosechas, la sémola de los cereales; pueden consumirse, y se
consumen en muchas ocasiones, solas, crudas o cocidas. Las moras, nísperos,
fresas y otros frutos silvestres aportan, en determinados momentos,
las vitaminas y una pizca de alegría a la monótona dieta
campesina. Las setas, con un alto contenido proteico, son recogidas
sistemáticamente. Del bosque procede igualmente la miel, el único
edulcorante de esta época y cuya elaboración corre a cargo
de las abejas salvajes, y en menor grado de aquellos enjambres domesticados
por algunos campesinos como hemos visto en el caso de Acazio el Tumbarrobles.
El buen padre Hunuldo piensa que Dios es más amigo de la vida
y los alimentos que de la muerte y las hambrunas, de ahí que,
durante los largos períodos cuaresmales del ayuno, o el de las
témporas (este ayuno de las témporas instituyó
el Papa Calixto de tres en tres meses. Las de enero, febrero y março,
que caen en la Quaresma; en abril, mayo y junio, las de la Trinidad;
en julio, agosto y setiembre, las de la Cruz; en otubre, novembre y
deziembre las témporas que llamamos de Santa Luzía. Esto
se haze en reconocimiento de que en estos quatro tiempos recibimos los
beneficios de la tierra por merced de Dios), entendedor de tantas precariedades
diarias y necesidades forzosas, mira comprensivo a sus parroquianos
y piensa para sí: "Pobrecillos, que coman cuando tengan,
y que se lo coman todo. Que más parece que la cárcel y
la cuaresma para los pobres son hechas".
"El molino de mis dientes,
que no muele a todos tiempos". (GÓNGORA)
En el mes de noviembre, todos los habitantes de Graxos -convocados a
golpe de una bocina hecha de cuerno, o corneta- llevan sus cerdos al
campo común para engordarlos para el invierno, pues a los cerdos
les encantan las nutritivas y regordetas bellotas de la montanera y
disfrutan hurgando en el suelo, bajo los robles, para mejor desenterrarlas.
Para que se entere todo el pueblo cuándo se han de sacar los
cerdos, se toca la pequeña campana sita en la espadaña
de la iglesia. Se avisa a grandes voces que, al día siguiente,
el porquero tocará la cuerna a tal hora, y por todas las calles
del pueblo, para ir sacando los marranos. En el momento álgido
de la montanera (el festín de la bellota), los cerdos venían
a engordar de uno a dos kilos diarios. Cuando el cerdo ibérico
alcanza las 16 arrobas de peso, ya está listo para el sacrificio
(La arroba, como unidad de peso en el antiguo sistema de pesas y medidas
de los reinos de Castilla, equivalía a 25 libras, es decir, 1/4
de quintal y, en cristiano, alrededor de 11,502 kilogramos). A la mayor
parte de los gorrinos se les mata en diciembre para luego conservar
su carne en sal, aunque previsoramente siempre se dejan vivos unos cuantos
para que críen al año siguiente. De todos los oficios,
quizá el peor considerado en esta época sea el de porquerizo:
ca puede auer fide rrey y de grand enperador
que si non ouiere riquezas non puede auer honor,
si las ouiere vn porquerizo sobre todos ha valor.
Miseria del homne (Siglo XIV)
Es habitual que cada familia crie algún cerdo para el propio
consumo de la casa. Su alimentación suele hacerse con las mondas
(mas no de patatas, que aún no las conocíamos en la vieja
Europa) y los desperdicios de todo tipo; alguna remolacha, borrajas,
raíces, berzas medio estropeadas y hojas de negrillos (olmos)
entre los variados ingredientes. Cuando los cerdos están cebados,
generalmente a primeros de diciembre, se procede al sacrificio.
Unos días antes de la matanza ya comienzan con los preparativos.
Los hombres afilan despaciosos en la piedra de amolar los cuchillos
y el hacha, sacan el banco o tajón y el gancho... Las mujeres
friegan la honda caldera de cobre con vinagre de vino y sal granzuda;
limpian las gamellas, calderetas, los baldes, tarrizas... y eligen y
apartan las mejores cebollas matanceras.
- ¿Y el rojizo pimentón para alegrarle a uno las pajarillas?
- No, el pimentón no se gastaba aún en el siglo XIV, y
ni siquiera la tía Canuta la Morteros lo conocía; por
eso salían tan negros los chorizos...
- Por eso mismo, ¡velaila, su merced!, que más se nos parecen
al rabo endrino del mismo Satanás.
- Pues, cuando por un equívoco se nos despeña una tángana
choricera camino del estómago, por más negruzca que se
enseñe, más bien nos sabe la susodicha a la gloria bendita
y celestial que no a los azufres del maligno...
Existía por entonces la oscurantista creencia de que la mujer,
en cierto momento de su ciclo menstrual, al tocar o mirar cualquier
parte del puerco podría ser la única responsable de la
inutilización total de dichas carnes. Determinar ese momento
era imposible y, para prevenir daños, a las mujeres que se encontrasen
en tales condiciones se las prohibía desarrollar cualquier actividad
relacionada con la matanza. Aquellas mujeres que se hallaban en tal
estado y que pertenecían al grupo familiar, tenían otro
tipo de tareas a su cargo como la limpieza de los utensilios o cacharros
y la preparación de las comidas para todos los que participaban
en la matanza del cerdo.
- Liberata, cuando se te pase la maldición de la luna matamos
al cerdo.
El día de la matanza constituye una gran fiesta a la que se invita
a los familiares y los vecinos más cercanos con la intención
de que ayuden en las tareas que requieren un aporte de fuerza física
importante. La noche anterior al día de la matanza, se coge una
hogaza de pan bien cumplida y, con un chuchillo, se corta a lonchas
delgadas que se echan en el barreño de loza (y digo en la colodra
porque sólo hay una en todo el pueblo, propiedad de Liberata
la Fermosa, y que circula cuidadosamente de matanza en matanza como
si de una santa imagen milagrosa se tratase). Como son vecinos de aldea,
calle y casa, Acazio el Tumbarrobles y Anthón el Ronzales se
ayudan mutuamente, así como sus respectivas y animosas mujeres:
Liberata la Fermosa y Sebasthiana la Mandiles. También les echan
una mano, si es preciso, Acisclo el Pedolobo, Argimiro Vinoalegre y
su mujer Candelitas la Mejorana; Trastemiro el Chapuzas y su mujer Basilia
la Combá; Eustaquio el Malasyerbas y su esposa Thadea la Renca,
que no es que ayudasen en demasía, no, pero daban conversación;
Crispín el Tentemozo; Baldomero el Cañahueca y su mujer
la Blasa Sayalisa; Leocricio el tío Patacomba; el moço
Cipriano el Agallón, tío Guiberto el Trancatiesa, el moço
Sampiro el Jopozorras, Eutropio el tío Comechinches... Los hombres
decididos entran en la pocilga, zahúrda, corte o cochiquera portando
en la mano una cuerda con el lazo ya hecho que le introducen al marrano
por la cabeza... Acazio, que se encarga de matar el cerdo, va provisto
de un gancho y un cuchillo. Este gancho tiene una punta muy afilada
y, por el otro lado, acaba en curva. Coge el gancho y se lo introduce
al cerdo por la parte baja de la mandíbula, sujetándole
en el muslo, mientras que otros hombres le cogen de las patas y los
chicos más valientes del rabo. Lo sacan casi a las rastras, lo
conducen hasta el tajón, un banco en el que se le tumba, y le
amarran firmemente con un cordel recio atándole su cabeza al
mismo. No falta ocasión en que el animal echa a correr y tira
por tierra a todo aquél que intente cogerlo. Las patas se las
sujetan entre varias personas fuertes hasta que el gorrino se queda
inmovilizado. Entre todos colocan al animal encima del tajón,
y Acazio, muy decidido, le introduce el cuchillo por el hueco supraesternal.
La sangre del cerdo cae al barreño donde se había cortado
el pan, y las mujeres tienen que removerla, y darle vueltas y más
vueltas con una cuchara hecha de palo (hataca) para que no se cuaje
y sirva para hacer las morcillas.
Una vez que está muerto el animal, se echa paja en el suelo y
se tiende al cochino tripa abajo, con las manos separadas para adelante
y las patas para atrás, y se colocan unas piedras a cada lado
para que no se ladee. A continuación se pone el bálago
de centeno doblado, cubriendo todo el lomo y la cabeza del cerdo y,
después se prende fuego para que se chamusque con el dicho "cuelmo".
En el lugar de los Graxos, como no existían las aliagas... Si
se chamusca de más por un lado, se retira el bálago con
un palo largo de chopo y se lleva hasta aquel lado que tiene menos paja,
y así hasta que se queda el cochino bien chamuscado por todas
las partes. Después, se pone tripa arriba y se hace la misma
operación. Si las patas no quedan todas bien chamuscadas, se
hacen unos manojos de bálago atados fuerte con la misma paja
y se prenden para chamuscar bien estas partes. Como generalmente hace
mucho frío, se forma un corro alrededor de la hoguera y se extienden
las manos para que éstas no se amoraten. Ya bien chamuscado,
se retira la lumbre hacia un lado y se pone una escalera tendida en
el suelo sobre la que se coloca el marrano. Mientras unos le van echando
agua caliente encima, otros le van raspando o frotando con unas lajas
de piedra, algún cuchillo, un trozo de teja... hasta que se queda
el animal completamente limpio. Se lleva el cerdo hasta donde se le
va a colgar y se le vuelve a colocar sobre el tajón, tripa arriba.
Con el filo del gancho le sacan hábilmente las pezuñas
y, con un cuchillo, lo abren y le extraen el alma; desmembran el culero
y desvían la tripa del cagalar para poder meter bien la soga,
atar el cerdo y colgarle de un gancho que suele estar clavado en una
viga del techo de la casa.
Una vez colgado, se pasa la soga por los brazuelos del cerdo para sujetarle
mejor y se pone una gamella donde se van echando las tripas. A continuación
se saca la sadura y, para que se oree bien, se cuelga a salvo en un
clavo. Con el afilado cuchillo se abre el cochino hasta la cabeza y
se arrancan las pellas de manteca con las manos para ponerlas encima
de un palo que se clava en los brazuelos. Las mujeres quitan la manteca
de las tripas y las van cortando cuidadosamente a su tamaño adecuado.
Después, con una paja de centeno limpia, se hincha la pamparrota
y se le dan unos golpes para hacerla de tamaño mayor. Se cortan
unos trozos de la sadura y degolladuras de la parte ensangrentada, por
donde se introdujo el cuchillo para matar al animal, y se hace una opípara
fritada para el almuerzo o ayada (banquete que celebra la familia cuando
se hace la matanza del cerdo). La cata primera la realiza Pero Pérez,
alias el Tordo, por ser el barbero, albéitar y sangrador del
lugar de los Graxos, aunque es en Manjabálago donde vive, tiene
esposa e hijos y levanta su choza. En su ausencia el examen lo realiza
tía Canuta la Morteros, que no tiene título pero es de
mucha confianza.
- Que todos los marranos os salgan tan malos como éste -y, sin
más ceremonias ni preámbulos, se zampaba la tajada más
aparente de la prueba.
- Ni piaste, Tordo; ¡que te aproveche, hombre, que te aproveche!
Las mujeres van a lavar las tripas al cercano arroyo de Muño
Diago -el anciano y barrizo tío Terrero que fabrica los adobes
del color de la mostaza-, y las cortan, si aún no lo han hecho,
a la precisa medida de los sustanciosos chorizos que se harán
más tarde, para poderlas volver del revés y se queden
relimpias. Mientras tanto, los hombres se dedican a hacer astillas de
encina o roble, y a beber el negro vino de la jarra. Una vez lavados
los intestinos, los echan en un puchero con sal. Y lavan las tripas
de las morcillas con mucho cuidado y en agua tibia, vinagre, sal y cebolla
picada para darles ambiente. Estas tripas se cortan en trozos y se cosen
por un lado con hilo de algodón.
Para hacer las morcillas, se pone un calderillo de cobre en la lumbre
colgado en el allarín (o llares), con dos partes de agua y una
de arroz, y se echan unas astillas al fuego. Cuando está a medio
cocer, se retira y se pone una sartén en la que se echa una cebolla
bien picada del Arenal y manteca. Así que la cebolla está
bien frita, se retira del fuego. Se vuelca el arroz en una gamella junto
con la manteca, la cebolla y la sangre del cerdo, y se le añade
la pimienta, los cominos, sal y ajos, al tiempo que se remueve todo
para que quede bien mezclado. Las mujeres cogen los trozos de tripa
ya cortados, los abren separando dos dedos de una mano y, con la otra,
cogen el mondongo para llenarlos, dejándolos un tanto menguados
para que no revienten las morcillas al cocerse. Van entregando las morcillas
ya llenas a otras mujeres para que las vayan cosiendo por el otro lado
y las echen en una gamella hasta que estén todas hechas.
Se ponen unas trébedes en la lumbre y la caldera de cobre, con
agua, encima. Cuando empieza a hervir, se van echando las morcillas
con tiento y cuidado después de pincharlas suavemente con una
aguja. Se dejan cocer a fuego lento hasta que se ponen morenas y, cuando
se comprende que ya están cocidas, se retira la caldera del fuego
para que se sosiegue.
- ¡Pincha, pincha Liberata, que se nos rompen!
- ¡Más fuego, Sebasthiana Mandiles, que van muy lentas!
- Tía Canuta, pesque su merced una del caldero a ver cómo
están...
- Al tacto... ¡listas!
Después, se sacan las morcillas con un labrado cucharón
-hataca- y un cuenco de madera, se colocan con mimo encima de una mesa,
separadas unas de otras, y se dejan orear hasta la mañana siguiente.
Al coserlas, por uno de los lados se dejan libres dos hilos largos con
el fin de poderlas atar a unas varas que cuelgan de los machones del
techo de la cocina, de donde se irán cogiendo a medida que se
necesiten para la comida. En algunos lugares de los alrededores, fabrican
también el llamado mondongo, que es una morcilla hecha de calabaza,
cebolla, arroz y el gordo del cerdo.
Cuando el cerdo está completamente vacío, se limpian los
restos de sangre que puedan quedarle, se lava de nuevo y se cuelga cabeza
abajo dejando que la helada de la sierra se encargue de curtirlo.
Al día siguiente -como no tienen que esperar obligados a que
el albéitar analice parte de las vísceras y dé
el visto bueno-, los hombres descuelgan el cerdo, lo ponen tripa arriba
encima del tajón y lo trocean en diversas piezas echándolas
en unas gamellas: primero quitan la cabeza y las distintas pellas de
manteca; luego desprenden los costillares del espinazo y, con un hacha
muy afilada y un mazo de madera, se hacen precisos cortes en las costillas,
extrayéndolas con mucho cuidado para no dañar las cintas
de lomo alojadas a ambos lados del espinazo, y que se extraen a renglón
seguido. Se separan los solomillos con las manos desnudas, sin instrumentos
auxiliadores; cortan y limpian cuidadosamente los jamones y las paletillas,
se separa el tocino con un cuchillo gorrinero... Quitan las orejas de
la cabeza y parten ésta por la mitad, con el hacha y el mazo,
para sacar los sesos. Luego se corta el magro que hay entre los huesos
del cerdo para destinarlo a hacer chorizos, y se parten los huesos en
trozos para echarlos en sal.
- ¡Sus!, con el jodío gato, aún se llevará
el indino la tajada más gorda.
- Y que no escarmienta el hideputa: ¡ayer le aticé una
patá que fue a caer en a to lo alto del gallinero de la tía
Zarrapastras! Si lo llega a barruntar, lo primero hubiera rebuznao,
y andespués lo hubiera despellejao, oreao y comío; -decía
el joven Sampiro, alias el Jopozorras. El moço era tan delgado
como los álamos de la ribera y casi, casi, tan alto como ellos.
Para hacer las güeñas, se cocía el cuajo con los
riñones, el esófago y la lengua y se echaba, junto con
las partes ensangrentadas del cuello, la carne que era considerada de
segunda calidad. Todo ello se picaba en una tabla con un cuchillo, se
iba echando en un panzudo barreño terrizo y se amasaba aparte
para embutir luego con el dicho picadillo la güeña. Más
tarde, se le añadía la sal granzuda, el orégano
(palabra griega que significa: "Alegría de las montañas")
y el ajo.
Mientras se realiza este despiece, el resto de la familia va cortando
en tiras la carne destinada a los chorizos -con su gordo-, picándola
menudilla y con suma paciencia, y depositándola en una artesa
de madera. Picada la carne para los chorizos, se procede a su adobo
sin pimentón. Se añade una mezcla de orégano, ajos
y sal, teniendo gran cuidado en no pasarse con ésta (circunstancia
muy poco probable dado el encarecimiento de la misma) Se mezcla todo
ello con las manos desnudas, dándole vueltas y más vueltas,
hasta que la mezcla resulta homogénea, y se deja reposar sin
prisas. Ya listo el picadillo, Liberata la Fermosa traza una cruz en
su superficie, con cuidado de que no salga torcida, y se santigua "para
que el diablo no lo tiente".
- Y si lo tienta que no se lo coma.
Se deja este adobo durante todo un día completo y luego se prueba
pasándolo por la sartén y, si es necesario, se rectifica
a tiempo la sal, pero siempre al alza para su mejor conservación.
En este adobo se meten los huesos, los costillares, las almas, la papada,
los lomos... Durante quince días tiene que dársele la
vuelta todas las noches para que todo coja bien el adobo, y luego se
cuelga también de las varas de la cocina para que mejor se seque.
Se vuelven a lavar bien los intestinos con agua tibia, vinagre y sal
y, acto seguido, las mujeres proceden a embutirlo en las tripas ya dispuestas
con antelación, ayudándose con el embudillo y teniendo
cuidado de que lleve la carne picada su presión correcta para
que la tripa no se quede hueca. Más tarde se atan y se colocan
en varales dejándolos escurrir un tiempo antes de ponerlos a
curar en su lugar correspondiente y más apropiado. Terminado
el despiece, se cubren los jamones con abundante sal gorda, en proporción
a su peso, y se colocan en algún rincón oscuro poniendo
sobre ellos una tabla y una pesada piedra encima, permaneciendo así
durante semanas hasta que suelten todo el líquido.
Elvirita la Pelatordos, mirando de reojillo al Acisclo el Pedolobo que
andaba trasteando con los jamones por la cocina, se atusó el
negro cabello, se pasó la lengua por los gordezuelos labios y,
dándose un sonoro manotazo en las firmes nalgas, preguntó
inocentemente:
- ¿Pa qué moço desganao estará criando la
hija de mi madre estos dos perniles serranos de pura raza avileña?
A prueba de discretos pajares y a la cata de mullidos jergones, ¡velaila!,
si mi hombre bien me lo acepta... Y si no le apetece el género,
moços sobran que pasan hambre.
- Elvirita, no seas tan pindonguera y deslenguada; que las moçitas
de tu labriega condición han de mostrarse más modestas,
pudorosas y recogidas, -la reprendió severamente su madre, Adosinda
la Trenzas, pero mirando también de reojo al indino del Acisclo
para ver cómo reaccionaba éste ante reto semejante: tan
directo y descarado...
- Torionda te nos andas ya de mañana niña Elvirita; asómate
a la calle a que te refresque un poco las ideas el travieso airecillo
de la sierra y se te bajen hasta los pies las ardientes calenturas moceriles,
que te queman por dentro las ansias de las doncellas y, en ardiéndote
el cuerpo como carbón en fragua de invierno, muy capaz serías
de chamuscarnos los chorizos con sólo tocarlos con tus manos,
-la reconvino sensatamente tía Canuta la Morteros.
Crispín el Tentemozo, que está enamorado en secreto de
la Elvirita, dándose cuenta del juego y los trajines que se traían
entre manos la madre y la hija, perdida toda esperanza de conseguir
a la Pelatordos, decidió en ese preciso instante que, si la esquiva
suerte le era propicia y el Señor don Nuño de Guzmán
lo reclamaba, a la primera ocasión abandonaría el pueblo.
- ¡Ojalá me llamara ahora mismo el manigero de mi Señor
pa subir con los carros de la lana hasta la mar cántabra, o me
enviase cordel abajo con las ovejas hasta la misma raya del moro: ocasión
no faltaría de perderme!
Salió mohino a la puerta de la calle y, cogiendo una piedra del
suelo, la arrojó con toda la rabia y desilusión concentradas
en su brazo cuan lejos pudo. En su ofuscación no pensaba que,
la época de las matanzas, no era la más propicia para
los viajes.
Cuando los jamones han tomado la sal necesaria y destilado todo el líquido,
ya están listos para ser adobados con una mezcla de ajo, orégano
y, por descontado, el aceite (No, con pimentón no, que aún
no se conocía por estos andurriales serranos) Luego se cuelgan
al humo en las cocinas de leña. También se cuelgan los
huesos que antes fueron adobados, mientras que el tocino se ahorca sin
adobar, sólo con la sal. El espinazo, las patas, la careta, el
rabo y el resto de los huesos van también al hondo barreño
para ser salados: a lo largo del año servirán de sustancia
para las distintas ollas y guisos. Los chorizos, las güeñas,
lomos y costillares, una vez oreados, se hacen trozos, se pasan por
la sartén y se meten en panzudas ollas de barro cubiertos de
aceite. A esta operación la llaman "enterrar los chorizos".
Las mujeres cortan los tallos de los chorizos y van dándoles
a los críos los nudos para que éstos se los coman. Estos
alimentos, así conservados en el aceite, se guardan para comerlos
durante la fatigosa época de la recolección de los cereales.
La curación es siempre un proceso delicado en el que se alternan
el frío de las heladas por las noches, que endurece la carne,
con el calor y el humo que la van secando durante el día. De
la fiel alternancia de todos estos elementos dependerá el éxito
de la misma. El exceso de humo y calor nunca ha sido conveniente para
una correcta curación de las matanzas.
- Sebasthiana, llévate un algo de picadillo y otro algo de tocino,
mujer; ¡ah!, y con el calabaso, no te olvides de echarte al pucherillo
media herrada de chichurro (el caldo de las morcillas) para hacerle
unas sopas al Anthón. Lo mismo te digo Canuta.
- Gracias, Fermosa, hija; que Dios te lo premie el próximo año
con unas gorrinas aún más grandes que éstas de
hogaño, y tan parideras te sean de lechones como las prolíficas
conejas engarzan sin descanso sus gazapos. Más nos vale a los
pobres una gotera diaria que un chorreón cada semana. Ya conocen
sus mercedes que la mejor medicina es la buena cocina, y que aquellos
que comen morcillas cagan prieto.
- Amén, Canuta. Así Dios nos conceda a todas las familias
de nuestro lugar de los Graxos: hombre que gane, buey que are y mujer
que guarde.
A Liberata la Fermosa, tener que descuartizar los cuerpos y ponerlos
en sal le resulta una tarea de lo más desagradable, por lo que
su esposo Acazio, alias el Tumbarrobles, le ayuda en tales menesteres
siempre que puede. Luego, almacenan la carne con sal en hondos barriles
y cuelgan cabe la hoguera del agujero-chimenea, esperanzados, los sustanciosos
perniles, para ahumarlos. Cuando lleguen las alegres fiestas de Navidad,
y sus fríos, la mayor parte de la comida del invierno estará
ya lista y almacenada.
Por esta misma época -claro que Acazio y Anthón el Ronzales
no lo saben, ni tienen por qué saberlo, y ni falta alguna que
les hace tampoco- en un pueblecito de Guadalajara denominado Hita, su
afamado arcipreste, el Arcipreste de Hita, en la fiera lucha de don
Carnal y doña Cuaresma, indica lo que tienen al alcance de sus
fogones, mesas y estómagos las gentes más adineradas y
glotonas de esta época: perdices, gallinas, conejos, capones,
patos, jamón y cecina, lechones y cabritos, faisanes, gamos y
jabalíes, las palomas torcaces, el veteado tocino... tales son
los soldados del ejército de don Carnal. Contra, y frente a ellos,
doña Cuaresma alinea anguilas, truchas y arenques, los besugos
y los congrios, las ostras y los cangrejos, salmones y pulpos... que
viajan -ya en denantes, que bien lo conoce su digna merced- como viajan
hoy en día, sólo que envueltos entre la conservadora salmuera
y metidos en hondos toneles (denominados túneles), desde la salada
lejanía neblinosa de las húmedas y verdes costas cántabro-castellanas
hasta el sempiternamente reseco, ocre y desconcertante interior de nuestra
adusta Castilla, ayudándose en las calores con el alivio de los
estratégicos pozos neveros donde se conservaba la nieve y el
hielo recogidos en los inviernos. Pero la mayor parte no sube hasta
nuestro lugar de los Graxos porque a los campesinos les gustan más
los productos de secano, la cuesta del puerto es larga, los cobreños
maravedíes no tintineaban en las faltriqueras mujeriles y el
viaje poco productivo. Y no queramos engañarnos al respecto,
amigos míos: en tierras de montaña el dinero escasea.
Como bien apunta GARRIDO PALACIOS, Manuel, en su ilustrativo "Romancero
y cancionero al paso", por tierras maragatas, también por
nuestra aldehuela al igual que en la mayoría de los míseros
villorrios castellanos, allá por la baja y remota Edad Media,
donde comer una vez al día era el único y grande problema
de la mayoría de los campesinos y labriegos: "Orate frates.
En cada casa comíamos por la mañana pan y puerro; por
la noche, puerro y pan".
- ¿Y al día siguiente, miçer Escribano?
- Al día siguiente, mis honradas comadres, ¡vuelta a empezar!
Malhaya sea la ribera,
tanto puerro como da,
si no como pan y puerro
es que como puerro y pan.
Rara es la localidad que, a pesar de que las condiciones climáticas
no sean favorables, carece de su pago de viñas por más
modesto que éste sea. Nuestro montaraz lugar de los Graxos es
una de tales excepciones -también en estos agrícolas menesteres,
anoten sus mercedes cómo de atrás le viene la tos al gato-
que confirma la norma generalizada: ni la calidad del terreno, ni la
aspereza de su rudo clima les son ciertamente favorables a los etílicos
caldos. El consumo de vino es habitual pero, al contrario de lo que
pudiera creerse, se bebe con cierta moderación. Así, por
ejemplo, lo encontramos con asiduidad en la dieta que se estipula con
los eventuales trabajadores contratados para determinadas tareas estacionales;
pero no constituye un producto de consumo básico y estable: más
que una bebida festera, el vino es considerado como un alimento que
sirve, sobre todo en el campo, para completar el necesario aporte calórico
en sustitución de la ansiada carne y cuyo consumo no está
al alcance de todos, no sólo en días alternos, ni aun
en trimestres enteros. Abundantes referencias -bien intencionadas, pero
muy dudosa la certeza y fiabilidad de sus fuentes de información-
ponderan el comedimiento general de los españoles ante el vino,
una bebida que las mujeres apenas toman y de la que los varones consumen
sólo un cuarto de litro al día de promedio. De cierta
calidad y graduación, según el estamento social; más
aguado, incluso hasta avinagrado, en las clases más humildes.
La embriaguez no es algo habitual: el llamarle borracho a un castellano
viejo es uno de los peores insultos que pueden lanzársele a la
cara. El Rey Sabio, en la Segunda de sus Partidas recomendaba que se
debe ser mesurado en beber vino, y mezclarlo con agua; porque puro "faze
apostemas en las cabezas de los moços", seméjales
a demonios, les hace sañudos mientras son jóvenes, y de
adultos, "follones contra los que con ellos biuen". No se
beba mucho de una vez, porque se pierde el apetito, se aumenta la sed,
"se faze daño a la cabeza e se enflaquesce el viso",
ni entre horas, pues se daña el estómago "non dexando
cocer la vianda", ni estando acostado, porque ello "faze al
ome ser muy dormidor, e soñar malos sueños e romadizar
a menudo"; ni al despertarse, porque quien tal uso practica cae
en ydropesia e en dañamiento del celebro, que son enfermedades
porque aborrecen los omes mucho a quien las ha; ni en ayunas, costumbre
que tuelle el sabor de comer, faze tremer los miembros e estorba la
razón que se ha de dezir, ni, en fin después de comer,
ca esto mueue ome a cobdiciar luxuria en tiempo que non conuiene, enflaquesce
el cuerpo, e si algunos fijos se facen salen pequennos e flacos.
- Cuando un pobre come merluza, es que uno de los dos está malo.
- Bueno, pues entonces... ¡un día perdiz y otro gazpacho,
para que así las perdices no nos den empacho!
Mi razón aquí la fino
y mandad darnos buen vino. (Enrique de Villena)
Capítulo VI: SIERVOS Y ARTESANOS
Como ya recordamos anteriormente, la profesión más normal
de los plebeyos castellanos es la de yunteros o labradores, y que todos
los fueros citan para asignarla una remuneración fija; era ésta
en Cáceres: un quinto de la cosecha obtenida, más 2 cahíces
cabales de pan (unos 300 kilos), 1 cahiz de centeno (unos 150 kilos),
medio cahiz de trigo, media ochava de sal y 3 pares de buenas albarcas;
siendo carga del yuguero la manutención de las yuntas de bueyes,
propiedad siempre del Señor del feudo, a razón de tres
cahíces y medio cada una de ellas. (Para que todos nos vayamos
haciendo una idea, el cahiz era una medida de capacidad para áridos
que cumplía 12 fanegas y equivalía a 666 litros y 12 milésimas.
Era un buen mozo el cahiz, y se dividía en 24 costales, algo
así como 12 fanegas de 7 arrobas y 8 libras castellanas cada
una: 1 cahiz = 12 fanegas; 1 fanega = 12 celemines; 1 celemín
= 4 cuartillos; 1 cuartillo = 4 ochavos; 1 ochavo = 0,289 litros)
En las Cortes de Jerez de 1268, un siglo antes, ya se preocuparon del
problema del alza de los jornales e intentaron remediar la acuciante
falta en el campo de suficientes brazos jornaleros: "El peon con
su açada e con su foçe aya por jornal al día, en
el mes de jullio, e de junio, e de agosto, tres sueldos de pepiones
cada día por jornal al que mas dieren. E en Estremadura vala
el peon al dia para cauar con su açada siete dineros alfonsis;
el podador, ocho dineros alfonsis e aquel non den de comer. En Andalucia
a las mujeres e los moços para vendimiar y para dar tierra e
para las otras cosas que os ouieren menester den a cada uno un sueldo
de pepiones cada dia por jornal; en Estremadura, tres dineros alfonsíes."
Persiguiendo la generalizada vagancia, mandan las mismas Cortes el prender
a todo peón que ande baldío, para obligarle a trabajar
si encuentra quien le pague el salario legal o -harto extraño
a fe mía-, a permanecer en prisión hasta que lo encuentre
(que ¡cómo lo iba a encontrar estando preso, a menos que
se produjera una milagrosa intervención divina!), y disponen
que si fuere omne que ande comiendo de lo ajeno, pidiéndolo o
tomándolo por fuerça, o robándolo, o prendándolo,
enforquenlo por ello.
"Et muchos hombres andan vagando sin querer trabajar... y andan
hurtando, robando y haciendo otros delitos y excesos... y para poder
hacer con más libertad lo susodicho fingen que van en romería
a alguna casa de devoción... y cantan, y se visten y ponen hábitos
de romeros y peregrinos, de esclavinas y sacos de sayal..."
En Castilla, por tasa de las Cortes de Jerez, se pagaba a los mancebos:
desde la frontera mora hasta Toledo, seis maravedíes anuales,
es decir, seis duros; en la meseta castellana, cuatro duros y, más
al Norte, también seis:
"Et la mançeba vala seys maravedís al anno por soldada
en Andalucia; e en Castilla e Leon assy como suelen valer".
Los siervos de la aldea de Graxos no son personas libres, lo cual quiere
decir que son propiedades del Señor don Nuño de Guzmán,
y que se les puede comprar y vender como si fueran un objeto cualquiera
más, y también se les puede trasladar a otra propiedad
o incluir en otra concesión de tierras: viejas como cañas
vestidas, y hombres y mujeres que no tienen más muda que la mortaja...
Tienen que pedirle permiso al Señor para casarse, y para que
sus hijos sigan la carrera eclesiástica; y no pueden poseer armas,
ni llevarlas encima bajo el castigo de severísimas penas (salvo
el cuchillo de monte), ni tampoco pueden tomar parte en una encuesta
oficial. Trabajan en los campos igual que los hombres libres, aunque
pasan parte del tiempo en sus tierras arrendadas y parte en las tierras
del Señor; y, además, tienen que pagarle un diezmo al
párroco. La mayor parte de ellos pagan la mitad, o un tercio
de su renta, en metálico y, el resto, realizando trabajos decretados
por el Señor, y de los que toma buena nota su administrador.
La mayor parte de los aldeanos de Graxos son siervos de la gleba, es
decir, no son libres y su estado social se asemeja a una semiesclavitud.
El resto de la gente los mira por encima del hombro. La palabra que
se emplea para designar al hombre que vive en un pueblo o villa es la
de villano. Pero a pesar de todo, parece ser que los propios graxenses
pudieron ir haciéndose campesinos libres muy poco a poco, eso
sí, y, normalmente, comprándose su libertad. Sucede muy
entrado el siglo XIV y a medida que el dinero se va haciendo más
corriente, y los productos se compran y venden a cambio de cobrizas
monedas, en vez de canjearse por otras manufacturas. Esto origina dos
cosas: primero, los campesinos pueden ahorrar algún dinero, cosa
que era imposible de hacer con, digamos, cereales, verduras o huevos,
y pueden esconderlo hasta que tengan una suma algo razonable; segundo,
a los Señores, muy a menudo, les resulta más conveniente
que les paguen las rentas en dinero en vez de en trabajo o en productos
de granja. Así, en algunos feudos, los campesinos acordaban con
el Señor feudal el pagarle una cantidad determinada al año,
fija, en lugar de trabajar para él ciertos días correspondientes.
Los aldeanos que no tienen tierras se convierten en peones, o jornaleros,
que trabajan por dinero. Siguieran siendo siervos del Señor de
Behetría o no, la mayor parte de los vecinos de nuestro Graxos
continúan siendo campesinos o peones hasta el final de la baja
Edad Media, y aun mucho después de ella, a través del
tan nombrado Siglo de Oro (de oro sería, sí, pero... ¿para
quién?) y aun el de la Ilustración. La constante histórica
es la misma: tan sólo cambian, como variables, el nombre del
respectivo Señor y el de los siervos: como si el reconocido poder
y la sumisión que arrastra también fuesen hereditarios.
Uno de estos siervos y villanos, de nacimiento y condición, se
llama Sancho. Sanchico no llegó a conocer a su madre, que murió
en el parto según le contaron más tarde, y a su padre
no le conocía nadie del poblado. Le llaman el Normando porque
sus cabellos son rubios y lacios como los de una doncella. Conoce mejor
que ningún otro las quebradas del término -las recorre
parejo al gato montés, la garduña y la jineta- y cuida
de una piara de cerdos con los que en ocasiones se pasa más de
un mes fuera del villorrio en busca de los mejores tubérculos
y sustanciosas bellotas. Como anda por los montes, trae el cabello muy
descuidado y revuelto, en largas guedejas que le llegan hasta los hombros
y que sólo se lo deja peinar por Liberata la Fermosa. Sancho
el Normando, es un jovenzuelo despierto, muy decidido y emprendedor,
que posee un milano joven, más veloz que las saetas, y que caza
mejor que los azores de los nobles. La caza es privilegio real, tanto
de reyes moros como cristianos, o de sus visires, condes, cadíes
o alféreces, estando vedada a los vasallos bajo pena de muerte.
Sanchico se sirve de la piara como excusa y salvaguardia para andar
por los montes sin despertar sospechas. No era extraño que algunos
Señores, que se consideraban con el exclusivo derecho de caza
en sus territorios, se enzarzaran en una guerra por un ciervo o un jabalí.
Matar un azor real, o de un noble feudal, conlleva aparejada pena de
muerte... Pero como a nuestro lugar de los Graxos casi nunca llegan
los soldados reales y, cuando aparecen los guardas del Señor
de behetría ya se conoce con días de antelación
su llegada, no hay mayores peligros en intentarlo que la constante vigilancia
de Orosio Gorragrande, el eficaz y celoso montero del lugar de Manjabálago.
Y éste le suele comentar a Sanchico de vez en cuando, en tono
más paternal que recriminatorio:
- Mira, hijo, que la paz de los pueblos está en que se respeten
seguros los territorios de los que algunos nobles son Señores
por gracia del Altísimo, y los que no tenemos territorios debemos
respetar los de todos, y hacer en ellos el menor daño que sea
posible, siempre salvada la necesidad primera de no morirse uno de hambre.
¿Comprendiste bien, joven Sancho?
Don Nuño, su Señor, buscaba el ave de cetrería
perfecta. Un ave que reuniera las alas del neblí, el corazón
de baharí, presa y garra de sacre, seguridad de alfaneque y riza
de tagarote. Sanchico se contenta con su milano, vivo compendio de las
citadas y excelsas virtudes cinegéticas. Tiene que limitarse,
eso sí, y de forma furtiva, como queda dicho, a la llamada caza
menor, es decir: algún que otro conejillo, las perdices, codornices,
tordos, alondras, palomas y avutardas; pero es feliz. Su pájaro
de cetrería es la admiración y envidia de todos sus paisanos
del lugar de los Graxos, de los Señores feudales de los Señoríos
de los contornos -que una vez hasta se lo tuvo que prestar Orosio, como
suyo, al Señor de Guzmán que cazaba la perdiz por La Moraña-
y aun del mismo Rey Alfonso el Onceno, que a sus oídos llegó
la fama de tal ave cetrera. El mismo joven Sancho, el Normando, nos
cuenta, en trova de romance popular castellano, sencillo, adolescente
y lastimero, sus penosas desventuras de villano cetrero:
Me tenía yo un milanomás veloz que las saetasy los galgos
castellanosque caçan por la meseta.El ave que me caçabala
comida que comía,que la çena que çenabadel aire
me la traía.Como me crió mi padre,a falta de la milana,lo
cuidé como una madre,una amiga o una hermana.En sus ojos yo veíalas
roquedas de Marranos,las bellotas de la ençina,las gargantas
de Los Chionescon sus aguas cristalinas,las arrugas de los robles,el
verdor de los prajonesy las brisas sanjuaninas.El milano me envidiabanel
duque de Piedrahita,el marqués de las dos Navasy el mismo Rey
de Castilla.El ave más caçadorade toda la serranía,la
que por ella me dierael Rey hasta çinco villas:Entregadle a este
villanohabla al Rey, su Soberano,sin temer la mano airadaque, sintiéndose
ultrajada,de la espada afila el tajo,Señor es, que no villano:¡ve
con Dios, hombre de Graxos!Mediado andaba el verano,caçando de
çetreríapor los çerros montaraçesel conejo,
la paloma,las perdiçes y torcaçes,cuando una flecha traidoracaçó,
desde oculta loma,la envidia de las rapaçes.Malherido fue el
milano,caçando en la serranía,por avieso ballesteroa quien
la envidia roía:¡Que Dios le pudra la manoa quien mató
al ave mía,y deje çiego primeropara el resto de sus días!¡Que
aqueste infame sayón,por cobarde y asesino,le cuelguen del coraçónen
el cruçe de un camino! del valle las çinco villas,a cambio
de su milano,caperuça y tarabilla; que mientras tenga en la manosu
emplumada maravilla, Señor es, que no vasallo,y el rey de la
çetrería.A lo que yo me negara;bien oiréis lo que
diría:Excusadme, Majestad,Señor de las dos Castillas,por
no daros el milanocomo exige cortesía.A un Rey, como mi Señor,amo
de haçiendas y vidas,no osara deçir mentirapor halago
o pleitesía.Tan sólo tengo aquesta aveque pueda deçir
que es mía:si el milano os entregara,mi vida se perdería.El
Rey, frunçido ha su çeño,al oír lo que deçíadel
milano, el joven dueño,con firmeça y gallardía.Si
escucháis con atençiónbien oiréis lo que
diría:Quien, con harto desparpajo,por defender su milano,¡Malhayan
los façedoresde tamaña felonía,Señores sean,
o siervos,de iglesia o caballería:el marqués de las dos
Navas,el duque de Piedrahita,o el conde de Çespedosa,mi Señor
de behetría!salve Dios del juramentoal monarca de Castilla:que
los Reyes, si Rey fueran,jamás tendrían envidia...En mi
pueblo le di tierra,entrando a la diestra mano,bajo una tumba de piedrascoronada
por un canto.Que en los siglos venideros,en este pueblo de Graxos,lo
recuerden sus veçinoscomo El Canto de El Milano.Sufriendo la
suerte adversa,así gemía un serrano,al que una aleve ballestale
ha matado su milano.
Y ahí tenemos aún a la envidiada reina montaraz de las
aves de la cetrería, mismamente donde la enterró bajo
un túmulo de piedras el apenado Sanchico, casi frente por frente
del minúsculo Prado de las Cuevas, según llegamos al pueblo
bajando por la sinuosa Calzada Real, a la diestra mano, y a nuestra
entera disposición. Sólo hay que fijarse un poco, amigo
mío.
- Si es que el clavo que destaca es el que se lleva el martillazo.
Acazio, como fiel del lugar y hombre bueno del mismo, cuando se enteró
de la desgracia del milano, y de la tamaña sinrazón perpetrada
de forma tan alevosa, anduvo indagando diligente, por su parte, cuenta
y riesgo, hasta que los justicias le pararon en seco las pesquisas.
Le preguntaron:
- ¿Qué villano puede juzgar el quehacer de los nobles?
¿Acaso has olvidado, Acazio Tumbarrobles, tú que eres
el fiel, que do fuerza ay, derecho se pierde? Déjalo estar, que
a todos nosotros, los míseros villanos del lugar de los Graxos,
así nos conviene mejor: A los galgos del rey no se les escapa
liebre alguna. ¿Acaso no te enseñaron de chico que el
Rey nunca es traidor, ni el Papa excomulgado? Recuerda la fábula,
Acazio:
Diz que yazié doliente el león de dolor;
todas las animalias vinieron ver su señor;
tomó plazer con ellas e sintióse mejor:
alegráronse todas mucho por su amor.
Por le fazer plazer e más le alegrar,
conbidáronle todas quel darían a yantar;
dixieron que mandase quáles quisiese matar;
mandó matar al toro, que podría abastar.
Fizo echán al lobo e mandó que a todos diese;
él apartó lo menudo para el león, que comiese,
e para sí la canal, la mejor que omne viese;
al león dixo el lobo que la mesa bendixiese.
"Señor", diz, "tú estás flaco, esta
vianda liviana
cómela tú, señor, que te será buena e sana;
para mí e los otros, la canal que es vana."
El león fue sañudo, que de comer avia gana.
Alçó el león la mano por la mesa santiguar,
dio grand golpe en la cabeça al lobo por lo castigar:
el cuero, con la oreja, del caxco le fue arrancar;
el león a la raposa mandó la vianda dar.
La gulpeja con el miedo e como es muy artera,
toda la canal del toro al león dio entera,
para sí e los otros todo lo menudo era:
maravillóse el león de tan buena egualadera.
El león dixo: "comadre, ¿quién vos mostró
a fazer partición
tan buena, tan aguisada, tan derecha con razón?
Ella dixo: "En la cabeça del lobo tomé liçión,
en el lobo castigué qué feziese o qué non."
(JUAN RUIZ. El Libro de Buen Amor, 82-89)
(Nota: Ésta era una de las fábulas más conocidas
en la baja Edad Media. Significado de algunas palabras: Echán
"partidor de toda la comida"; caxco "parte superior de
la cabeza"; egualadera "repartidora equitativa")
Acazio entendió presto el mensaje. Para compensar de alguna forma
al joven Sanchico por semejante pérdida, le regaló un
cachorrillo, regordete como una más de las rayadas sandías
que llegaban de Derramacastañas, hijo canelo de la Morita, su
perra, a la que sólo le faltaba hablar y que tantas veces le
había demostrado tener más conocimiento que la mayoría
de los humanos y, además, oye, que ventea los conejos como ninguna
otra.
- Si te sale como la madre, de comer no te faltará, joven Sancho.
- Y que no me lo envidien, Acazio; y que no me lo envidien... -repetía
el Normando, escupiendo despreciativo las palabras como si fueran guijarros
demasiado calientes para retenerlos en la boca. Acazio se alejó
de su lado moviendo dubitativo la cabeza y sobrecogido. No le gustó
el tono helado en el que le habló Sanchico; había observado
cómo sus ojos fulguraron como negros pozos ponzoñosos,
como nubes nocturnas de tormenta cargadas de mortíferos rayos
que gritaban un estremecedor: "¡lo pagaréis!".
Sí, sus ojos eran como dos trocitos de hielo: las serpientes
al lugar del Charco del Jabalí o por el sitio del Chozo de la
Malagana los tenían más cálidos.
Acazio tiene un vecino que se llama Thomé Núñez.
El Thomé Núñez, alias el Venado, es un mocetón
muy pinturero pero sin suerte, castigador y sentimental, y con un temperamento
alegre y compartidor: onbre placentero, riente, e jugante e sabydor,
dançador e bailador, e de sus carnes ligero, franco, e onbre
de muchas carnes e de toda alegría, e toma plazer con toda cosa
alegre e byen fecha. Es fresco en la cara, en la color bermejo, honesto
e mesurado; es misericordioso e justiciero, que ama justicia, mas non
por sus manos fazerla, nin executarla; duélele el mal fecho e
pésale el mal obrar. Thomé Núñez Venado,
desde su nacimiento, es siervo de la gleba del Señor de Behetría
y, al igual que en años anteriores, es muy posible que -junto
con Leocricio el Patacomba, más testarudo que un tocón
en medio de un campo de cereales; Ciriaco el Zurrapas, que silbaba tan
bien como los mirlos, y aun quizás mejor; Guiberto el Trancatiesa,
el hombre moreno que tenía los ojos como dos piedras azules en
el fondo de unas bolsas profundas, y heredados por su hija Beatriz la
Bellota... y otros siervos más de la gleba fuertemente armados-
tenga que escoltar la excelente y finísima lana de las mesetarias
ovejas merinas (dícese de los carneros y ovejas que tienen el
hocico grueso y ancho, la nariz con arrugas transversas y la cabeza
y las extremidades cubiertas, como todo el cuerpo, de lana muy fina,
corta y rizada) de su Señor, don Nuño de Guzmán,
y destinada a la lucrativa y creciente exportación hacia Europa,
desde Cespedosa y por Burgos hasta los puertos de la seca Castilla:
San Vicente de la Barquera, Santander, Castrourdiales o Santoña.
Al esquilmo, ganaderos,
que balan las ovejas
y los carneros.
Ganaderos, a esquilmar,
que llama los pastores
el mayoral. (TIRSO DE MOLINA, La venganza de Tamar)
Toda la lana de los rebaños del Señor de Guzmán
se reunía en los enormes cobertizos que tenía preparados
al efecto en Cespedosa y en La Puente del Congosto. En una fecha determinada
de antemano, la caravana de carros y acémilas se ponía
en camino para ir a converger en Peñaranda de Bracamonte donde
se hacía el recuento total de las existencias habidas en arrobas
de lana y los pertrechos necesarios para las necesidades de la intendencia
durante el largo camino: Madrigal de las Altas Torres, Medina del Campo,
Valladolid, Venta de Baños, Burgos -aquí se unían
a los carros que subían desde Toledo, donde en el mes de agosto
la Mesta esquilaba los rebaños- y, finalmente, según el
destino elegido, la caravana se dirigía por Miranda de Ebro y
Vitoria hasta Castro Urdiales o Santoña, o bien, a través
del Páramo de Masa y el Puerto del Escudo, y con el abono de
su pontazgo correspondiente, llegar con el restallante silbido de los
látigos, el estrépito quejumbroso de los ejes de las ruedas,
el campanilleo de las colleras y los desaforados gritos, carcajadas
y juramentos de los exhaustos acemileros, hasta los amplios, abarrotados
y pestilentes almacenes de la emergente y cántabra ciudad de
Santander (nombre abreviado de Sanctus Andreas).
Por su gran experiencia y fiabilidad en la conducción, Thomé
Núñez, el Venado, normalmente, era el moço encargado
de cuidar la reata (la mula tercera que se añade al carro que
tira delante) y vigilar la firme resistencia de las teleras de los carros.
Se unían a las carretas que subían desde Toledo, donde
en el mes de agosto la Mesta esquilaba los rebaños merinos. Como
buen mulero y experto en la arriería que era, conocía
los secretos de los nudos firmes y complicados que aseguraban mejor
y fielmente una carga voluminosa. Los carros subían hasta el
norte cargados con la fina lana de las dichas ovejas merinas; ya en
Vitoria -si elegían esta vía- les añadían
hierro a su cargamento y llegaban a los puertos del norte donde eran
embarcados ambos productos. Los fueros castellanos ya prescribían
una anchura mínima para los caminos más transitados, fijándola
en la necesaria para dos bestias cargadas en aquellos que salían
de las fincas concejiles o particulares, y en la suficiente para dos
mujeres con orzas a la cintura para todos aquellos que salieran de las
amuralladas ciudades. Ante el tamaño tan reducido, y a todas
luces insuficiente para la anchura de los caminos reales, los carreteros
-la carreta era el vehículo de transporte ordinario más
utilizado en la época- prefieren seguir las recurrentes cañadas
de la Mesta que eran mucho más anchas y seguras, también
polvorientas o llenas de charcos y rodadas.
- Thomé, vigila bien la estornija de esa rueda izquierda para
que no se nos salga por estos caminos de Dios y andaduras del maligno;
- le instaba el caporal de la reata y caravana de carros Thiburzio,
el de La Horcajada.
- A punto estuvo ya de salirse, sí, en las roderas de por ahí
abajo.
- Que no nos dejen los carros al pairo, y tirados por estos andurriales
dejados de la buenaventura de Dios y que están, más que
llenos, infectados de peligrosos salteadores y bandidos. Que luego,
nuestro muy amado Señor de Guzmán, a quien Dios guarde
años, y como mal menor, es muy capaz de arrancarnos la piel a
tiras o desorejarnos a los dos como perdamos la carga; o nos unza como
bueyes para arar la tierra, y nos obligue a pacer la hierba y comer
en pesebres pareados.
- Eso si no nos cuelga, benévolamente y presto, de la primera
de las encinas que tenga más a mano frente a su castillo de Cespedosa.
El Thomé Núñez igual cuidaba de la reata que de
la estornija. Como le gustaba decir a menudo a lo largo del camino:
"Eje ensebado, carro callado". En el pueblo no, ni por las
callejas y las desniveladas roderas del término del lugar de
los Graxos tampoco, al carro de bueyes del Venado se le oía llegar
desde el fondo del horizonte del paisaje: hacía que cantaran
sus ejes para avisar a Constanzica de su llegada, ahuyentar así
a los lobos aulladores y silenciar la maledicencia de muchos...
Los carreteros se ponían en camino encomendándose a la
protección de San Roque, patrono de los caminantes, y provistos
de su carta de guía: la carta que sacaba el que iba por tierra
extraña para que todos los indígenas le encaminasen, por
si alguno llegaba a desorientarse en el trayecto, y para que nadie les
impidiera su viaje. Ya de vuelta hacia la aldea -con resaca de la mar
en sus húmedas miradas y salitre en los varales-, en el sitio
de Poza de la Sal, lugar de la provincia de Burgos, y en los carros
vacíos, cargaban la sal y se la traían a su Señor
hasta Cespedosa. Era un viaje largo y agotador ya que, difícilmente,
la jornada de uno de estos carros y carretas alcanzaba las cinco o seis
leguas de recorrido, aunque en este siglo XIV, un normal campesino medio
podía caminar entre 30 y 40 Km. en un día como si tal
cosa y, a veces, con premura, más. Incluso los peregrinos recorrían
de 15 a 20 Km. diariamente, y en grupos que incluían mujeres
y ancianos.
No ha demasiado tiempo que ya sustituyeron a los lentos y poderosos
bueyes por las ágiles mulas para tirar de las carretas, sobretodo
en aquellos desplazamientos tan largos: eran más ligeras y finas,
comían menos y se ganaba tiempo. Thomé Núñez
camina detrás de su carro, o delante de las andariegas mulas,
o sentado en uno de los varales, y lo mira todo como si lo viera de
estreno y por primera vez en la vida. Qué inmenso es el cielo,
más alto y azul que nunca, y las nubes que llegan y se van, altas
y bajas, nubes luminosas y nubes oscuras y amenazantes... Qué
bellos son los árboles del bosque, surgiendo de la tierra, susurrando
con sus hojas y ramas al viento, como si caminaran a su lado; cada hoja
es tan verde y tan especial, cada una con vida y rostro, tantas hojas
verdes... Contempla el musgo de sus caras al norte y escucha el canto
de los pájaros; la niebla azulada de las montañas lejanas,
los viejos pueblos agazapados y las crecientes ciudades; y más
montañas y bosques y ríos; campos de labranza y pastores
que tocan sus flautas de alcacel; y el sol por la mañana y las
estrellas por la noche; los campesinos que se quitan las sucias gorras
ajadas, se pasan el dorso de sus ásperas manos velludas por la
rugosa frente para quitarse el sudor, y vuelta a encorvarse sobre el
lomo del recto surco o los húmedos bancales; los monjes mendicantes,
tan maestros en trampas y disimulos; los soldados, los burgueses de
las crecientes ciudades, los polvorientos rebaños, los largos
y destartalados carros cargados de niños gitanos, los recelosos
judíos y los taimados comerciantes embaucadores, los moros de
tez aceitunada con sus turbantes enrollados en la cabeza, los valerosos
caballeros con sus brillantes corazas y recios corceles, los bellos,
resistentes y atemorizadores castillos subidos en sus altozanos y atalayas...
las mil imágenes nuevas de la agitada vida del mundo más
allá de los altos del Castrejón o las inmensas Tetas de
Solana: cielos, árboles, flores, ciudades, caminos, tierra, aire,
peregrinos... todo forma parte de Castilla.
- ¡No sabía que el mundo era tan grande! ¡Y tan bello!
¡Y que todo esto, y aún mucho más, es el reino de
Castilla!
Más adelante, durante las cortas tardes grisáceas de los
blancos y fríos inviernos, nuestro mulero paisano Thomé
Núñez, el Venado, les contará a todos sus vecinos
de la aldea de Graxos, que le escuchaban embelesados y llenos de asombro
sus verídicos relatos, unas veces, e inventadas historias otras
tantas, de viajero por tierras tan desconocidas y lejanas: ¡He
visto que toda esa tierra es la tierra más bonita del mundo!
-aunque no conocía otras tierras que no fueran las de Castilla-,
y les contará las experiencias vividas a lo largo del camino.
Por Medina del Campo se enteraron
"Que de noche mataron
al caballero:
la gala de Medina,
la flor de Olmedo"; que no llegaron a conocer el nombre del celebrado
caballero ni el de sus asesinos, y que el dicho lugar de Olmedo era
conocido por las gentes de la zona como la "villa de los siete
sietes", por las puertas de las murallas, iglesias, conventos,
plazas, fuentes, casas de realengo y pueblos que, y siempre en número
de siete, ésta poseyó. Cómo al cruzar el gran río
del norte éste les decía entre el rumor de sus aguas:
"Yo soy Duero, y todas las aguas bebo"; y que más abajo
de la raya, siguiendo su curso por tierras portuguesas, los frailes
de un cierto monasterio, durante los ayunos de Cuaresma, lanzaban a
sus aguas los cerdos y carneros para luego pescarlos y llevarlos a las
cocinas, con el argumento de que comer lo que se pesca no quebranta
el ayuno. Que Simancas, al parecer, debe su nombre, según lo
que dicen, de siete doncellas, que aviendo sido señaladas para
el tributo de los moros, se cortaron las manos y quedaron mancas, siendo
siete. Que en Burgos, en una taberna del camino echaron la china que
valía tanto como contar las veces que uno bebe, porque cada vez
que uno bebía le echaban un chinarro en la capilla de la capa
o del capote, y después o las contaba el tabernero o bien la
garrida moça de las mesas para hazerse pagados. Que una ramita
verde a la puerta de una taberna anunciaba cuba nueva y, en tales casos,
los criados de casa grande, las criadas de casa media y los más
pobres en persona, formaban largas colas a las puertas del establecimiento,
para decidir sobre la calidad del nuevo caldo... (Miguel Delibes; El
hereje) Cómo en el ya transcurrido año del Señor
de 1351, -y según les contaron por el camino unos trujamanes
de feria y mercado-, en el mes de mayo, murió de muerte trágica
el famoso magnate Garcilaso de la Vega, prohombre de la ciudad, en el
transcurso de una corrida de toros en la dicha villa:
"E ese día domingo, por cuanto el rey era entrado nuevamente
en la cibdad de Burgos corrían toros en aquella plaza delante
los palacios del Obispo al Sarmental do Garci Laso yacía, e non
le levantaron de allí. El el rey vio como el cuerpo de Garci
Laso yacía en tierra, e pasaban los toros por en somo dél,
e mandóle poner en un escaño, e así estovo todo
aquel día allí..." (Crónica del rey Pedro
I)
Cómo una de las veces que subieron con la lana, apenas salidos
de Venta de Baños, a nuestro paisano Leocricio Patacomba le entraron
unas fiebres eruptivas, ciertos vómitos prolongados y le aparecieron
unas pústulas rojizas sobre la piel llenas de fluidos que le
imposibilitaron proseguir el viaje, le dejaron en el Hospital del Rey
en la misma ciudad de Burgos -un hospital fundado a final del siglo
XII por los Reyes D. Alfonso VIII y Dª Leonor, para socorrer a
los peregrinos del Camino de Sant Yago, el mejor de todos ellos: ...a
nuestro hospital de Burgos, que yo y la reina construimos...- donde
tan bien le atendieron y alojaron los freires y freiras cistercienses
del hospital monasterio que a la vuelta, completamente ya restablecido,
se incorporó al grupo que regresaba a La Puente del Congosto.
- ¡Coño, Leocricio, si tienes la cara como un harnero!
- De la viruela, Zurrapas; de la viruela: tuve suerte y ya me véis
que hice el pino. Bien que, en este Hospital del Rey, -¡Dios bendiga
a los freires!- nos daban ración de comer y de beber hasta saciarse
uno: buena y suficiente para el comer de un hombre. Ya sabéis,
amigos, que me acogieron, enfermo, como pobre apacible, en una enfermería
de los hombres con 36 camas, y tenía derecho a una ración
compuesta por: dos panes redondos de un peso de medio cuartal (575 gramos),
dos vasos de vino de medio azumbre (aproximadamente un litro), un plato
de caldo o de potaje de legumbres u hortalizas, y un trozo de carne
de dos libras de peso a repartir entre tres (307 gramos por persona,
aproximadamente); y los días de abstinencia, en lugar de la carne,
pescado en cantidad y precio equivalente a lo de la carne.
La enfermería tenía las paredes pintadas, y el suelo de
madera recia, para combatir la humedad. Las camas de los enfermos estaban
arropadas en sus alhanias de yeso y en sus cajas de madera, separadas
por sargas colgadas de barras de hierro y, en cada una, sus bancos de
asiento y de pies, una mesita pequeña junto a la cabecera para
comer desde la cama y un candelero de hierro. Mi lecho estaba compuesto
por un almadraque de lienzo relleno de lana, una cocedra de plumas,
un cabezal de lana, dos sábanas de lienzo casero, dos mantas
blancas y un repostero de colores. (MARTÍNEZ GARCÍA, Luis;
El Hospital del Rey de Burgos)
- ¡Albricias tengas, Patacomba, que ya te hacíamos en la
huesa y vivías en Burgos como un noble!
¡Qué catedral están construyendo en Burgos!; aunque
cuentan los que entienden que aún no la terminaron, dentro de
ella cabe entero todo nuestro pueblo: que empezó a crecer y a
crecer, a sacar hojas y más hojas, pinchos y más pinchos
hasta que se hizo dueña de toda la ciudad, y Burgos es ahora
tan sólo una enorme maceta, como las plantas medicinales y flores
-velaila- son las dueñas de la chozuela de nuestra tía
Canuta la Morteros. Que en dicho templo se estaban empezando a construir
varias capillas y las piedras se apilaban al lado de los andamios. Los
canteros las labraban poniendo en ello toda su fe y empeño; y
cómo nos explicaron que sus señales, o signos "identificativos"
de cada uno de ellos, las podemos encontrar, casi siempre en las piedras
angulares, debajo de las ventanas. Al igual que en tantos lugares del
bajo medievo, también en Burgos los hombres quieren llegar hasta
Dios para conocer su destino... Y qué de fiestas por sus rúas
y cuántos regocijos en las corridas de los toros con un a modo
de pelele al que llamaban dominguillo, que aqueste es cierta forma de
soldado desarrapado, hecho de andrajos y embutido en paja, al cual ponen
en la plaça con una lancilla o garrocha para que el toro se ceve
en él y le levante en los cuernos peloteándole. A este
soldado de paja le llamaron Dominguillo porque le vestían de
colorado, que es color festivo y dominguero, para que al toro le apeteciese
con más rabia. (Covarrubias)
Que cuando cruzaron por Vivar, el burgalés pueblecito paramero
donde nació el romancesco caballero don Rodrigo Díaz,
Mío Cid el Campeador, la mañana era extrañamente
luminosa y hasta cálida; que el viento procedente del cálido,
moro y lejano sur mecía acariciador las cañas doradas
de las secas rastrojeras salpicadas aquí y allá de rojas
amapolas como heridas sangrantes del paisaje, y que ya pintaban zumos
los racimos de la negra uva como anunciando que estaban listos sus maduros
frutos para la vendimia del próximo y dorado otoño. Al
joven Sanchico el Normando, muy en particular, le describía con
amplios gestos interpretativos cómo por la ancha y oreada meseta,
en las altas planicies ventiladas de los solitarios y secos páramos
de Masa, el paisaje se agazapaba temeroso mientras los azores, cual
saetas de ballestero, rasgaban el aire con sus vuelos rasantes a la
caza de los conejos, perdices, ánsares al paso y avutardas, regresando
orgullosamente fieros al enguantado y firme puño de los cetreros,
y cómo desde las colinas del norte les llegaba el penetrante
aroma dulzón de la retama, el tomillo y el espliego.
- Mas te aseguro, joven Sancho, que aquellos aguiluchos, comparados
con tu milano, no pasaban de ser unos vulgares cazacorrales.
- Gracias, Thomé; ¡tú sí que entiendes de
pájaros cetreros!
Y los hospitales -como el burgalés Hospital del Rey levantado
por el rey Alfonso VIII y su esposa Dª Leonor- y los lazaretos,
puentes remozados, recogidos conventos y nuevas y firmes calzadas que
se construían a lo largo del Camino de Sant Yago, el apóstol
del fin de la tierra, como auxilio de los cada vez más numerosos
peregrinos europeos, tan necesitados de atención. Y más
arriba aún, junto a sus fuentes, oliendo ya la cercanía
de la mar, cómo los cántabros le recriminaban al Ebro:
"Ebro traydor, que naces en Castilla y riegas Aragón".
Y que el fruto de la mar -tan desconocido por nuestras áridas
tierras de la meseta, y al que dicen los pescadores marisco, no les
llamaba demasiado a la hora del yantar; que preferían más
y mejor el seco marisco de nuestra dura, reseca y barbechera Castilla:
los embutidos... Que a unos marineros les oyó llamar a las gaviotas,
sin comprender muy bien el porqué, las gallinas del contramaestre.
Y más aún: en un penterre muy propio de los hombres del
lugar de los Graxos, y que le sobrevino así, sin tomar carrerilla
ni nada, en un arranque desconocido de marinera poesía, va y
se descuelga sentencioso: En la mar, las barcas se mueven como sandalias
del viento.
Según extractos de algunas de las diversas datas presentadas
al Señor don Nuño de Guzmán por uno de sus contadores,
el judío Salomón Ezra, especificando algunos de los gastos
realizados durante el acarreo o subida de la lana de sus merinas por
Thomé Núñez el Venado, junto con Leocricio el Patacomba,
el Ciriaco Zurrapas y Guiberto Trancatiesa, hasta los puertos castellanos
del Cantábrico: de Santander, Castrourdiales o Santoña,
viajeros itinerantes por nuestra extensa Castilla, hacia el año
de 1352, así andaba la cesta de la compra por aquestas cerealistas
tierras de pan llevar de centeno, trigo, cebada y avena, y vitícolas
de trasegar rojo vino. En el signado lugar de los Graxos suponemos que
también, claro, y aun una meaja más elevados los precios
por aquello del secular aislamiento y los costos de los portes:
"Ítem martes siguiente 21 días de agosto partimos
de Madrigal et fiemos a yacer a Medina.
Ítem dimos pora bever a los de pie 4 maravedís.
Ítem costo pan yantar 10 maravedís.
Ítem costo vino 30 maravedís.
Ítem costo carne 11 maravedís.
Ítem costo salsa 6 dineros.
Ítem costo cevada pora almuerço 16 çelemines 16
maravedís.
Ítem paja 15 dineros.
Ítem de casa 2 maravedís.
Ítem sabado siguient fuemos a yaçer este día 23
de agosto a las afueras de Valladolid.
Ítem costo pan pora çena 10 maravedís.
Ítem costo vino pora çena 30 maravedís.
Ítem carne 6 maravedís.
Ítem hajos et pimienta 8 dineros.
Ítem ravanos 3 dineros.
Ítem çebollas 2 dineros.
Ítem costo vino pora la echada 12 maravedís.
Ítem costaron candelas 1 maravedí.
Ítem costo cevada pora la tarde 29 maravedís.
Ítem paja 7 maravedís.
Ítem diemos donaçion a la guespeda un maravedí.
Ítem diemos de casa et de stablos 10 maravedís.
Ítem lunes siguient tercero día de setiembre partiemos
de Burgos et fuemos a yaçer a Briviesca:
Ítem costo 4 maravedís pan.
Ítem costo vino 30 maravedís.
Ítem costo carne 8 maravedís.
Ítem costaron hajos et pimienta et hagraz un maravedí.
Ítem costaron halmendolas pora Xill Garzía 6 dineros.
Ítem costaron mançanas 2 dineros.
Ítem costo huna holla pora coçer agua 2 dineros.
Ítem pora ferrar 8 dineros.
Ítem costo cevada 13 maravedís.
Ítem costo paja 12 dineros.
Ítem pagamos de casa 4 maravedís et medio.
Ítem donaçion a la guespeda un maravedí.
Ítem fuemos a yaçer por Pancorbo a Miranda:
Ítem costo pan 6 maravedís.
Ítem costo vino 30 maravedís.
Ítem costaron conejos 3 maravedís.
Ítem costaron guevos 15 dineros.
Ítem vinagre et çebollas 5 dineros.
Ítem peras et mançanas 2 maravedís.
Ítem paja 3 maravedís.
Ítem de casa 4 maravedís.
Ítem costo hun cabestro un maravedí.
Como bien observará el curioso lector, nuestros carreteros
no estaban dispuestos a que el espeso polvo de los caminos castellanos
hiciese posada en sus gaznates y así, allá donde se paraban,
cualquiera fuese el lugar, ni discutían el precio del vino ni
escatimaban sus buenos maravedíes en probar los rojizos caldos
de aquellas tierras por donde cruzaban. También es cierto que
jamás, nunca, el Señor de Guzmán, don Nuño,
puso reparo alguno a las cuentas de gastos presentadas por su leal contador.
Como siervos de la gleba, nuestros paisanos estaban sujetos a todo tipo
de labores y tampoco sacaban nada más en limpio, como ganancia,
de dicho viaje, pero, y siempre según la data judía, al
parecer se gastaban más en vino -bebido en la mesa y guardado
para las trochas- que en cualquier otra vianda, el pan incluido.
"Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan:
donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca".
- No, si ese detalle ya le tenemos bien observado. Con los maravedíes
de vellón son con los que el paisaje se nos presenta más
ñublado, fuera de que uno de ellos valía como dos blancas.
- Miçer Salomón, ¿no podría su benévola
merced -al paso sosegado de los bueyes y el oscilante vaivén
de las carretas- aliviarnos un tantico de esta supina ignorancia, que
tan estentóreamente mostramos los hijos del lugar de los Graxos,
respecto al batiburrillo existente de tantas monedas acuñadas
en los reinos de las Españas, sus orígenes, valores y
aun equivalencias?
- Para el uso que de tales saberes podrías llegar a hacer un
buen día... Ni aun por mera conversación como alivio de
caminantes, vulgares villanos y plebeyos siervos de la gleba, o mostréis
el interés adecuado... Empero, si tanta voluntad enseñáis...
Mas, en el transcurso de mi lición, ¡no admitiré
la oprobiosa mancilla del aburrimiento ni, menos aún, los significados
bostezos de la indiferencia! Oigan, pues, sus interesadas mercedes:
"El maravedí (del árabe morabiti, como perteneciente
a los almorávides) es una moneda española, efectiva algunas
veces y otras imaginaria, que ha tenido diferentes valores y calificativos.
En nuestra época, es la unidad de peso de que se sirven los musulmanes
para repartir el botín de guerra (morobotín) entre los
soldados. Introducido por los árabes en España como moneda
de oro, fue puesta en circulación por el rey Alfonso I como primera
moneda portuguesa, con una figura del rey a caballo y, en el reverso,
una cruz con cinco escudos; por Fernando II, como primera moneda de
oro de León, con el busto del mismo rey y, en el reverso, unos
leones; por el rey Alfonso VIII de Castilla, acuñada con una
inscripción arábiga en la que se leía "Príncipe
de los católicos". En Hispania, los maravedises, maravedís
o maravedíes, que de cualquiera de estas tres diversas formas
se nombran, son pequeñas moneditas de cobre; también en
piezas de 2 maravedises de vellón denominadas (el ochavo), 4
(cuarto) y 8 (ochota) se pueden encontrar.
Como unidad de cálculo el maravedí vale 1/34 de real de
ley variable, según la Valuta di cambio (valor de cambio 1,205
céntimos de marco) y su valor legal es 3 céntimos.
Maravedí alfonsí o blanco. Maravedí de plata.
Maravedí burgalés: moneda de vellón con tres partes
de cobre y una de plata, que mandó labrar en Burgos el rey don
Alfonso X el Sabio, y valía 1/6 del maravedí de plata.
Maravedí cobreño: moneda antigua que valía 2 blancas.
Maravedí de la buena moneda, o de los buenos: el de cobre que
tenía más liga de plata.
Maravedí de oro: moneda con ley de 16 quilates de oro, que don
Alfonso X el Sabio tasó en 6 maravedís de plata.
Maravedí de plata: moneda cuyo valor efectivo es 1/3 del real
de plata antiguo, o sean 20 céntimos de peseta aproximadamente.
Maravedí nuevo: moneda que equivale a 1/7 del real de plata.
Maravedí prieto: moneda antigua, inferior a la blanca en su valor.
Maravedí viejo: moneda de vellón que vale 1/3 del real
de plata.
No obstante, para las transacciones comerciales, la más internacional
de todas las monedas de la Península es el real, moneda castellana
creada por nuestro Señor el rey don Pedro I, que algunos apellidan
de Cruel, y es unidad del sistema monetario español en este siglo
XIV. En plata, tiene como múltiplos el real de a dos, el real
de a cuatro y el real de a ocho; y, como submúltiplos, el cuarto
y las comúnmente llamadas blancas o cinquenes: 64 blancas son
equivalentes a un real de plata. Soy del sentir que se llama así
por la blancura del metal de que se fabrica la dicha blanca.
Qué; ¿cómo se les ha quedado el cuerpo a sus curiosas
mercedes, mis aguerridos pero tan estultos compañeros de fatigas
camineras? Siento este mareo de calderilla hecho con tanta presura,
pero ya os lo dije y advertí con tiempo... Y más sabiendo
cómo por su puertecillo de Las Fuentes -o hasta el del Portacho
y el Alto de Navacuerro, subiendo desde La Moraña- raramente
transitarán, siquiera, algunas de estas monedas en curso, de
cuya existencia hoy mismo os habéis enterado, para ir luego a
caer, mansas, hasta vuestro nido de águilas del lugar de los
Graxos.
Sí, mi querido lector, miçer Salomón Ezra, uno
de los administradores judíos del Señor de behetría
don Nuño de Guzmán, estaba en lo cierto y conocía
de sobra la escasez del potencial económico de nuestros rurales
y laboriosos antepasados. Aquellos paisanos nuestros de la baja Edad
Media, prácticamente, desconocían las monedas al uso,
más aún, la mayoría de ellos morirían sin
haberlas llegado a ver de forma material, ni las cobreñas, y
se intercambiaban sus agrícolas productos -algunos, pocos, artesanales-
por aquellas inexcusables y precisas especies que más necesitaban
para su vida cotidiana, aflojando cada uno de los recelosos tratantes
su pieza a la par, y a la inequívoca cuenta de la vieja o del
trillo: en cada agujero, su piedra.
Un año antes, a raíz de la mortífera gran peste,
y en las reales Cortes de Castilla celebradas en Valladolid el año
del Señor de 1351, se adoptaron las siguientes medidas sobre
trabajo, salarios y precios:
"Me fue dicho et querellado que los de la mi tierra et de los mios
regnos passavan gran mengua porque se non labraban las heredades del
pan et del vino et de las otras cosas que son mantenimiento de los omes.
Et esto que venía lo uno porque andavan muchos omes et mugeres
baldíos et que non querían labrar, et lo otro porque aquellos
que querían labrar demandaban tan grandes precios et soldadas
et jornales que los que habían las heredades no las podían
conplir, et por esta razón que las heredades habían a
fincar yermas et sin labores. Et otrosy me fue dicho et querellado que
los menesteriales que labran et usan de otros oficios, que son para
mantenimiento de los omes que non pueden escusar, venden las cosas de
sus oficios a voluntad o por mucho mayores precios que valían
et de esto que se seguían et venían muy grandes daños
a todos aquellos que avían a comprar de ellos aquellas cosas
que habían menester...
Tengo por bien et mando que ningunos omes nin mugeres que sean e pertenezcan
para labrar non anden baldíos por el mio señorío
ni pediendo ni mendigando mas que todos labren et vivan por labor de
sus manos, salvo aquellos e aquellas que ovieren tales enfermedades
o lesiones o tan gran vejez que lo no puedan fazer, et mozos et mozas
menores de doze años...
Porque en el mio señorío, que son más caras las
viandas et las otras cosas en unas tierras que en otras, et hay departimientos
en el precio de las viandas et menesteres et de las otras cosas, por
ende tengo por bien que pasen et usen en las çibdades et villas
et logares de los obispados... et que den a los menesteriales et labradores
estos precios que se siguen...
- Dinero ninguno y mucha fachada, total, nada.
Según las tasas de las Cortes de Jerez, un buen caballo ya valía
200 maravedíes; la mejor mula importaba 70 maravedíes
y un buen rocín, 100; el mejor buey vivo valía 9 maravedíes
y el sacrificado mucho menos, ya que no podían matarse sino los
que por vejez, descornadura u otro defecto físico se inutilizaban
en el campo para la labranza; valía la mejor vaca, con su fijo,
6 maravedíes; el mejor cordero, una cuarta de maravedí;
el mejor puerco de confianza, engrossado de casa, 3 maravedíes;
el mejor tocino de puerco, un maravedí; la mejor gallina y el
mejor par de perdices, 1 maravedí; el mejor pollo y el mejor
conejo ya desollado, medio maravedí; el mejor sollo, 4 maravedíes;
el mejor salmón y el mejor congrio, 2 maravedíes; 4 sábalos,
1 maravedí, y otro tanto 3 lampreas.
- No siga su merced, miçer Salomón Ezra, con la lista
de los pescados, que a nuestro lugar de los Graxos apenas si nos llegan
ni en salazón.
- Y cuánta diferencia entre los animales de guerra o carga utilizados
por los Señores y grandes clérigos, con los rurales bueyes,
vacas o terneros...
La remuneración del trabajo libre guarda proporción con
los costos y las demandas. Escúchame Thomé Núñez:
en los burgos del reino de Castilla, por ejemplo, págase al mejor
maestro para asentar buen canto tajado dos sueldos de dineros alfonsíes,
es decir, el equivalente a medio duro o a cinco reales; al maestro alarife
de labrar cal o piedra mampuesta y al carpintero de fazer casas o adobar
cubas, también otros cinco reales, y otro tanto al maestro de
tapiar con tapiales, dando a todos ellos de comer y su ración
de vino: ¡sobretodo, vino!; y, si no es así, o bien escasea,
no hay contrato. (En la baja Edad Media el trabajador no especializado
recibía una moneda, una sola, por su trabajo diario, de tal forma
que la palabra sueldo se convirtió en sinónimo de salario.
Una libra de pan, así como unos 400 grs., costaba la sexta parte
de un sueldo, lo mismo que un litro de vino o una libra de carne de
cerdo. Una buena capa de lana podía llegar a costar hasta 15
sueldos)
En otros oficios, la remuneración no es fija y la mano de obra
se paga a destajo. En los reinos musulmanes del Al'Andalus, por coser
y cortar manto, garnacha, saya y calzas de varón, en paño
liso, sin piel ni adorno ninguno, no puede cobrarse más de medio
maravedí; y con el perfil u otro adobo, apenas el doble. En los
reinos cristianos de Castilla, León y Extremadura: el par de
los pannos de varón coser, e tornar manton e garnacha e saya
e calças con perfil de arminno e de nutria medio maravedí;
et syn nutria e sin arminno, una tercia de maravedí; e mantón
e garnacha e saya de duenna con arminno e con perfil derecho, un maravedí;
e sin arminno, cinco sueldos de dineros alfonsís; e las calças
forradas coser e tornar, cuatro dineros alfonsís, e syn aforraduras,
tres dineros alfonsís. (Colección, pág. 69)
Legislando sobre los honorarios de los abogados, dice la Ley XIV del
Título VI de la Sexta Partida: "E porque los omnes, con
coyta que han de vencer los pleytos e a las vegadas por maestría
de los abogados, prometen mayores salarios que non deben o fazen posturas
con ellos a danno de sí, por ende mandamos que el abogado tome
salario de la parte segund el pleyto fuere grande o pequenno, e le conviniere
según su sabiduría o el trabajo que y llevare; de manera
que el mayor salario que pueda ser, non suba de cient maravedíes
arriba quanto quier que sea grande la demanda; e dende ayuso según
fuere el pleyto".
- Abogados en el lugar, miçer Salomón, donde hay bien
meten mal.
Comparando los sueldos de los plebeyos y el de los soldados, éstos
ganan mucho más dinero que aquéllos (en el caso, claro
está, de que cobren sus soldadas en el debido tiempo) El peón
que lucha o sirve más allá del río Guadiana, gana
al mes un maravedí y medio (que equivalía, amigo lector,
a unas 6.000 ptas.) Mirad, las indemnizaciones por heridas son las siguientes:
6 maravedíes en el caso de que una flecha le atraviese de lado
a lado su cuerpo; 10 maravedíes por cada diente, oreja o dedo
perdido en la batalla; y 20 maravedíes por mano, pie, ojos y
nariz. Ahora bien, también los castigos militares son severísimos,
¡eh!: los que huyen del enemigo son trasquilados y además
se quedan sin botín y sin paga; los vigías o atalayeros
que se duerman también se les deja al cero y si, por su siesta,
la tropa sufre daño, son quemados en la pira.
Y, para mejor aclararos la economía de la época, os tengo
que informar sobre el bien llamado "dinero", palabra proveniente
del denario romano, cuyo valor era de 10 ases en tiempos de los aguerridos
legionarios. Los suevos y visigodos adoptaron de los romanos el tremis,
tercera parte del sólido, quien era, a su vez, imitación
de su homónimo acuñado en oro de Bizancio. En Castilla,
antiguamente, 10 maravedíes hacían un dinero. El dinero
podía ser: un peso de 24 granos, equivalente a 19 gramos y 16
centigramos. Se usaba para fabricar los objetos y monedas de plata.
También se le denomina dinero a una moneda de plata, con aleación
de cobre, que circula ahora por el reino de Castilla. Equivale a 2 cornados.
He aquí algunos ejemplos orientadores para que no se me dispersen
en demasía las atenciones de sus mercedes:
. Una puta que quiera dedicar tres días a su trabajo en una ciudad
de Castilla, paga 12 maravedíes de tasas.
. Pegarle a uno de mi raza, o a un moro, le cuesta 4 maravedíes
a un cristiano peleón, pero solamente si se encuentran cinco
testigos judíos y dos cristianos que declaren contra él.
. El carnicero cobra 4 maravedíes por una libra de carne de buey.
. Un pollo cuesta 6 maravedíes.
. Matar a un judío o a un moro ha costado 100 maravedíes
en la época de mayor esplendor de la justicia castellana. (Al
judío o al moro que mata a un cristiano, naturalmente, se le
condena a muerte)
. Cincuenta pobres -bien vestidos, y aún mejor manipulados- que
griten "¡Dios te guarde!", o "¡Castilla por
Alfonso!", por ejemplo, cuestan lo mismo que un judío muerto,
es decir, 100 maravedíes. Vivimos en una época en que
es muy barata la popularidad. (KESTEN, Hermann; Fernando e Isabel)
El Dinero burgalés es una moneda de oro de muy baja ley, por
estar mezclada con otros metales; fue mandada labrar en la ciudad de
Burgos por el rey Alfonso X, el Sabio, para sustituirla en lugar de
los pepiones (moneda menuda que se usó en este reino de Castilla
en el siglo XIII y aún ha tenido curso en éste, y en cuyo
lugar sustituyó el rey Alfonso X el dinero burgalés; 18
pepiones componían un metical y, 10 meticales, un maravedí);
y, aunque estos pepiones eran de más ley, se dio más valor
a los burgaleses, de suerte que uno de ellos valía por 2 pepiones.
¿Ahora os habéis enterado mejor? ¿No? En fin, vamos
a intentarlo de nuevo. Paciencia y a barajar las palabras, que camino
hay por delante. Pero ahora con el sueldo de nuestra época. Allá
vamos; prestad atención:
"En este nuestro siglo XIV, el trabajador no especializado recibe
una moneda, una sóla, por su trabajo diario, de modo que la palabra
sueldo se ha convertido en sinónimo de salario. Una libra de
pan (400 gr.) cuesta la sexta parte de aquel sueldo, lo mismo que un
litro de vino o una libra de carne de cerdo. Una buena capa de lana
puede llegar a costar hasta 15 sueldos. El sueldo bueno o burgalés
es una moneda de Castilla, que vale 12 dineros de a 4 meajas, o sean
23 céntimos de peseta".
¿Entendido, amigo lector? ¿Sí? Ya lo dije: más
fácil que contar ovejas.
- ¡Qué me voy a enterar! Si no pareciese irreverente en
demasía, le diría a su merced que no hay Cristo que se
entere, y menos aún que se haga cargo y tome conciencia de semejante
ensalada de monedas, con semejante enredo y embrollo y tan laberínticas
explicaciones. Y sabe bien qué le digo, enredador de dineros,
que de haber vivido en aquella época tan revuelta del siglo XIV,
y estando las bolsas tan inseguras de todo punto, también hubiese
realizado los tratos al igual que lo negociaban nuestros lejanos antepasados,
al trueque: tanto te doy de aquesto que quasi me sobra por esotro tuyo
que ciertamente necesito. ¡Ah!, y que conste bien rubricado y
signado en el acta de su merced, nuestro señor Escribano, que
la cuenta de la vieja es la única en transacciones que a nadie
le falló jamás. ¡Sus, con el hombre!
- No, ciertamente; ni la del trillo, tampoco.
- Tampoco, no señor.
Por la aldehuela se aplaude, y se cuenta en voz bajita de boca a oreja,
cómo un desgraciado día, en una de las frecuentes ausencias
del carretero Thomé Núñez, un mal eremita llamado
fray Luzio Xill, alias el Verraco -¡que el peor de los diablos
cargue con él, su rijo y su sombra, y se lo lleve a darle interminables
ahogadillas de azufre dentro de las hirvientes calderas de Pedro Botero!-
ermitaño del minúsculo santuario de Nuestra Señora
Santa María la milagrosa Virgen de las Fuentes, armado con las
tablillas petitorias y revestido con el parduzco ropón que le
acreditaba como tal, que recorría su vereda peticionaria de granos,
intentó deshonrar entre los robles montunos del Canto de las
Tres Rayas a Constanza Cosquillas, la joven rubiales y pizpireta esposa
de Thomé Núñez, alias el Venado. En realidad, Constanza
creció como crecen todas las mujeres, esto es, provocando. No
sabía con exactitud la edad que tenía -pero no serían
más allá de los diecisiete años, y recién
estrenados-, lucía a las espaldas dos larguísimas trenzas
tan rubias e inquietas como las doradas y ondulantes berceas de los
puertos y mostraba sus nacaradas mejillas sonrosadas y lustrosas como
las pintonas manzanas veraniegas de las herrenes de La Solana; con la
chateja naricilla pecosa y respingona, y una cinturita más regordeta
que estilizada, empero sin llegar a desmandada. De humor galano y presto
al regocijo, el timbre festivalero de su risa contagiosa volaba mansamente
como las leves mariposas por entre las azulinas flores de los romeros,
o subía disparado hacia los cielos como el primer impulso de
la alondra mañanera: se la reconocían sus desenvueltos
cantares a un paisaje entero de distancia. Las gentes del lugar, comentaban
ácidas que sus deseos se reducían a plazer, goso, e alegría.
Por las estrechas callejuelas de la aldeílla, en el horno del
pan caliente, en la plazoleta a la salida de misa mayor, en el rincón
de la solana zurcidora y el lavadero de La Zarzona comentan parlanchinas
las graxeras comadres:
- Si es que la moça, mi señora comadre, vuelve enseguida
sus ojos al son de cualquier sonaja, y tiene los sesos de cascabel festivalero...
- Y que hoy en día, mi señora comadre, nos corren malos
tiempos; y la virtud de toas las moças es más endeble
que un castillo de naipes sobre una mesa perniquebrá y en medio
de una tormenta.
- Mire su merced: la que al andar las ancas menea, bien sé yo
del pie que cojea; y la joven que mucho el culo mece, si no lo es, lo
parece. Y a mí que no me digan, pero mancha en honra más
pronto se echa que se borra.
- ¡Ay, pobre del Thomé Núñez! ¿A dó
irá el buey que non are?
Ante la dilatada ausencia del esposo, el frailón -que bien se
lo sabía él que Thomé Núñez el Venado
andaba lejos, por los caminos hacia el norte con la lana de las ovejas
del Señor, y que por eso la Constanza Cosquillas, sana y coloradota
como la tentadora manzana del bíblico paraíso terrenal,
y no menos provocadora y lasciva que aquella, ejercía el día
entero de pastora hasta su regreso- presto venteó la aventura.
Había oído decir que los besos de una moza a los niños
se los regalan, que los jóvenes los roban así, sin más
ni más y por la cara, y que los viejos los compran. Una mañana
del casi no estrenado julio, viniendo que venía, sin rezar el
rosario precisamente, por la solitaria vereda que le traía desde
la cercana aldea de Vadillo de la Sierra, y llegado que fue cabe los
robles de las llamadas Callejas, oyó las coplillas retadoras
que la casquivana mujer del Thomé Núñez, ausente
por tierras del norte, cabe el castellano mar Cantábrico, lanzaba
desafiante a los límpidos aires de la sierra para quien mejor
las supiera entender:
"Si de mal de amores
muere la niña,
ciruelita de fraile
la resucita".
Claro que existía una especie de ciruela llamada "de fraile",
que todo el mundo conocía por su redondez y morada color y alguna
vez había probado; pero en la copla tenía, por supuesto,
una doble intención y pícaro sentido. Y como los deseos
de las muchachas son como las flores del manzano... Los eclesiásticos
de la época venteaban las posibles hazañas amatorias e
lides de luxuria asaz mejor que los perros perdigueros su volátil
presa... ¡Y buenos eran los frailones para permitir sin ávido
intento de caza el que la ocasión se les escapara!: Pues, sy
fablamos de frayres e abades, que animales son de rapiña que
quando non tyenen de suyo acórrense de su vezino.
- Guárdate bien de la lluvia y el viento, y del fraile fuera
de su convento.
El monje de la ermita, que no era el más lerdo del cenobio cuando
los aires de la sierra repicaron a carne fresca, al pronto vuelo captó
el mensaje, sintióse joven y requerido, se creyó el incauto
que todo el monte, y más aún bajo las discretas encinas,
olía esa cálida tarde a orégano de guiso conejil
y a tomillo salsero y, arremangándose con atlética presteza
y alocada decisión adolescente las ásperas estameñas
de los pardos sayos, sin encomendarse a santo disculpador ninguno, ni
diablo conocido que le hiciese un quite, así, sin más
preámbulos, sin desbrozar siquiera la maleza ni tomar carrerilla
ni nada... ¡cuando gritó su poderoso y penetrante aviso
de alarma por sobre los montes de roble y laderas de encina una cuerna
de caza! Orosio, el montero de Manjabálago, -en el siglo X un
montero de Espinosa le salvó la vida al conde Sancho García
de Castilla. Desde entonces, los rudos monteros se convirtieron en los
guardaespaldas del rey- nieto del fiero Gumersindo el Silbamirlos, quien
fuera gran montero del rey Sancho IV el Fuerte, y que recorría
a diario todo el paisaje de la sierra graxera entrenando a su traílla
de perros venteadores por si se presentaba la ocasión de servir
en la caza, si no al rey como su abuelo sí al dueño de
todas estas tierras, don Nuño de Guzmán, Señor
de Cespedosa y de La Puente del Congosto, al percatarse de la escena
tan miserable y vil que se desarrollaba ante él, allá
abajo entre los robles, la indefensión de la joven mujer, y calcular
por la distancia que no llegaría a tiempo de evitar una desgracia
irreparable, empuñó la cuerna que siempre le acompañaba
y, soplando más con el alma rabiosa que con sus agitados pulmones,
atronó ronco los cerros y los valles como nunca antes lo había
hecho: a tal extremo que el aire retumbaba como si el trueno avanzase
por las boscosas colinas rodando como piedras monte abajo. Las palomas
torcaces echaron a volar, los jabalíes levantaron la cabeza y
erizaron sus cerdas, las bellotas tintinearon su miedo en las ramas
de las duras encinas, las huidizas perdices aplastaron su terror y pluma
entre los surcos terreros de los broncíneos rastrojos centeneros,
los escurridizos conejos huyeron veloces y despavoridos hacia la frescura
de los seguros vivares... y con ellos, brincando monte arriba, como
ánima que llevase el maligno macho cabrío ahorcada entre
sus retorcidos cuernos, el desvergonzado frailuco libidinoso con la
eclesiástica estameña remangada a la altura de la cintura
y su burlada virilidad enroscada entre las piernas como el rabo en sacacorchos
de un verriondo marrano... Uno más entre aquellos ermitaños
bajomedievales, tan desvergonzados, indignos, calaveras y rijosos cerdos,
que no respetarían a su propia madre si la vieran en carnes sobre
el jergón de una cama...
Tentado estuvo Orosio el Gorragrande, el asilvestrado, noble y robusto
montanero, de soltarle la traílla de perros tras su rastro, que
entrenados los tenía para la caza mayor, pero pensando en el
inmenso poder de la Santa Madre Iglesia, y su falta de cristiana comprensión
para con aquellos sus hijos más débiles, se amedrentó
el montero y... Taloneó su caballo, galopó ladera abajo
seguido por la traílla de los excitados sabuesos ladradores,
y se allegó presto hasta la azorada muchacha al tiempo que ésta
se arreglaba las ropas y atusaba el cabello no sin cierto gesto de coquetería
mal disimulada:
- ¡Ay, Orosio!; que no pensé que mis coplillas...
- El "no pensé que"... es de casta de tontas, mi niña
Constanza. Arriba, calandria mañanera, que el gavilán
ya voló. Recoge las cabras y las ovejas, que se te fueron yendo,
distraídas, de hoja en hoja, como el bostezo de boca en boca,
y le dices al Thomé Núñez, tu marido, que adiestre
mejor al Tizón, ese perro lobero vuestro, para que no sea tan
respetuoso ni devoto de los hábitos monacales y mejor te defienda
contra todo tipo de alimañas... ¡que nunca se sabe detrás
de qué roble está la fiera y en dónde te puede
asaltar el peligro! ¡Ah!..., ¡y ni palabra siquiera a tu
Venado cuando retorne del viaje!
Como el ofensor olvidadizo escribe en tierra, y el ofendido en piedra,
al poco tiempo de regresar el ultrajado marido de la joven Constanza
desde el lejano Castrourdiales, una acerada tarde de finales de septiembre,
más allá de los ondulados y cenicientos cerretes de Las
Callejas, al fraile ermitaño le taparon la redonda cabeza con
un saco de jerga, le doblaron los lomos hacia adelante como escuadra
de carpintero y le recetaron tamaña tunda de secos varazos bien
cumplidos en los costillares que, desde entonces y por el sitio donde
se le administró de forma tan expeditiva la humana justicia,
uno de los tantos arroyos montaraces como refrescaban el dilatado término
de nuestro lugar de los Graxos pasó a llamarse de forma unánimemente
aceptada -y así ha llegado su nombre hasta nosotros- y sin que
nadie pidiese cuenta de las causas habidas y las razones de tan brusco
y acertado cambio toponímico, como el Arroyo de Escalabrafrailes.
Por aquellos días, entre los discretos y añosos robles,
y tras de las polvorientas encinas del montaraz término, se ve
que soplaban magulladores vientos de serios garrotazos... ¡Y gracias
pudo darle el salaz frailuco a Nuestra Señora la Virgen de las
Aguas Vivificadoras de que Thomé Núñez, alias el
Venado, no le atizase con la recia clava, que la tenía y bien
compuesta, para mejor desagraviarse de la ofensa!
- Pues ya puesto, mire su merced... y como pecar más grave no
podía...
- Recios verdugazos sobre la estameña hasta sacudir todo el polvo
que ésta almacenaba, o hasta que lo hubiesen deslomao, sí
señor.
- ¿Y caparle como a los carneros?
- No, eso, no; mire bien su Reverencia que aún quedan cristianas
harto necesitadas de algún traspón, y no sería
misericordia el desabastecerlas.
Los celosos e inmisericordes pesqueridores enviados por el merino de
la justicia real, del señorío de behetría y aun
eclesiástica, del vecino lugar de Manjabálago, -del pueblo
que, por entonces y administrativamente, dependía nuestra aldea-
y "que deben ser hombres buenos y entendidos que teman a Dios y
a sus almas, y que hagan la pesquisa en hombres buenos comunales por
ambas las partes y, la verdad que hallaren que la digan y no mengüen
ende ninguna cosa", no fueron capaces de aclarar tan turbio y pecaminoso
asunto, tan inaudito suceso y osado acontecimiento villanesco, ni entre
los avispados lugareños del lugar de los Graxos, ni ayudándose
por los auxilios de las sutiles careas personales, -máxime tratándose
de un piadoso eremita, personaje relacionado al fin y al cabo con la
todopoderosa Iglesia, tamaño ajuste de cuentas, pues, casi eclesiástico-,
ni menos aún cómo se le pueden planchar los pardos hábitos
a un edificante e indefenso ermitaño del mariano Santuario de
Las Fuentes sin la molestia de quitárselos de encima y, lo más
sorprendente en aldehuela tan ruin, sin que alma alguna se percate de
nada, ni se entere cristiano ninguno de semejante hazaña... Como
decía precavido y socarrón uno de los pesqueridores más
viejos a sus compadres de oficio:
- ¡Juez de aldea, quien quisiera serlo lo sea! Noten sus mercedes
cómo aquí, en este olvidadizo y altanero poblacho del
lugar de los Graxos, bien pudiérase aplicar a todos sus vecinos
aquél refrán que tan bien les cuadra: Todos son honrados,
mas mi capa no aparece.
- Señores míos, y sé muy bien de qué hablo
porque entre ellos me crié, a todos estos campesinos y castellanos
viejos -tan socarrones y tan cazurros los ancianos, engarlitadores y
saltabardales los más mozos- si los tratas con honradez, te engañan,
y cuando intentas engañarlos, te superan. Hagas lo que hagas
siempre te dejan en ridículo: rústico sin malicia no lo
hallé en vida. Reñir, reñirán los del pueblo,
pero los apaleados -mis carísimos hermanos- siempre son los forasteros.
Huyan sus Ilustrísimas Reverencias, siempre que puedan, del mulo
por detrás, del perro por delante y de los rústicos y
zafios aldeanos por todas partes.
- Recuerden sus caridades cómo nuestras abuelas ya nos advertían
que a la moza y al fraile que no les dé el aire, pero ahí
en el denominado sitio de Las Callejas, debajo de los robles, el aire
les dio y vean sus mercedes el cipostio que se nos montó.
- E ítem más, mio caro fratello; reconozca su merced que:
fraile junto a doncella, ojo en él y ojo en ella; si es muy cierto,
como todos harto sabemos, que hay mujeres como el dado que se están
de cualquier lado, y aun cuando todos podamos reconocer como propios
los acaloros, la necesidad y el gran dolor de tener tan poca carne para
tanto asador como nos llevamos encima, no es menos veraz que mucho ayuda
quien no estorba. Quédense, pues, los espetones sin otra caza
y vayámonos prestos, hermanos en el Señor, por las estrechas
callejuelas de la prudencia, y que el ermitaño de la discordia,
si es el piadoso hombre de Dios que como tal casi nos parece... ¡acepte
de buen grado su penitencia por los intentos tan indecentes a su calidad
de fraile!
- Laus Deo, dilectísimus fratres: cuando el diablo envejeció,
a santero se metió. Hace mucho más daño malos decires
en la boca que hacha afilada en la mano. Como del tiempo y la experiencia
es hija la prudencia y, aunque puerta abierta a un santo tienta, váyase
el fraile escarmentado al su rezar y tórnese la querenciosa doncella
al su hilar... Y, mis muy amantísimos y caros hermanos: ¡que
cague la espina quien se comió la sardina!
No obstante, abajo, a las orillas del árabe río Almar,
entre los tupidos y enhiestos juncos de La Zarzona, a media voz, entre
las mujeres que lavan y tienden sus blancas y humildes ropas, hay ciertas
discrepancias al respecto. Que no todas culpan por completo a fray Luzio
Xill, alias el Verraco, de ser la única persona causante de situación
tan violenta y desairada, ¡quiá!, no, señor. Hay
algunas lenguas tan afiladas como dardos, y dedos rígidos como
los acerados puñales de virgen dolorosa, que señalan directa
y abiertamente la coquetería de Constanza la Cosquillas, a su
candor y su inexperiencia -¡pobrecilla ella, aún tan joven!-
como la causa principal del suceso... Alguna que otra viuda amolaba
en el asperón alimonado el cuchillo de la envidia:
- Ella, al fin y al cabo, tiene con quien, mira tú; pero una
ya...
- Sí, hija, sí; como la casta Susana esa de la Biblia,
y que nombró en el sermón del domingo el padre Hunuldo,
¿no recuerdas?: ¡que enterró a tres maridos y aún
le quedaron ganas...!
- Si ya lo dice el sabio y añejo proverbio para aquellas halconeras
que nunca van hartas bajo de las haldas: "Fermosa huerta es la
de mi vecino; fermoso gallo crestudo tyene mi vecina"...
- A mí que no me digan, mis señoras comadres, pero ganas
tiene de alguna otra cosa la doncella que retoza...
- Como el Venado del Thomé Núñez falta tanto del
jergón de la choza...
- Y que cabra que tira al monte no hay cabrero que la guarde...
- ¡Ay, Jesús bendito! -suspiraba la más devota-,
y ¡cuánto marido no se nos enseña en este pueblo
con la frente coronada y florecida!
Desde entonces, el ermitaño fray Luzio Xill, alias el Verraco,
el frailuco que tan buena maña se daba en preñar mozas
voluntariosas, cruza por el pueblo encambronado como si se tratase mismamente
del orondo abad de un monasterio, es decir, muy erguido y sin volver
la cabeza por más que le acompañen a su ligero paso, y
a coro femenino bien orquestado, los más insidiosos, acusadores,
feroces y sibilinos cuchicheos que ocurrírseles pueda a las bífidas
lenguas viperinas desatadas:
- Ahí tienen comadres al frailuco del carajo, más estirado
que el mayo de la plaza, y presumiendo como gallo tomatero en corral
ajeno...
- Igualito que el padre Jeromo: que predica el ayuno y se come el lomo.
- Si en el momento y bajo el roble se le hubiese castrado por do el
ome más pecado avía, en lugar de acogotarle el granítico
caletre, y enderezarle el poco trabajado espinazo... Porque conservando
el rabo intacto, mis señoras comadres, sabido es que: ¡un
fraile siempre vuelve en busca del gazpacho!
El ermitaño fray Luzio Xill, alias el Verraco, que no conocía
ni sabía de arrepentimientos, ni disimulaba sus apetitos sobre
cualquiera mujer que se le cruzase por las veredas del monte, iba pensando
para su capucha camino de la ermita: El buen caballo, de ladridos no
hace caso. Ya os tocará la vez a alguna de vosotras, potrancas
o potrillas; que caballo que al ver la yegua no relincha, merece albarda
y no silla: hombre atrevido, de las mozas preferido.
- Y como fraile remendón jamás se perdió ocasión...
¡velaila la labor!
Thomé Núñez el Venado, oficiaba también
de pastor y de vaquero. Era muy hábil con los ganados, y tenía
unas diestras manos artesanales con las que lo mismo enguitaba unas
abarcas que fabricaba artísticos odres con las suaves pieles
de los corderos o vacas, y hasta con la hueca caña del alcacer
realizaba magníficas zampoñas que luego les regalaba a
sus convecinos, o las trocaba por otros productos que le eran más
necesarios. Tocaba con su flauta las bellas canciones del popular romancero,
canciones tan hermosas que invitaban a bailar o llorar; canciones del
héroe que corta cabezas moras o de la muchacha que sueña
enamorada junto al riachuelo mientras trenza sus largos cabellos sueltos:
Sé muy bien tornear vacas
e domar bravo novillo,
sé maçar e fazer natas
e fazer el odrecillo,
bien sé guitar las abarcas
e tañer el caramillo. (JUAN RUIZ. Cántica de serrana)
En el término del Concejo de Graxos mantiene don Nuño
de Guzmán hasta diez cabañas de ovejas: unas dos mil.
(Recuerden sus mercedes que, para conformar una cabaña, eran
necesarias las doscientas ovejas) Thomé Núñez,
el Venado, ordeña las montunas cabras que comieron mil hierbas,
y con su aromática leche hace sustanciosos requesones, sabrosos
quesos, untadoras mantequillas y ricas cuajadas; bebe cuanta leche quiere,
apetece y mejor le place y, la sobrante, la echa en un barreñón
hondo o colodra como cascada de nieve. A veces, si a una oveja recién
parida se le malogra la cría (la artuña), también
puede homenajearse ell cuerpo con algo de carne fresca en caldereta.
Como todo pastor, lleva en bandolera una previsora cuerna de vaca llena
de miera: el azeite que llaman de enebro, de que parecen usan los pastores
para curar su ganado. Que mejor pastor es el que cura la roña
que no el que toca la zampoña. Y anssi les dize Mingo Revulgo:
O mate mala ponçoña
a pastor de tal manera,
que tiene cuerno con miera
y no les unta la roña.
Thomé Núñez, el Venado, gustaba de la austeridad
de las montañas solitarias, de la frugalidad del pan seco y el
queso duro, apenas un puñadejo de parduscas bellotas o dulces
higos y del agua fresca bebida a morro en los claros arroyos de las
sierras. Hay días invernizos en que el moço Thobías,
alias el Cuesco, porque de pequeño sólo tenía huesecillos
y se asemejaba a un frágil cuesco de fruta cermeña -tan
esmirriado, pequeño y débil como un escomendrijo-, trepa
por el monte, busca el cálido abrigo de la majada y las parideras
y le ayuda en la solitaria tarea del duro pastoreo. Su madre, la tía
Aparizia, por apodo la Malastripas, no era más que la mujer de
un labrador, una mujer sencilla de cabello gris metálico y el
rostro surcado por las arrugas de la edad y los trabajos, no paraba
de lamentarse ante las comadres de la vecindad que la quisieran oír
con la sempiterna cantinela de la queja sobre el hijo habido, y no tan
sólo por su enclenque físico: ¡Ay, que desgracia
de hijo, y qué poquito se le parece en el aguante, la resistencia
y fortaleza a su padre mi Restituto el Zorreras, que nos dan harto frecuentes
las altas cabrillas de la madrugada y no veo la forma de cansarle, mis
comadres!
- ¡Ay!, tía Zorreras, que forma tan descarada tienes de
presumir, hija.
"Mesquino e magrillo, non ay más carne en él
que en pollo envernizo después de Sant Miguel".
Fue más bien un niño enfermizo de salud y joven delicado,
y además medio tartaja, le costaba mucho trabajo arrancar a hablar:
tibyo, nin bueno para acá, nin malo para allá, synón
a manera de perezoso e ningligente; que tanto se le da por lo que va
como por lo que viene; dormidor, pesado, más floxo que madera;
nin bien es para reyr, nin bien es para llorar; frío, ynvernizo,
de poco fablar, medio mudo, fecho a machamartillo, flaco de saber e
ligero de seso.
"Tenga yo salud,
qué comer y qué gastar,
y ándese la gaita por el lugar". (B.N.M., ms. 3685, fol.
10)
Y de ahí no le sacabas porque no había otra cosa que
le preocupase. Ahora, Thobías alias el Cuesco es un bavieca ganapán,
tarabilla, aguachirle y badulaque mozarrón que aún se
pregunta quién da bocados a la luna, que no pasa más allá
de simple majagranzas, y -como los jóvenes sólo piensan
en una cosa a la vez- que se bebe todos los vientos que llegan a la
aldea por la candonga de la Othilia Marthín, más conocida
como la Panzabuche, una pelirroja moçuela, aún doncelluca
bien que a su pesar, solterona, talludita y reguilona que suspira por
la varonil hombría que adivina en la entrepierna de su moço
-una moça tras varón quema asina cual tizón- y
entrada ya en tantos años estériles y perdidos como primaveras
de flores sin fecundar y otoños sin fruto habían ya desfilado
por delante de sus lustrosas carnes vírgenes y desaprovechadas,
sedientas y calentorras como prietas y bravas.
- ¡Caray con el tontilerdo del Thobías!, que más
se parece el badanas al bobo de la extremeña ciudad de Coria,
aquél que, sin más aspavientos ni darse importancia ninguna,
empreñó a cuatro primas y a sus tres novias.
-Moça deseo ...en la cama muy loca, en la casa muy cuerda.
Cuando el Thobías, llamado el Cuesco, sube hasta el áspero
monte solitario para ayudarle con las ovejas en el chozo o en la paridera,
y como dándole las gracias a su estilo campestre, el Thomé
Núñez, más conocido como el Venado, prepara con
sumo esmero y harina de centeno, para mejor regalo de los dos, una hogaza
o pan cozido debaxo de la ceniza; y assí se dixo hogaza, quasi
fogaza por cozerse al fuego y no al horno. Era un pan de moyuelo o de
harina mal cernida, un pan propio de los pastores y gañanes de
la época medieval, que ellos mismos lo amasaban y lo cocían
a su fuego y entre las cenizas. Y con él explaya sus penas, que
el llorar es necesario. Las lágrimas que no brotan nos abrasan
el alma y dejan cicatrices en ella:
- ¡Ay!, Cuesco, antes de maridar con la Othilia Marthín
mira muy bien lo que te haces y ándate con buen tiento, que el
beso sólo abre una puerta, sí, pero para todo lo demás
ya queda abierta; que hombre casado, burro estropeado, y mancha del
corazón no sale con jabón; y que aluego, para los pesares
de los casamentados non ay acá remedios de fysicos, yervas de
botica e melezinas que pongan remedio alguno. E yo que só lego,
que nunca aprendí nin leí ninguna sciencia, bien me tenía
yo creído que "buen esfuerço vençe a la mala
ventura, e a toda pera dura grand tienpo la madura". Pero, no;
¡qué va!; ni lo sueñes por un instante, Thobías.
¡Ay, cuitado de mí!: que hacia abajo todos los santos ayudan
y aun sin mulas anda el carro, pero las peras verdes de la mi mujer
necesitan para madurarse soles más calientes y perseverantes
que los míos.
- ¿Ido el conejo me das el consejo? Exageras, Venado; tú,
como todos los maridos celosos, sospechas de cualesquier hombre de nuestro
término -moços o viejos, legos o frailes- y haces de una
pulga un oso. No le dejes a tu Constanza tanto tiempo su senara de barbecho,
y a ojo verás el provecho. Que, aunque por gran ceporro me tienen,
bien me tengo yo aprendido que hacia el lugar, mear y andar; y hacia
el ganado, mear parado.
El amor faz sotil al omne que es rudo,
fázele fablar fermoso al que antes es mudo,
al omne que es covarde fázelo muy atrevudo,
al perezoso faze ser presto e agudo.
(ARCIPRESTE DE HITA, Libro de Buen Amor)
Y el Thobías, que se ha arrancado así, de pronto, sin
tomar carrerilla ni nada, enmudece también de golpe; al Thobías,
el moço bolonio que iba en su yegua y preguntaba por ella, de
golpe se le agostizan por el desmesurado esfuerzo realizado las livianas
entendederas, vuelve el rostro a su ovejuno ser natural, le mira con
ojos abesugaos de lelo, mordisquea un yerbajo que acaba de arrancar
de un tierno matojo verde, pone cara de no estar en sitio alguno, de
tampoco entender nada más allá y de preocuparle aún
menos las desgracias cornamentales del Thomé Núñez:
Noventa y nueve cabezas de ganado, y el que las cuida, cien bestias
justas.
"El que es enamorado, por muy feo que sea,
otrosí su amiga, maguer que sea muy fea,
el uno e el otro non á cosa que vea
que tan bien le paresca nin que tanto desea".
Nadie piensa en el lugar, seriamente, que el moço Thobías
el Cuesco sea capaz de saciar los varoniles deseos de su mujer en los
años que ésta viva. Qué diferencia entre aquel
desgarbado chiquillo y el hombretón de hoy en día: zonzo,
sí, pero tan esbelto como el minarete de una mezquita mora o
el orgulloso donjón de un castillo normando.
- Comadres, ¡y qué suerte que se gasta con los hombres
ese cardo borriquero de Othilia Marthín, la Panzabuche!
- Envidia que nos tienen, mi Thobías; que a nosotros: el pan
que sobre, la carne que baste y el vino que no falte.
Hacía una noche fría. El fuego crepitaba sobre las ramas
secas y hacía que el cielo sembrado de estrellas pareciese negro;
y del vasto paisaje nocturno que se extendía a los pies de los
dos hombres no se veía más que algunos pinos iluminados
por la hoguera. Demasiadas noches como esta, al cabo del año
-tan oscuras y amedrentadoras, tan frías, tan largas-, duerme
la Constanza Cosquillas sola, porque su marido, necesariamente, lo hace
en la fría borda, o en los vacíos, pedregosos y solitarios
fornachos de Marranos... Thomé Núñez el Venado,
es mozo muy sentido, y hay largas temporadas -sobre todo en la primavera
y en el inicio del otoño- en que se le revuelven los ánimos,
le crecen furtivos y se le enredan cuerpo adentro como una marea desalentadora
que todo lo inunda o como las hiedras que abrazan los robles, unas ganas
enormes de darle al diablo el hato y el garabato, pero... ¿dónde
irá? No se va a echar uno al monte, así como así,
sin más, ni más, como un bandolero de tantos, por unos
malos celos, o unirse a las numerosas bandas de salteadores de caminos...
Él no tiene cuajo suficiente para eso, se encoge de hombros y
les canta sus pesares a las ovejas soplando el caramillo, en la fría
y distante soledad de los cerros, o acompañándose de la
churumbela.
"En la cumbre, madre,
tal aire me dio,
que el amor que tenía
aire se volvió".
Aprecia a Constanza Cosquillas, sí, y hasta la quiere: la prueba
es que sigue a su lado tras deslomarla con la estaca concienzuda y pacientemente
en varias primaveras seguidas con asistencia y dictamen del algebrista
de turno para dar fidedigno testimonio de su cariño e interés
como fiel marido enamorado, atestiguo aver dado a la su muger palos
e coçes e puñadas e continua mala vida, fasta apartar
cama. Pero ha oído decir tantas veces que fazer un otro mundo
de nuevo más posible sería que mudar costumbres de fenbra...,
y que la vergüenza, como harto bien conoce, de donde sale una vez,
nunca más entra, y que la sospecha, en cambio, nunca sale de
donde penetra. Y es que a su Constanza, cuando llega el buen tiempo,
y enseñan los rosales sus yemas y brotes más tiernos,
le entran unos sofocos tales...
- Es un hormiguillo que me sube cuerpo arriba, mi Thomé Núñez,
como una febril invasión de nerviosas calenturas, tiritera de
carnes y voluntades y unas ganas de vivir... ¿Es eso malo, Venadito
mío?
No sé qué me bulle
en el carcañar,
que no puedo andar.
Yéndome y viniéndome
a las mis vacas,
no sé qué me bulle
entre las faldas,
que no puedo andar. (FUENLLANA, fols. 134-135)
Algunas de las mañanitas del cálido estío (hogaño
-mi avisada lectora- se distinguen cinco estaciones, una de las cuales
es el estío, situada entre verano y otoño. También
puede referirse a un período de 20 días antes del 12 de
julio y 20 después, o sea, más largo que la canícula),
cuando los días comienzan a pesar y las carnes a desmadejarse,
alegre como los jilgueros de las zarzamoras, los irisados colorines
del soto o los ceremoniosos mirlos de etiqueta en la frondosa chopera,
Constanzica, la Cosquillas, bien sea en las duras labores trajineras
del campo, ya en el pastoreo del ganado o bien atareada con los diarios
afanes de la chozuela, tararea sus letrillas de forma tan suave y tan
discretamente que bien la pueden oír sus convecinos al otro extremo
de la aldea, tan pequeñita es ésta y tan buena voz la
que se gasta aun de mañana la prometedora moça:
"Entre yo y mi marido
valemos algo,
porque yo soy la blanca
y él el cornado".
(Nota: Blanca: Moneda antigua de vellón que, según los
tiempos, tuvo diferentes valores. El Padre Mariana es de sentir que
se llamó así por la blancura del metal de que se fabricaba.
Cornado es la contracción de coronado. Moneda de baxa ley que
mandó batir el rey don Alonso el Onceno el año de 1331.
Tres cornados valían una blanca. // Otro sí, como moneda
antigua de vellón, que tenía grabada la efigie del rey
coronado, y corrió en tiempos del rey Sancho IV de Castilla,
y de sus sucesores, hasta los Reyes Católicos.) No me negarán
sus mercedes que la copleja de la moçita Cosquillas no tenía
su éste y su aquél.
- Más ruido hace una rana en un charco que cien bueyes en un
prado.
- Y más una rubia exuberante y pechugona que te pide candela
desde la madrugada que arrugada vieja en los fogones...
El padre Hunuldo, con apostólico celo, exhortaba desde su pequeño
púlpito a todas las mujeres de los Graxos, en general, pero fijándose
más en Constanzica, en particular empeño apostólico,
a que cambiasen sus ligeras costumbres y licencias de comportamientos:
"Et el mesmo Señor no les dexará vn cabello. En aquel
día les quitará el Señor el adorno de su calçado
(esto es, los costosos et vanos chapines, et xerbillas) et las lanas,
et collares, manillas, et arracadas, copetes et moños, pericotes
et fundillas, crenchas, alxorcas, collarejos, pomas de olores, et las
sortijas, apretadores de perlas de frente... espesos, et manteos, faxas
o ligas et toda gala ligera. Et en vez de ambares, algalias, almizcles,
et pebeteros, abrá vn hedor pestilencial, en vez de ceñidor
vna soga, et en vez del cabello enrriçado la calba, en vez del
cartón del pecho çilicio. Estos son los fines que pronostica
el Profeta de Dios a nuestras cornejas, que tan vfanas estan con sus
plumas agenas, sin acordarse del día en que an de causar risa
con sus despojos". (HERNANDO DE TALAVERA, Reforma de trages)
- ¡Ay, padrecito!, ¿se le puede exigir a la nube volandera
que no cambie de forma al empuje de los vientos, ni mude su color a
la caída de la tarde?
- No, pero vosotras, ¡velaila!, contentaos cada una con vuestro
hombre.
Pero Constanzica la Cosquillas, -ni las otras mujeres del lugar de los
Graxos tampoco, especialmente las viudas- se daba por aludida y, como
si fuese la cosa más natural del mundo, seguía alegremente
haciendo de su capa, y de las capas de todos los maridos más
aparentes de sus comadres vecinas, ligeros sayos primaverales, capisayos
para los calurosos veranos, caperuzas otoñales a la caída
de la hoja y abrigadores capirotes invernizos.
"El tambor es tu retrato,
que mete mucho ruío,
y aluego, si lo arreparas,
te encuentras que está vacío". (Copla popular)
- ¡Pues como la vea una servidora zorreando con mi marido, le
arranco el moño de cuajo y la arrastro hasta La Zarzona!
- ¡Diga que sí, su merced, comadre; pa que así se
le lave tanto churrete pendonero, enjuague la boca, y se le alivien
las calenturas y las fiebres!
Y Thomé Núñez, alias el Venado, que nunca entendió
demasiado bien a ninguna de cuantas mujeres se le cruzaron por sus cordeles,
-¡pues como la totalidad de los hombres, oiga!- con todo el cariño
de que es capaz, eso sí, miren sus mercedes y ténganlo
en cuenta para mejor ocasión, dejándose llevar por la
inercia de la costumbre, y ya casi con desgana, la zamarrea un día
sí y el otro también, y trata de bajarle las tórridas
calenturas a su joven y necesitada esposa a base de cepillarla los suaves
lomos a contrapelo, desde la cúspide de la trenza hasta la base
del calcañal, y propinarla unos recios y desanimadores garrotazos
burreros un día sí y el otro también: como si una
hoguera -infeliz y desorientado- pudiera apagarse a fuerza de arrojar
sobre ella estopa seca... ¡Tal vez otros hombres comprendan a
las mujeres!...
- Si es que moza mesonera... ¡más tentada está que
breva!
- Y moza que con todos bromea, no sé si lo es, pero quizás
lo sea.
Y lo que se veía venir, llegó; y pasó lo que tenía
que suceder. Fueron muchos meses fuera de la choza para que la ausencia
del pastor y carretero Thomé Núñez no trajera sus
lógicas y naturales consecuencias: una cama que se enfría
necesita presto de candela aunque sea de la más vecina. Si es
que era el secreto a voces del serón: que, por lo bien que olía
el indino de él, todos supieron que era un melón. Al regreso
de las dehesas trujillanas, el Venado se encontró dentro de la
casa con un niño sin haber participado ni a escote. (Como los
hijos es una cosa que se hace a escuras y sin luz, no hay quien averigüe
quién fue concebido a escote ni quién a medias.)
Yo, el menor padre de todos
los que hicieron ese niño
que concebiste a escote
entre más de veinticinco...
- Y, ya empezada la torta, todo el que la llega corta.
El Venado comenzó a echar sus cuentas... y no le salían
los rosarios: encontraba más misterios de los deseados. Acazio,
como hombre bueno del lugar, por un lado, y el padre Hunuldo por el
otro, trataron de aliviar presto la violenta situación lo mejor
que supieron. Y como cada hombre cuerdo lleva un loco dentro, el primero
le advirtió a Thomé Núñez que fuera sensato,
que le podrían colgar de un olmo, que el mal ya estaba hecho,
y que el crío no tenía culpa ninguna; y el párroco,
por su parte, mandó de inmediato recado con un ágil veredero
a don Nuño de Guzmán para que él, en su acendrada
caridad cristiana, y como Señor de behetría del lugar
de los Graxos, arbitrara los pertinentes remedios y, por ende, -mínima
de malis- evitara un mayor y pecaminoso escándalo para grand
regoçijo del malino e sofriente agravio de nuestro buen Señor
Christo Jesús, y acogiese, si no de grado sí como mejor
remedio, si así lo considerare como más oportuno su Excelencia,
bien en los predios forestales más ignotos de su castillo-palacio
de Cespedosa, bien en las faenas agrícolas o ayuda de los porquerizos
de La Puente del Congosto: allí y en faena donde nadie la conociera
ni alma cristiana alguna supiera de sus exiemplos e liviandades, que
acogiera, rogaban a aquesta muger tan casquivana e harto desarreglada.
Que otras más putas se casaron, y como tanto peca el que roba
en la huerta como el que queda en la puerta así se lo notificaban
para arreglos de sus ánimas y conciencias. Y, al no tener hijos
la pareja, ¡allá se vayan con Dios!; que zorra vieja, en
el lazo se mea; y cómo siendo la hermosura una carta de recomendación,
allá con ella se fuese; que no hay moneda tan falsa que no pase,
ni pendón que no se case; y, además, en estos revueltos
tiempos ¿quién es el cristiano que acierta si una puerta
-o con qué llave- ha sido abierta?
- Sé que la ira no obra justicia, que nunca fenece el tiempo
del odio y, en cuanto la envidia asoma la oreja, es difícil hacerla
retroceder -comenta llorosa Constanzica Cosquillas. Por besos y abrazos,
que yo me recuerde, a nadie han ahorcado.
- No, Constanza; pero crucificaron a Dios por el beso de un traidor.
Los besos y abrazos, razón que te sobra, por apasionados que
se presenten no hacen chiquillos, pero tocan a vísperas, moçita:
¡tocan a vísperas!
"Por una vez que mis ojos alcé
dicen que yo lo maté.
Ansí vaya, madre,
virgo a la vegilla,
como al caballero
no le di herida.
Por una vez que mis ojos alcé
dicen que yo lo maté". (VÁZQUEZ Juan; Recopilación,
II)
Mi amor es trompero,
quantos veo tantos quiero.
- Desengáñate ya Thomé Núñez, hijo,
tienes cabras en el rebaño que están bastante más
cuerdas que tu mujer, gallinas más castas rodeadas de gallos
y aun vacas en la manada menos toriondas, también. Aunque grande
parte de la culpa también es tuya por las largas temporadas de
abandono en que dejas a tu mujer, y todos conocemos desde chicos que
en estos lugares de la serranía graxense las calles y callejas
tienen orejas... Tu Constanza la Cosquillas es más revolera que
todas las veletas juntas de las torres de los contornos, sí,
señor, pero no es menos cierto que gran parte del año
tiene la superficie de vuestro tálamo nupcial como la cama de
un novio: dura, fría y sin hoyo. Y todos conocemos en nuestros
propios cueros cómo en el nuestro villorrio del lugar de los
Graxos los inviernos son demasiado duros, los días muy cortos
de luz y las noches demasiado largas para dormirlas a solas... Y ya
adentro, como todos los jergones se inclinan al centro...
- Menudos dolores de parto, escrúpulos de novicia y arrepentimientos
espontáneos que se nos gasta la despendolada niña... Lo
decía mi abuelo que conocía mundo: ¡siempre que
lo desean, la mujer llora y el perro mea!
- ¡Ay, qué dolor de madre: tres hijas y las cuatro putas!
Constanzica quería parecerse, y aun aventajar en todo, a las
más altas damas de la realeza. Fortuna no la acompañó,
pero intenciones y poderío...
"Irme he yo de tierra en tierra
como una mujer errada:
mi lindo cuerpo daría
a quien bien se me antojara,
a los moros por dinero
y a los cristianos de gracia".
(Romances Viejos; Romance de la Infanta Dª Urraca)
Constanza no llegó a cobrar ni un mal dirham de plata porque
jamás se llegó a topar con moro alguno... Nos cuentan
cómo la ciudad de Éfeso fue célebre en la antigüedad,
entre otras cosas, por la cantidad de túnicas que llevaban encima,
sobrepuestas, sus mujeres que, sin embargo, no bastaban para protegerles
la virtud: así Constanza, la Cosquillas.
- ¿Y le cortaron el pelo, como estigma, antes de echarla del
pueblo?
- No, a tanto no llegaron. Tampoco era necesario marcarla para el resto
de sus días como una res cualquiera.
- ¿Y la pesquisidora Sacrosanta Inquisición, -invento
de la amantísima, celosa y vigilante Madre Iglesia- tan censuradora
de revolcones a deshora - excepto bajo los labrados doseles y entre
las sedosas sábanas de Holanda en las marmóreas recámaras
de los mórbidos palacios eclesiásticos-, como entusiasta
partidaria de sofocar las internas hogueras populares y villanas chamuscando
al personal en las plazas públicas?
- Doscientos años más tarde, oiga. Por fortuna para nuestros
paisanos, aún en este siglo XIV, al que bien le pluguiere bien
podía retozar, que la veda andaba abierta y piezas de todo pelaje
nunca faltaban en el camino...
Entretanto, y por mayor regocijo de todos los seres humanos, a lo largo
y a lo ancho, alto y profundo de toda la oscurantista, enigmática,
pía, hipócrita y pacata baja Edad Media, aun entre los
claustros más recatados y rincones ocultos de apartados monasterios,
altos palacios y bajas chozas rurales: más hombres mataron las
nalgadas que las cabalgadas.
- Amén; que sea para mayor gloria del Señor y de salud
sirva.
Los montaneros guarden los montes y los términos y no otro ninguno,
y anden dos en uno o más, y de caballos y no a pie. Constanza
la Cosquillas, por esta vez, sí tuvo suerte en el desgraciado
trance vivido en el lugar de Las Callejas, porque Orosio el montanero
de Manjabálago, alias el Gorragrande, es un montanero ancestral,
un montanero de los más antiguos del Señorío de
behetría, montanero de brega diaria, concienzudo, meticuloso,
arriesgado y consecuente; montanero de queso en morral, traílla
de inquietos perros venteadores, veloz caballo zaíno, silbido
penetrante, flexible cayado labrado a navaja, azagaya arrojadiza en
la grupa y en la dura mano tralla azotadora; un montanero en fin que,
bien madrugado de buena mañana, cuida de los campos antes de
que haya ladrado ningún perro ni gallo alguno cantase.
Orosio, el Gorragrande, es muy fuerte de brazos, tieso de pie y pierna,
robusto de cuerpo y sano de cabeza; un hombre a quien acude todo cuanto
pisa el monte, habita en la sierra y ocupa el aire. Montanero del Señor
Nuño de Guzmán, caza para él el rebeco, el zorro,
el astado ciervo... y, a veces, -perdonando en la oferta el castigado
furtivismo de la caza- les compra a los campesinos algunas zarpas de
los ya escasos osos pardos de la abrupta serranía abulense, y
que tanto le gusta coleccionar para presumir luego ante otros caballeros
el Señor de La Puente del Congosto. Gasta arco de tejo con puntas
de cuerna, tensado con fibras de ligamento y lubricado con la suave
y aceitosa grasa del cerdo salvaje. Sobre el hombro izquierdo le cuelga
el hondo carcaj de cuero, repleto de flechas con plumas de grisácea
torcaz y negro cuervo. Su ropa es de oscura e impermeable piel de fiero
lobo, -en los blancos inviernos no escasean-, su mirada es dura, con
reflejos minerales; usa palabra seca, breve, precisa; andar seguro y
pausado, gesto exacto, una cabeza rodeada de leves mariposas ilusionadas
y, sólo ante los atardeceres estivales, una profunda y sosegada
mirada repleta de lejanos horizontes. Se funde con su compañero
el campo y en él se sumerge como parte integrante del paisaje.
Siempre solo por las sierras como un cristo viejo...
- Orosio, montanero de Manjabálago, ¿qué tiempo
nos hará mañana?
- Como hoy por los cerros ya nos ha cantado tempranera la coruja, mi
estimada tía Canuta, no nos harán falta ni manta ni mantuja.
"Los montaneros de las mis sierras entre Valleablés y la
Moraña hagan cuanto Orosio el mi montero allí mandare
y ordenare en negocios de la caza en los adentros y fuera del monte,
y nadie ose tener sino cuatro sabuesos y una sabuesa, ni guarde más
de dos cachorros de la sabuesa, y de los otros perros tenga cuantos
Orosio el montanero ansí permita"
Vigila a los hombres del bosque cuando cortan la leña en cuadrillas
y, de vez en cuando, si alguno, como el necesitado tío Eustasio
el Cascabeles, por ejemplo, caza algún venado -aunque de cierto
nunca se supo, que todos conocen el delito que representa cazar los
animales de nuestro Señor don Nuño de Guzmán- entonces
Orosio el Gorragrande, a veces, tiraba de las riendas de su Castaño,
como distraído, y dirigía el caballo por veredas bien
distintas o miraba para otro lado. Todas las mujeres de aquellos ocasionales
cazadores furtivos recordaban la alzada y los contornos del montero
cuando curtían las suaves pieles y fabricaban con el cuero de
las piezas las calzas, y camisas, y fundas para las dagas...
- Orosio, pásate luego anochecido por la mi choza, porque la
mi mujer, ¡velaila!, la Bonifazia Sopafría, me ha dicho
que tiene un encargo para ti. No me hagas mucho caso pero algo de un
cinturón o correa oíla decir.
- Mañana a la vuelta veré si puedo acercarme, tío
Cascabeles, pero no antes del lubricán; salude a la Bonifazia
de mi parte.
El día en que intervino para ahuyentar al rijoso fraile motilón
de sobre Constanza, como una mala nube de pedrisco, llegaba desde el
cercano Vadillo de la Sierra, atrochando el zaino por la defesa de Las
Matas, tras el claro rastro de una familia de jabalíes con sus
jóvenes rayones que hozaban devastadores entre las hortalizas
de los huertos, y los campesinos le habían rogado que los cazase
o, como mal menor, los espantara hacia la sierra. El fondo del vallecico
estaba cubierto de niebla blanca como la lana, como si la noche antes
se hubiera hecho una gran esquila de ovejas. De pronto el cielo fue
todo azul, las brumas se disiparon hasta la nada, y el sol se alzó
como una moneda de oro en el aire. Apenas si tuvo el tiempo preciso
de abrevar al caballo y echarse él mismo un traguito del agua
cristalina de la Fontefrida, cuando atisbó las tropelías
que intentaba realizar un frailuco de la ermita con la rubia mujer del
ausente Thomé Núñez. La loçana moçuela
pataleaba, o al pronto eso le pareció a lo lejos, aunque no gritaba
en legítima defensa o en demanda de perentorio auxilio, al menos
él no la oyó, bien porque las faldas de estameña
subidas alrededor de la cabeza no se lo permitían, bien porque
el ermitaño se lo impedía utilizando la fuerza bruta de
los onagros en celo. Orosio el montanero no se lo pensó un solo
instante, empuñó su cuerna de caza, sopló enérgicamente
como montanero de caza mayor y, en este caso, -como cada animal trota
según la prisa que tiene- levantó monte arriba a la peor
y más dañina de las alimañas depredadoras: un remedo
de frailezucho tan desvergonzado como impulsivo garañón,
quiebramozas en descampado, más rijoso que mono en celo y quebrantavirgos
desvergonzado...
- Debí soltarle a los perros de la traílla..., debí
azuzarlos prestos contra el verriondo del fraile..., debí achuchárselos
todos..., ¡rendiré cuentas por ello!
- Debiste, Orosio, debiste...
Se conoce como ningún otro montero los rincones de los términos
a su cuidado y vigilancia: dónde encontrarse quedos los huidizos
venados, en qué viejas troncas derribadas por el rayo andan al
acecho las jinetas, por qué ocultos rincones de las húmedas
frondas del bosque hozan los gregarios y ariscos jabalíes, la
alta rama donde anida la inocente tórtola grisácea; en
qué madriguera duerme acurrucado el conejo, por qué aires
se desliza el búho por la oscura noche con alas silenciosas;
el oculto almacén donde guardan las nerviosas e inquietas ardillas
sus reservas de bayas, castañas y bellotas para los crudos inviernos
fríos o el oculto refugio de la musgosa peña donde tienen
las lobas recién paridas sus acogedoras guaridas... Acompaña
una vez al año, como mejor guía oficial de las trochas
por todos estos serrijones abulenses desde el alto lugar de los Graxos
hasta las tierras regadas por el río Corneja, ya en el tendido
valle, al recaudador del Señor de behetría y a sus armados
escoltas quienes, peones, enarbolando el pendón de La Puente
del Congosto recorren y husmean por los rincones de todos los lugares
del feudo: las aldeas, villas, villorrios y hasta las perdidas bordas
de los míseros pastores, sembrando el ancestral terror y mamados
recelos con la rutinaria cobranza de los diezmos anuales debidos por
los campesinos.
De las cuatro estaciones del año, Orosio, sin duda, prefiere
el otoño. Se embelesa con el cambiante colorido dorado-cobrizo
de las hojas caducas; cuando el majuelo pinta de rojo hasta los más
escondidos rincones del bosque, azulean las endrinas, se abren entregadas
las retorcidas pieles de las nueces, se ofrecen las avellanas, las castañas,
las bellotas y cimbrean sus sombrillas las suculentas... Y le cuenta
a tía Canuta la curandera dónde puede encontrar más
frescas sus específicas hierbas medicinales, o él mismo
se las trae recién cogidas del arbusto de difícil acceso
o de la mata escondida, en el hondón seguro de su zurrón,
si le indica las que ahora mismo precisa de temporada, o necesita para
un alivio de puntual dolencia. Tía Canuta, se lo agradece con
una maternal sonrisa siempre nueva y, con amables y delicadas palabras,
le invita a compartir en su única escudilla de madera de nogal
-regalo de Cipriano el Agallón-, su frugal pero deliciosa comida:
guiso de habas secas, castañas frescas y tiernas coles y, si
lo había, con el enriquecedor remiendo de un trocito de tocino.
A los postres, que hoy diríamos nosotros, Orosio, el montanero,
abre de nuevo su lustroso zurrón de dorada piel de raposa y pone
sobre el amplio y acogedor regazo de la nigromante anciana algunas bellotas
secas, quizás una perdiz de pata roja, un puñadito de
sabrosas castañas en sazón, o dulces bayas del bosque,
un oloroso conejo campero, negras moras de la zarza espinosa, setas
de cardo o de pino, aromáticas flores del romero o del poleo,
la sabrosa torcaza tierna, la refrescante hierbabuena, el orégano
para auxiliar los guisos de la olla, el recurrente tomillo, la humilde
maruxa verde... según la época en que cada hierba florecía
más eficaz y tierna.
- Orosio, a ver si mañana me pudieras traer, de cabe el Zamplón,
unas cortecitas frescas de acacia joven; que Cristhóbal el Perolo,
el muchachote pelirrojo de Lorença la Perejila, la de Fortigosa,
ya sabes quién te digo, lleva unos días con grandes jaquecas.
Un carnero que, al ir a castrarlo así, por las bravas, de un
recio topetazo lo arrojó por el barranco del Gorgoril abajo,
y el peor de los golpes se le ha subido a la cabeza... ¡Ah!, y
un poquito de hinojo, si al paso lo encuentras, que hervido con el vino
es muy eficaz contra las picaduras de las abejas, y andamos en la época
de la floración del romero...
Y, de habérselo pedido tía Canuta, de buen grado le trajera
al hombro la acacia entera. ¿Es, acaso, nuestro Orosio Gorragrande,
el montero, este roble, ese tomillo, aquella mata de espliego, el milano
que vuela alto entre las nubes, el corderillo que trisca en el prado
o, tal vez, aquella roca enhiesta que se asoma curiosa y firme y le
da sombra al sendero?
Hermanado con el águila altanera, las jaras pegajosas, adustos
jabalíes y los veloces conejos, el campo no guarda ningún
secreto para este recio montero. Lleva el alma perfumada del aroma de
la sierra, come las nutricias bellotas de la encina, bebe el agua transparente
de los arroyos y su cuerpo lo acarician las esencias silvestres de las
flores que le brinda la tierra generosa y entregada. Aspira el aire
fresco, balsámico con el olor del enebro, y llena de él
sus pulmones sintiéndose feliz de vivir. La novia naturaleza,
al alba, se engalana esperando que su prometido llegue con la traílla
ladradora. Orosio el Gorragrande, como cada mañana, acude fiel
a la cita. Le abre sus brazos perfumados de monte hecha toda amor, colmada
de esperanza; y Orosio, como cada amanecer, va aprendiendo a respetar
por su orden natural y su cadencia a las piedras y a las plantas, el
trato respetuoso que se le debe al más insignificante de todos
los animales, y hasta comprender, si no amar, con renovada ilusión
diaria todo lo humano. Mejor lección de la sana vida campestre
y del comportamiento no existiera, y Orosio el montero, que es alumno
aventajado en el aula de la naturaleza, asimila cada día las
lecciones que le imparten las rurales enseñanzas de la tierra.
¡Más dura es el aula de estos montes que las doctas enseñanzas
de los maestros de Salamanca, y aún más ásperos
y despasionados los arrugados pergaminos de sus estudios que los de
la enigmática cábala del escondido quiromante...! Toda
una vida de constante observación, privaciones y sufrido aprendizaje,
sí, señor, pero Orosio el montero, al maduro final de
la carrera, ha aprendido a comportarse con la racionalidad y el ecológico
respeto con que lo hacen las plantas y los animales, y esa ventaja de
progreso que nos lleva de adelanto: Por el bosque, va el primero; pasando
el río, el postrero.
- Agua de sierra y sombra de piedra, -solía aconsejar.
Guarda prendida en sus adentros, allá donde reside el alma, la
solemne y vitalista poesía telúrica de los campos, y en
el cuerpo -hecho a medida de la abrupta y alta sierra abulense y como
cincelados a hachazos sus perfiles montesinos- la dureza armoniosa y
curtidora del paisaje concentrado. Orosio es trovador del alma serena
de los campos y juglar enamorado de la flor que se esconde pudorosa
entre la piedra, la nube de algodón que vuela alta y la cabra
que trepa comiéndose a mordiscos la ladera. Desde niño,
que apenas si salía del suelo, es amigo de los vientos que le
cuentan los secretos nunca hablados de los riscos y picachos y lamentan,
la tarde ya vencida, no traerle hasta su lado las noticias jubilosas
que alegraran al montero, las noticias que dijeran al oído de
Orosio Gorragrande que por fin encontraron, lavándose en los
espejos del río y peinando su cabello con el peine del aire,
su montera...
Yendo y viniendo
voyme enamorando:
una vez riendo
y otra vez llorando. (MILÁN, Cortesano, pág. 175)
El paisaje entero de la sierra del lugar de los Graxos que se desborda
en su mirada: esa es su bella y auténtica novia. Orosio, el montanero,
es el campestre resultado de mezclar ecológicamente, en la agitada
coctelera de los días, la secuencia inalterable de las cuatro
estaciones del año: heladas con soles, las nieves y securas,
invierno y primavera, soledad y poesía...
- ¿Y en sus ojos amasados con las mieles del romero y el acero
de las tormentas, el triste adiós de los ocasos y alboradas expectantes,
se reflejan, cristales, las aguas saltarinas del arroyo, el suave declive
de las laderas, la paz de las dehesas y el bucólico tintineo
de las ocultas campanillas en los irisados atardeceres veraniegos, la
berrea de los gamos en celo, el oculto sendero trazado por los rayones
y el graznido avisador del cuervo?
- Mire su merced, en Orosio, el racial montanero de Manjabálago,
¡todo el campo se hace presente!
- ¿Y en su retorcida cuerna de asta?
- Las sinfonías encadenadas de las cuatro estaciones: una tras
otra.
Orosio el Gorragrande estuvo casado con Rosaura la Desmayos, una moçita
de los Graxos, menudita, risueña, con el pelo castaño
trenzado hasta la cintura, unos ojos de la color transparente de las
lluvias primaverales y, al igual que los iriscentes atardeceres otoñales,
su rostro era luminoso y su carácter afable, tranquilo y disculpador.
Sí, su Rosaura había sido bellísima de cuerpo y
poseedora de un alma muy sensible y delicada... pero con tan escasa
salud... Durante los meses de su primer y único embarazo, Orosio
tuvo que recurrir casi a diario a recibir las ayudas de las medicinas
-en forma de emplastes, maceraciones, cocimientos o tisanas- de la tía
Canuta:
- ¡Ay, tía Canuta, que mi Rosaura no me mejora ni una miaja!
- Reza Orosio, si aún te acuerdas: que Dios quita y da salud...
Y la siempre compasiva tía Canuta Morteros le preparaba unas
tisanas -extraídas de las cortezas frescas de las acacias más
jóvenes, previamente machacadas, trituradas y hasta molidas pacientemente
en su mortero de madera- endulzadas con miel, para que de rato en rato
se tomase un sorbito caliente y, además, otro pucherillo -la
olla en la que se cozían las puches: guisado de harina y azeyte-
en reserva, previsor y necesario del anestésico láudano.
A Rosaura Desmayos, y en una grande medida, se le aliviaban sus lacerantes
dolencias y calmaban sus nervios desatados. Pero cuando llegó
el momento tan esperado y temido del parto... Ya pasaron más
de ocho años dolientes desde que a Orosio se le perdieran para
siempre, en único envite, su esposa y el hijo que ambos esperaban
tan ilusionados. Y decía Orosio, el montero Gorragrande, con
un nudo en la apretada garganta y sangrando el corazón alimonado:
"Cerró los ojos la mi mujer, y no los volvió a abrir
porque ya me miraba desde allá arriba". "¡Ay!,
de mis desgracias, que son las penas tan cobardes que siempre andan
en cuadrilla". Ni la mismísima tía Canuta la Morteros,
la experimentada curandera del lugar de los Graxos, con todos sus denodados
esfuerzos, dedicación y los amplios conocimientos que poseía,
para la época bajo-medieval, de las hierbas medicinales, sus
cocimientos, potenciadoras mezclas, emplastes aliviadores y secretos
remedios, pudo salvarles. Sin embargo, Orosio, el racial montanero,
le estará eternamente agradecido por la atención prestada
a su familia, sus cariños y desvelos:
- "Tía Canuta, en cuanto vuesa merced necesite algo de mi
persona, no me tiene más que mandar y allí me tiene".
Hay días en que echa a faltar, y en las noches mucho de menos,
a una nueva montera aún no encontrada, para que le arome y humanice
de nuevo la casa; porque la poesía que desprenden los campos,
la melodía irisada de los atardeceres, la sutil transparencia
de las alboradas, las querencias de los jóvenes machos por las
hembras en la berrea de las primaveras... sin la compañera que
quieres a tu lado, no existe poesía que te eleve del suelo la
gacha mirada como la rastrera que llevan los jabalíes montaraces,
ni música de jilguero que te embriague los sentidos, ni viveza
en la sutil alegría que nos tiñe de colores la mirada
en el límpido espejo del arroyo, ni un temblor emocionado columpiándosenos
en las palabras no dichas todavía...
- ¿O para compartir junto a ella, simplemente enamorado, el frescor
y la música del agua del venero y la sombra de la piedra?
- Por ejemplo, sí.
- Desde el incierto origen de los tiempos siempre ha sido una constante
universal (mujer-hombre, barro-agua) y también lo es en nuestro
lugar de los Graxos en el siglo XIV, ¿verdad, usted?
- Y lo sigue siendo, amigo mío; y lo sigue siendo: también
para nuestro curtido montero y silvestre antepasado Orosio el Gorragrande
de "Mángalo".
El día que murió tía Canuta la Morteros, sin nubes
de tormenta en el hondo cielo azul, ni siquiera adornando la tarde como
livianas guedejuelas de lana, tras un horrísono trueno inexplicable,
un rayo de fuego, salido de no se sabe dónde, hendió por
el centro la encina más emblemática, centenaria y sagrada
de todo el bosque de Graxos y conocida como "La Vieja". El
árbol más alegórico y añoso del término
quedó convertido, así de pronto, en unas ruinas calcinadas,
una negruzca y sucia chimenea brotada de los mismos infiernos y en una
retorcida y humeante tronca vencida y tumbada a sus pies. El tronco
se descompondría hundiéndose de nuevo en la tierra que
es la madre de toda la vida. Orosio el Gorragrande, el granítico
montanero del vecino lugar de Manjabálago, si pasa por el calvero
del bosque, se apea de su caballo color otoño, se sienta sobre
una musgosa piedra y se lamenta desamparado por la pérdida de
sus mejores amigas: la anciana curandera y la vieja encina. Ambas, a
su manera, eran depositarias de miles de años de experiencias
y de sabidurías, habían entrelazado el difícil
equilibrio entre los hombres y la tierra y, en sus ámbitos de
naturaleza tan distintos, también habían sido las guardianas
de los misterios...
-¿Y por Rosaura su mujer y el hijo que no tuvieron?
- Para ellos -para colocarlas sobre su tumba- aún recoge todos
los días las flores más vistosas y aromáticas del
bosque.
Cipriano el Agallón es hijo del tío Gurriato y de la
tía Culopera. Creció desgalichado y con mirada de adulto:
turbia como el arroyo de La Hocina en el otoño. Dos veces le
mordió la víbora, dos veces estuvo en un ¡ay, que
me voy!, y dos veces que tía Canuta le sacó adelante con
su tríaca sanadora arrebatándole de entre los húmedos
brazos de las sombras. Hoy, ya moço, se ha convertido en un hombretón
con dos piernas poderosas y firmes como los robles, unos brazos resistentes
como las rejas que Trastemiro trabaja en su fragua, amplias manos como
palas de tahonero y un pecho tan enorme como el de los corceles de guerra
del Señor de Guzmán en el que apenas si le cabe su inmenso
corazón de hombre asilvestrado y rudo, tosco y cerril: tan recio,
membrudo y musculado que de un manotazo, si él quisiera, sería
muy capaz de tumbar una vaca con el choto y todo: "Un hombre de
ruyn ingenio y tardo, que no está labrado, como si cortásemos
un palo y no le quitásemos todo lo que puede embaraçar
a passar la mano por él". Para la tía Culopera, sin
embargo, toda la vida seguirá siendo su Cipri:
- Mi Cipri ya se me ha hecho un hombretón; y qué poquito
le veo.
Sí, es un moço mohíno, inestable, fornido y huraño,
y con un carácter tan imprevisible como desigual: hay días
de cielo raso en que se muestra incapaz de hacerle daño al más
insignificante de los insectos, y otros que amanecen ñublados
en que se enseña más iracundo que la hembra herida del
jabalí criando sus rayones. Tiene un particular sentido de la
justicia: quien la hace, la paga; y sin esperar a que mañana
llegue el juez. Ante cualesquier abuso o injusticia que se produzca
en el lugar de los Graxos, o que a él le parezcan como tales,
presto se le obnubila el cerebro y los pensamientos se le tornan irascibles
y muy agresivos. Cuando el malhadado incidente habido en el lugar que
hoy conocemos como el arroyo Escalabrafrailes, más allá
de los robles de Las Callejas, entre fray Luzio Xill, alias el Verraco,
un salaz e indigno anacoreta de la minúscula ermita de Las Fuentes,
y Constanzica la Cosquillas, la casquivana mujer del Venado, tuvieron
que detenerle entre cuatro hombres acostumbrados al trato con las espantadizas
mulas, y liarle los musculosos brazos con resistentes cordeles igual
que un fardo en lo alto de caballería, porque, a zancadas y atrochando,
con el hocino en la mano, ya se iba derecho hacia el santuario de Nuestra
Señora con la insana intención justiciera de castrar allí
mismo, in situ, a las puertas mismas del cenobio, y sin aliviadora anestesia,
a pelo, a todos los ermitaños que hubiera presentes.
- ¿Y a los ancianos eremitas, que ya apuntalan su vacilante caminar
con auxiliadora garrota, también? (De los viejos que andan con
báculos suelen dezir que son como paredes viejas, que les ponen
puntales)
- Por ellos, velaila su merced, le detuvieron, que si no...
No tiene mujer, ni novia, ni siquiera se le conoce moça a quien
mire con ojos deleitosos. Se desfoga a solas con su pesada hacha y eficaz
hocino por todo el bosque... ¡cualquier día se nos corta
de gravedad!
- Cipriano, conozco una moça en Fortigosa, que trabaja de molinera
para S.Ilma. don Sancho Blázquez, obispo de Ávila, y que
sería una buena "becerra" para ti. Guapa no es, no
quiero engañarte, pero fuerte y sana como no me sé de
otra... Como Olegaria la cristianaron harán sus veinte años
ya cumplidos, pero todos la conocemos como la Mulona porque es mujer
muy voluntariosa y brava, -le dice algunas tardes de primavera su amigo
Orosio el Gorragrande, el montanero de Manjabálago, cuando sentados
ambos a la puerta de la chozuela, viendo ponerse el sol y con toda la
serena calma del día ya vencido y la tarea hecha, despaciosa
y amigablemente, comparten un puñado de avellanadas bellotas
y un traguillo de agua fresca. Castaño, el ágil caballo
del montero, pace tranquilo y confiado las jugosas hierbas del prado
cercano: alaçan tostado, antes muerto que cansado.
- No me seas moledor, Orosio, amigo mío: soltero nací,
soltero me sigo y pa soltero voy, que aún no ha nacido moça
que a mí me aguante. Y más me vale en el cuerpo vuelco
de olla que abrazo de moça.
- Piénsatelo bien, Cipriano, que pa cura se me hace que no te
lleva el sendero de la vida; perfumado, revestido con adornos de plumas
del pavo real y vida de miramelindo en la corte de nuestro Señor,
ni me hago a la idea ni creo que des la talla de fineza en los modales...
Sin embargo, en el calibre del armamento que nos gastamos los machos
-que te he visto mear muchas veces-, puedes competir favorablemente
hasta con el borrico Pitorro, y toda la existencia como monje anacoreta,
dejando en el olvido y oxidada tu brava herramienta, desperdiciando
tus ocultas valías en salvas al viento y vivir cual mustio y
empedernido solterón en estos bosques... Los hombres normales
tenemos ciertas necesidades que sólamente las mujeres nos las
apañan, tú ya me entiendes -¡voto a tal!- Cipriano.
Además, Agallón, ¡cómo guisa de bien Olegaria
la Mulona! Fama tiene por toda La Moraña, y aun más allá,
de hacer unos guisos y escabeches dignos de cualquier obispo mitrado,
abad de convento, prior de monasterio, de nuestro Señor feudal
y, tal vez, tal vez, hasta del mismo rey de Castilla don Alfonso ¡Domaros
mutuamente, amigo mío, a fe que os llevaría enteramente
una larga vida! Entretenido en la doma y con buena olla en la mesa...
Piénsatelo, Cipriano; piénsatelo bien y presto, porque
cualquier día se la lleva otro hombre hacia tierras que no son
las nuestras, para calentar jergones ajenos, encender otros fuegos,
barrer otras chozas y puertas, y preparar -¡sólo Dios sabe
dónde!- sabrosas ollas para un estómago que no será
el tuyo...
Sólo se parece a su padre el Gurriato en que también se
está quedando calvo, pero más deprisa: va camino de la
alopecia total. Al principio le daba vergüenza y todos los chiquillos
del lugar se reían de él. Ahora ya no. Ahora es capaz
de descortezar un roble con los dientes y, ¡ojo!, si se enfada
y le atiza una coz al tronco de una encina, por muy aparente que sea,
la deja sin bellotas. Nadie se le ríe de su poco pelo en la cara
porque nadie se arriesga a recibir en la misma jeta un mamporro del
Cipriano el Agallón: ¡menudas se las gasta el moço
del tío Carpazio!
- Cipriano -le recomienda tía Canuta-, déjate de los aceites
de bellotas que tu madre Cristheta utiliza inútilmente con el
Gurriato de tu padre porque de monda sandía no habrá quien
le salve la cabeza. Tú no pierdas el tiempo, y atiéndeme
bien lo que te digo: cuando estén verdes, recoge las nueces que
puedas y, con las cáscaras verdes, preparas una cocción
densa y te frotas enérgicamente con ella la cabeza: desde la
frente hasta el colodrillo. Cuando llegue la época en que maduran
las nueces, busca los nogales más viejos y soleados y come todas
las que puedas pero sin atracarte, que te conozco y eres muy desmesurado.
A ver si con este remedio conseguimos disminuir la caída de esas
cerdas que tienes como pelos.
Para aprovechar su descomunal fuerza y, al tiempo, para mantenerlo alejado
del lugar y evitar así encontronazos con cualquier vecino, Acazio
el Tumbarrobles, como fiel del Señor que es en el pueblo de los
Graxos, le consiguió el oficio de leñador para que vaya
quemando energías al talar los recios robles de los bosques que
circundan la aldea y, al tiempo, sanear los árboles y arbustos
que lo necesiten. Está obligado a preparar dos cargas de leña,
quincenalmente, desde el inicio del mes de octubre hasta finales del
de abril, para proveer las cocinas y chimeneas del Señor de Guzmán.
Uno de los administradores de La Puente del Congosto, encargado de supervisar
el perfecto estado de las leñeras del castillo y el ordenado
almacenamiento de los troncos, puntualmente, manda hasta la sierra a
varios criados con un carro para que se hagan cargo de los leños
ya amontonados. Cipriano los recibe con su pila ya dispuesta al lado
de uno cualquiera de los caminos que atraviesan el bosque, o en el centro
de un asequible calvero. La leña más menuda la intercambia
con Panthaleón el Tiznao, el carbonero de Roblaíllo, quien
le envía a sus tres muchachos -Censurio el Rastrojeras, Demetrio
el Malospelos y Odón el Topinera, al cargo de sus burros- para
cargar la leña y recoger la chasca o ramaje que coloca sobre
ella para hacer el carbón.
Levanta su sólida choza de recios troncos, techada con impermeables
y olorosas taramas firmemente sujetas con pedruscos, y a un tiro de
piedra de La Vieja, la añosa encina del bosque, tan majestuosa
y alegórica, en la linde misma del calvero. Vive feliz con su
soledad y no les teme a los malignos espíritus con los que las
leyendas, desde muy niños, nos pueblan de misterio los bosques;
ni a los animales salvajes -si tú nos les haces na, na te hacen-,
ni siquiera a las peligrosas cuadrillas de fieros bandidos o los desalmados
salteadores de caminos. Sólo se llega hasta el pueblo para los
santos oficios de la Iglesia en las fiestas más solemnes de guardar
-Navidad y la Pascua, raras veces por la función de San Joan-
o, quizás, si por alguien de paso por el monte, y con tiempo,
le llega el aviso de alguna muerte inesperada, para asistir al entierro
del convecino fallecido. Si es mujer, ni se molesta.
- Cipriano, ayer tarde, por el Val Hondillo, s'esnucó el tío
Custhodio, el Zancaslargas, el marido de la tía Gaudiosa la Empalá:
una mala caída de lo alto el carro y s'a quedao tieso..., a la
puesta del sol lo enterramos.
Cuando el leñador Cipriano el Agallón trabaja en lo más
intrincado del bosque -tallador de los árboles como un incansable
picapinos- los golpes de sus recios hachazos retumban poderosos, destructores
y francos por toda la serranía y bajan rodantes, como los truenos
de las tormentas en primavera, hasta las Tetas de Solana, y aún
más allá, por La Moraña adelante.
El último invierno había cogido unos sabañones
en las sólidas manos, y agarrado unas malas toses que le salían
muy hondas, desde lo más adentro del pecho, y que le traían
molesto y preocupado. Para los primeros, usaba el tradicional y casero
remedio de mearse sobre ellos; para las secas toses, y desde enero a
marzo, se tomaba todos los amaneceres y anochecidas unas cocciones de
violeta y llantén preparadas por tía Canuta Morteros.
Al inicio de la primavera sólo eran un recuerdo sus males pasados.
- Gracias, tía Canuta; las primeras nueces maduras y más
avellanadas que me encuentre, las endrinas más negras y redondas,
las fresas mas coloraditas y algún huevo de torcaza serán
sólo para su merced, si a bien me las acepta; -Y, agachando su
enorme corpachón, deja un sonoro beso sobre la pañoleta
que cubre la cabeza de la anciana curandera.
- Siempre seguirás siendo tan sentimental como un niño,
Cipri. Así me gustas más: ¡ojalá que no cambies!
Pero una mujer al lado te haría bien...
Y Cipriano, alias el Agallón, busca una ramita de nogal y, con
todo el cariño y entusiasmo de que era capaz, asomándole
la puntita de la lengua por entre los labios, se aplica a elaborarle
a tía Canuta un artístico pistilo que le sirva como mano
para su mortero, y una hataca de encina -donde piensa grabarle estrellas
picudas, rayitas derechas y espirales, soles redonditos, aves voladoras
y margaritas- para que mejor removiera los calderos. Y, al hacerlo,
se sonríe con una sonrisa tan ligera como el rayo de sol fugitivo...
- Orosio, amigo mío, si no me tuvieras por loco te diría
que el rayo que acabó repentino con La Vieja... ¡salió
de la misma tierra! Que yo lo vi; que brotó como una maldición,
partió en dos la encina y se clavó en los cielos...
Orosio el Gorragrande, el montanero de Manjabálago, no se ríe
de su amigo el Agallón, le mira en silencio, profundamente serio
y concentrado, y continua mordisqueando la brizna de hierba entre sus
dientes de lobo... Al montar en su caballo, volviéndose hacia
el ceñudo leñador, le dice:
- Te creo Cipriano: del cielo no puede bajar tanto daño...
Los artesanos de Graxos es el grupo más pequeño de los
arrendatarios, que pagan la renta de sus casas en metálico, cultivan
sólo la tierra necesaria para cubrir sus necesidades vitales
y dedican la mayor parte del tiempo a su oficio. La mayoría de
ellos se dedican sólo a las cosas relacionadas con la agricultura,
como el industrioso molinero maquilador; el herrero, que fabrica clavos
cortos, de cabezas redondas, llamados estoperoles; el carpintero que
arregla las carretas, fabrica los arados, azadones de madera, yugos
para los bueyes e incluso algunos muebles caseros muy simples; el alfaharero
que hace los adobes, las tejas y algún que otro alcatruz a las
orillas del arroyo al que todos los habitantes de la aldea comienzan
a llamarle como el Arroyo de Muño Diago. Quienes no existen ni
trabajan en las aldeas son los maestros alarifes encargados de construir
fuentes artificiales y encañar el agua para ellas, es decir,
los fontaneros. Existe el oficio de los que hacen caminos que, a diferencia
de las calzadas reales, son más rústicos y unen las aldeas
que están en el mismo valle o zona montañosa.
Los horneros, como norma general en los reinos castellanos, han de levantarse
"de grant mannana", recibir la harina que les traigan los
vecinos y cocerla en hornadas normales de treinta y dos panes, percibiendo
del Señor de behetría propietario del horno, el cuarto
de la renta del mismo. A veces se puede comprar el pan ya elaborado
por el panadero, y éste viene obligado por el Código vigente
a emplear buena harina, ganar tan sólo dos dineros en cada una
arroba de pan y no defraudar en el peso, pena de satisfacer cinco sueldos;
y, si no los tiene, a ser expuesto en la picota (rollo o columna de
piedra o de fábrica, que había a la entrada de algunos
lugares, donde solían exponerse las cabezas de los ajusticiados,
o de los reos) como escarmiento desde las nueve hasta las doce del día
"toto nuo sens camisa". También el Fuero de Salamanca
multa con dos maravedíes a quien en trigo, en cebada, en centeno
o en sal "arena metier pora vender".
De todos ellos, sin duda, el más importante es el ferrador o
herrero, ya que no sólo fabrica las vilortas o estornijas (el
anillo que se pone en el peçon del exe del carro, entre la rueda
y la clavija, que la detiene para que no se salga), atarraga las curvas
herraduras (les da la forma conveniente con el martillo para que cuadren
y mejor se acomoden a los cascos de las bestias), las pone a los animales
(a las vacas, en el potro levantado al efecto), aguza las rejas de los
arados (antes de que asome el alba ya repica sobre el lugar, y penetra
repetitivo hasta el hondón de los avisados oídos de los
aldeanos, el tintineante soniquete del martillo de tío Trastemiro,
el Chapuzas, sobre el duro yunque de la negra fragua, al igual que ya
lo hiciera su padre, tío Olivio el Ferrador antes que él:
"Ya está machando el tío Trastemiro en la fragua"-
y más durante los afanosos meses mayores de la recogida de las
mieses que no esperan, y en las frías y neblinosas amanecidas
de las otoñales aradas) y fabrica las herramientas agrícolas
más perentorias y al uso (hocinos, hoces, segurejas, azadones...)
sino que, además, arregla los diversos cacharros de hierro y
hasta de cerámica con sus grapas (como los olleros), y hace armas
blancas, afilados cuchillos -algunos de ellos cachicuernos-, recias
cadenas para el atalaje de las caballerías y carros, y hasta
seguros cerrojos... aunque a la mayoría de las casas de nuestro
lugar de los Graxos no merece la pena el ponérselo, y sus habitantes
permanecen tranquilos con las portezuelas de sus chozas protegidas simplemente
por un pequeño pasador o resbaloncillo de madera. Si puede, al
igual que todos los artesanos de la época, el herrero engaña
al cliente en la calidad o perfección del producto: en la reparación
de los cuchillos, por ejemplo. Les arregla los machos con un simple
golpe del martillo, así que la reparación nunca es duradera:
cubregelo falsamente con vna martelladura
a todo omne que lo vende fazerle ha poco dura.
Matheo Martín, tío Serrines, dejó La Moraña,
casó con la Creszencia Saltabardas, y se quedó a vivir
en nuestro lugar de los Graxos como maestro carpintero del poblacho.
Tiene como aprendiz del noble oficio de la madera al joven Blasillo,
el Mangarranas, hijo de la tía Perica y el tío Zurrapas,
que parece despierto y hábil, y no hay viruta que desaproveche...
- Blasillo, cuando nos venga tía Sisinia la Comadreja, y coja
del suelo alguna viruta para la lumbre, mira para otro lado y haz como
si no la vieras...
Un buen día del mes de abril comenzaron a preparar en secreto
-para que nadie en el pueblo se enterase hasta el día elegido-,
con todo esmero y fervoroso entusiasmo, una artística cruz de
madera de oloroso pino, bien cumplida y cepillada, para la fiesta mayor
y más solemne de la aldea, su Santo Patrono principal, el Señor
Sant Johan Baptista del Olmo, el día 24 de junio: el día
que se subastan a mayor beneficio los corderos de la ermita y se contratan
algunos pastores. Como bien sabe que el padre Hunuldo no tiene en su
Iglesia ni remotamente una blanca con qué pagarla -por no tener
no tiene el pobre párroco ni cepillo-, o paga en los tres plazos
que harto bien se conocen todos en el lugar: tarde, mal y nunca, el
maestro en maderas y su aprendiz se cobrarán sus honorarios portándola
todo orgullosos en la festiva y devota procesión que, alrededor
de la aldea y año tras año, se celebra ese día
tras la solemne y concurrida Misa Mayor: ¡hasta el leñador
Cipriano, el Agallón, asiste! Mas, ¡ay!, que a nuestro
paisano, buen amigo y carpintero Matheo Martín, el Serrines,
le encanta la música, y así que escucha los bien acompasados,
rítmicos y armónicos sonidos del tambor acompañando
al rabel y la chirimía, o dulzaina, tan invitadores a la fiesta,
se le van solitos los pies al revolero compás que le marcan los
músicos. No puede resistirse al son de la música, su rítmico
poder lo arrastra tras ella y de esa forma, un año sí
y al otro también, se repite la misma escena. Suena briosa la
jota, Matheo Martín, alias el Serrines, apoya su artística
cruz en el primero de los tapiales o sólida barda que más
a mano encuentra y, con voz cómplice e imperiosa, se dirige a
su discípulo y a los monaguillos diciéndoles:
- Muchachos, ¡arrimad presto esos ciriales a la pared que este
son no es de perderse! ¡Quien está hecho a danzar, no lo
sabe dejar!
Y se pone a bailar como una peonza loca hasta que para la música.
- ¿Y lo hace bien el maestro carpintero?
- Reza, miçer Escribano: Matheo Martín, alias el Serrines,
con la pluma de sus pies y en el terroso pergamino del suelo, con sus
jotas bien trenzadas le caligrafia los piropos más bellos a la
Virgen Nuestra Señora, y reza...
El padre Hunuldo, comprensivo con el danzante y agradecido con el carpintero
hacedor de espléndidas cruces, disimula y hace como que mira
para otro lado. Con ganas se queda el buen padre de bailar él
también la jota de la tierra, mas la oscurantista época
medieval que le ha correspondido en suerte vivir no está, precisamente,
por la labor de las danzas clericales.
- En eso estriba el donaire: -repite nuestro Matheo Martín, el
Serrines, a cuantos gustaran bien de escucharle- en dar las vueltas
aprisa, para echar el culo al aire. La música, al menos, no emborracha;
¿verdad, padre?
- Verdad, hijo; verdad -le contesta comprensivo el bondadoso cura con
el hormiguillo del baile enroscándosele bullidor entre las enjutas
piernas.
Matheo Martín, alias el Serrines, el excelente carpintero del
lugar de los Graxos, sabiéndose ahora más justificado,
baila incansable delante de su Santo Patrón, el Señor
Sant Johan Baptista del Olmo, como un segundo rey David ante el Arca
de la Alianza del Testamento Antiguo.
Y, cuando la primavera llegaba de secano y el buen párroco se
decidía a sacar en rogativa procesión a Nuestra Señora
la Virgen del Rosario para implorarle que lloviesen sobre los campos
siquiera un par de baldes de agua, el tío Serrines era el primero
en entonar la plegaria:
"Danos el agua, Señora,
aunque no la merezcamos;
que si por merecer fuera,
ni la tierra que pisamos".
Capítulo VII: EL TRABAJO DIARIO EN EL CAMPO
Los recursos que aportan la agricultura y la ganadería son la
base de la economía, y la tierra es el centro de todas las relaciones
sociales, dejando al margen la revolución urbana que se vive
a partir del siglo XIII. A pesar de ser la mayor fuerza generadora de
riquezas en la época, los campesinos son presentados como gente
ignorante y grosera, comentándose en un dicho muy extendido en
aquel tiempo que el campesino es en todo semejante al buey, sólo
que no tiene cuernos. Los campesinos medievales son quienes soportan
el peso fiscal del Estado ya que pagan los tributos señoriales,
los diezmos eclesiásticos y las rentas reales. Forman parte del
escalón más bajo de toda la sociedad medieval al ser los
laboratores. El trabajo del campesino se desarrolla en pequeñas
unidades de producción de carácter familiar, pero las
tierras son propiedad del Señor feudal al que el campesino jura
fidelidad, entrando así de lleno en la esclavizadora relación
vasallo-Señor que lleva implícita el feudalismo. El campesinado
no produce para el mercado de la ciudad, sino para su autoconsumo, aunque
buena parte de la producción -sea o no óptima- pasa a
las manos siempre ávidas del Señor. En la familia campesina
se reunen generalmente tres generaciones que se diversifican con ramificaciones
laterales de parientes lejanos, hermanos o hermanas no casados y un
largo etcétera. El padre ocupa el papel protagonista siendo su
principal objetivo la protección y la seguridad de todos los
miembros de su clan, de la casa donde habitan y aun de la misma aldehuela
comunal.
El campesinado de Castilla se halla estratificado. En un primer lugar
hay diferencias notables en cuanto a la relación misma con la
tierra, pues no es igual el cultivador asentado en un solar con carácter
estable que el simple jornalero asalariado. Don Enrique de Villena,
recordemos, nos dice que el mundo del campesinado está integrado
por villanos, cavadores e labradores, e ortelanos e los que se alquilan
a jornales. Una situación intermedia entre el labrador tradicional
y el nuevo jornalero emergente es la del yuguero, o sea, aquel campesino
que trabaja tierras ajenas, por tiempo limitado (aunque los contratos
pueden renovarse), y recibe del Señor los animales de labor en
calidad de préstamo. En este siglo XIV nos encontramos por doquier
con grupos de campesinos solariegos (homo que es poblador en suelo de
otro, le definen Las Partidas del rey Sabio)
En esta época predominan las referencias que hablan de roturaciones,
del aumento de la producción o la expansión de determinados
cultivos (la vid, por ejemplo, se cultiva incluso en algunos terrenos
situados a más de 1.000 metros de altitud) Un buen catador como
el Arcipreste de Hita, alaba el vino bermejo de Toro y el vino blanco
de Madrigal, ya mencionados en un cuaderno de cuentas del año
1378 por el rey de Castilla don Enrique II, el de las Mercedes, de calidad
muy superior al vino común o de los pobres.
La explotación de baldíos, o el cultivo de heredades abandonadas
en tiempos de las mortandades a causa de la peste negra revelan la actividad
roturadora de la época. En Castilla y León la mayoría
de la población se dedica al trabajo agrícola y manual
en el campo, la tierra es la base de la articulación social,
e incluso la mayor parte de las fiestas y costumbres se regulan "en
función de" y "en torno de" las distintas actividades
agrarias. No debemos olvidar, ni perder de vista en ningún momento,
que la economía medieval de subsistencia, en un lugar como el
nuestro de los Graxos, tan exigua y estancada, tanto en sus vertientes
agrícolas como en sus facetas ganaderas, se apoya en un difícil
equilibrio entre el aprovechamiento de los pastos, los cultivos de la
tierra y la explotación forestal.
Se clasificaban las tierras en función de sus frutos y sus cualidades
edafológicas, como lo hacía el nunca bien ponderado Gabriel
ALONSO DE HERRERA en su Obra de Agricultura: "Es, según
sus sitios y calidades, de una de tres maneras, que es de llanos o valles
o montes; en los montes hay dos maneras de posiciones, que o son laderas
o collados; ladera es por donde suben a lo alto, collado es lo más
alto, que otros llaman cumbre. Item son de otras tres calidades, según
su propiedad, que o son gruesas fértiles y muy buenas, o son
del todo estériles y malas, o tienen el medio que ni son del
todo vanas ni son muy fructíferas. Item o son muy calientes o
muy frías, o son en su calor templadas; aquí entiendo
decir de todas, excepto de aquellas que por su extrema sequedad son
inhábiles para llevar fruto..."
- Demasiados berruecos -peñascos puntiagudos; llamados así
porque tienen forma de verruga- en nuestro término de los Graxos,
miçer Escribano, para que lo tildemos de feraz y abundoso en
productos.
Por lo que se refiere a los sistemas de cultivo, son precisos largos
períodos de descanso de la tierra. Aunque se cree que en algunas
zonas se practica la rotación trienal que permite recoger cosechas
dos años de cada tres, basada en la alternancia entre los cultivos
de cereales y leguminosas, lo fundamental es el sistema de año
y vez. En la Meseta del Duero, según J. García Fernández,
el cultivo de año y vez se practica en las zonas del centro y
del este, mientras que en las penillanuras del oeste el descanso de
la tierra es aún mayor, pues se practica el cultivo al tercio.
Los cereales (el trigo, la cebada, el centeno...) y el viñedo
son los principales cultivos de los reinos de Castilla y León.
En segundo plano se hallan las leguminosas (los garbanzos, lentejas,
altramuces, habas...), las hortalizas (cebollas, lechugas, calabazas...),
los árboles frutales y las plantas industriales (en nuestro lugar
de los Graxos, por ejemplo, es muy importante el cultivo del lino) Los
útiles empleados en la agricultura son muy arcaicos: predomina
el viejo arado romano, de reja simétrica; la madera tiene un
papel prioritario en el utillaje y, en cuanto a los animales de labor,
se utilizan básicamente el buey y el asno.
Castellanos y leoneses se benefician de la explotación del bosque.
El Libro de la montería, de Alfonso XI, describe las zonas boscosas
y cómo de ellas se obtienen madera y alimentos para el ganado,
aparte de ser lugar idóneo para la caza. El bosque ofrece para
el hombre medieval una imagen bifronte. Por una parte, es un lugar tenebroso
y satánico en el que viven animales salvajes, encuentran refugio
los proscritos malhechores y ocurren sucesos espeluznantes. Por otra
es una fuente de abundantes recursos. Los vecinos de los Concejos limítrofes,
y en sus términos, pueden roçar e cortar, e paçer
las yerbas... e caçar... e coger la vellota e comerla con sus
ganados, e todos los otros frutos silvestres que en la dicha sierra
e mata Dios diere en cada un anno, e que puedan podar e cortar azevo
e texo en las dichas sierras e mata e fazer carbones...
- ¿Sin vigilantes, ni merinos, ni monteros a la vista? Así,
cualquiera...
El cultivo de los cereales se ve mejorado por los cambios técnicos
que favorecen especialmente a las regiones montañosas -caso de
la aldea del lugar de los Graxos, por ejemplo- permitiéndolas
superar el atraso en que se hallaban con respecto a las zonas mediterráneas.
El principal de ellos es la difusión del arado con ruedas y de
vertedera, con el que pueden labrar sus tierras, más pesadas
y muy húmedas, penetrando más profundamente en el suelo
y asegurar su mejor aireación y humidificación, facilitar
la limpieza y hasta una cierta recuperación de su ya escasa y
aun cansada fertilidad. No obstante, en la sierra de Ávila, y
más en el lugar denominado de los Graxos, de terreno sumamente
accidentado y áspero, sobrevivió durante muchísimos
años el arado ligero o romano. También se mejora el sistema
de tiro en los animales. El yugo, en los cuernos de los bueyes, es sustituido
por el yugo frontal, y al caballo se le aplica la collera rígida
y la herradura. Por otra parte se extiende el uso de los concejiles
molinos harineros; cabe las corrientes de agua se generaliza el hidráulico,
al tiempo que aparece el molino de viento.
Los campesinos se ven obligados a concentrar todas sus energías
en la lucha diaria y feroz por la vida, por una constante y diaria pervivencia
animal. La vida en nuestro lugar de los Graxos, como en la inmensa mayoría
de los villorrios, lugares, aldeas, pueblos y villas de nuestra vieja
y áspera Castilla, depende esencialmente de la prolífica
benignidad en las ovejas parideras y más aún de las cosechas
del cereal: si éstas son insuficientes, y aquéllas raquíticamente
escasas, los lugareños no tendrán apenas comida durante
el invierno siguiente, todos pasarán gran fambre, algunos se
pondrán enfermos y morirán y otros, incluso, se echarán
al monte y se unirán a los bandoleros.
Acazio, Anthón, Pero... y el resto de campesinos, tienen pocos
medios para renovar y asegurarse la fertilidad de los diversos suelos
que cultivan. Faltos de abonos minerales, deben limitarse a permitir
el pasto del ganado, sobre todo ovino, en los períodos de barbechera;
por eso se siega con hoz, para dejar el tallo alto y que las reses se
lo coman y abonen el suelo al mismo tiempo. Algunas veces, pocas, se
utiliza como abono el excremento de paloma. Pero lo más efectivo
y general es alternar períodos de utilización del terrazgo
con otros de descanso, y el cultivo sucesivo de vegetales cuya acción
sobre el suelo le permitiera la mejor conservación o la recuperación
de su fertilidad. Utilizando todos estos procedimientos, nuestros paisanos
consiguen mantener y extender sus terrazgos, mejorar la productividad
de sus tierras y aun dar mayor variedad y riqueza a su dieta alimenticia.
- Buen estiércol, agua y sol, padres del trigo son; y, al segar
serás bien pagado, le dice al estercolador su sembrado.
Alternan la siembra de los cereales de otoño (el trigo candeal
de blanca harina, centeno) con los de primavera (el trigo tremesino,
la cebada, la avena ganadera), e introducen también en diversas
ocasiones y épocas la siembra intermedia de las necesarias leguminosas
(las nutritivas alubias y los pajizos, saltarines, fibrosos y picudos
garbanzos de olla agradecida) que contribuyen a nitrogenar mejor el
suelo, además de respetar períodos de barbechera e incluso
de descanso total del terrazgo dejado en eriazo. La alternancia, pues,
entre los períodos de cultivo y los de descanso más frecuente,
al igual que en siglos anteriores, es la llamada rotación bienal
o de año y vez: la tierra se siembra un año y se deja
en barbechera al siguiente, de modo que produce una sóla cosecha
cada dos. Hay días en que al Acazio Tumbarrobles se le ocurren
unas ideas sorprendentes -aunque aún no se las ha comentado a
Liberata, porque es más reacia a los cambios- como conseguir
pasar a un nuevo régimen de rotación trienal mediante
la combinación de los cereales de invierno, de primavera y las
leguminosas, de manera que el terrazgo se divida en tres pagos y sólo
uno de ellos esté inculto en cada momento. Así, se obtendrían
dos cosechas cada tres años. La mejora sería notable,
sí, pero aún no está muy seguro de los resultados
que se pudieran conseguir... y Acazio es tan prudente como denodado
trabajador.
Los aperos de labranza más citados en los documentos de la época
son los tradicionales yugos con las blandas melenas, y los arados y
trillos con sus aditamentos: coyundas de cuero o de esparto, las rejas,
los barzones, el curvado garrotillo para echar el nudo en el fajo de
mies, la protectora zoqueta de madera que te defiende los dedos cuando
siegas a mano; también los protectores dediles, el bieldo de
seis dientes y largo mango para limpiar el grano de la paja, la zaranda
para cribar el cereal, la escardadera para limpiar los campos o el almocafre,
el escobón de miyoma para asear las eras...
Casi todos los hombres de nuestro minúsculo lugar de los Graxos,
ya sean hombres libres o como siervos de la gleba, pasan la mayor parte
de su tiempo hábil trabajando esforzadamente bien en sus propios
campos, o en los campos comunes, y cultivando el cereal para alimentarse.
Excepto los domingos y festivos que echan la mañanada -tiempo
de trabajo que se hace saliendo a las labores agrícolas durante
las mañanas de los domingos, antes de ir a misa- trabajan en
el campo todos los días, a menos que tengan que ir al mercado,
asistir al tribunal del feudo o hacer algún trabajo especial
en el pueblo, como, por ejemplo, al encontrarse con animales sueltos
llevarlos al corral de la aldea hasta que el dueño pagase la
correspondiente multa por ellos. A dichos animales encontrados y expuestos
se les llama mostrencos y "assí se dize de cualquiera res
que se ha perdido y no le parece dueño. Cuando hallan la tal
res deven publicalla y pregonalla..." Y assí, del verbo
monstrare se dixo monstrenco. (Covarrubias)
Estos rudos hombres del campo nacieron junto al surco y junto al surco
siguen. No han tenido más referencias del cosmos que su propio
cuerpo o sus muchos años: sabios sin escuela que huelen el aire,
oyen el viento, miran al cielo y saben por dónde va a venir el
tiempo.
En agosto, cuando el verano empieza a morirse en las cepas, en los primeros
racimos maduros, estos hombres, taciturnos, se retiraban a una extraña
soledad agraria y miraban las ramas de los árboles durante todo
el día; y al anochecer, cuando las sombras aúllan en las
hazas, buscaban las fases de la luna. Cuando agosto se iba en las primeras
espuertas de aceitunas de verdeo, estos hombres preparaban el invierno
como una hormiga: ya sabían, más o menos, cómo
sería octubre, y diciembre... Y, en enero, otra vez el viento,
otra vez las lunas... Y calculaban hasta abril. Con una seguridad de
un ganadero de nubes, hablaban de que había que aviar la choza,
o sacar a los animales del manchón, o guardar el grano, o acelerar
la siembra, o esperar para tirar el abono... Tenían dentro un
almanaque de lluvias y solanos, de fríos y tormentas. Son cálculos,
lo sé. Pero algo tienen estos hombres, años, experiencia,
mucho viento, mucha lluvia, muchas lunas dentro que aciertan muchas
veces. (Antonio García Barbeito)
Como hemos indicado más arriba, en la llamada alternancia, cada
año se siembra uno de los campos con trigo o centeno para hacer
pan, y otro con cebada, o con avena, para los animales, mientras que
el tercero se deja en barbecho, es decir que en él no se siembra
nada en la temporada, sino que se deja descansar durante todo el año,
permitiendo que los animales de la aldea pasten en él y lo fertilicen
con su estiércol.
Las actividades agrícolas llevadas a cabo por nuestros paisanos
del lugar de los Graxos, se asemejan en gran parte a las faenas del
año agrícola que, con tan rico lenguaje, nos desmenuza
Gabriel ALONSO DE HERRERA en su acreditada Obra de Agricultura:
"En el mes de enero, con luna creciente, se plantaban árboles
de fruto temprano, hortalizas y simientes trimesinas, estercolábanse
los prados y se revisaban estacadas y cerraduras (porteras), mientras
que con menguante se podaban las viñas, cortábase madera
para edificios, se sembraban ajos y cebollas y escardábanse los
panes. En febrero creciente les toca el turno a las lentejas, el cáñamo
y el lino, poniéndose mimbreras, olivas y sauces, injertándose
manzanos y perales, mientras que en menguante se aran los campos que
se han de sembrar con la sementera siguiente, y se cortan las cañas
y los mimbres. En marzo creciente se plantaban garbanzos, mijo, lino,
los melones, las calabazas y espárragos, curándose las
vides enfermas, y en menguante se arman los parrales, se desmochan las
olivas y se mondan las higueras, morales y granados.
Con la entrada de la primavera, y en abril creciente, se sembraban hortalizas
menores, del mismo modo que las tierras gruesas eran aradas en menguante.
Mayo creciente contemplaba cómo se injertaban los duraznos, albaricoques,
los naranjos y limoneros, y cómo se sembraban las lechugas y
berzas; y en menguante arábanse tierras gruesas y huertas, y
eran regados los árboles frutales.
Apuntando ya el verano, junio ve al campesino sembrar las borrajas y
hortalizas, aparejar las eras para trillar, segar la cebada, el trigo
temprano, habas, garbanzos y legumbres, mientras que en julio se acaba
la cosecha de los panes, se saca la grama, se siembran los nabos y las
zanahorias y se entresacan las frutas tardías. Agosto comenzaba
con la búsqueda de agua para hacer los pozos, la quema de tierras
para pan y pasto, la cubrición de estiércol y el alzado
de las varas de las vides para que no se pudriera la uva.
El otoño de septiembre ve principiar la sementera, sobre todo
del buen trigo candeal, plantándose herrenes y aparejándose
la vendimia, en tanto en octubre elaborábase el aceite y se estercolaban
árboles y viñas, labor que se prosigue en noviembre junto
al arado, mientras que en diciembre se dedica a las reparaciones del
interior de la casa y del utillaje agrícola".
Los campos, cuando la estructura del terreno lo permite como en la fértil
dehesa de La Nava de los Carros o en Los Terreros, se dividen en franjas
largas y estrechas, de unos 200 metros de longitud cada una (porque
esa es la distancia máxima que puede arar una pareja de bueyes
sin pararse a descansar) y de tan sólo siete u ocho metros de
ancho. Cada arrendatario tiene sus propias franjas, todas ellas separadas
y dispersas por los distintos campos, y todas ellas divididas por igual
en el campo en que estén: en un tercio de ellas hay plantado
trigo o centeno y en otro tercio avena o cebada, mientras que el tercio
restante está en barbecho.
- Y... ¡ojito con las lindes!¡Mucho ojito con las lindes!
Y que nadie me mueva una piedra del hito así tenga el tamaño
de una avellana.
Acazio, como es un hombre libre, trabaja en las tierras arrendadas
al Señor don Nuño de Guzmán y, sobre todo, en sus
propias franjas -una en el Val Hondillo, otra en Los Terreros y una
tercera en la dehesa de La Nava de los Carros- y casi siempre está
muy ocupado, ya que tiene más tierras que la mayoría de
sus vecinos y está pensando en hacer otra nueva roza por el otoño,
si el Señor feudal se lo permite. El trabajo en los campos sigue
un esquema predeterminado según la estación del año.
Desde el punto de vista técnico, en este siglo XIV no se observan
cambios sustanciales con respecto a siglos anteriores. Los útiles
agrícolas que se emplean son muy arcaicos, el buey continúa
siendo el animal de labor por excelencia y el sistema de año
y vez parece el más dominante. La explotación familiar
es la célula elemental de toda la producción, la de una
familia conyugal formada por padres e hijos, cuyos miembros son quienes
habitan la misma casa, hacen el mismo fuego, comen del mismo pan y cuecen
en la misma olla, como nos describe el fuero de Los Balbases (1135)
La vida y el trabajo en común, preferentemente, son quienes determinan
también la pertenencia al grupo.
El año laboral de Acazio, el Tumbarrobles, comienza en el otoño,
una vez que la cosecha anterior ya está toda almacenada en la
casa. En otoño, el trabajo más significativo de Acazio
es granjear, es decir, atender la cultura de las tierras y sus heredades,
preparándolas y labrándolas para que den copiosos frutos.
Lo primero que tiene que hacer es arar las zonas de campo que han estado
en barbecho, aunque ya las ha arado varias veces a lo largo del verano,
para airearlas, quitar las malas hierbas y abonar con la basura de los
humeantes muladares que se han venido acrecentando a lo largo de todo
el año, y que rodean la aldea como una muralla de abono orgánico...
- La basura no será santa, pero donde cae hace milagros; ¿eh,
Anthón?
- Y su merced que lo diga, vecino Acazio.
Muladares:
que bordean
y amurallan
de aromáticas sorpresas
las afueras de los pueblos,
las orillas de las eras.
Muladares:
calentitos
y humeantes,
donde hornean
esperanzas
las cosechas venideras.
Muladares:
milagreros;
muladares:
confianza de la tierra;
muladares:
que puntean
con sus pecas malolientes
los caminos andariegos.
Muladares:
que esparcido
por el viento
su aliento,
hacen al campo
yerbero.
Ahora las vuelve a arar una vez más -y las siembra con cereales
(trigo o centeno) para la cosecha del año siguiente- para que
las plantas jóvenes puedan crecer y arraigar bien antes de que
llegue el invierno. Estos campos los siembra a mano, echando las simientes
en los surcos que ha abierto con el arado y tapándolas luego
con tierra. Acazio lleva las semillas en una cesta de paja o de mimbre
que se cuelga al cuello con una tira de tela o de piel, y las va esparciendo
a voleo con la mano. Normalmente le acompaña su hijo mayor Eutimio,
con Mustafá, el perrazo canelo, para que espanten con su presencia
a los hambrientos gorriones que traten de comerse las semillas.
- ¡A falta de reja, culo de oveja!
Para arar utiliza una pareja de bueyes, pues son fuertes y resistentes
y resultan más baratos de alimentar que los caballos, aunque
también son desesperadamente más lentos. Estos bueyes
trabajan unidos por un yugo de madera y están enganchados al
pesado arado, que tiene una reja de hierro, una especie de cuchillo
enorme que se clava en el suelo y que va abriendo el surco y echando
la tierra a un lado; luego tiene una segunda reja, también de
hierro, que es como un cuchillo triangular que evita que la primera
reja se quede clavada en el suelo, y por último tiene la llamada
vertedera, hecha de madera, que va detrás de la segunda reja,
y que lanza la tierra hacia arriba haciendo que se revuelva y quede
bien aireada.
A continuación, se pone a arar los campos que el año anterior
tuvieron el trigo y el centeno, y en los que este año cultivará
avena y cebada (ésta última de forma más esporádica),
aunque no los siembra todavía. En vez de eso, revuelve bien la
tierra y la deja así, tal como la ha abierto con el arado, durante
todo el invierno, de forma que, al helar, el hielo se meta por dentro
de la tierra. Las mansas y benefactoras gotas de agua que se queden
así, dormidas e invernando en el interior de la tierra madre,
se helarán, creciendo de tamaño, de forma que cuando llegue
el tiempo del deshielo los grandes terrones se convertirán en
una tierra blanda y lista para sembrar el cereal.
- Alza yunto, bina más, tercia ralo, y cogerás; que raras
veces hay mal año en campo bien sembrado.
Para una buena arada, Gabriel ALONSO DE HERRERA, en su ya citada "Obra
de Agricultura", les recomienda a los agricultores:
"Una de las cosas que principalmente se requieren para que la tierra
bien frutifique es el bien arar o cavar. (...) El primero -de los provechos
de arar- es exercitar e obrar la tierra, e abrir, porque abriéndola,
el sol e aguas mejor la pueden penetrar que si no estuviesse arada o
cavada, y por esso la tierra recibe más tempero. El segundo provecho
es igualar la tierra, porque a las veces una está más
alta que otra, o más hoyosa, lo cual daña muchas veces
a las plantas y más a las simientes menudas, porque en tiempo
de muchas aguas en lo hoyoso se ahogan, y en tiempos de sequedades en
lo alto se secan, y por esso el que ara debe bien de mirar que todo
lo dexe igual en cuanto pudiere, porque el agua igualmente se reparta
y el sol y el calor igualmente escaliente. El tercer provecho del arar
la tierra es mezclar o incorporar uno con otro, o tierra gruesa con
liviana, o estiércol y tierra, o la simiente y tierra y, por
tanto, el que arare conviene que bien mezcle lo uno con lo otro, en
especial las simientes menudas como son trigo, cebada, centeno y otras
semejantes, porque todo aquello que descubierto queda o se seca con
el sol, o se quema con el frío, o lo comen las aves, o recibe
tal daño que del todo se pierde, onde se sigue que el trabajo
no es tan fructuoso, y aquella simiente perece, y la tierra se infama.
El cuarto provecho es desmenuzar la tierra que está hecha gruesos
terrones, porque muy mejor guarda la tierra su tempero y humor estando
bien desmenuzada, que no la que tiene los terrones muy gruesos..."
Pero Acazio Tumbarrobles no se pasa todo el tiempo arando. Cada semana,
y durante todo el otoño y aun el invierno, tiene que trillar
el grano de centeno de la última cosecha: el trigo y la cebada
ya los trilló en la era. Para ello usa el tradicional mayal,
un instrumento que consta de una pesada pieza de madera, de unos 5 cm.
de grosor y 80 ó 100 de longitud, que se utiliza para golpear
el grano, y que está unida con un trozo de piel de buey a un
mango aún más largo. Para trillar, esparce las gavillas
de cereal por el suelo de madera del granero y las golpea con el mayal
con todas sus fuerzas, para separar el grano de las espigas. Luego,
revuelve la paja con una horca y la extiende en el patio donde guarda
el ganado. Después de eso, mete todo el cereal, junto con las
cáscaras, en una gran cesta muy profunda y lo aventa, echándolo
al aire para que el viento amigo se lleve los pedacitos de cáscara
mientras que el grano, al ser mucho más pesado, vuelve a caer
al suelo.
- ¡Qué poco hemos avanzado, velaila, por estos andurriales
de Dios!
- En la hoja, ya lo ve su merced, miçer Escribano, sí:
ahora no hace falta abrirla en una época determinada porque la
temporada no cierra.
Después de las Navidades, en invierno, Acazio Tumbarrobles y
su hijo mayor Eutimio reparan los várganos de la empalizada que
rodea las nuevas rozas, una por La Puente de Palo y la otra al sitio
de la Fresneda. (Eutimio, cuando tan sólo era un chavalín,
se crió cachigordete, pequeño y recalcado, que más
parecía que le habían apretado hacia abajo y que por ello
quedaba así redondete. Pero ha crecido como un río en
primavera y el constante ejercicio en el campo le está convirtiendo
ya en un mocete recio y no mal parecido) Hay días en que ni se
puede salir de casa por las bálfaras y entonces aprovechan el
tiempo para arreglar sus herramientas: el mayal, para trillar el cereal;
la azada, que es de madera y tiene un reborde de hierro todo alrededor
para que sea más fácil cavar, no tiene más que
un filo, con el fin de que Acazio pueda empujarla sin peligro alguno
por el otro lado con el pie; la criba, que usa para tamizar el grano,
separándolo eficaz de otras hierbas; la escardadera y el gancho
para limpiar la tierra de la superficie, o para quitar los malos hierbajos
como los cardos; la hoz para cortar el cereal, y la guadaña para
el heno y la hierba larga... Prepara la hoz ayudándose de la
bigornia que es un instrumento de hierro de que usan los herradores
y cerrajeros para machacar y adobar el hierro, y los plateros para la
plata, el cual es en forma de una pilastra corta y gruesa, con su meseta
encima, de la cual salen dos orejas, una a un lado en forma de pico
puntiagudo, y la otra al lado opuesto, que es roma, y sobre ellas se
machaca la pieza que está arqueada como la herradura. Las hoces
y las guadañas enseñan la hoja de hierro y el mango de
madera. También repasa los ataharres de cuero, que tiene dos,
colgados en la pared del fondo. (Se llama ataharre a la cincha guarnecida
de badana que echan en el trasero de la albarda, y va por debaxo de
la cola y de las ancas de la bestia) La mayor parte de estas herramientas
las heredó de su padre, pero la guadaña es nueva, que
se la hizo muy laboriosamente Trastemiro, alias Chapuzas, el diligente
herrero del pueblo. ¡Menuda cuchilla tan puntiaguda que le preparó!
Si el día de San Pablo sereno
hiciere, será el año fértil,
sano y abundoso;
guerras habrá si fuere ventoso,
y gran mortandad habrá
si lloviere.
Enfermedades si nieblas hubiere,
y si nevare, será el año falto;
y aquesto será si el Dios de lo alto
de otra manera no lo dispusiere.
(Rodríguez Marín; Refranero)
En las oscuras, frías, solitarias y cortas noches de invierno,
oyendo rugir los irritados envites del aire helador que se cuela por
entre las rendijas de las paredes, antes de desenrollar los jergones
rellenos de crujiente paja o de aromático heno y tenderlos en
el santo suelo para acostarse en ellos toda la familia, Acazio Tumbarrobles
gusta de contarles a sus hijos algunas de las tradicionales adivinanzas
oídas a su padre quien, a su vez, las había recibido de
su abuelo -y éste del suyo- en una transmisión oral de
incalculable valor y solícita ternura. Liberata la Fermosa, su
bella mujer, sonríe muy complacida e intenta ayudar a sus hijos
a descifrar los arduos enigmas con discretas señas, ante la aparente
disconformidad del pater domus:
Si péndole, péndole no cayera,
dórmili, dórmili se muriera. (CORREAS, Vocabulario)
Y tras dejarles pensar un largo rato, divertido ante el esfuerzo de
los chiquillos y sus peregrinas e imaginativas búsquedas y respuestas,
termina por darles la explicación: "Si la pera pendiente
no cayera, el hombre dormido se muriera", y les refería
la anécdota correspondiente: "Estaba un hombre durmiendo
debajo de un peral, e íbale a picar una víbora; cayó
al instante una pera madura y despertóle y evitó el daño
de la víbora."
O ésta otra, de la cual aún no les dijo la explicación:
Yendo yo para Villavieja
me crucé con siete viejas,
cada vieja llevaba siete sacos,
cada saco siete ovejas.
¿Cuántas viejas y ovejas
iban para Villavieja? (Adivinanza popular)
También les relata algunos de los cuentecillos más tradicionales
como aqueste: "Un loco, a quien había mordido un perro,
hallándole durmiendo, tomó un gran canto con las dos manos
y diole sobre la cabeza, diciendo: Quien tiene enemigos no ha de dormir
descuidado". Y les extrae la moraleja: Quien tiene enemigos, no
duerme. O bien, les pregunta como distraído: "Si en una
carrera mi galgo adelanta al segundo, ¿en qué puesto llega?"
O aquesta otra para que sigan devanándose la tierna chola: "Si
el enamorado es entendido, ahí va el nombre de la novia y el
color del vestido". Y hasta la Fermosa Liberata, risueña
y enamorada, hace como que también piensa al compás de
sus dos hijos:
- Danos una pista, Acazio.
El final del invierno puede resultar realmente duro, sobre todo si ya
se ha terminado la salada carne de cerdo -el cerdo que se había
engordado con tan fundadas esperanzas y se mató a finales del
otoño pasado- y no hay más que algún que otro huevo,
aceitunas, pan y queso para comer. E incluso hasta el pan puede resultar
escaso si la cosecha del año anterior fue mala y, entonces, es
posible que hasta el mismo Acazio Tumbarrobles y su familia tengan que
racionarlo para que les aguante hasta las próximas hornadas.
Cuando llega la primavera y empieza a hacer más calor, Acazio
se pone muy contento, pues ahora puede salir a los campos sin tener
que llevar tanta ropa y sin tener que cubrirse con una piel de cordero
para abrigarse. Además, hay más comida para el ganado,
porque la hierba está empezando a crecer y, en llegando abril,
también Acazio y su familia tendrán más comida,
ya que para entonces las vacas, las ovejas y hasta las cabras, pastando
libres por la dehesa boyal de Los Chiones, empezarán a engordar
y darán mucha más leche. Liberata podrá dedicarse
durante toda la primavera y parte del verano a hacer grandes cantidades
de mantequilla y queso para su familia. Luego los irá guardando,
cuidadosamente, en sitios seguros para que ni los ratones, ni otro peligro
ninguno, pueda estropearles tan exquisito y necesario manjar.
En cuanto desaparece el hielo y se seca la tierra, Acazio sigue con
el arado: vuelve a arar otra vez el campo donde va a cultivar avena
y cebada, y en marzo o abril, según lo temprano que llegue la
primavera, lo sembrará y enterrará la semilla tal como
hizo en el campo de trigo y centeno.
- Bueyes para arar y mulas para acarrear.
Es posible que también utilice algunas franjas de este campo
roturado para plantar garbanzos, como reiteradamente se lo viene sugiriendo
su mujer. Los inviernos son muy largos en la alta serranía abulense,
hay tiempo más que de sobra para desgranar las secas vainas de
los pajizos, redonditos, duros, nutritivos y saltarines garbanzos y,
además, es preciso abastecerse de suficientes legumbres.
- Hasta verlo en la era, llámalo hierba.
A lo largo del verano hay muchas cosas que hacer en los campos. En primer
lugar, está la cosecha del heno maduro. Acazio siega las hierbas
altas y tiernas que crecen en sus parcelas de sembradura junto al moro
río Almar, utilizando para ello una guadaña con la que
tiene que tener mucho cuidado, ya que la hoja está siempre muy
afilada. Una vez que ya ha cortado toda la hierba, entonces pide ayuda
a Liberata, su mujer, y a sus dos hijos: Eutimio -ya un hombrecito-,
y el pequeño Policarpo, cuya cabecita barrosa, de rojizos cabellos,
destaca como una pincelada de fuego vivo entre el verdor de los campos.
Primero de todo agrupan el heno en pequeños montones y, luego,
lo remueven con una horca, dándole la vuelta dos o tres veces
al día, para que la hierba se seque rápidamente al sol
y, así, se convierta en heno sin perder sus propiedades alimenticias.
Luego, cargan el heno en una carreta con una horca de dos dientes, y
la llevan a casa o la dejan en el campo formando un almiar que lo irán
utilizando a lo largo del invierno siguiente, a medida que el ganado
vaya necesitando el forraje. La carreta utilizada por estos vericuetos
de la serranía abulense es muy sencilla -en realidad no supone
más allá de un frágil y simple esqueleto de madera-
y lo bastante ligera como para que la arrastre un solo caballo, buey
o burro. Es más estrecha que la utilizada en los valles limítrofes,
pero con las redes bien orientadas aún hacen un cumplido viaje
de mies desde las rastrojeras hasta las eras. Las ruedas también
son de madera, y están sujetas con una clavija metálica.
Durante los meses de julio y agosto, viene la cosecha del cereal. En
los campos se trabaja desde muy antes que salga el sol y hasta después
de su puesta: Deja la cama al ser de día, y vivirás con
alegría. Liberata se lleva un pan, un puñado de negras
aceitunas o bellotas, castañas, -según quedasen del año
anterior- queso y vino tinto para comer frugalmente en el tajo, y aun
cenar allí mismo cuando hay, intentando engañar las hambres
que arañan los estómagos con insistencia, pues hay que
cosechar rápidamente el cereal y almacenarlo lo antes posible.
Acazio corta la avena y la cebada, el trigo y el centeno con una hoz,
que es una herramienta de acero de hoja curvada y con un mango corto
de dura madera. La hoja tiene dientes de sierra y, para utilizarla,
Acazio rodea con la mano izquierda, protegida con unos dediles, la mayor
cantidad de tallos posibles, entonces apoya el filo dentado de la curva
hoz que sostiene en la mano derecha contra los tallos y tira bruscamente
de la herramienta hacia sí de manera que los dientes de sierra
van cortando los tallos en pequeños manojos. Liberata va formando
montones que arriza con una cinta hecha de paja entretejida, formando
así una gavilla.
¡Ésta sí que es siega de vida!
¡Ésta sí que es siega de flor!
Hoy, segadores de España,
vení a ver a la Moraña
trigo blanco y sin argaña,
que de verlo es bendición.
¡Ésta sí que es siega de vida!
¡Ésta sí que es siega de flor!
Labradores de Castilla,
vení a ver a maravilla
trigo blanco y sin neguilla,
que de verlo es bendición.
¡Ésta sí que es siega de vida!
¡Ésta sí que es siega de flor!
(LOPE DE VEGA, El Vaquero de Moraña, II)
Una vez que están arrizadas todas las gavillas con el garrotillo,
Eutimio el Trepapinos y Policarpo el Zarzales las van recogiendo al
paso y las ponen de pie, apoyadas unas contra otras formando así
un tresnal, que se deja pino para que se seque con el sol y el viento
y termine así de madurar. Luego, una vez que ya está bien
seco y maduro el pan, se llevan las gavillas a la era y, si se llega
tardío a la cosecha y se les echa encima septiembre, algunas
también a la casa, donde se almacenan formando una niara que
se recubre con paja para que éstas no se mojen con la lluvia.
Más adelante, Acazio irá sacando poco a poco las prietas
gavillas de la picuda niara para irlas trillando a lo largo del invierno
siguiente, lo mismo que hizo en el anterior, si no le dio tiempo de
terminar en los llamados meses largos.
"Bien me paresce que será bueno antes que comencemos a segar,
aparejar la era, porque en segando se trayan las mieses y no se desperdicien
en el rastrojo. La era es el lugar onde las mieses se trillan y onde
las apartan de la paja; ésta ha de ser cuanto más pudiere
llegada a poblado, porque más veces la vea el Señor o
mayordomo y no hayan los sirvientes lugar de hurtar, y también
porque desde allí más aína lo encierren, y si algún
mal recaudo hay o peligro de fuego, o de bestias e de otros semejantes
accidentes más aína es visto y acorrido que estando lexos.
Cuanto al segar y hasta poner el pan en cobro, éste es un exercicio
en que se han de dar mucha prisa, porque aquí está el
gozar del más trabajo del año, y no menos peligro hay
en él que en la sementera, o de aguas o de otras semejantes cosas
que acaecen, y si se moja -que aún éste es el menor daño-,
el grano se pudre o toma mal olor, y aún es el pan no bien sano,
la paja hiede, no la quieren las bestias, y si la comen cáusales
muermos t otras enfermedades, así que conviene darse priessa".
(Gabriel ALONSO DE HERRERA, "Obra de Agricultura")
- ¿Y el Canto Gordo?
El Canto Gordo es un testigo impertérrito y firme, sufridor y
amigable, a través de los días más ardientes de
los tórridos veranos sudorosos, de las lentas, pacientes, indesmayables
y cansinas vueltas de los trillos lentos con sus pajizas y polvorientas
maderas, con sus pedernales afilados y cortadores de las resecas pajas
y maduras mieses sobre el amarillento dorado de las parvas extendidas
al sol como el verde lagarto quieto sobre la piedra: una y otra vez...,
una y otra vez..., una y otra vez..., y otra..., y otra..., y aún
otra más...: con los burros o los bueyes aguantadores y cabizbajos,
pasada tras pasada alrededor, sobre y a través de la oblea de
la parva, el incansable movimiento del tiovivo en la paja hasta convertirla
en hebras y granos de oro. Y las horcas tridentes atusándoles
los bordes a las mieses despeinadas con los rítmicos vaivenes
sudorosos de los brazos curtidos como cuero renegrío y las piernas
escocidas debajo de la pana; y el girar mareador de los trillos, monótono
y constante; y el hombre, que diestro dirige la yunta acompasada, de
pie sobre la tabla que corta, cual ágil barquichuela, los torsos
ondulantes de las olas doradas; y el baleo arañando las espaldas
de las eras en busca de los granos que juegan, aún niños,
a esconderse; y el gario que llega hasta lo alto de la hacina o los
peces de haces y alpacas; y el aguador hernandillo que regresa sudoroso
y tardío de llenar los botijos que rezuman frescores, o el hondo
cántaro panzudo y generoso, en la suave caricia descansadora
de los caños de la fuente -¡Hay que ver cuánto tarda
este jodío!-, repartiendo la fresquísima sonrisa calmadora
de sus aguas, para luego ocultarlos al cobijo de la sombra que esté
más oreada esperando pacientes aliviar los picores de las resecas
gargantas; y el polvillo que se agarra y que todo lo cubre, que te impregna
y aun se masca; y las moscas pegajosas y reiterativas; y el sol heridor
que nunca baja; y el amplio sombrero hecho de paja, cazador de las sombras,
de anchas alas; y la música amarilla, dulce y cantarina de los
ríos de grano de oro en cataratas, aventados, diligente, por
la pala de madera en vaivenes de esperanza; y el vientre nunca lleno
de los viejos celemines que nos miden y cubican la cosecha ya lograda;
y el bajar con la horca de los pesados haces que se apilan en montañas
que, al caer perezoso de la tarde interminable, parecen más anchas,
más doradas y más altas, preparando la parva de mañana...
- ¿Y no habrá un traguejo vino pa'l trillador asfixiao,
hernandillo?; que bueno está el vino cuando el vino es bueno;
pero si el agua es de una fuente cantarina y clara, como ésa
de ahí p'arriba mismamente, la de la fuente La Cigüeña...,
¡pos mejor sigue siendo el vino que el agua!
- ¿Y el Canto Gordo, decía usted que...?
- Aguantando a pie firme y sudoroso, sí, señor, con hombres
y mujeres y ancianos, ya sea con los chicos y los grandes, con las vacas
y los burros, con las mulas y los bueyes, las ásperas canseras
de las tan fatigosas como necesarias jornadas de la brega inacabable.
- Y el personal, de tanto darle vueltas a la parva sobre el trillo,
¿no se marea? ¿No rinden de cansancio sus sombreros pegajosos
y agotados?
- Pues, no; más bien creo que no, que a la noche -según
bien sabe y mejor recuerda nuestro Canto Gordo- aún les queda
energía sobrante a la gente más moza para seguir dando
vueltas por las eras, cual comadrejas, con la malévola intención
de maquillar -dulce, suavemente, casi con ternura- las caras ásperas
tan curtidas como incautas, de los cansados y poco alertas ganapanes,
con la grasa negruzca, betunera y reluciente de los cubos de los carros;
y aún de correr a los cansados burros como ánimas en pena,
de forma desbandada e imprevisible, como locos centauros de la noche.
Todo ello, naturalmente, con premeditación, nocturnidad, silencio,
alevosía y una blanca sonrisa lobuna desenvainada entre los jóvenes
dientes.
- Es que en los pueblos de la sierra siempre fuimos mu lanzaos y, sobre
todo, muy nuestros y originales para las juergas y diversiones.
"Me gustan los labradores,
sobre todo en el verano,
por la sal que ellos derraman
cuando bieldean el grano". (Canción popular)
Las noches templadas de julio, Eutimio le pide a su padre que le deje
dormir en la era, tumbado en una cobija protectora junto a los haces.
Acazio se lo permite, que así se va curtiendo el rapaz, pero
le advierte:
- Atiende, hijo: dormir y a la vez guardar la era, no hay manera. Y
el tío "Yasehará" fue un tío muy guasón
pero que nunca hizo na.
Eutimio Trepapinos tiene la inmensa suerte de asistir a diario a la
mejor escuela de las posibles: su padre vive y le deja mirar.
"... en el rústico estudio
adonde rejas y trillos,
palas, azadas y bieldos
son nuestros mejores libros..." (Calderón de la Barca)
Algunas mañanas, apenas el alba dibuja claridades, Anthón
Ronzales y el viejo Pero Garçés, ya dispuestos para la
diaria tarea, se acercan hasta la era de Acazio quien, al verles venir,
y adivinando a qué, saca de entre los haces su pequeña
damajuana que tantos ánimos presta y tantos fríos alejó:
- Acazio, ¿echamos la parva antes de la trilla?
- Cortad un poco de pan, arrimadle un torrezno y echemos esa parva.
Y se toman prudentes, que nunca abusaron, cierto es, un sorbito bien
cumplido del recio, campesino y espabilador aguardiente, fermento secreto
de las montaraces hierbas, empapando, borracho, el oscuro pan de centeno.
-¿Y Anthón el Ronzales y Pero Garçés el
Revientacabras?
¿Que a qué le invitan ellos a Acazio, ambos a su vez,
se refiere vuestra merced? Ni a la pareja de ambos ganapanes, ni a sus
consortes -todos ellos humildes, necesitados y misérrimos siervos
de la gleba- les sobra de nada que no sean trabajos reventadores, pesadumbres
y miserias. Como bien le comentan al mismo Acazio en un rasgo de rural
humor campesino tan negro como sus brillantes y usadas boinas:
- Acazio, no creas que te somos cicateros en convidar, no; es que así,
aquí, ahora mismo y como al alcance de la mano... pero, en cuantito
lleguen los fríos hielos de diciembre, te invitaremos un día
entero a tomar el sol, oye, que aún es gratis su calentura para
los pobres; y, cuando tornemos a los sofocos y sudores de julio, a gozar
de todo el fresco que aguantes, que no cuesta nada y lo reparten de
balde.
Y Acazio, como para corresponderles a tan generosas invitaciones, les
regala con otra ronda de cazalla, y así echan amistosos parva
nueva. (Nota: Catorze leguas distante de Sevilla está la villa
de Cazalla, situada en Sierra Morena. Su origen, comentan, fue del rey
D. Pedro de Castilla, año de 1360, que andando a caça
en este parque le dixeron sus monteros avía cerca una grande
fiera, a que respondió: "Pues cazalla")
El Ronzales y el Revientacabras, de vuelta a la dura faena de la era,
mirando socarrones y de refilón las posibles reacciones de su
paisano el fiel Tumbarrobles, mientras aventan la mies trillada el día
anterior o criban con la zaranda, entonan agradecidos, vitalistas y
contentos:
"Diga usted lo que se debe,
pa ponerlo en el diario;
porque el beber es preciso,
y el pagar no es necesario". (Romancero popular)
Las eras están presididas por la llamada Cruz del Yerro. La
Cruz de los que han sido juzgados como equivocados durante y, sobre
todo, al final de sus días, y sentenciados a no poder ocupar
campo santo. Cruz amparadora de todos los hombres y mujeres que yacen
a sus pies cubiertos por la tierra igualitaria y compasiva. Equivocaciones
insondables del enigmático espíritu humano... Acazio recuerda
el suceso de la juglaresa Colasa la Cabriolas. Era un chiquillo de no
más de seis años cuando la vio actuar en las eras del
Exido: castaña, pecosilla, de unos dieciocho años, delgada,
menudita, ágil contorsionista, el cabello recogido sobre la nuca
en breve moño, graciosa en sus canciones, muecas, brincos y gestos
y, evidentemente, preñada. En una de sus vivas volteretas, al
tomar tierra, se le dobló malamente el tobillo, gritó
como un animal malherido, rompió las aguas del parto aún
no esperado, y esa misma noche murió entre horribles lamentos
y ayes. Fue en tiempos de don Firmo, el párroco tan duro como
el pedernal y frío e inmisericorde como un código de leyes
-aunque sea canónico- cumplido a rajatabla. La Iglesia de la
época prohibía tajante que a las cómicas -y literalmente
a las juglaresas- se las enterrase en sagrado, y el sacerdote se negó
en redondo a sepultarla en el sacro cementerio... Y, durante las interminables
y misteriosas noches de ánimas, cuando tañen a duelo las
campanas de la espadaña de la iglesia, cuentan en un tembloroso
susurro las medrosas gentes del lugar que, antes de morir, mirándole
fijamente con helados ojos de fuego al cura inflexible e inhumano, le
dijo la juglaresa: "En esta vida, padre, todo se paga". Y
no se había cumplido aún el año cuando, viniendo
de Balbaharda, don Firmo se cayó de la burra y se desnucó
en el canto llamado de Quebrantaollas...
Don Jaime, en las Cortes de Tarragona preceptúa: "Establecemos
que ningún juglar, ni juglaresa, ni soldadera, se sienten a la
mesa con su señor o con un caballero, ni coman con ellos... Enterraron
a Colasa la Cabriolas en el lugar de los suicidas y equivocados, allí,
a los pies de la Cruz del Yerro, a dos pasos de donde ahora están
trillando. Ni siquiera tuvo derecho a ser enterrada en el carnero, es
decir, la hoya y sepultura común donde echan en los cimenterios
de las iglessias los cuerpos de los difuntos que no tienen sepultura
propia.
Eutimio, el Trepapinos, durante las reiterativas vueltas del pesado
trillo cortador sobre el manso oleaje de la parva, como un furtivo que
huyera de la justicia y merinos con la robada gallina bajo el capote,
no puede evitar el mirar de reojillo la metálica Cruz negra que
domina majestuosa la minúscula capillita alzada sobre pilares
a sus pies de dura piedra y cubierta con techo de teja, dentro de la
cual, y en su justo medio, se eleva otra cruz con la imagen de Christo,
Ntro. Señor Redentor, puesto en ella, y a la que llaman El Humilladero:
Y díxose assí por la devoción que tienen todos
los fieles de humillarse passando por delante deste devoto lugar, que
comúnmente está en las entradas o salidas de los lugares
al camino real o trillado.
- El rollo era mucho rollo e imponía lo suyo; sí, señor.
Acazio Tumbarrobles, que sabe de los recelos del muchacho, mientras
arregla los desajustes de la parva con el horcón de largos dientes,
y para mejor distraer al chiquillo de su idea, inicia el tarareo de
una vieja coplilla que a Eutimio, desde que apenas si de mocoso se tenía
en pie, siempre le hizo mucha gracia. Pronto cantan los dos a pleno
pulmón y, a no tardar, todas las eras les acompañan al
unísono en un coro desahogador de tantos miedos, recelos, pesares
y abatimientos como atenazan la humana condición de los siervos
de la gleba en un intento por sentirse personas no oprimidas, libres
y distraer un momento sus espíritus marchitos y ajados ante tanta
miseria y rencores acumulados; primero uno, detrás otro, y luego
en un flujo lírico, los trilladores fueron uniendo sus voces
a las de Acazio y su hijo como arroyos incontenibles que corren presurosos
a engrosar un río:
"Cada cual quiere a su igual,
la burra quiere al borrico;
y por eso trillan mal
un buey grande y otro chico".
- Sí, padre; pero su merced me tiene dicho que asna con pollino
no va derecha al molino... Padre, ¿es verdad que al que muerde
la salamanquesa al tercer día yace en la huesa?
- Sigue cantando, Eutimio, hijo mío; sigue así cantando,
porque quien canta, ¡velaíla!, que me decía tu abuelo
Remigio el Mimbreras, porque quien canta sus males espanta.
- Y que los animales parecen trillar más alegres y acompasados,
padre; y eso que aún no se tomaron la cazalla...
- Ni se la tomarán; y tú, tampoco.
Y cantaban a coro las eras, al compás de las recias labores,
las irónicas canciones de siempre, aquellas coplas de burla oídas
a sus padres y éstos aprendidas de sus abuelos: las socarronas
perogrulladas.
Si lloviere habrá lodos,
y será cosa de ver
que nadie podrá correr
sin echar atrás los codos.
El que tuviere, tendrá;
será el casado, marido;
y el perdido, más perdido,
quien menos guarda y más da.
Las mujeres parirán
si se empreñan y parieren,
y los hijos que nacieren
de cuyos fueren, serán.
Polvo, sudor y trillo a pleno sol en jornada inacabable; y el viento
solano como el aliento del infierno. Sobre las espaldas del siervo de
la gleba no se posará, tampoco este día, la sombra aliviadora
de la misericordia:
Agosto:
al reloj impasible de la iglesia
le taladra la aguja hecha piedra de su torre
la hoguera incandescente de las cinco de la tarde.
El sol se entretiene en tostarle los cueros
al pueblo indefenso, rugoso y aplastado,
que soporta la lluvia de asfixia, rojiza y espesa,
que supuran los cielos calcinados.
El aire, cansino, está quieto,
escondido en las hojas que sudan la siesta
en el árbol dormido del huerto.
Las calles restallan con luz cegadora
que hiere los ojos;
la dura chicharra, royendo tozuda la paz de la siesta con ácidos
dientes de sierra,
chirría en las eras sus ásperos cantos
que raspan con lija la piel de la tarde,
y un perro canijo, con asma de viejo,
-tumbado a la sombra caliente que ofrece la barda-
parece estar muerto.
El ascua del sol sigue ardiente quemando los cielos
y, en la tarde sedienta de agosto,
ahíto de incendios y ahogos de estero,
bosteza, rendido, sofocos de asfixia el infierno.
El ave que cruza
jadea en fatigas de corcho su vuelo;
frenéticos bailan sus valses, de polvo que ciega,
resecos tornillos de viento revuelto,
colgando del aire candente de soles
cortinas rojizas de bucles de fuego.
En la piedra cocida, que abrasa los suelos,
el lagarto está inmóvil, tostado y despierto,
y las moscas de luto,
coritas de sueño,
se aman con todo el descaro del mundo,
gozando el silencio dormido del pueblo...
En la tarde desnuda de agosto
el sol nos derrite su plomo fundido clavado en los cielos.
Lo que más detesta Acazio es que cada año, tanto en la
recogida del heno como en la cosecha de cereal, toda la familia, a excepción
de Liberata, tiene que dejar sus campos para ir a ayudar durante dos
o tres días al Señor, don Nuño de Guzmán,
en los suyos. Ya es bastante malo tener que trabajar por obligación
para el Señor feudal como si fueras un siervo cualquiera, pero
si encima tienes que hacerlo justo cuando más ocupado estás
en tus propios campos, entonces es peor, sobre todo si ese año
hace mal tiempo, porque el Señor de La Puente del Congosto y
Cespedosa tiene derecho a elegir los días en que quiere que vayas,
no le agrada el esperar y hay veces que si el verano es lluvioso elige
los tres únicos días buenos de toda la temporada, por
lo que la gente de la aldea de los Graxos tiene que ayudarle a recoger
sus cosechas mientras las de ellos se echan a perder por la lluvia.
- ¡Más barato estaría el pan si no lo comiera tanto
holgazán!
- Mucho más: ¡casi regalao!
Una vez ya recogidas todas las cosechas y encerradas en las trojes respectivas,
o apilado el heno y la paja en los picudos amiales, el ganado de todos
los vecinos y comunal pasta sobre los campos de labor hasta la época
de la nueva siembra, originando un sistema de libre pastizal llamado
"derrota de las mieses" que impide de esta forma el cercado
de los campos. Así, las tierras que han sido ocupadas en cultivos
constituyen "campos abiertos" que se consideran, una vez recogido
el fruto, de uso colectivo y de bien común.
Los animales son básicos para el laboreo del campesino medieval.
La agricultura está estrechamente asociada con la ganadería
y ésta proporciona al agricultor alimentación cárnica,
productos lácteos, cuero y lana, además de la fuerza de
tracción y el estiércol para la regeneración del
suelo agrícola. Animal imprescindible para el laboreo agrícola,
aunque muy escaso, es el buey. Por lo que respecta a las cotizaciones
del ganado en el mercado, las cifras más altas corresponden a
los caballos y a los mulos. El ganado mular consigue precios que varían
entre los treinta y los cien sueldos, mientras que el caballar oscila
según se trate de las yeguas, potros o caballos. Los dos primeros
suelen cotizarse en los mercados entre cuatro y veinte sueldos y los
caballos entre cuarenta y cincuenta. (El sueldo es una moneda de distinto
valor según los tiempos y países; en general, equivale
a la vigésima parte de la libra respectiva. El sueldo bueno burgalés
vale 12 dineros de a 4 meajas, es decir, unos 23 céntimos de
peseta. En la baja Edad Media el trabajador no especializado recibe
una moneda, una sóla, por su trabajo diario, de modo que la palabra
sueldo se convierte en sinónimo de salario. Para mejor hacernos
una idea al respecto, diremos que una libra de pan de 400 gr, por ejemplo,
cuesta la sexta parte de aquel sueldo; lo mismo que vale un litro de
vino, o una libra de carne de cerdo. Una buena capa de lana puede llegar
a costar hasta 15 sueldos) El elevado precio de las especies mular y
caballar nos muestra la enorme importancia que tienen para esta sociedad
ya que son indispensables para el transporte y la guerra. El ganado
vacuno oscila entre los 4 y los 12 sueldos. En Castilla y Portugal el
precio más corriente es de 10 sueldos, siendo más barato
en Galicia, Asturias y León. En este último reino, los
bueyes suelen costar de 4 a 6 sueldos.
- Un dineral; y al alcance de casi nadie que fuera honrado, oiga usted.
- Ya entiendo la letra, ya: que las canciones, desde que Dios amaneció
por vez primera, siempre las han escrito y bailado los mismos...
- ¿Y los pobres?
- Los pobres..., ¡a dar palmas!
Acazio es un campesino muy afortunado con la pareja de recios bueyes
que posee en su cuadra (uno albo y otro berrendo), y es envidiado por
todos sus convecinos. Cuando pueda, y si la ocasión se le presenta
propicia, es probable que se anime y quizás, en alguna feria,
los cambie por dos mulas: son más ágiles aunque de menos
confianza. Los precios de los bueyes, según las épocas
de este siglo, oscilan entre los 100 y los 150 maravedíes. Los
asnos se utilizan para los desplazamientos y transportes y, en especial,
en el transporte de los granos y productos agrícolas. Los carros,
con tracción animal en todos ellos, se utilizan fundamentalmente
para realizar el largo desplazamiento hasta el castillo-palacio del
Señor don Nuño de Guzmán, ya fuere hasta el de
Cespedosa o al de La Puente del Congosto y, de forma prioritaria, para
acercarse hasta la ciudad de Ávila en los alborotadores días
del bullicioso mercado semanal o las alegres ferias. A poder elegir
el día del viaje, era preferible hacerlo en fechas propicias,
como aquellas en que no se celebrase en la ciudad -en el adereçado
coço de Santo Biçente- ninguno de los tan celebrados y
vistosos torneos caballerescos, porque entonces se encarecen notablemente
los productos. Los nobles jinetes pueden alardear ante sus displicentes
damas, realizar aplaudidas corcovas con sus caballos árabes y
rendirles las cintas de enamoradas prendidas en las puntas de sus lanzas
ganadoras, pero el industrioso mercader -que no vive de las hazañas
ajenas como los bardos o trovadores- tiene que pagar hasta 5 sueldos
más suplementarios por vender en el mercado un día de
torneo y, naturalmente, dicha cantidad se refleja, y con creces, en
la subida inmediata -redondeo al alza- de todas y cada una de las mercancías
puestas ese día a la venta.
En Castilla predomina el denominado "arado-cama", tan útil
para labrar grandes extensiones de tierra y que es una variedad del
"arado de cama curva". En nuestra aldea del lugar de los Graxos,
el instrumento agrícola por excelencia sigue siendo: "un
yugo et melendas et coyundas" (el viejo arado romano que tan buenos
servicios de siempre nos ha prestado); "un arado et rreja de fierro
labrado... et trillos" (como de los mejores ya destacaban los segovianos
de Cantalejo) La ciudad de Ávila, por entonces, "señoreaba
los graneros, las eras y los mercados de toda Castilla". Se inicia
la progresiva sustitución del buey, como sempiterno animal de
tracción hasta entonces, por la mula, mucho más rápida
en el trabajo.
- Mire usted, miçer Escribano, y anótelo bien clarito
de pluma para que la pequeña historia de la áspera vida
bajomedieval, en nuestra aldehuela de los Graxos, nos haga una meaja
de la estricta justicia que las mugeres harto açaz y bien nos
meresçemos: Cuando nuestros hombres como el Thomé Núñez,
el Venado; Leocricio, el Patacomba; Ciriaco el Zurrapas; Guiberto el
Trancatiesa; Argimiro, el Vinoalegre; Carpazio, el Gurriato; Epifanio,
el Çenteno... y a cuantos les tocase por vecera, es un poner,
se tienen que ir con las ovejas a los extremos del Duero -a la Extremadura-,
o a la arriería, a transportar la lana merina de las ovejas a
los remotos mares del norte por mandato de nuestro dueño y Señor,
don Nuño de Guzmán, y a tierras tan distantes y lejanas
de este nuestro olvidado lugar como para enfriársenos en los
jergones y lechos las coberteras más templadas, las mujeres respectivas
nos quedamos a realizar las faenas del campo y de la casa, todo junto
a la vez, y al trote de los hijos. Las mujeres del lugar de los Graxos
lo somos de monte y ribera, miçer Escribano, es decir, que servimos
para todo. Decimos palabrotas capaces de descortezar un roble, vamos
desgreñadas y olemos a estiércol, pero apenas si ya alcanzamos
al cerrojo de la puerta de madera de los establos, cuando aprendemos
a cubrir los tejados de paja, cortar el heno y riciarlo, segar el trigo
y agavillarlo, tratar las reses y el ordeño y qué hacer
si una vaca tiene un cólico o una cerda va a parir... en pocas
palabras, todo lo que realmente necesitamos saber.
- Hete aquí la relación, amigo lector, de aquellas mujeres
que -en tanto duraba el trayecto de ida de la lana hasta los puertos
del norte, y la vuelta de la sal hasta los palacios del Señor
de Guzmán-, se quedaban en el pueblo a la luna de Valencia y
marchitas de rocíos sus senaras abandonadas:
. Petronila, la Perica.
. Legundia, la Trampera.
. Palmira, la Baleítos.
. Higinia, la Ropavieja.
. Constanza, la Cosquillas.
. Crispina Hernández, la Bocatriste.
. Basilia, la Combá; y alguna que otra más según
la vecera...
- ¿Y el padre Hunuldo que por aquel entonces lucía joven,
dicharachero y tan animoso, inocente y sin barriga entorpecedora?
- Tan pobre andaba, velaila, que por no tener ni hisopo tenía...
- ¿Ni Basthián el Roçín, -sordomudo y, por
tanto, bien dotado por natura y por ella más discreto- no les
servía como alivio para un "asomotraspón"?
- ¡Quiá, no señor, no!; al chavalón del Basthián
tan sólo le interesan los animales: a las mujeres -moças,
casadas o viudas-, ni las mira con el deseo, ¡velaila!, ni, llegada
la primavera hace amagos de ir por ellas, ni en las eras o pajares muestra
interés ninguno por las cabalgaçones. Pero ha nacido con
un don especial. Por el pueblo se murmura que habla con los caballos,
y que éstos le entienden. También se comenta que, de semejante
gracia, ya tiene noticia nuestro Señor, don Nuño de Guzmán,
y que, a no tardar ya mucho tiempo, se lo llevará con él
como moço novicio de condestable cuadra a sus cuidadas caballerizas
de Cespedosa o de La Puente del Congosto. Como a su padre, el tío
Forthunato Girasoles, que también le prestaban atención
los caballos y que de joven anduvo en las guerras con don Luis de Guzmán
rechazando las aceifas moras, porque era hombre de su pan...
- Que empiece por almohazar los caballos; luego... ¡ya veremos!
La base de la riqueza ganadera castellana, como tantas veces se ha hecho
notar y aquí repetimos, es la inmejorable lana de la oveja merina,
de excelente calidad. Dotada de un vellón corto y crespo, es
muy distinta a la rojiza churra ibera, o a la oveja hispano-romana de
lana más larga y suave. Su origen resulta muy discutido, pero
los estudiosos lo sitúan en el norte de África, cuna de
la tribu de los Beni-Merines, quienes en el año 1146, período
almohade, pudieron traerla hasta la Península. Era habitual que
el ganado español se mejorase con la introducción de carneros
africanos y, a partir del siglo XIII, con el estudio de los modos de
trabajo de los pastores bereberes. Estas excelentes ovejas merinas pronto
demostraron estar dotadas de una gran resistencia para caminar centenares
de kilómetros y, por consiguiente, aptas como las mejores para
realizar la necesaria trashumancia.
Rápidamente se imponen las excepcionales cualidades de los tejidos
efectuados con su lana. Los nobles feudales, como el Señor de
Cespedosa y La Puente del Congosto, don Nuño de Guzmán,
que también lo es de nuestro pequeño lugarejo de los Graxos,
como tantas veces ya les hemos reiterado a sus mercedes, desarrollan
prodigiosamente la cabaña de estas ovejas y, hacia el año
1310, existe ya una cabaña peninsular de hasta millón
y medio de cabezas que va en aumento progresivo, sobre todo cuando la
fatídica Peste Negra facilita su desarrollo a causa de los extensos
barbechos que dejan abandonados y libres los agricultores que han muerto
durante las letales y devastadoras epidemias, tras las cuales los debilitados
campesinos no pueden reaccionar ante un expolio tan agresivo, porque
los intereses de la nobleza, acumulados en el comercio de la lana hacia
los países europeos por los puertos cántabros, son de
una tal magnitud que le es imposible a la agricultura volver al lugar
que antes de 1348-1352 había ocupado.
Se dice que la trashumancia es tan antigua como la oveja, pues ya
en las leyes visigodas hay referencias a rebaños itinerantes
inducidos a cambiar de pastos por los diferentes climas peninsulares.
La progresiva instalación de los cristianos en la Meseta meridional
permite una nueva regulación, más actualizada a los nuevos
tiempos, de la secular trashumancia. En líneas generales hay
dos grandes etapas, la veraniega y la invernal. En el verano los ganados
se encaminan hacia los pastizales de ambas vertientes del Sistema Central,
más a las zonas nortizas de La Serrota o la sierra de Los Baldíos,
en el caso de los rebaños abulenses. Son más frescas sus
laderas, y en el siglo XIV que estamos observando, a los dichos pastizales
se les denominan agostaderos. En el invierno, sin embargo, el ganado
se dirige, a tenor por supuesto de las diversas circunstancias militares
de la conquista, a los invernaderos situados junto a las cuencas meridionales
más templadas del río Guadiana y la actual Extremadura.
A mediados de septiembre, empiezan los trabajos preparatorios de la
marcha en todo el territorio que ocupa el Señorío de Cespedosa
y La Puente del Congosto. Las ovejas se señalan con las diferentes
marcas según sus propietarios, utilizando el almagre que es una
pintura que se hace con arcilla roja (contenía óxido de
hierro) o también se las señala con marcas a fuego o con
tajos en las orejas. Cada cabaña, dividida en rebaños
de 1.000 cabezas, se encuentra al mando de un mayoral-jefe. Éste
es un gestor que recibe del dueño el encargo de administrar la
cebada, por lo que dependen de él tanto los siervos de la gleba
como los distintos animales, y entre cuyas tareas está el arrendamiento
de los nuevos pastos, el apalabramiento del esquileo, la intendencia
y la ropería. Los pastores reciben distintos nombres según
sean las regiones y la jerarquía laboral, tales como rabadán,
ayudador, sobrado, compañero y zagal. También ahora nos
encontramos en torno a los rebaños de ovejas con una serie de
profesiones complementarias como esquiladores, lavadores, trajineros,
regatones, fabricantes y recaudadores. Si los rebaños son más
pequeños, entonces se denominan hatos, manadas o pastorías.
A cada rebaño se le suman unos 50 moruecos (carneros), y 25 encencerrados.
- Y así, a la vuelta, no faltarán corderos..., ¡ni
alguno a la caldereta!
No se puede iniciar el viaje si el rebaño tiene menos de 1.000
cabezas; y está vigilado por 5 rabadanes (pastores ayudantes
del mayoral), 5 zagales y, además, cinco mastines. El mastín
es un animal especialmente cuidado, se le asigna igual cantidad de comida
que a los mismos pastores, y todo daño inferido a un mastín
se castiga con dureza (la pena es de cinco ovejas) Los perros mastines
extraviados deben ser conducidos a la Mesta. Acémilas de carga
portan los avíos, el hato (las redes largas que sirven para encerrar
en redil a las ovejas cada noche), las botas de cuero, los útiles
de cocina, alimentos para los pastores y perros, la sal para el ganado,
las pieles de las ovejas muertas...
Los rebaños se ponen en marcha a través de las cañadas,
que tienen una anchura de no menos de 90 varas castellanas (una vara
igual a 83 cm), o sea, alrededor de unos 75 m; tamaño que es
agrandado aún más por los ávidos ganaderos a su
paso, cambiando los mojones indicativos, dando así lugar a enormes
reyertas entre los agricultores afectados y los dueños de los
rebaños. En los terrenos comunales, los rebaños trashumantes
deben pacer de paso, sin detenerse. Los pastores no pueden irrumpir
en ninguna de las cinco partes vedadas: panes, viñas, huertos,
dehesas boyales y prados de guadaña. La velocidad de marcha varía
entre los 30 Km. por día cuando van por terrenos acotados, y
10 Km. diarios cuando discurren por campo abierto. Cuando los Concejos
sitos al norte del Duero envían su ganado hacia el sur -a la
otra tierra extremeña- deciden que los acompañe una guardia
armada, denominada esculca o rafala, e integrada sólo por los
caballeros villanos. Al emprenderse la marcha hacia unos pastos tan
lejanos, los moruecos abren el camino. Les siguen las ovejas parideras,
como deferencia a su estado. Moruecos, parideras y mansos, o encencerrados,
no pueden confiscarse en caso de multa. Algunos animales se venden en
el transcurso del recorrido, y se les llama merchaniegos. A veces, los
pastores adquieren también algunas ovejas estantes (aquellas
que están en su lugar de origen) para venderlas en ruta. Este
ganado se llama chamorro y es apreciado por su carne fina, si bien la
lana es más basta.
De nuestro lugar de los Graxos, bajan todos los años a las tierras
de la Extremadura, con los rebaños de ovejas merinas del Señor
de Guzmán, tío Argimiro el Vinoalegre, quien con un sólo
traguillo de tintorro de la bota bien preñá ya está
cantando por los cordeles y las cañadas; tío Baldomero
el Cañahueca, porque con la cebada aún verde y en hierba
hace zampoñas o flautas como nadie; tío Carpazio el Gurriato,
con pelusilla en la cabeza como la cría del asustadizo gorrión
en el nido; tío Epifanio el Çenteno, Eustaquio el Malasyerbas;
tío Restituto el Zorreras, que no hay árbol, hueco en
pared o escondrijo en surco capaces de ocultarle a sus ojos un nido;
Ruperto, el tío Calvalisa... Era llegada la gran época
obligada de los ayunos impuestos y carnales abstinencias de los maridos
para sus respectivas mujeres, a saber: Candelitas la Mejorana, Blasa
la Sayalisa, tía Cristheta la Culopera, Crispina la Bocatriste,
Thadea la Renca, Aparizia la Malastripas y María la Aleluyas.
Cada una se resigna con la fría soledad de su choza y jergón,
o bien se procura los alivios y remedios más oportunos para salir
del paso con mutuos beneficios, como mejor se pueda, o desesperadamente
le de a entender la necesidad de refrenar la calentura:
- La que sanjuanea marcea y, si se descuida, abrilea.
Durante los veranos se suelen quedar con el ganado en La Serrota, y
en los inviernos bajan a Extremadura. La estancia en las distantes dehesas
extremeñas dura, normalmente, desde noviembre hasta mediado mayo
en que se desfazían las cabañas estantes en las dehesas.
Y el camino... ¡Pues andando hasta Navalmoral de la Mata!: por
Muñana, el Puerto de Menga Muñoz, Los Bahos, las Cuevas
del Valle, portazgo de Derramacastañas, Arenas, Los Bodegones
ya por Toledo, el venturro El Salvador, Navalmoral, cruzando el río
Tajo por el puente de Almaraz... y en Jaraicejo la diversión
de los ramales según las dehesas que se hayan contratado... La
contenta es la propina que el caporal de los rebaños les da a
los guardas de las fincas donde pernocta el ganado por hacer la vista
gorda: casi siempre es unos litros de leche; las más de las veces
con estercolarlas ya se cumple. Y como les llueva el primer día
de camino... con la manta mojada, que pesa más que alguno de
ellos, hasta la misma dehesa de destino. Allí, pastorean todo
el día las ovejas y, a la caída del sol, regresan al chozo.
El chozo es redondo, y está hecho de paja, suelo apisonado, con
sus cuatro palos de sostén y con forma de pera, como los amiales
de heno. Se preparan las camas dentro y suelen ser tres; las montan
sobre fuertes palos, unas resistentes taramas bien puestas y, sobre
ellas, una vez trabado el armazón de la cama o cuja, paja seca
o buenas retamas para que estén más muelles y seguras.
Tienen dentro la cantarera de madera con sus dos cavidades para los
cántaros... y poco más, pero que muy poquito más,
no se vayan a creer sus mercedes.
-¿Con cuántas ovejas bajaban a la Extremadura, tío
Cañahueca?
- Con unas mil quinientas. Éramos seis o siete los pastores,
con ocho o diez yeguas y dos o tres burros como animales de carga...
En algunas de las bajadas te calabas ya el primer día -por Muñana,
o por Menga- y llegabas hasta Trujillo con la manta aún mojá...
y de rodeo por las noches si había dos o tres rebaños
para que no se juntaran... y muchas otras cosas y penalidades. Se calculaba
de a diez a doce días los viajes más cortos, de toas maneras...
Allí estábamos de quietos en la dehesa, y sin mugeres
nin moças ningunas para que bien nos ayudaran o, por lo menos,
hicieran algo de compaña: el uno que si barría, el otro
que si fregaba el caldero, el otro que se encargaba de las comidas,
y así nos íbamos arreglando..., ¡a ver!
Si en alguno de los pueblos cercanos había baile, quizás
te pudieras acercar un ratejo a echar una pieza con las moças
de los lugares... Las mujeres extremeñas de siempre fueron muy
guapas, generosas, alegres y bien dispuestas... ¡pero acertábamos
con la ocasión mu pocas veces! Los serranos abulenses sí
que teníamos cierta fama de buenos bailarines, y asina casi nunca
te volvías al hato de vacío. Cuando terminaba la pieza
del baile, el moço le decía a la moça: "¡Que
su merced descanse!"; y ansí pues tenías el camino
casi llano pa otra vuelta.
Algunos años buenos, de aquellos que les gustaban hasta al Señor
y su administrador, esquilábamos las ovejas allí y todo,
y las teníamos hasta el día de San Pedro... pero como
a la vuelta y ya de regreso las diese así el gripazo... ¡y
que a las joías las dio en el camino!
- Y qué hicieron tío Baldomero, ¿enterrarlas?
- No, no; si no se morían, bobo. La gripe era en las pezuñas
que se las ponían en carne viva; y en la boca, que se las hacían
unas ampollas y así no podían comer y... ¡a ver
qué haces! Un mal que las entraba y... Y las dábamos salmuera
para las ampollas, y teníamos que meterlas el masón en
la boca porque no podían los animales con tanta calentura. Que
no sé cómo alguna vez no se nos llevaron los dedos por
delante porque teníamos que meterlas el masón, así,
ya te digo, qué sé yo hasta dónde, y si no, no
lo tragaban. Eran unas bolas de harina mojá con agua, que se
las metíamos asina por la boca, ¡y pa dentro! Una gran
calamidad, sí... Por los caminos se pasaba muy mal... Luego allí,
de fijo, ya menos... Te hacías amigo de los linderos, y si los
chozos estaban cerca unos de otros pues te juntabas por las noches y
charlabas de las cosas del día. El año que venía
con mucha hierba, cargao y así como manso, ¡hasta a la
calva jugaba la gente! Tenías que tener buenos perros, son sus
carlancas, sobretodo por el peligro de los lobos; y más en la
Extremadura que por el camino... Hombre, también al pasar la
sierra de Menga tenías que tener mucho cuidiao... Menudos perros
teníamos que tener, y con los hierros carlanqueros bien puestos
al cuello... Muy mala vida, mire su merced miçer Escribano, y
más por los caminos, sí. Y qué de cuidiao teníamos
que tener al cruzar por según y qué pueblos, porque si
podían, pues te robaban una o dos ovejas, y hasta el hato entero.
Cuando llegábamos a la dehesa, o al mercado de la capital, contábamos
el ganado y... ¡coño!, ¡si falta un cordero, o falta
esto otro!... Hasta que ya, como íbamos haciendo amigos por todas
partes, pues nos dijeron, dicen:
- ¡Tened ojo cuando paséis por las calles de tales y tales
pueblos!
Cuando ibas por una calle alante, al revolver una esquina, como no podías,
asina, vigilar todo el ganao, pues que te quitaban alguna cabeza. Abrían
la puerta, las agarraban bien agarrás por las patas traseras,
te las metían presto pa los dentros, y... ¡hasta ahora,
amigo! Cuando íbamos a la Extremadura, también nos pasaba
algo parecido en Las Cuevas. Por ahí faltaron muchas ovejas.
Y por el lugar que nombran Navaconcejo, también.
En las comidas se variaba más bien poco, o casi nada: por la
mañana las migas secas, o las sopejas canas (echábamos
una pella de sebo en un calderillo de hierro, así a la lumbre
baja, hasta que se derretía. Dejábamos entonces requemar
un cachejo de pan para quitarle al sebo el sabor a crudo; entonces volcábamos
las migas, ya cortadas de un pan de hogaza posao, y las íbamos
volteando pacientes y de continuo con la hataca. Retirábamos
el caldero del fuego, hacíamos un hoyo en el centro, vertíamos
la leche recién ordeñada y, en la misma sartén,
cada uno con nuestra cuchara de madera, a llenarnos la panza con viaje
al centro y paso atrás. Y, en amaneciendo Dios, que esta es la
costumbre, las tomábamos como desayuno. De éstas migas
cuentan que se comía una hogaza completa el "Tío
Tragapanes", manigero en una de aquellas dehesas cercanas al lugar
de Trujillo; a mediodía na más que un cacho pan... ¡y
fuera!; y, por las noches, hacíamos la comida más fuerte
con algún torrendillo que otro. Raras veces -pero que muy raras
veces, miçer Escribano- se podía preparar una buena caldereta
de cordero... ¡y mira que los teníamos a mano!; pero...
(La hogaza, conoce su merced, es un pan asina de grande, y que pesa
más de dos libras de toas maneras. Pues el "Tío Tragapanes",
y más si la puede arrempujar con unos torreznillos mojaos con
vino tinto, se la zampa hecha migas como un rey: sin hacer parada, ni
invitar a naide pa que le vea comer. Rufo, creo que se llama aquel hombre)
Por la semana más grande, que llamamos Santa, nos regalábamos
con las fruslerías llamadas "Tripas de fraile", y que
nos tenía bien enseñás pa su preparación
deleitosa tía Lobita, la Cachicuerna, una mujeruca que vivía
de estante todo el año en un chozuelo que tenía en la
misma dehesa en la que nosotros estábamos asentaos con el rebaño
de ovejas. Y como asina nos lo dijo la paisana, pues asina nosotros
nos las preparábamos: "Echábamos en una fuente honda
un puñao de harina y le hacíamos un hueco; en el hueco
cascábamos un par de huevos; un vasito de leche, otro de aceite
crudo de oliva, azúcar, una pizca de bicarbonato y unos granejos
de oloroso anís. Luego, lo amasábamos bien amasao con
las manos untás de limón hasta conseguir una masa blanducha.
A poquicos y a pellas extendíamos la masa sobre una tabla enhariná,
con un rodillo, o con una botella, según. Después, cortábamos
a to lo largo unos tirajos así como el dedo de un hombre, se
entrenzaban y los íbamos echando a una sartén honda, de
las de tres patas, pero con el aceite humeante. Se tomaban untaos con
miel, si la había". (A. JUDERÍAS, "Cocina para
pobres")
Recuerdo cierto día del mes de febrero que hacía malísimo,
bufaban las bálfaras racheás y la dehesa entera tiritaba
de frío, y que andaba el Thobías el Cuesco con sus trece
años guardando los carneros del rebaño, que le dijo el
mayoral -uno que era de Bercimuelle, y tan duro como las encinas- que
los echara así pa la majá y, presto, se fuera aluego con
las crías chicas. Así lo hizo el zagalón, pero
se le quedaron dos o tres a la zaga, por detrás, medio distraídas
y como desperdigás. Cuando al ratejo volvió a buscarlos,
ya los lobos le habían matao un carnero. Ese invierno andaban
siempre los lobos al acecho arriba y abajo por las dehesas a ver si
se despistaban los perros, ¡y cómo los barruntaban las
ovejas! Cogió el carnero como buenamente pudo, y a la rastra
-porque no tenía fuerzas para echárselo sobre los hombros-
lo llevó hasta la majá. Esa noche sí que cenamos
caldereta, sí...
Las dehesas extremeñas producen unos ervajes muy deleitosos para
las ovejas y las vacas, y que por estas tierras nuestras no los vemos
ni con tanta abundancia ni con igual calidad, velaila. Nuestro yerbuno
es distinto, de una clase más rala, aunque más aromática
para los sabores de las carnes. Y qué montes y llanadas de encinas
más hermosas y aparentes crecen por aquellas tierras yerberas,
miçer Escribano. Hay algunos ejemplares que muy poco le tienen
que envidiar a nuestra campeona LaVieja.
- Hermosa tierra la del extremo del Duero, sin duda.
Eustaquio el Malasyerbas revive sus años camperos, sus andanzas
y viajes buscando las dehesas de la Extremadura; las discretas salidas
para echar de comer a los perros de las ventas -tras de la moça
garrida- y si éstas tenían ventera; sus bailes de serrano
bien plantao con las mozas casaderas (y el "que usted descanse
bien", al final de la pieza) y luego, a la llegada del alba, la
búsqueda, alumbrao y casi a tientas, del camino hasta los chozos,
de los bardos, el atajo hasta las aborregadas ovejas que, éstas
sí, no conocían ni de bailes ni de fiestas. Pastor de
aquellos antiguos pastores camineros de la esteparia meseta castellana,
pastor de afilada navajilla auxiliadora oculta en la zamarra, silbo
penetrante y carlanca de púas heridoras para el lobero mastín
careador y fiel: pertenecía a aquella raza de pastores que proyectaron
su sombra por las cañadas y cordeles, y mareado su brújula
de navegar por todos los caminos de la rosa de los vientos, y apagado
su sed con el frío cristalino que baja de los riscos de las peñas;
pastores que templaron sus cuerpos por el hielo y la escarcha, el viento,
y los soles, los mullidos prajones y el duro lecho de la madre tierra;
que compartieron su pan y calor, su queso y su leche, con las gentes
de paso encontradas por las veredas, sin alzar un momento la cabeza
en exigencias, sin pedir nada a cambio por compartir las experiencias
vividas, sin las curtidas y callosas manos extendidas buscando una blanca
aunque tanta falta hiciera...
- A una modorra que tenía yo en el hato, vamos que era del amo
que las mías volvían toas enteras, la até a la
puerta del chozo, pero no le hice el corral -que tenía que haberle
hecho un cachito corral con alguna piedra de herrén-, y, cuando
quise recordar, los buitres carroñeros -unos buitres negros que
son unos pajarracos de por allí y tan grandismos como un perro
grande de carea-, muy capaces de almorzarse una ternera en un decir
¡jesús! entre media docena d'ellos- que nos llegaban desde
El salto el gitano, que está tal que así, a mano diestra
según bajamos pacá, en unos montes mu escarpaos y mu fragosos,
y que, por ende, le llaman por aquellas tierras sus hombres el lugar
de Monfragüe; bueno, pues que ya me la tenían picoteá
por to el culo y un poquejo más y se la dejan al amo sin nalgas...
¡nos pasaba ca cosa! Las gentes de por aquellas tierras nos decían
que si a los buitres les daban los vientos de los muertos... No lo sé,
pero que se presentaban endeseguida así que un animal tenía
un mal percance... ¡así como hay Dios!
A la gente más joven, les cuenta tío Ruperto el Calvalisa
a la puerta del chozo: Una vez bajamos con tío Custhodio el Zancaslargas
-antes d'esnucarse el hombre tan de improviso, velaila, enallí
por el desgalgaero de La Cova-, pos bajamos a una dehesa cerca de Navalmoral
de la Mata, el pueblo qu'está en el mismo camino pa venir pacá,
qu'es más grande qu'el nuestro pueblo de Graxos, y que tos conoscéis.
El caso es qu'el hombre necesitaba unas abarcas pa el camino, y pa los
días que estuviésemos por aquí, claro, pero si
costaban medio maravedí o una blanca allí en el nuestro
pueblo, pues que no se las compró porque le parecieron caras.
- En Muñana me las compraré, que estarán más
baratas.
Pero en Muñana preguntó, y le costaban igual.
- Me las compraré en La Villa.
Pero en La Villa preguntó, y tenían el mismo precio.
- Ya será en Navalmoral.
Pero en Navalmoral preguntó, y le costaban aún algo más
caras, que no es que hubiese menos género pero sí más
peticiones, y tampoco se las compró. Y to el tiempo pos que anduvió
por to esto a pie suelto y descalzo. Y yo pensaba pa mí, y tos
los serranos conmigo pensaban lo mismo, ¡eh!: ¡Me cago en
la leche!, ¿y no se picará este hombre?
Pos na, sin abarcas que anduvió to el tiempo por aquí,
y regresamos, y ya no sé si se las compraría aluego allí.
Así que tos los días que estuvimos por aquellas tierras,
pues descalzo que anduvió. Claro que, aluego, ansí era
quien las tenía más nuevas de tos pa bailar en la fiesta
de la función de la Virgen por septiembre. Tío Custhodio
el Zancaslargas era hombre de piel correosa, apergaminado, con las manos
nudosas como cepas de vid y las plantas de los pies más encallecías
que el alma de un mercader judío. Y cómo cantaba de bien
y de atinao los nombraos pliegos de cordel camino de la Extremadura:
ni aun los mismos ciegos de naçençia cantaban mejor sus
coplejas pa mover a sentimiento y pedir caridad, miçer Escribano.
A mediados de abril los rebaños abandonan las dehesas del sur
y se esquilan en los agostaderos. Esta tarea es efectuada en unos cobertizos
denominados ranchos. Allí se encierran los rebaños, bien
apretados, para que suden las ovejas. De este modo se ablanda la lana
facilitando su corte y aumenta el peso. Los esquiladores trabajan en
cuadrillas de 125 hombres y, cada una, puede despachar unas 1.000 cabezas
al día. La lana que no se vende en sucio, se limpia luego en
los lavaderos llevándola después a las lonjas o laneras.
Por último, se transporta con carretas a las grandes ferias castellanas
o bien al norte, a los puertos del Cantábrico, para su exportación
hacia Brujas (Flandes) Tal es la importancia del ganado lanar en este
siglo que, para evitar toda posible concurrencia extranjera, las Cortes
prohíben, a requerimiento de la Mesta, la exportación
de ganado fuera de España. Los ganados trashumantes que cruzan
anualmente las fronteras en dirección a Portugal, Aragón
o Navarra tienen que inscribir obligatoriamente cada oveja para garantizar
su retorno. Y anotar las perniquebradas, las víctimas del lobo
y, si por enfermedad no regresa y es posible acreditarlo, carta del
albéitar.
El 24 de junio, día de San Juan, los pastores comienzan su año
de servicio al amo, al término del cual perciben su sueldo en
una sola vez. La retribución oficial consiste, en este siglo
XIV, en 12 fanegas de trigo, la quinta parte de las ovejas nacidas en
el rebaño durante el año, la séptima parte de la
producción de queso y seis maravedíes en metálico
por cada 100 ovejas a su cuidado. El pastor puede llevar cierto número
de animales junto al rebaño del amo. Además, son suyos
los huesos y la piel de las ovejas muertas durante el camino. Los pastores
tienen licencia para utilizar armas contra los lobos, gitanos, proscritos
y merodeadores. Disfrutan, junto a sus familias, de la protección
real y los alguaciles nada pueden hacer contra ellos: no pueden ser
encarcelados por las deudas de sus amos, ni tampoco deben acudir como
testigos a los juicios y están exentos del servicio militar.
Las visitas de los arrieros vinateros con sus botillos se señalan
como un contratiempo para la Mesta pues, luego, los pastores no rendían
convenientemente.
- De la cuenta que da el pastor, sólo el monte sabe el error.
En tiempos de la Mesta, como ya hemos señalado, las cañadas
tienen noventa varas de ancho (llamadas cabañeras en Aragón
y carreratges en Cataluña); los cordeles, cuarenta y cinco; y
las veredas, veinticinco. Por las coladas, que son campos libres, o
comunales, o de propiedad privada, que se pueden usar una vez levantada
la cosecha, va el ganado en busca de sus pastos, su paz y su querencia.
Las cañadas son nueve, todas reales, y cada una de ellas con
un bello nombre: la de la Plata o Mozárabe o de la Vizana, la
Leonesa, la de Campos, la Segoviana, la de Soria a Andalucía,
la de Soria a Extremadura, la Rioja o Galiana o de las Merinas, la Conquense
o de los Chorros y la del reino de Valencia. Y, a su alrededor, los
descansos para las personas, los mastines y animales de carga; los abrevaderos,
las fuentes, los contaderos, los obligados portazgos o montazgos en
algunos Concejos, como en el de Derramacastañas; las cuadrillas
de esquiladores, las majadas, parideras, lavaderos, ermitas mesteñas...
¡Que no faltaba gente de ir y volver por esas trochas de Dios,
vamos!
- Ni salteadores de faca presta, cuerda fácil y padre desconocido.
- Más de uno se despeñó también desgalgadero
abajo achuchao por los perros loberos; que éstos sí que
no distinguían entre alimañas...
¿Saben sus mercedes lo que es el compango? Pues el tocino, el
pan..., y algunas monedas, pocas, que les da el amo a las mujeres de
los pastores que se quedan en el la aldea, al cuidado de la choceja
y de los hijos. Estar a compango significa recibir el criado de labor
su manutención en dinero y, en trigo, la ración de panes
que le corresponda percibir según el contrato. El compango se
ajusta antes de la marcha. A los pastores, en el mejor de los casos,
se les da doce ovejas horras (así llamadas las hembras del ganado
que no quedan preñadas, e otro sí, cualquiera de las cabezas
de ganado lanar que se conceden a los mayorales y a los pastores, y
mantenidas a costa de los dueños) y un guarro que luego lo traen
engordado y de matanza para su casa. Como es natural, ninguna de las
ovejas horras por la paridera regresan al lugar de Graxos con la marca
de la pertenencia al pastor sobre sus lomos: todas las estériles
son del amo... ¡mala suerte, mi Señor!
Los pastores intentan darle el peor ganado a don Nuño de Guzmán,
quedándose ellos con el mejor, y diciéndole al dueño,
para más escarnio y mofa, que el más próspero se
lo ha llevado el lobo:
si ouiere buena oueja o cordero su señor
tenerlo ha pora si y metra otro peor,
y dira que lo leuo el lobo muy corredor.
Miseria del homne. (Siglo XIV)
Incluso cambian a su amo las ovejas y, pretendiendo engañarlo,
le dan la piel o la marca que llevaba en la oreja después de
haberla matado el lobo y habérsela comido. De donde se deduce
que marcan el ganado para así reconocerlo cuando, al regreso
de las dehesas, se deshacen las cabañas:
demás furta el carnero al señor, o la oueja,
después que comier la carne donarle la pellaja,
o donarle ha la señal la que auia en la oreja.
Miseria del homne. (Siglo XIV)
- ¿Y el amo no se apercibe de las tales fechorías?
- Aunque el oficio de aguador se aprende al primer viaje, y el cántaro
se rompe sobre piedra conocida, la cosa no está muy clara, mire
su merced. A veces, desgalgadero abajo, se despeña algún
pastor que otro; o amanece cualquier mañana, fuera del chozo,
un jayán de los apriscos, con su zamarra puesta y zahón
encinchado -que ni tiempo le dieron al hombre para su alivio y acomodo-,
más tieso que la cecina de cabra; o, ausente del lugar, le salen
ramificadas cornamentas, mismamente, al más pinturero de todos
ellos, sin saberse muy bien por qué: se sospecha que si, por
parte de quien puede, es como una satisfación y cierto cobro
en especias, que no intercambio.
- ¿Y colgados de una encina como pendones de escarmiento?
- Alguno hubo, sí, en los cruceros de los más importantes
caminos del señorío de behetría, balanceándose
en la rama de un roble como péndulo de la severa justicia y al
compás de los caprichosos vientos.
- Y tales avisos ¿sirven de escarmiento, miçer Escribano?
- Si el hambre no aprieta ni retuerce las tripas demasiado...
Capítulo VIII: LOS AÑOS ESPECIALMENTE MALOS
La suciedad reina por doquier en un mundo donde los Señores
más poderosos y refinados hacen votos religiosos de no dormir
en cama hecha ni mudarse de ropa, hasta que la victoria no les sonría
en el campo de batalla. A pesar de todo, la higiene del cuerpo, sin
alcanzarse la debida perfección, es ahora mejor observada que
a lo largo del siglo XIII. Se generalíza la sana y estética
costumbre de lavarse los cabellos, hasta tal extremo que algunas villanas
jóvenes hacen granjería de su habilidad practicándoles
a las damas, mediante estipendio, tan consoladora operación;
las leyes reprimen, incluso en Castilla, la inmoderada largura del cabello
y de la barba.
Reaparece, al par de una mayor limpieza del cuerpo, sus compañeros
y enemigos naturales: los afeites, potingues y aderezos, anatematizados
hasta el paroxismo por los predicadores con ingenuas imágenes.
El colorete y tinte son, según el franciscano Bertoldo de Ratisbona,
dos cazadores infernales, que matan a diario centenares de almas y las
venden luego a Lucifer a muy bajo precio; las señoras de calidad
que incurren en el pecado de estucarse la cara y, artificialmente, arrebolarse
sus mejillas, desdeñan los dones divinos y pretenden, orgullosas,
enmendar la obra de la Providencia; por eso morirán de muerte
impía, como su precursora la mugerçuela Jezabel de la
Sagrada Escritura, y cómo su sangre será lamida también
por los perros callejeros... (Citado por Gabriel Maura Gamazo; Kottelman:
Gesundheitspflege)
Si el básico alimento corporal no abunda, también la higiene,
siempre tan escasa y olvidada en las zonas rurales, deja mucho que desear.
Las chozas-viviendas carecen de la suficiente iluminación natural
y hasta de una ventilación adecuada; no se encuentran adecuadamente
protegidas contra el frío o la humedad, y albergan en su interior
más ratas, ratones y pulgas que muebles. En estas casas de los
campesinos, además, los animales de labor comparten el techo
con sus mismos propietarios, que aprovechan de esta manera su calor
natural, pero que, en cambio, son una fuente constante de peligrosas
infecciones. La posibilidad de que la campesina población rural
llegue a alcanzar edades avanzadas constituye un rarísimo privilegio
al que llegan muy pocos, pues normalmente los individuos no logran sobrepasar
los treinta años de media. De forma generalizada, y tal vez exagerando
un poco, podemos afirmar que el cuerpo de los cristianos sólo
toca el agua dos veces en toda su vida: cuando los bautizan y cuando
lavan su cadáver.
En 1351, la peste negra acaba prácticamente con todos los habitantes
del cercano asentamiento de Robledillo el cual, desde entonces, y como
una siniestra maldición arrastrada por el dicho lugarejo a través
de los siglos, ha permanecido despoblado. Acazio el Tumbarrobles, que
ha estado labrando con la yunta de bueyes del Señor don Nuño
una obrada y algunos estadales en la Dehesilla (hoy, conocida como La
Isilla), aparte de evitar, si puede de ahora en adelante, el acercarse
hasta el infecto y deshabitado lugar, al llegar a la aldea tiene que
arrojar a la ardiente hoguera -al igual que algunos otros convecinos-
toda la ropa que lleva puesta encima ese día, quedándose
en cueros vivos, como tan sabia y firmemente les ha prescrito el prudente
Pero Pérez, el sangrador y barbero del lugar de los Graxos: hasta
su calzado de suave piel de gamuza que tanto aprecia
- Desnudaos, presto; y toda vuestra ropa... ¡quemadla en la hoguera!
Desde mediados de siglo comienzan a bañarse las personas vivas.
Los baños públicos comienzan a inundar los reinos cristianos,
cuatrocientos años después de que en Al-Andalus fueran
habituales: "Es bien sabido que los musulmanes están bañándose
continuamente, sobre todo los más ricos, muchos de los cuales
disponen en sus propias casas de un pequeño baño privado,
pues, a diferencia de los que nos han enseñado a nosotros los
cristianos, ellos creen que el baño mejora la salud y previene
algunas enfermedades, además de eliminar ciertos malos olores
del cuerpo".
(CORRAL, José Luis. El Cid)
En Cáceres, los domingos, los martes y los jueves los baños
estaban reservados sólo para las mujeres, multándose a
los varones que esos días pretendieran usarlos. En Sepúlveda
(Segovia), los varones se bañaban los martes, jueves y sábados;
las mujeres, lunes y miércoles; los judíos viernes y domingos.
Si una mujer se metía en los baños el día de los
varones, el hombre que la forzaba estaba eximido de toda culpa. Tortosa
es el único lugar de España donde indistintamente se pueden
bañar a voleo hombres, mujeres, judíos y árabes;
y también la única villa en que bañarse tiene un
precio, 0,20 de euro, dinero que se destina a la conservación
de murallas. El aseo matutino inmediato al fin del sueño es cosa
desconocida hasta tiempos muy posteriores; tan sólo los monjes,
cumpliendo un precepto común para todas las reglas monacales,
se reunen a media mañana para atender a su limpieza corporal.
Para los incultos vasallos y rurales villanos la limpieza es un lujo
inasequible. El peine es un objeto meramente litúrgico sólo
empleado en las sacristías para atusarse los cabellos el oficiante
antes del servicio divino. El padre Hunuldo, por ejemplo, aún
no ha visto ninguno.
Las órdenes monásticas obligan a sus seguidores a cierto
grado de decoro personal, por eso a los monjes que no se cortan el pelo
y no se afeitan se les castiga a una severa pena de tomar sólo
agua y pan cuatro sábados consecutivos, incluso la prisión
en caso de reincidencia. Los monjes cluniacenses restablecen por las
tierras de la meseta el uso de las letrinas, perdido desde los tiempos
romanos, con un refinamiento tal, que, según Cabanés,
en algunos monasterios el número de letrinas es igual al de las
camas, y están instaladas en un largo pasillo, aislado del edificio
principal, sobre un higiénico arroyuelo de agua corriente. Por
otra parte, y quizás para compensar, los monjes tan sólo
se bañan dos veces al año: una, antes de la Navidad y,
la otra, en vísperas de la solemne Pascua de Resurrección.
Los labriegos consideran el uso del agua como algo inútil, y
hasta muy nocivo para la belleza y tersura del cutis, y aprovechan la
amplitud de sus campos y recovecos de sus callejuelas para mejor orear
sus inexcusables necesidades entre los olorosos jaramagos, el rincón
formado en la calle por las paredes de dos casas contiguas, los recios
sillares de la iglesia, el pajar acogedor o la cálida cuadra...;
los ciudadanos (habitantes de la ciudad), mientras tanto, emplean el
recipiente nocturno (el orinal de barro) tan útil a la humanidad,
y a la medicina cristiana de esta época, fundada básicamente
en el matutino y detenido examen del contenido de la bacinilla.
Las luengas barbas crespas de los varones y las tocas que ocultan la
revuelta cabellera de las damas denuncian por sí solas la escasa
pulcritud de aquellos antepasados nuestros. Cuando la musa popular de
la época quiere describir una escena de amor entre dos altos
personajes de fábula, don Rodrigo y La Cava, por ejemplo, nos
pinta al galán tendido, reclinada su poderosa cabeza en el regazo
de la mujer querida, y a ésta paseando sus manos por entre los
cabellos del amado, no tanto por acariciarle como para perseguir y dar
muerte a los abundantes chupópteros aradores que tanto le atormentan.(Rincones
de la Historia; MAURA GAMAZO, Gabriel)
Según olvidadizas normas: "Las uñas deberán
estar cortadas y limpias; antes de empezar la comida se dirá:
"Bendígala Jesu Cristo"; no se aflojará el cinturón
mientras se come; no se cortará el pan apoyándole contra
el pecho; la pimienta, la sal y las viandas no se cogerán, al
servirse, con los dedos, sino con la cuchara o con un pedazo de pan,
previamente cortado sin auxilio de los dientes, y, comiendo en compañía,
se procurará que no caiga en la fuente la miga del pan; la fuente
o escudilla común no se empleará para beber la salsa,
ni para devolver a ella los manjares, después de mordidos o gustados;
cada cuchara servirá para un solo comensal; el cuchillo se empuñará
por el mango, y no por la hoja; no se hará ruido con la boca
ni se eructará; no se limpiarán los labios con el mantel,
si se inclinará el cuerpo sobre la mesa, ni se pondrán
sobre ella los codos; durante la comida se cogerá cuanto no sea
vianda envolviendo la mano en la servilleta; no se soplará dentro
del vaso, ni se mirará por encima de él, ni se hablará
mientras se bebe; no se beberá sino entre manjar y manjar, ni
se comerá mientras los comensales beban; y, en fin, no se mondarán
los dientes con el cuchillo".
Normas que si nos advierten cómo debe ser el comportamiento de
los príncipes en la mesa, por exclusión nos delatan cómo
se comporta el noble y linajudo personal durante las comidas. En nada
atañe semejante normativa a la gazuza imperante entre nuestros
antepasados del lugar de los Graxos: una de sus preocupaciones no es
precisamente la forma de comportarse en el yantar, el cómo hacerlo,
sino el qué comer cada día, siquiera una vez.
Los predicadores e higienistas reservan sus más enérgicas
censuras para condenar el exceso en la bebida. Abusando del vino (Ley
II, Título V, Segunda Partida), éste enflaquesce el cuerpo
del ome, e menguale el seso, e fazele caer en muchas enfermedades e
morir mas ayna que deuia. En la Ley V del subsiguiente Título
VII, se amplifica más este concepto al razonar sesudamente: como
los fijos de los Reyes deben ser mesurados en beber el vino y mezclarlo
con agua; porque puro faze apostemas en las cabezas de los mozos, seméjales
a demonios, les hace sañudos mientras son jóvenes, y de
adultos, follones contra los que con ellos biuen. No se beba mucho de
una vez, porque se pierde el apetito, se aumenta la sed, se faze daño
a la cabeza e se enflaquesce el viso; ni entre horas, pues se daña
el estómago non dexando cocer la vianda, ni estando acostado,
porque ello faze al ome ser muy dormidor, e soñar malos sueños
e romadizar a menudo; ni al despertarse, porque quien tal uso practica
cae en ydropesia e en dañamiento del celebro, que son enfermedades
porque aborrescen los omes mucho a quien las ha; ni en ayunas, costumbre
que tuelle el sabor de comer, faze tremer los miembros e estorba la
razon que se ha de dezir, ni, en fin, después de comer, ca esto
mueue ome a cobdiciar luxuria en tiempo que non conuiene, enflaquece
el cuerpo, e si algunos fijos se facen salen pequennos e flacos.
Ha de procurarse, pues, la templanza y la apostura en el comer y beber
y en el dormir, el cual, siendo excesivo, nuze mucho, y se ha de practicar
non yaciendo encogido, nin atrauesado, como algunos que non saben do
han de tener la cabeza, nin los pies.
En Castilla, la Ley I del Título XVI del Libro IV del Fuero Real
dispone que cuantos aspiren a ejercer como físicos o maestros
de las llagas sean examinados por sus colegas físicos ya establecidos
en la villa y, una vez aprobados, reciban del Consejo de Alcaldes carta
testimonial de actitud, pero manda a los cirujanos que non sean osados
de tajar, ni de hender, ni de sacar huesos, ni de quemar, ni de melecinar,
en ninguna guisa, ni de fazer sangrar a ninguna muger, sin mandato de
su marido, o de su padre, o de su madre, o de su hermano, o de fijo,
o de otro pariente propincuo, bajo la multa de 10 maravedíes,
castigando con la pérdida de los bienes y de la libertad al maestro
de las llagas que matare o lisiare ome o muger aun cuando si el culpable
tiene hijos le heredan ellos desde luego.
Los barberos efectúan las llamadas operaciones quirúrgicas
menores: realizan sangrías, o ponen sanguijuelas, y sajan flemones.
Los dentistas, por entonces, no existen; en su lugar, pasean por las
ciudades y van de pueblo en pueblo los sacamuelas, que en algunos sitios
se hacen acompañar por ciertos individuos que tocan la trompeta
y redoblan el tambor con todas sus fuerzas para apagar los alaridos
de los pacientes a los que se les arranca la pieza dental. Un buen día
se presentó en la plazoleta de nuestro lugar de los Graxos un
extraño carromato tirado por un burro matalón. De su pescante
se apeó un extravagante individuo, vestido de color indefinido,
delgado como un huso, sacamuelas y charlatán que prometía
a nuestros paisanos arrancarles los dientes o las muelas enfermas sin
dolor alguno, pero a condición, eso sí, de que el paciente
fuese persona leal y honrada, que no hubiese robado al vecino, blasfemado,
engañado nunca a su cónyuge o aún -¡oh, milagro
de los milagros!- fuese moça virgen. Naturalmente, todo el mundo
pataleaba, se quejaba y aun vociferaba, pero la mayoría lo hacían
para sus adentros para no despertar ni sospechas ni recelos. Tía
Basilia, la Empalá, que tenía una muela negra y podrida,
ni rechistó, ni habló, ni pasmó: ¡qué
tía!
La Ley II de ese mismo Título XVI dice así: Si algún
físico o maestro de las llagas tomase a alguno en guarda por
pleyto que lo sane, e si ante que sea sano de aquella enfermedad muriera,
no pueda demandar el precio que habie tajado; y esto mesmo sea, si puso
de sanarlo en plazo sennalado e no lo sanó. Estas severas prescripciones
quizás determinaron la carencia de los curanderos autorizados,
distintos de los tan socorridos sangradores, en gran parte de nuestras
villas castellanas. Y no digamos nada en un mero conjunto de chozas,
como es por ahora nuestro querido lugar de los Graxos.
Los médicos prohiben el vino frío y, asimismo, está
prohibida la fruta por su acidez, ya que se dice que ésta es
más nociva para el estómago que los pesadísimos
y grasientos asados, por lo que la "grosura" (la carne) es
el alimento más generalizado entre todas las clases sociales,
en especial la carne del cerdo, a cuya degustación dan un carácter
cuasi religioso a modo de batalla contra la morisma. Para mejor hacernos
una sucinta idea sobre aquellos avances de la medicina de la época,
sírvanos de muestra este aforismo que corre de boca en boca entre
los estudiantes de las distintas facultades médicas de la península:
"Estudiante, que a estudiar medicina vienes, los principales medicamentos
en la letanía los tienes:
a) quinina: "Auxilium christianorum".
b) opio: "Consolatrix afflictorum".
c) mercurio: "Refugium peccatorum". (Se utiliza contra la
sífilis)
Por eso, cuando el paciente enfermo advierte que ya está próximo
su fin, máxime en ambientes rurales y orillados como en nuestra
mísera aldea del lugar de los Graxos, fieles creyentes, sin confiar
en la ciencia del barbero o sangrador que más le fiziera sofrir,
empuña con resignación la candela de blanca cera que todo
buen cristiano deue tener en mano al su finamiento y, orando devotamente
a Nuestra Señora Santa María Virgen, de Las Fuentes nomnada,
como antes lo hicieran sus padres, espera resignado a que Dios misericordioso,
pasando lista en la verídica libreta de los apuntes de la vida,
lea su nombre como una cariñosa llamada de retorno a la casa
paterna. Y, a dicha invitación, contestará confiada y
filialmente como hace todo cristiano:
- Yo pecador...
Una de las causas más frecuentes de mortandad, en este siglo
XIV, es la guerra. Lo mismo que el hambre o la peste, el jinete de la
guerra puede presentarse en cualesquier momento con su apocalíptica
y ensangrentada espada castigadora en la mano: el Señor del lugar
pleitea con el del lugar vecino; el Rey necesita soldados para invadir
nuevas tierras; organizan los musulmanes razias de castigo y, en todos
los casos, el humilde siervo de la gleba es secuestrado del seno de
su familia y convertido en carne de cañón. Su mujer y
sus hijos quedan condenados a la miseria...
Las hambrunas y las epidemias son algo que sucede con frecuencia, tanto,
que no transcurre una generación sin alguna. Aquellos que huyen
de las ciudades apestadas, acaban siendo encontrados por la curva guadaña
de la muerte bien en los bosques que llevan a otras poblaciones o en
campo abierto, con lo que se contaminan los animales de la zona y la
enfermedad llega a los poblados de los alrededores. Siempre hay quien
se salta las preventivas cuarentenas, y tampoco hay muchos guardias
dispuestos a arriesgarse cerca de las empalizadas, más aún
cuando puede ser su propia gente la que esté allí. En
el campo abierto sucede algo similar con los pobres campesinos: parten
a las ciudades y si no perecen por el camino lo hacen dentro de sus
muros. Las enfermedades se transforman en plagas en sólo unos
días, y las plagas en epidemia en menos tiempo aún, llevadas
al resto de los habitantes por medio de ratas, mosquitos, moscas o aguas
fecales. Las epidemias barren poblaciones enteras, y causan más
estragos que las guerras. Se clavan tablas para condenar las puertas
de las casas infectadas y, separando las tejas de los tejados, se les
da de comer a los emparedados. Sólo se desclavan las puertas
para sacar a los muertos y llevarlos a enterrar. Como remedio urgente,
se prenden hogueras de cantueso, romero y tomillo para contrarrestar
las nocivas emanaciones letales. ("Cito, longe, tarde"; tres
palabras mágicas que resumen la actitud de la población
medieval frente a la peste: "Huir pronto, lejos y volver tarde")
Los pocos médicos de la época viven en las ciudades y,
los más preparados, normalmente al servicio de una familia o
de la corte. Los médicos más solventes y apreciados son
los judíos, cuyos estudios y prácticas, lejos de lo que
la religión católica permite, son mucho mejores y más
amplios que los de los cristianos al haberse acercado a los saberes
griegos y árabes que tomaban en consideración campos como
la astrología. Además, el tener un médico judío
es señal de la más refinada distinción. El resto
de la población, que es la inmensa mayoría, se acerca
a las mujeres curanderas, nigromantes o sanadoras más cercanas
de su zona, siempre sospechosas de tener trato directo con el maligno,
y cuyos exiguos conocimientos de las plantas medicinales a veces sanan
las afecciones leves. Tales prácticas están severamente
censuradas, -pero sólo cuando son los más necesitados
quienes acuden a los curanderos- pues la religión oficial sostiene
que todas las enfermedades son signos de los castigos divinos y que,
como tales, han de aceptarse con resignación y humildad cristianas.
Las enfermedades más comunes de la época, y que se reproducen
con mayor facilidad en comunidades enteras son: el paludismo, el tifus
letal, la disentería, el escorbuto (al que se le llama la enfermedad
de la hueste), la varicela (que se intentaba curar envolviendo al enfermo
en telas rojas), la lepra (un nombre genérico por el que se denomina
a más de una docena de enfermedades diferentes), el mal de San
Vito, el mal de San Lorenzo, el mal de Santo Lázaro, el mal de
San Blas, la neumonía, las fiebres eruptivas o viruelas, la sarna...
Una enfermedad de la piel, muy común, y que además produce
fiebre, se la denomina fuego de San Anthonio, y suele deberse al consumo
del pan o de los cereales atacados por un hongo venenoso, o bien por
el mismo cornezuelo del centeno, mezclado con la harina, que produce
un tipo especial de gangrena y que causa grandes mortandades periódicas.
Así nos describe este mal tan horrendo un cronista medieval:
"... las gentes se pudrían por dentro y se hacían
pedazos, como quemadas por un fuego interior que les roía implacable
las entrañas. Sus miembros se enrojecían y terminaban
ennegreciéndose como carbones. Morían rápidamente
en medio de sufrimientos atroces o, si sobrevivían, perdían
manos y pies, quedando condenados a una existencia mísera..."
La lepra, no obstante, es la enfermedad más temida. Los leprosos
se colocan en los cruceros de los caminos haciendo resonar las chicharras
de las carracas que avisan de su presencia a los caminantes menos atentos,
e imploran la cristiana misericordia en forma de alimentos y de limosnas:
hasta los enfermos tullidos se apartan de ellos espantados arrojándoles
cascotes. Aquellos que, osados, se arriman a las lindes de las ciudades,
o poblaciones en campo abierto, a mendigar, se les obliga a llevar ropas
indicativas, altos sombreros de vivos colores predeterminados y túnicas
que se reconozcan de lejos, además de una campanilla que deben
ir haciendo sonar a su paso. Se usan las tablillas de San Lázaro
para pedir limosna para los hospitales de leprosos: Son tres tablillas,
que se traen en la mano unidas con un cordel por dos agujeros, y la
de enmedio tiene una manija por donde se coge y menea, haciendo que
suenen... Las gentes los temen pero, aun así y todo, suelen ser
caritativas; por el contrario, en algunas ciudades europeas acostumbran
a colgarlos o quemarlos aunque se encuentren lejos de las lindes de
la población. Se acostumbra a pintar una calavera encima de las
puertas de las casas de los leprosos, o en los troncos de los árboles
más cercanos a su vivienda habitual si éstos residen confinados
y proscritos en los bosques.
Las hambrunas que aparecen por una mala cosecha, por una última
variación en el clima, o por un cambio en el poder que legisla
el reparto de los alimentos, afectan a todos los extractos de la sociedad;
el problema se reduce a algo tan simple como que no hay comida suficiente
que se pueda comprar, ni aun tan siquiera los nobles. La gente se muere
como los perros, peleándose por un bocado de pan. Estas carestías
se pasan mejor en el campo, donde uno se puede buscar la vida en el
bosque. Los precios de los productos suben tanto que los pobres o los
nobles de segunda no pueden hacerles frente, con lo que el remedio más
utilizado es la marcha al campo cuando ya no quedan ni perros ni gatos
en la ciudad. Las migraciones, ya en uno como en otro sentido, favorecen
la aparición de los temidos salteadores de caminos, quienes tienen
el bosque como refugio y no dudan un instante en matar a quien sea,
pobre o rico, clérigo o seglar, mujer o anciano pues saben que
si son apresados morirán en la horca o algo peor.
El desequilibrio entre la población y los recursos alimenticios
fue el punto de partida de las crisis del siglo XIV. Las epidemias de
mortandad causarían estragos mayores que los habituales, por
encontrarse con una menor resistencia biológica, en la indefensa
y desnutrida población rural. La primera mención sobre
una mortandad generalizada se refiere al año de 1301. La Crónica
de Fernando IV llega a afirmar que murió el 25% de la población
de todo el reino: "fue tan grande la mortandad en la gente, que
bien cuidaran que muriera el cuarto de toda la gente de la tierra".
La causa de esa espantosa mortandad fue el hambre. En las Cortes de
Valladolid de 1307 se achacó la miseria de las gentes a que ni
en la casa del rey, ni en sus reinos "non ha justiçia segund
deve" acusando a los oficiales reales y a los ricos nobles y caballeros
de provocar el malestar y la penuria del pueblo por quemar tierras y
robar alimentos; quejas que se mantendrían a todo lo largo de
la minoridad de Alfonso XI. En el dicho año de 1307, según
nos cuenta la Crónica del Rey Don Alfonso el Onceno, hubo que
emprender una campaña contra algunos caballeros "malfechores"
que tenían muchas casas fuertes en la región de Ávila
donde hacían mucho mal.
La década comprendida entre los años de 1330 y 1340 fue
calamitosa para la agricultura y la ganadería. Los testimonios
de la época los califican de "los annos malos que pasaron".
El obispo de Oviedo, don Gutierre, afirmaba que "de las mortandades
acá han menguado las rentas de nuestra Eglesia cerca la meatad
dellas, ca en la primera mortandad fueron abaxadas las rentas de tercia
parte e después acá lo otro por despoblamiento de la tierra".
Aunque la cita se refiere a tierras asturianas, la reflexión
también nos es válida para el conjunto de las tierras
de la corona de Castilla. Y, en los años siguientes, entre 1343
y 1346: "En este año en questamos fue muy grant mortandat
en los ganados, e otro si la simiença muy tardía por el
muy fuerte temporal que ha fecho de muy grandes nieves e de grandes
yelos", se dijo ya en las Cortes de Burgos del año 1345,
expresándose a continuación la funesta incidencia que
tuvo dicha situación en el precio de los alimentos: "las
carnes son muy encarecydas e los omes non las pueden aver, e el pan
e las carnes encarecen de cada día".
Todavía en las Cortes de Alcalá (1348) se recordaban los
annos fuertes recién pasados, en los cuales se perdieron los
frutos del pan e del vino e de las otras cosas donde avían a
pagar las rrentas. El exceso de lluvias no sólo pudre las cosechas
(veranos podridos, nos dicen los textos de la época) sino que
con relativa frecuencia causan estragos en las mismas aldeas al inundar
sus calles, ahogar sus ganados y derribar innumerables casas de tan
feble construcción. El hombre medieval asiste impotente a estos
fenómenos y, abatido, piensa que Dios se ha olvidado de los mortales.
Para siluetear con tintes más negros el cuadro campesino de la
época, los teóricos defensores de la justicia como eran
los nobles, eran los primeros en conculcarla abusando de los pobres
indefensos para acrecentar su hacienda. Acusa López de Ayala:
Pues ¡como los caballeros hacen, mal pecado!:
en villas y lugares que el rey les tiene dado,
sobre el pecho que deben, otro piden doblado,
y con esto los tienen por mal cabo poblado.
... Porque los campesinos que pueden, huyen del lugar dejándolo
abandonado.
Donde moraban mil hombres, no moran ya trescientos;
huyen chicos y grandes con tales escarmientos;
que ya vivos los queman, sin fuego y sin sarmientos.
Y Gonzalo de Berceo, criticando...
Al hombre soberbio que roba a los pobres
que les quitan los panes igual que los vinos.
También Alfonso X, en Las Cantigas de Santa María, retrata/acusa
al caballero hidalgo y rico, soberbio y poco creyente que hería
y denostaba a los pobres, robaba a los que se encontraba en los campos
sin perdonar a mujeres ni a niños... (Cantigas, 45)
Durante la minoría de Alfonso XI, el Poema de este rey recuerda
que...
En este tiempo los señores
corrían a Castilla,
los pobres labradores
pasaban gran mancilla. (Poema de Alfonso XI, 72, 73)
Aun así, la situación podía empeorar, y empeoró.
A mediados de este siglo XIV se difunde por toda Europa una terrible
epidemia de mortandades apocalípticas, conocida con la peste
negra (la puta descarná, como la llamó el vulgo) con origen,
quizá, en el puerto italiano de Génova, y traída
de zonas del remoto oriente como la India o el Tibet.
Las epidemias se entienden como manifestaciones de la cólera
divina, y las gentes mueren doblemente atormentadas: por la muerte en
sí y por lo que, a la vista del castigo que el cielo les ha mandado,
seguramente les espera en el incierto más allá. El mundo
bajomedieval se debate en manos del diablo, pugnando por escapar del
camino de la peste pero, cada día que pasa, más y más
personas perecen de muerte horrible apilados en tétricas pirámides.
Y, fanáticos, aparecen los exaltados flagelantes: fantasmagóricas
procesiones sanguinolentas de andrajosos campesinos mugrientos, quienes
viajan de ciudad en ciudad flagelándose a la vista de todo el
mundo. Algunos de ellos, se azotan fieramente las desnudas espaldas
con restallantes látigos en cuyas puntas tienen bolas de cera
con limaduras de metal y astillas de vidrios coloreados. Afirman ser
los salvadores y pararrayos de la viciosa humanidad, y creen que Dios
considera las atrocidades que se infligen en sus propias carnes, y unos
a otros, como una penitencia que servirá para la expiación
de los pecados del mundo y que pondrá fin a la Dama negra. Cada
grupo tiene un jefe carismático, a quien todos los miembros juran
obediencia total, haciendo voto de permanecer con el grupo durante treinta
días o más, pero dejando un estipendio en prenda para
alimentarse durante su obcecada cruzada. Pero sabe Dios qué sustento
reciben tan escuálidos fanáticos, que no hace falta nada
más que verlos para darse cuenta de que sólo son meros
sacos de huesos. Van desnudos de cintura para arriba y recubiertos de
una mezcla de sangre y cenizas. Se azotan con ramas espinosas y látigos
con puntas de hierro y, cuando ya no pueden azotarse más ellos
mismos, la emprenden con el de al lado. Sus lamentos incesantes ofenden
los oídos y hacen vibrar el aire con las notas discordantes de
su canto desolado y lleno de congoja. No es nada extraño verlos
en mugrientas reatas peregrinar hacia Compostela, -por la conocida calle
mayor de Europa- a la tumba del apóstol Sant Yago, para asegurarse
mejor la salvación de las almas, dándose golpes de pecho
y rezando taciturnos el letabundi. Perturbados místicos comidos
de piojos, cargados de pesadas cruces y escapularios, envueltos en sayales,
y conducidos por unos frailes exaltados aún más fogosos
y descabalados si cabe, pregonan con desaforados gritos entusiastas
la segunda venida del Christo justiciero: "El Salvador acabará
con toda la humanidad pecadora en lentas agonías, y las llamas
ardientes consumirán en los hondos infiernos a los tibios y a
los herejes" -proclaman enardecidos. (BENSON Ann; La Plaga. Ed.
Plaza & Janés)
La muerte negra cabalga también por el reino de Castilla. Cuando
llama a una puerta, con sus afilados dedos cual garras de hueso descarnado,
hace que se caigan las ventanas y entre el viento, en las tumbas empieza
a reinar el silencio, en las cocinas ya no se asa, en las camas no duerme
nadie, en las estancias, en las escaleras o el suelo de la entrada se
encuentra de vez en cuando un cadáver. Al principio, los monjes
misericordiosos van hasta las casas de los más apestados, cuidan
a los enfermos, se desmayan, gimen y mueren. Luego, los monjes ya no
abandonan sus conventos. Pero la muerte negra va también a ver
a los monjes y sonríe desde la ventana del claustro hasta el
refectorio, y recorre las aisladas celdas de una en una, llamando con
sus dedos de hueso. Los monjes se desploman y mueren en masa, el padre
abad y el hermano jardinero, el bodeguero y el bibliotecario, los piadosos
y aquellos que no lo son tanto, los gordos y los delgados, los grandes
y los pequeños, los temerosos y los valientes; todos ellos notan
que les aparecen aquellas extrañas manchas, primero se las muestran
sin ninguna cautela los unos a los otros pero luego las guardan celosamente
como un secreto, pues se vuelven negras y empiezan a desprender mal
olor, se les revientan los vientres, los ojos se ahogan en mucosidades,
las mandíbulas se desencajan y el cerebro empieza a supurar.
Se desploman, ya estén sentados o de pie. Al verlo, los monjes
y las monjas huyen despavoridos de sus conventos y se llevan la muerte
consigo, y se van desplomando también uno tras otro, en los densos
bosques, en las escondidas ermitas, en los pueblos más recónditos,
en las iglesias y las capillas más apartadas, en los mercados
y delante de los muros de los castillos más nobles... El médico
se desploma sobre la cama del paciente, el sacerdote fallece en el burdel,
el duque en la taberna y el estudiante pobre en la cama de la gran duquesa.
El verdugo muere ante el asesino, el ladrón al lado de su víctima,
el carnicero deja caer el hacha que sujeta con la mano alzada y la vaca
pisa con indiferencia sus vísceras, muge y también se
desploma. En un sólo estercolero se encuentran treinta niños
y niñas que fallecieron de hambre y de frío. La muerte
siega con tanta rapidez y amplia generalidad las mortales vidas que
hay que cavar grandes tumbas y colocar en ellas los cadáveres,
uno encima del otro, como lonchas de tocino, treinta o cuarenta en una
sóla tumba, cubriéndolos con un poco de tierra tan sólo
como si se quisiera ahorrar polvo. Grandes manadas de lobos recorren
los campos y entran libres en las ciudades al caer la noche para devorar
los muertos de las calles. Muchos campesinos abandonan sus tierras y
se dicen:
- ¡Huyamos a los bosques con la mujer y los hijos; vayámonos
con los animales salvajes; vendámonos al diablo! ¡Parece
que sólo el diablo podrá salvarnos! (KESTEN, Hermann;
Fernando e Isabel)
Desde luego, los ricos pueden pagarse los servicios de un físico
cuando enferman, pero ésto no es, ni mucho menos, garantía
de curación porque, a menudo, la intervención del médico
sólo sirve para adelantar o retrasar los letales efectos de la
enfermedad: rarísima vez para detenerlos. Los Señores
escapan aterrorizados de sus territorios, pero la peste les persigue
a caballo. Cabalga detrás de ellos, se agarra a la cola de los
mulos o burros, salta por el ancho campo, sube nadando por la corriente
de los ríos, brinca las altas montañas, monta en las espaldas
del viento... Los pobres deben recurrir a las hierbas tradicionales
-en épocas de peste, llevan un ramito de romero encima y lo huelen
cuando pasan por una zona afectada- y a remedios que hoy nos resultan
inconcebibles, como perforar un haba, meter dentro cuatro chinches y
tragarlo todo junto para combatir las fiebres, o el estiércol
de lobo famélico para remediar los cólicos.
- ¿Y se curaban de sus dolencias?
- ¡Nunca!
En toda Europa occidental se calcula que perecen hasta un 25 % de sus
poblaciones. La peste se extiende por todas partes, afectando lo mismo
a los poderosos que a las gentes del común, a los cristianos
que a los judíos. En el reino castellano-leonés causa
sus estragos entre los años 1349 y 1350. Es la "primera
gran mortandad". "E esta fue la primera e grande pestilencia
que es llamada mortandad grande", dice muy expresivamente la Crónica
de Alfonso XI. Una de las víctimas que se cobra la gran mortandad
es el propio rey de Castilla, Alfonso XI, que se encuentra guerreando
por el campo de Gibraltar. En España afecta más a las
zonas costerolevantinas que al interior peninsular. Castilla también
se ve afectada por la epidemia y con ella nuestro lugar de los Graxos
que queda diezmado. Son años muy rigurosos y difíciles
para nuestros labriegos paisanos, hasta para el padre Hunuldo quien,
a falta de espacio libre en el interior de su minúscula iglesia,
como suelo sagrado, tiene que comenzar a disponer de algunas tumbas
alrededor de ella, lo más cercanas posibles a sus muros, para
seguir considerando el campo ocupado por los difuntos como "campo
santo".
Como una simple muestra del predominante oscurantismo religioso de
esta época de la baja Edad Media, y escaparate de la abstrusa
mentalidad no sólo de nuestros rurales antepasados, sino, y también,
de los habitantes de los contornos de nuestra aldea, sirva como ejemplo
esta curiosa oración que, muy devotos y reconocidos a las generosas
mercedes divinas, rezan los labriegos del vecino lugar de Vadillo de
la Sierra: "Et graçias os sean dadas, Señor todo
misericordioso, por façer que, la grand mortandad de la bubónica
peste, nos entrase en el poblado de forma tan desaguisada e a tan galope
de sin freno por entre los nuestros omes et las nuestras mugeres, et
non de por nuestros animales cual vacas, et erales, et novillos et novillas,
et corderos de oveias, et de cabras et de cabritos, et de otros animales
asina caballares... ca sería aquesta tamaña et incontable
tal ruina, de la qual non podríamos recuperarnos la nuestra haçienda
nin alçar cabeça ninguna en luengos annos venideros".
Lo que traducido al lenguaje vulgar, común y campesino, significa:
- Menos mal que nos entró la mala peste, velaila, talmente por
las mismísimas personas; que si nos entra por los animales, velaila,
su merced, entonces... ¡nos jode!
- ¡Sí, menos mal que se llevó a la abuela y nos
dejó a la burra!
- Mismamente, sí: ¡menos mal!
Enrique de Villena, en su Tratado de la fascinación, escribe
que "es tal la potestad de algunos aojadores, que hasta de matar
aves en vuelo y dar las bestias a tierra y hacer caer como heridos por
el rayo los conejos en carrera abierta, con sólo mirarlos fijamente
gritando al propio tiempo, ¡Jo, jo, jo!, y examinados estos animales,
dícese que tienen todos la hiel reventada".
La gente más sencilla considera la efectividad de tan diversos
métodos usados para contrarrestar los males provenientes de una
mirada. Pequeñas manos de barro o de yeso que se cuelgan del
cuello de los niños, que son las víctimas más comunes
de los dichos aojamientos; llevar una cuerda roja en la muñeca
izquierda; entregar una higa: Tomad, para que no os aojen...
Es auténtico pavor el que tienen los campesinos al riesgo que
corren sus animales, en especial los cerdos y las vacas, expuestos a
la maldición sin palabras, aojamiento, o mal de ojo: porque los
animales se desganaban, mostraban inapetencia, se echaban en el suelo
y, finalmente, se morían por inanición. Para contrarrestar
estas malignas influencias, a las vacas lecheras se les cuelga del cuello
un pequeño cuerno, a modo de un seguro mágico o amuleto,
para que las proteja de los dañinos efluvios de otros ganaderos
que envidian las vacas de los demás. O las conjuran en voz alta
con una piadosa y completa letanía de santos, salpicada de persignaciones:
Entre dos te han hecho el mal, [se refiere a los ojos]
entre tres te lo han de curar.
En el nombre de la Santísima Trinidad:
Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Si es en la cabeza, Santa Teresa;
si es en los ojos, San Ambrosio;
si es en el corazón, Divino Salvador.
Si te han tomado de ojo por la mañana,
que te lo quite la abuela Santa Ana;
si te han tomado de ojo por la noche,
que te lo quite San Roque;
si en las manos y en los pies, San Andrés
y los ángeles treinta y tres.
Santa María, impón tu mano y no la mía.
El Padre, el Hijo y la Santísima Trinidad:
Ana parió a María, Santa Isabel a San Juan,
y María parió a Cristo la noche de Navidad.
En una economía rural como la de nuestro pueblecito del lugar
de los Graxos, la pérdida de los productos que dichos animales
(cerdos, vacas, ovejas...) aportan al desnutrido hogar, representa una
auténtica tragedia de supervivencia. Como se les muriese el cerdo,
¡adiós pájaro, ballesta y to!
- Anda Elvirita, hija, -le dice su madre tía Adosinda la Trenzas-,
avisa a tía Canuta pa que nos desaoje la gorrina. Que le tengo
prometido un garrapo al Acazio, el Tumbarrobles, por cubrirnos con su
verraco la cerda cuando estuvo verrionda... ¡y que de tripa no
nos engorda! Llévale medio conejo del que cazó tu padre
en la Nava Roxa. Nuestra tía Morteros actúa como el buen
cirujano: es blanda de palabras, sí, pero tiene de acero la mano
pa esto de los espíritus... A ver si nos desaloja de la cerda
los mengues y maleficios y nos pare este año una camada de cumplidos
y gruñidores garrapos.
- Y a mí también, madre; dígale su merced, por
caridad cristiana, que a mí también me desaoje: que el
novio no me sale. Y que, si no tiene a mano alguno de esos ungüentos
que se utilizan para atontolinar moços, le dé un ramilletito
de flores del Hipérico, pero de las recogidas en la noche de
San Juan, pa que se me huyan del cuerpo todos los maléficos picores
que me atormentan, y los sofocos que me achuchan, y las calorinas que
no cesan... que, como sana estoy, que digo yo si serán urgencias
de amores... y que la dilatada doncellez, carga pesada es, madre.
Elvirita la Pelatordos es moça de regordetas trazas, retadores
pechos, desafiadoras y prietas carnes y bullarengue poderoso; sin demasiadas
luces en el intelecto pero acostumbrada desde que se anduvo a gatas
a los más duros trabajos del campo y las no menos laboriosas
faenas de la casa de un labriego. Trajina todo el día entre los
cerdos y las gallinas, los burros y las mulas, los bueyes y las vacas,
cabras y ovejas, perros y gatos... huyendo del agua, eso sí,
miren sus mercedes, como diablo del interior de una iglesia y, en consecuencia,
se muestra pringosa de cuerpo y desaliñada en el vestir. Inviernos
ha vivido en que sólo se mojó con el agua llovida del
cielo. Entre la pegajosa cochambre de su cara y los cabellos como estropajo
en cocina de cuartel, destacan unos dientes blancos y fuertes como los
de las yeguas más jóvenes; en el fondo de sus inmensos
ojos castaños, arde un fuego intenso como el de los rescoldos
que anidan bajo el carbón, y sus pensamientos, los propios de
una joven pueblerina de quince años recién estrenados,
son más vivos e invasores que las malas hierbas de la grama.
- Lo tuyo no es que sea mal de ojo, hija mía, -graznaba la tía
Adosinda- sino sosera pa repartir desde que berreabas llena de mocos
en el carretón. Hazte desear si quieres hacerte amar. Sólo
la gente joven es la que sueña. Cuando una persona deja de soñar,
se sabe que es vieja. ¡Anda!, engancha en el anzuelo de los amores
el cebo que todas las mujeres hemos venido poniendo desde que el mundo
es mundo y los hombres necios, y verás como el besugo del Acisclo,
el Pedolobo, se olvida de la risueña Beatriz la Bellota -que
esa sí que le deja asomarse al abierto balcón de sus ojos
azules, le da de beber en los hondos cuencos de las manos y comer en
otros más cálidos y femeninos lo que mejor le apetezca,
y bien prendido que lo lleva por donde quiere- y tanta verdad como el
santo evangelio de la Biblia que has de ver cómo el indino se
lo traga enterito por el gargaveral adelante... Y refriégate
bien la cara de porqueriza, que así saliste a tu padre en la
huída del agua, que tal se parece en limpieza a la gamella de
la corte del guarro; lávate los cabellos y perfúmate hasta
el bullarengue con el romero del campo ¡rediez!, que, en llegando
el vespertino lubricán, a las veinte varas... malamente se te
distingue de la gorrina recién parida que tenemos encerrada ahí
dentro en la cochiquera y vive tan gozosa enteramente rebozada entre
la pastosa mierda. ¡Ay!, si yo me tornase a tus quince años,
pavisosa de todos los satanases... ¡enseguida se me iba a ir el
moço desganao, así, sin entrarme con la pala hasta el
hondón de la pared del horno y probarme todas las fruslerías!
Ahí tienes al bobilerdo de tu padre, Abelardo el Piñones,
sin buscar a otro más lejos, a quien astroso, mugriento y todo,
lo traía en la mi halda, y los piñones de sus piñas
no se los comió naide más que esta su hambrienta servidora:
¡Que los hombres son más hábiles cuando hacen aquello
que les gusta!
- Ya, madre; bien me sé yo que el "ir romera y volver ramera
le pasa a cualquiera"; pero, ¿no es mala esa carrera? ¡Ay!,
madre, mire su merced que me tengo yo una rara enfermedad que me sofoca,
me saca de sentido y me carga mucho la cabeza.
- ¡Ay, válame el Dios de los cielos!, y qué sin
sentido el de esta hija mía. Esa enfermedad que tantas cuitas
te produce se llama modorra. Mira que te tengo repetido que persigas
al Acisclo con la diligencia del cerdo que sigue por el bosque un rastro
nuevo de trufas. Anteomnia, moçuela, sazona la tu presencia,
ábrele las ganas de almorzarte la salsa cada día y ponle
el salero sobre la tu mesa, que buena mercancía tienes p'al convite
y mercadeo..., y que ¡más vale cáscara de camuesa
que meollo de bellota!
La aparición en España de la peste negra borra del mapa
geográfico, y para siempre, buena cantidad de pequeños
villorrios. En el cercano lugar de Robledillo, como purificadores o
penitentes incensarios impetradores de la ausente y, al parecer, ciertamente
olvidada misericordia divina hacia el hombre medieval -teas expiatorias
de pecados inexistentes-, se queman enteramente hasta media docena de
chozas, con cuantos enseres, pocos, hay dentro de ellas, porque sus
ocupantes han sido aquejados mortalmente por la bubónica peste
y, el resto de vecinos, se desplazan de inmediato hacia otras aldeas
más sanas del feraz y cálido valle de Amblés o
hasta la mudéjar llanura cerealista y ubérrima de La Moraña,
creyendo huir horrorizados de los maléficos efluvios, contagios,
marasmos y pestilencias del aire tan pútrido y altamente contaminado
de la abrupta sierra. Constituye la desgracia de todo un asentamiento
desaparecido de golpe inmisericorde de la faz de la tierra por los devastadores
efectos de una letal epidemia y que, siglos más tarde, en la
coctelera de la imaginación popular, se transformará en
leyenda.
Recojo en mi diario personal, julio, 16, en el año del Señor
de 1993:
"He subido ágilmente animoso hasta La Ocina (huertecillo
que está a la falda de la hoz; y llamamos hozes unas quebradas
angostas y hondas que de una parte y de otra tiene la montaña
y por baxo corre algún río o arroyo, por ser como gargantas)
y charlado despacio con Mariano, el cabrero, que me ilustra y enseña
los nombres de los arroyos, del monte y de sus cabras. Fumamos despaciosos
un pitillo a la sombra de los álamos, y bebemos el agua hecha
cristales de la fuente. Le indico que por la calleja de Roblaíllo
las piedras de las bardas están picadas y me cuenta la historia:
Roblaíllo fue un pueblo de triste destino, y moro; tan triste
fue su fortuna -y malhadada su historia- que al celebrar una boda se
envenenaron los novios y todos sus invitados. Del círculo de
allegados únicamente se salvó una anciana que, por estar
muy pachucha y vieja, pensaron mejor dejarla dormir en su paz octogenaria
y no invitarla al banquete. Como es natural y cierto, los no invitados,
los supervivientes y sus animales, levantaron presto el vuelo del lugar
y se marcharon presurosos a otras tierras si volver la vista atrás
ni despedirse de nadie...
- ¡Ya se marcharon los grajos!
Y cuentan -a saber si esto fue verdad, Pedro- que el nombre actual de
nuestro pueblo se deriva precisamente de esta historia.
- ¡Qué bonita, Mariano!; ¡merecería ser cierta!
- ¡Véte tú a saber!
Tan sólo se quedan en los linderos confines al lugar de los Graxos,
a las afueras del abandonado poblacho, viviendo en una destartalada
chozuela fantasmagórica, escasa para tanta prole, el carbonero
Panthaleón Ximénez, alias el tío Tiznao, y la familia:
su esposa, la tía Gaspara, conocida como la tía Piconera,
una huesuda mujer morena de edad indefinida, paridora anual y desnutrida,
y hasta media docena de hijos-crías afilados como escurridos
hurones, ágiles y agresivos como los azores, con sus estomaguillos
tensos como parches de bélico atabal, las piernas tan flacas
y nervudas como las de las cabras montesas y más famélicos
que prósperos.
- Seis hijos del mismo vientre, y cada uno es diferente.
Los críos se las arreglan bien y a solas por el monte, trotan
libres con el culo al aire y las velas colgando, pequeños y ligeros
como ratas, pero tienen mucho instinto y son como las escurridizas culebras.
Panthaleón Ximénez, alias el Tiznao, su padre, -quien
no tiene miedo a nada conocido, ni vivo ni muerto-, afirma muy serio
a todos cuantos quieren oírle y disponen de tiempo para ello,
que sólo los negros sahumerios del carbón que él
obtiene con tan sudoroso esfuerzo de las nudosas encinas de la escarpada
sierra, bajo el firme y redondo montículo de su carbonera -prendido
sólo por dentro, y sin llama, para mejor formarse- ahuyentan
las pestíferas y nocivas influencias de la mortal peste bubónica
y que viajan libres por el aire. Tajantemente, con una formidable estaca
de tejo en la mano y entre alaridos espeluznantes e imprecaciones terroríficas,
amenazándoles con aplicarles los castigos más severos,
les tiene prohibido a todos los suyos, desde la tía Gaspara,
su escuálida mujer, hasta el más recental de todos, Vizencio
el Colorinches, que se sacudan de encima el polvillo del salvífico
carbón, y aún más, que tampoco se laven o se mojen
en cualesquiera sea la fuente, manantial, pileta o arroyo por muy clarita
que baje el agua y el sol con sus rayos les apriete candente en un asfixiante
abrazo sudoroso. Cuando los hombres y mujeres del lugar de los Graxos
subieron un día hasta las calvas donde trabajaban el carbón,
cerca ya del bosquecillo de La Perdiguera, e intentaron quemarles la
choza, se plantó desafiante en medio de la vereda, con las piernas
abiertas y firmes como si se las hubieran atornillado al suelo, negra
su cara como la del mismo satanás donde sólo le blanqueaban
el arco de los dientes apretados, babeando su rabia por la comisura
de la boca, el cabello enmarañado y una pesada y nudosa clava
del más duro roble enarbolada amenazante sobre su cabeza firmemente
sujeta con las negruzcas manos, semejaba al mismísimo Hércules
redivivo que hubiese brotado de los infiernos.
- Al primero de vosotros que arroje su antorcha sobre mi choza -gritó
como si un potentísimo trueno les hubiese restallado fragoroso
sobre sus cabezas-, le abro la crisma como una calabaza hueca y le meto
de cabeza en la carbonera chica para hacer el cisco. ¡Váyanse
con Dios sus mercedes, y salud tengamos hasta que en otra mejor nos
veamos y juntos acorpemos!
Lo dijo con una mueca feroz -más de furioso loco desesperado
que de humano- dibujada en su rostro de azabache, rodeado de las blanquísimas
y afiladas dentaduras de su famélica prole. Panthaleón
Ximénez, el Tiznao, tenía bien marcado su territorio,
era muy mirao para los suyos, y de la sana opinión de que cada
cual tenía que despiojarse de sus propias miserias sin dañar
nunca a sus prójimos, y sin otros alardes ni mayores aspavientos.
Y como nadie se muere porque a otro le entierren, y vive el valiente
mientras el cobarde quiere, según nos dictan los sabios libros
antiguos, en esta ocasión, plantado como estaba el carbonero
sobre el cerro y a contraluz, igual que un roble hendido por el rayo,
semejante a una monstruosa gárgola que hubiese cobrado vida,
hasta el mismo Acazio juzgó más peligroso para la integridad
de las simples gentes del pueblo al Panthaleón Ximénez,
el Tiznao, que a la propia peste, y creyó más prudente
dar media vuelta en precavido silencio, dejar que los aires de la montaña
dispersaran los restos de los ponzoñosos efluvios pestilentes,
confiar en que la divina providencia les ayudara con su mano sapientísima
y benefactora, retirarse en silencio por la Dehesilla abajo, y dejarle
al Tiznao con su ferocidad junto a su extraña familia, libres
y en paz, como los sueltos animalillos en su marcado territorio.
- ¡De menudos cantazos, escalabraduras y huesos rotos se libraron
en ese día: algunos nacieron de nuevo, oiga!
La familia del tío Panthaleón Ximénez, alias el
Tiznao, se enseña más ennegrecida, sin comparación
posible, mire su merced, que los mismísimos tizones azabaches
de los más renegríos picones de las tetudas carboneras.
Semejan hambrientos lobeznos o rayones de jabalí -con las bocas
fétidas y los dientes despareados- con sus límites de
caza firmemente marcados: desde más abajo de la bien llamada
Puente de Palo y por El Hombre Muerto, hasta coronar el sitio de Las
Yeguas de Juan Domingo. Las noches de luna llena, entre los pálidos
jirones de las nieblas bajas, se mueven como gatos salvajes, se desplazan
tan silenciosamente como los búhos, se entienden por medio de
sonidos guturales como los mismos animales, y parecen una extraviada
caterva de fantasmas en pena vagando agrupados, en reata y formando
en "santa compaña" sobresaltadora hilera que va zurciendo
todo el paisaje de Graxos -Censurio, el Rastrojeras, el mayor de todos
y, como tal, el jefe dominante de la famélica manada seguido,
a un año escaso de unos con los otros y en talla decreciente,
por Parmenia, la Abubilla; Odón, el Topinera; Demetrio, el Malospelos;
Emerenciana, la Torcaza y Vizencio, el Colorinches, un pequeñajo
y pelirrojo recentalillo de escasas cinco hierbas mal cumplidas- por
las serpenteantes sendas del monte, las pedregosas laderas del húmedo
Val de las Casas, bajo el alto Montote -en estos años formada
tan sólo por media docena de chozuelas deshilachadas-, cabe el
saltarín arroyo Gorgoril, las hondas barranqueras en la umbría
y peligrosos desgalgaderos de la sierra boscosa cabe el sitio de Los
Marranos.
Forman una jerarquizada camada de salvajes garduñas esquivas
de hirsutas greñas, o de retozonas ardillas hurañas, inquietas
como los pulidos cantos rodados de la torrentera, husmeando por La Perdiguera
arriba y Los Chiones abajo; o una colonia de grajos creciditos y que
anidasen libres cabe la llana Dehesilla del hoy extinto lugarejo de
Roblaíllo. Pero eso sí, mire su merced, a distancia de
un paisaje lo pregona la atlética disposición de sus enjutos
cuerpecitos, ágiles y magrillos, inmunes todos ellos a los miasmas
letales de cualquier género de los pestíferos virus que
suben hasta sus calveros en la alta sierra, y sin tomar melezina alguna,
ni del sangrador Pero Pérez, alias el tío Tordo, y barbero
del lugar de los Graxos -aunque levanta choza en Manjabálago-,
ni de la misma tía Canuta Morteros quien, a veces, muchas veces,
todas las veces precisas, vamos, oficia de curandera por estos términos
olvidados de los algebristas: a todos ellos les brillan los ojos como
dos aceitunas negras.
- ¿Y apestan las criaturitas?
- Como abubillas descompuestas, mi señor Escribano.
- ¡Vaya por Dios!
Panthaleón Ximénez, alias El Tiznao, se dedica a las nobles
artes de producir carbón en una parva o carbonera típica
de tierra. El trabajo es muy duro porque además de realizar en
el monte las distintas cortas a lo largo del año -y sólo
aquellas que le están permitidas por el representante del Señor
de Guzmán, en tiempo y volumen-, tiene que transportar hasta
los castillos palacio de Cespedosa y La Puente del Congosto, y tres
veces al año, las arrobas de carbón convenidas como pago
de su tributo y renta anual, que procura cumplir religiosamente. En
contrapartida quema más leña de la establecida para que
los beneficios resulten casi parejos y los sudores, que no estaban estipulados
por norma ninguna, no se los lleve el diablo. Ahora ya le acompañan
por el suave camino morañero, al cuidado de los renuentes burros
y los serones de esparto repletos de negro carbón, envueltos
en toses y polvo negruzco, sus dos hijos mayores, Censurio el Rastrojeras
y Odón el Topinera, mientras Parmenia la Abubilla ayuda a su
madre, tía Gaspara la Golondrina, en la imposible vigilancia
del resto de la cría, los más pequeños, y en repartir
a hombros los escasos pedidos entre los labriegos de las aldeas más
cercanas. Los musculosos y madrugadores herreros de la comarca son sus
mejores clientes -en determinadas épocas del año campesino,
el trabajo se acumula en las fraguas de tal manera que en éstas
no paran de martillear sobre el yunque, ni de saltar fugaces las brilladoras
chispas aguzando rejas de arado, recomponiendo hoces o azadas, herrando
a los animales de tiro... desde muy antes de que Dios amaneciera- y,
además, que se encargan del transporte del carbón con
sus propios burros.
La parva cónica para la obtención del carbón vegetal
que Panthaleón Ximénez, alias El Tiznao, construye con
saberes ancestrales en medio del monte, mide alrededor de 4 m. de diámetro
en la amplia apoyatura y de 1 a 1,5 m. de altura. En la base deja entre
seis y diez tomas de aire, y una apertura arriba, de alrededor de unos
20 cm. de diámetro, para que mejor permita la lenta salida del
humo durante la pausada combustión. Todas las aperturas las sella
bien con tierra prieta cuando se concluye la quema, permitiendo el enfriamiento
del cúmulo. Previamente, Panthaleón Ximénez, alias
el Tiznao, limpia un espacio de terreno de alrededor de 6 m., procura
que esté nivelado, compacto y bien drenado. Entonces, coloca
sobre el suelo, y radialmente, una tejedura de pequeñas trozas
cruzadas, para así formar un círculo de unos 4 m. de diámetro.
Más tarde, empaca densamente la madera, que deberá ser
carbonizada sobre esta plataforma. Las piezas más largas de leña
(de hasta 2 m. de largo) se colocan verticalmente hacia la periferia
con la finalidad de desarrollar un perfil más o menos regular.
Los espacios entre las trozas los rellena con madera chica, para que
así la parva resulte lo más densa posible. La superficie
de la pila se completa con leña pequeña para lograr también
un perfil lo más uniforme posible y así crear un soporte
para su posterior recubrimiento total con la tierra. El revestimiento
lo revisa con sumo cuidado para sellar todas las rajas y poder controlar
que sólo queden abiertas las bocas de aire en la base del cúmulo.
Planta un poste de alrededor de 2 m. de alto en lo que será el
centro de la pila de leña, para mejor facilitar la acumulación
de la madera, dar estabilidad a la pila y un soporte al operador cuando
se tape el apilado con tierra; abre el agujero superior para el escape
del humo y, luego, enciende la parva. Normalmente saca el poste antes
del encendido para dejar una apertura central a través de todo
el montículo. Si es necesario, y antes del encendido, deja que
la capa de tierra se seque alrededor de un día. Introduce por
el agujero superior de la parva una palada de madera y carbón
encendidos, y cuando un humo denso y blanco sale por la parte de arriba,
significa que el fuego ha tomado cuerpo. En el transcurso de unos días
el humo se va volviendo azulado y, finalmente, es prácticamente
transparente. A medida que la carbonización progresa, el montón
se hunde poco a poco y pueden aparecer agujeros que deben ser inmediatamente
bloqueados con pasto y tierra o arena. El tiempo requerido para completar
la combustión depende del contenido de humedad de la leña
y de la regularidad de la circulación del gas dentro de la parva.
Cuando se percibe de que la quema ya ha finalizado, entonces cierra
con cuidado la apertura de arriba y todas las entradas del aire en la
base, con barro, musgo o piedras y con arcilla. Si la parva es pequeña,
se enfría en dos a tres días.
Una carbonera de tierra puede abrirse sólo una vez que se ha
enfriado. Abren la parva, pues, con la ayuda de rastrillos, comenzando
desde la base. Cierran herméticamente la apertura después
de sacar una parte del carbón vegetal, y siguen este procedimiento
hasta completar toda la operación. Así los tizones podrán
ser quemados en la hornada siguiente. Los hijos del tío Panthaleón
Ximénez, alias El Tiznao, -portadores cada uno de ellos en sus
magros cuerpecillos de una fanega de pulgas el que menos- separan con
manos ágiles, ásperas como la corteza de la encina, llagadas
de arañazos y negruzcas como las plumas de las chovas, los pedazos
de carbón vegetal completamente quemados, los de la carbonilla,
también de los tizones, y los colocan en hondos canastos para
la venta. La tierra quemada de la parva la dejan a un costado para revestir
otras parvas sucesivas.
- ¿Y aguantan estando como están tan trasijadas?
- Como las abulenses murallas construidas en la ciudad hace más
de dos siglos por el maestro Pituenga, tome nota su merced, con sus
expertos tallantadores de piedra e constructores e canteros e maestros
de jometría; que de las bubas epidémicas no se murió
ninguno. Vamos, y para que mejor se haga una idea su merced de la bondad
del método y dureza de los hijos del carbonero: de embotijarse
no pasaron.
- ¡Viva la mierda!
- Pues... lo mismo tiene su merced toda la razón: ¡Viva!
Capítulo IX: LAS MUJERES
Cuando el Señor Condestable de Castilla recibió la noticia
de que su hija había dado a luz dos niñas, una viva y
otra muerta, le dio al mensajero cincuenta ducados, diciéndole:
Mira que estos cincuenta ducados no los doy por la viva, sino por la
muerta.
- Cuando nace hija, lloran las paredes de la casa.
En la baja Edad Media, tanto los hombres como las mujeres comunes, aquellos
que deben trabajar, tienen los mismos oficios o labores. No existen
grandes diferencias. Hay, por ejemplo, barberos y barberas que se dedican
a hacer sangrías, un remedio universal que se utiliza para cualquier
clase de enfermedad. Además, el barbero (a) es también
el cirujano. Las mujeres, al igual que los hombres, bordan y fabrican
guantes y sombreros. En el oficio del metal, también las mujeres
son agujeteras, cuchilleras, talladoras del oro, joyeras, orfebres,
cerrajeras, hierran caballos y fabrican tijeras. También son
vendedoras de carne, fruta, pan, leche, queso y pescado. En las guerras
son espías y, en ocasiones, grandes luchadoras. Otras se dedican
a la creación literaria y escriben algunas fábulas y pequeños
cuentos. Las mujeres tienen muchos oficios, aunque los únicos
que son exclusivamente femeninos son aquellos en los que se trabaja
con seda, porque se necesitan manos suaves y dedos delicados. La mujer
es el núcleo de la pareja y de la casa. La mujer común,
la mayoría de ellas, se dedica a hacer las tareas domésticas.
Todas las mujeres, tanto las nobles como plebeyas o villanas, educan
a sus hijos y se encargan de la salud y de la higiene familiares.
La Iglesia prohibe el incesto, y que los hermanos se casen con las hermanas.
A partir del siglo XII aparecen los divorcios, pero sólo si puede
demostrarse que el matrimonio no ha sido válido, por ejemplo,
por relaciones de consaguinidad. El título de nobleza, como el
de servidumbre, se transmite por la mujer. El matrimonio puede realizarse
sin autorización de los padres, pues la Iglesia considera que
es decisión de cada esposo. La única condición
es que sean mayores de edad. En las comarcas, la mujer lo es a los 12
años, y el hombre a los 14 años. Entre la nobleza, en
cambio, la mujer lo es a los 15 años, y el hombre a los 18. Entre
los plebeyos, la mujer lo es a los 12 y los hombres a los 13 años.
La ceremonia matrimonial debe ser en ayunas, antes del mediodía,
y en público. El sacerdote bendice a los novios y examina su
genealogía para evitar el que sean parientes. Los testigos, durante
la bendición, suspenden un velo sobre la cabeza de los novios.
La fórmula es muy sencilla: "Te tomo por esposo" (a),
o, "Con este anillo me caso con vos y con mi cuerpo os honro".
En el siglo XIV, se les da a los padres el derecho de desheredar a los
hijos si se casan sin su autorización. Las mujeres deben llevar
el apellido del marido, ya que éste es el jefe, y los actos de
las esposas no tienen validez alguna sin la aprobación del marido.
Hay matrimonios, básicamente entre los nobles, donde los novios,
desde muy niños, han sido comprometidos por las familias para
garantizar la paz entre ellas.
La higiene nos lleva de la mano hasta las recetas de belleza. Hay desde
ungüentos y cremas de manteca de cerdo, aceite de oliva, lociones
hechas con plantas maceradas o hervidas en vino, hasta leche de almendra,
tintes para el cabello y aun perfumes basándose en el almizcle.
Existen recetas para prevenir arrugas, curar el herpes, blanquear los
dientes... Los consejos de limpieza para las mujeres son: cuidarse las
uñas y los dientes, lavarse todas las mañanas brazos y
cara; la cabeza con frecuencia y estar bien peinadas. Para evitar el
olor corporal, el jabón se perfuma con almizcle y clavel. Los
dientes merecen una atención especial. El aliento se perfuma
con canela o masticando verbena, hierbabuena o mondas de limón.
Entre los perfumes destaca el agua de rosas y de romero que se mezcla
con flor de azahar, madera de áloe, lavanda y algalía.
El ideal de belleza es la mujer de cabellos rubios y rizados, de piel
clara, con la nariz recta y fina, de labios y mejillas encendidos, cejas
depiladas o, en todo caso, finas y arqueadas; silueta esbelta y sinuosa,
caderas flexibles y una sonrisa resplandeciente. Al principio de la
Edad Media, la ropa femenina se compone tan sólo de dos vestidos,
de una capa y una cofia. Algunas veces, pocas, llevan la cabeza descubierta.
Aparece ahora una nueva prenda, la camisa, que es de lino o de seda,
paño, brocado... dependiendo del dinero que tenga o se quiera
gastar el dueño, mientras que el vestido es de lana. Se usan
zapatos con puntas retorcidas, terminando con un cascabel o en una florecilla.
La joven soltera puede llevar, así mismo, guirnaldas de flores,
la corona virginal; en cambio, las mujeres casadas cubren sus cabellos
con un velo. Este velo se les prohibe de forma rigurosa a las fornicarias
o rameras, condenadas a durísimas y humillantes penas si osan
cubrir sus cabellos como las señoras con marido.
Generalmente, las mujeres de la época llevan en la cabeza severas
tocas, y se calzan los pies con pantuflas de fieltro o lana muy fuerte
en forma de bota; las faldas son cortas, las mangas largas y muy ceñidas
a los brazos; llevan una especie de peto en la parte anterior del traje,
abrochado a ambos lados. Estos rudos trajes les permite compartir con
sus hombres gran parte de las fatigas y ejercicios físicos de
aquellos difíciles tiempos de la baja Edad Media. Más
adelante, las sayas o sayales de lino y lana de las mujeres son de colores
muy vivos; el lujo consiste en ponerse encima unos sobrepuestos de telas
más ricas. Las señoras elegantes llevan camisas de seda,
túnicas sin manga, un manto de seda bordado, que puede estar
teñida de escarlata, el color de la suma elegancia en la Edad
Media, y a veces forrado de piel, sujeto, como las damas romanas, con
un broche o fíbula de plata. Aludiendo al noble símbolo
de la caballería de la época podemos afirmar que: ...relucen
como una espada. Los mantos, pieles, pellizas, pellejas, pellizones,
chupas, transpelotes y pelotes son las prendas de abrigo más
frecuentes. Cuando es de aspecto más rústico se llama
tabardo:
Bajo la espina está la rosa, noble flor,
con fea letra está saber de gran doctor;
como so mala capa yace buen bebedor,
así, so mal tabardo, se encuentra el buen amor.
(Arcipreste de Hita: Libro de Buen Amor)
En la baja Edad Media ya no se contentan con dos vestidos de distinto
tono; los colores van a dividir el cuerpo en forma longitudinal, de
tal forma que cada lado del cuerpo esté revestido de un color:
el vestido mitad y mitad. Los zapatos también son de dos colores.
Más tarde, el vestido femenino llevará cola. Al tiempo
que ésta se alarga, la sobrevesta se abre por delante hasta llegar
al punto de ser escotada en punta por delante y por detrás, estando
sujeta por un cinturón. Son notables las mangas, largas y ajustadas,
que tapan hasta casi los dedos. Sobre la cabeza llevan el hennin, que
es una especie de sombrero en forma de un cono o cucurucho. Otras mujeres,
en cambio, llevan repartido el cabello en dos astas puntiagudas, cubiertas
por un velo. Pero todos estos ropajes se lucían en paisajes y
escenarios tan lejos de nuestro lugar de los Graxos...
Parece ser que, normalmente, el vestido de la mujer campesina está
formado por un tocado y una camisa; pero la mayor parte de ellas no
tienen ni esto siquiera, y suelen mostrar los costados por vergonzantes
agujeros:
La muger empobrecida trae mesquino tocado,
aue rrota la cemisa y pareçele el costado,
que non tienen con que cubran el vergonçoso forado.
Miseria del homne. (Siglo XIV)
Las prendas de las mujeres, de ordinario, son muy largas, lo que obliga
a recoger las faldas con la mano o prenderlas del cinturón. Las
más usadas son: el brial, que es un vestido entallado a la cintura
y anchas mangas. Se emplea muchísima tela en su confección,
llegando a tapar los pies de las damas. Debajo de él se lleva
una falda de tela más fina que se puede ver, casi adivinar, cuando
la dama se levanta la parte delantera del brial para poder caminar de
una forma más desenvuelta; la saya, es el vestido más
común, sin mangas, y largo hasta el suelo. Suele tener aberturas
laterales para permitir a las damas que caminen de forma más
libre y desenvuelta. Se completa con una faja enrollada en la cintura.
Según la labor que se fuese a realizar de forma más inmediata,
a veces se le antepone previsoramente un sufrido delantal. Bajo la saya
se lleva una camisola larga, que llega hasta los pies. Por las aberturas
de la saya asoman las mangas de la camisa: largas o cortas, y con manguitos
de otro color; el hábito, una prenda muy usada para salir a la
calle o los viajes. Posteriormente, será relegado para uso exclusivo
de las mujeres castas y para las monjas, que lo acompañan siempre
de una toca, y con el pelo recogido. Recordemos que las mujeres casadas
llevan el pelo recogido con muy diversos tocados o cofias. También
son habituales las redecillas, pañuelos, cintas, etc.
No hay mucha evidencia de cómo son las bragas en esta época
del siglo XIV, y ni tan siquiera podemos decir que su uso fuera generalizado.
Muchas mujeres, probablemente, aun las damas de las más altas
esferas y linajudas, van sin nada bajo sus holgadas faldas. Detalle
que les permite aliviar sus perentorias necesidades fisiológicas
ágilmente, en un traspón, sin más inconvenientes
o sobresaltos, ni engorrosos contratiempos. Podemos afirmar sin mayores
reparos: la inmensa mayoría de las mujeres no llevan nada debajo
de la falda o del vestido; no usan ropa interior o la llevan floja.
De hecho, la ropa interior femenina es considerada como una prenda más
propia de barraganas, prostitutas, o juglaresas que de tocas honradas.
Los sombreros, velos, y demás tocados, junto con bolsitas y prendas
similares, completan la apariencia y la hacen más atractiva.
El tocado, en particular, es de una gran importancia ya que tanto los
hombres como las mujeres suelen llevar prendas variadas en la cabeza
con muchísima más frecuencia que hoy en día. Para
las mujeres llevar algo y/o recogerse el pelo es, además, una
muestra de decencia, como fue en toda Europa hasta ya entrado el siglo
XX. Los zapatos, de cuero o de tela y sin tacón, tienen así
mismo su importancia muy destacada porque pueden destrozar de forma
irreparable un atuendo de gala o complementarlo adecuadamente.
Aunque me veis que descalza vengo,
tres pares de zapatos tengo:
Unos tengo en el corral,
otros en el muladar,
y otros en cas del zapatero.
Tres pares de zapatos tengo.
(CORREAS, Vocabulario, pág. 34b)
El Arcipreste de Talavera hace la caricatura de una dama elegante:
¡Huy, y cómo iba Fulana el domingo de Pascua arreada! Buenos
paños de escarlata con forraduras de martas, saya de florentín
con cortapisa de veros..., faldas de diez palmos arrastrando..., un
por demás forrado de martas cebellinas, con el collar lanzado
hasta medias espaldas..., arrancadas de oro que pueblan todo el cuello...,
los moños con temblantes de oro..., sortijas diez o doce donde
hay dos diamantes, un zafiro, dos esmeraldas...
Cuando la Celestina penetra en las casas para sus turbios manejos lo
hace so capa de vendedora de gorgueras, garvinas (o cofias hechas de
red), de rodeos (los ruedos con franjas para el final del vestido).
Pero su mayor propaganda la hará sobre un producto muy importante
para las damas del tiempo que dedican largas horas a tejer: unas madejas
de algodón... hilado... Delgado como el pelo de la cabeza, igual,
recio como cuerdas de cihuela, blanco como el copo de la nieve, hilado
todo por estos pulgares, aspado y aderezado. Vedlo aquí en madejitas.
Tres monedas me daban ayer por la onza, así goce de esta alma
pecadora. (La Celestina)
Un notable caballero de Cataluña tomó a una mujer sencilla
por esposa y, cogiendo las ropas pobres y mezquinas que tenía
puestas antes de casarse, las encerró en un cofre, y cuando ella
hacía algo que no le gustaba, le hacía quitarse todos
los vestidos elegantes y ponerse los rotos y malos, y ella, viéndose
tan mal vestida, así dejaba de "exorar". Y su marido
le decía: "El miedo guarda la viña". (DÍAZ-PLAJA,
Fernando; Vida cotidiana en la España medieval)
Liberata, la Fermosa, siendo doncella, llevaba el pelo tendido sobre
la espalda como símbolo de virginidad; ahora, dueña casada,
lleva el pelo largo y recogido en trenzas o moño, y se lo tapa
con una cofia o con un velo (el pelo corto en una mujer es señal
de deshonra o herejía); porta un vestido o un manto de lana;
debajo se pone una camisa de lana o de lino; las medias de lana las
lleva sujetas con unas ligas, y calza zapatos de piel. ¡Cómo
luce Liberata su basquiña por las calles de la aldea los días
más solemnes del calendario litúrgico, resaltando la policromía
de los bordados sobre el fondo negro, y que ella misma ha confeccionado
artesanalmente en su bastidor durante las frías y solitarias
tardes de los largos inviernos! Sebasthiana la Mandiles, en cambio,
sólo gasta simple y áspera cobija, viste de buriel (paño
tosco propio de los humildes labradores) y tiene que chafallarse de
continuo (remiendo sobre remiendo) su mísera ropa y la de su
Anthón, el Ronzales.
- En tanto que tía Canuta no tenga que chafallarnos la salud...
- Y comamos, siquiera, una vez al día..., la ropa ¿qué
se nos da?
Sé de buena tinta, y puedo asegurarles a sus mercedes, y aseguro,
que las mujeres de nuestro lugar de los Graxos -solteras, casadas o
viudas- no utilizan braga cortesana de ningún tipo, ni aun en
su modalidad más rural...
- ¿Ni tan siquiera la Fermosa Liberata?
- Ni aun siquiera.
- ¿Y Constanza la Cosquillas?
- ¿Para qué perder el tiempo? ¡A pelo, como las
raposas del monte!
Años atrás, la bella Liberata hizo un intento de fabricarse
ella misma, con la ayuda cómplice de su cuñada Vitaliana
la Puntillas -la viuda de Yago, su hermano- una prenda parecida a las
bragas, pero ¡ay!, que esta vez ¡los gozos se nos ahogaron
en el pozo!, su marido Acazio, el Tumbarrobles, que a pesar de ser el
hombre más culto de nuestro mísero villorrio, noble, leal
y más trabajador que media docena de mulos manchegos a destajo,
tampoco destaca como un diplomático de la sabia y experimentada
escuela vaticana, para qué nos vamos a engañar, cortó
tajantemente el femenino amago de su mujer y cuñada afirmando
en un relampagueante y seco trallazo:
- Liberata la Fermosa, poder mear en una alcuza una mujer, no puede
ser: ¡prenda es esa de rameras!
Se mostró tan sutil como unas albardas de esparto, miçer
Escribano. Y así se zanjó el asunto, para los restos y
sin discusión posible, porque Acazio el Tumbarrobles, previsoramente,
dio media vuelta y salió escopetao de la casa como saeta en tiro
de ballesta: una mujer no puede discutir contigo si no te quedas donde
estás y discutes.
Ya apuntamos en su momento cómo las repetidas órdenes
de los reyes y concilios demuestran que en este siglo la barraganería,
o concubinato, está muy extendida, tanto entre los laicos como
entre las clases sacerdotales, a pesar de las severísimas normas
que la prohiben y las penas que éstas traen aparejadas: excomunión,
desheredamiento, privación de sepultura en tierra sagrada, infamia,
incapacidad para el ejercicio de los cargos... Pues bien, a mediados
del siglo XIV (en 1351), las Cortes de Castilla deciden, al fin, poner
coto a la soberbia mostrada por estas barraganas, que se visten con
adornos costosos de oro y plata y se muestran asaz irreverentes nin
respetuosas con las "adueñas honradas" y las otras
mujeres casadas, imponiéndoles el uso de ciertas prendas ("panno
viada o valencina e non otro ninguno") y a llevar "en la cabeça
sobre las tocas e velos e las otras coberturas un prendedero de tres
dedos de ancho, bermeio... porque sean bien conocidas de las otras".
Que casado ni clérigo de toda Talavera
no ha de tener manceba casada ni soltera:
cualquiera que la tenga, excomulgado era.
(Arcipreste de Hita; Cantiga de los clérigos de Talavera)
Numerosos clérigos viven con sus barraganas y aun llegaron
a solicitar que los hijos habidos de estas uniones sacrílegas
fuesen considerados legítimos, lo que provocó la irritación
y condena de las Cortes de Soria en 1380. El chantre Muñoz es
el más cínico en su queja. Si tiene barragana es para
protegerla, como debe hacer un buen cristiano con las desvalidas...
Pues, si yo tengo o tuve en casa una sirvienta,
no veo el Arzobispo por qué no lo consienta,
porque ni es mi comadre ni tampoco parienta:
huérfana la crié, ¡esto porque no mienta!
Mantener una huérfana, es obra de piedad,
y también a las viudas: esto es muy gran verdad;
pero si el Arzobispo piensa que esto es maldad,
dejemos a las buenas y a las malas tornad.
(Arcipreste de Hita, Libro de Buen Amor)
- Del cepillo a la barragana... ¡y sigan los bailes en la cama!
- ¿De ahí proviene, por un casual, la procaz acepción
tan barriobajera y extendida de "cepillarse a", mi señor
Escribano?
- Lo ignoro; pero no, no es probable, ni podría generalizarse
tampoco: clero había tan refinado que en lugar del cepillo usaba
garlopa.
En este siglo XIV, tan especial por otros tantos motivos, una campesina
cualquiera, aun la más humilde, usa como adorno personal un brazalete
de metal, de piedra o de madera tallada; y no hay campesino alguno a
quien le falte su esquero: una cierta bolsa que andaba asida en el cinto,
donde la gente del campo llevaba la yesca y pedernal para encender lumbre.
Mientras Europa se convulsiona frenéticamente, y se debate de
forma pendular entre la austera y burda estameña del campesinado
rural y la suave galanura y decadente gentileza de la seda cortesana,
lasciva y burguesa, en un pueblecito perdido en el mismo corazón
de la serranía abulense, ajeno a las modernidades y distante
de cualesquiera aires de renovación, el dorado sastre del otoño,
como cada año desde que el mundo recuerda ser mundo, con sabiduría
antigua, despoja parsimoniosamente a los árboles de sus hojas
color de cuero viejo como si se tratasen de las margaritas gigantes
del paisaje. Durante los blancos inviernos, les vuelve a tomar, mimoso
para no equivocarse, las nuevas medidas a fin de que la juvenil modista
primavera, enamorada, cuidadosa profesional y en original alarde de
colores, les vaya confeccionando otro año más -primorosamente,
como todos aquellos ya pasados desde que la creación se recuerda,
más allá del perdido Paraíso oriental en el bíblico
Edén- el antiquísimo y renovado diseño de la vida
campestre, pespunteándoles sobre el nuevo paisaje sus esbeltas
siluetas de recamados alamares con la aguja de plata del rayo de luna,
el hilo dorado del sol amarillo, ovillo de oro, los brotes adolescentes
recién estrenados y las yemas más tiernas, aún
niñas y esperanzadas, de los frutos venideros.
- Y usted que lo diga; que nuestros paisanos, con una descolorida boina
enroscada en la cabeza y grapadas abarcas en sus pies, convierten en
rural pasarela de la moda cualesquiera de las callejuelas del lugar
de los Graxos.
- ¿Y las mujeres?
- ¡Ja! ¡A sus carnales mercedes se las vamos a mostrar!
La mujer, en estos ámbitos tan machistas, tiene tres funciones
básicas: ordenar adecuadamente el trabajo doméstico, perpetuar
la especie humana y satisfacer cualesquiera de las necesidades afectivas
del varón. La vida de la mujer siempre ha dependido, como la
del hombre, de su clase social. En el medio rural, la mujer soporta
-¡cómo no!- la peor parte del duro trabajo de los campesinos
y, así, no es extraño verlas uncidas a los arados cuando
se carece de animales de tiro. Las mujeres del llamado lugar de los
Graxos, y la inmensa mayoría de los hombres también, son
analfabetas totales, poseen distraídas entendederas, en algunas
de ellas (y de ellos), el conocimiento de su cerebro apenas si supera
el de las burras y no se les concede el derecho de poder ausentarse
más allá de los términos de la aldehuela. En contraste
con sus comportamientos y vestidos, en general harto recatados, se lavan
con muy parca frecuencia a lo largo de todo el año, su higiene
personal es bastante desajustada y escasa, la mayoría de ellas
huelen al humeante estiércol de las zahúrdas, muladares
y establos, y su lenguaje resulta subido de tono e incluso hasta brutal:
acostumbran a caminar descalzas por las calles embarradas o polvorientas,
van desgreñadas, su aspecto es hediondo y hoy nos resultarían
hasta repugnantes; los chistes verdes o escatológicos, exabruptos
soeces, las exclamaciones groseras, regüeldos, ventosidades, esputos
en los suelos y paredes y las expresiones más crudas son corrientes
tanto en los hombres como en las mujeres.
"El día que cierno, ¡qué mal día llevo!;
el día que amaso, ¡qué mal día paso!;
y el día en que he de lavar, ¡me echo a temblar!"
- ¡Buena mujer la dicha para un pobre, vive Dios!
El Arcipreste de Talavera, nuestro reverendo Alfonso Martínez
de Toledo, y en su afamada y costumbrista obra El Corbacho, ya les advertía
que non solamente los onbres aman las fermosas, mas las graciosas, byen
fablantes, donosas, honestas, limpias, corteses, e de buena criança
e costumbres honestas en todos sus fechos, e vergonçosas.
Así mismo, ya se lo repetía su madre Crispina Hernández,
alias la tía Bocatriste, a su marido el tío Epifanio Çenteno,
y a su hijo mayor Thomé Núñez, el Venado -cuando
éste, aún de moço, andaba buscando su pareja y
comenzó a rondarle la calleja y la chozuela a la joven Constanzica,
alias la Cosquillas-, con la astucia de una vieja lechuza experimentada
y el malévolo cariño de la taimada raposa en celo defendiendo
su cálida madriguera:
- Escúchame, Thomé Núñez, hijo, que pareces
un gran zote tontibobo, modrego y parvallán, que Constanzica
la Cosquillas es demasiado alegre y presto se esperranca en un ¡jesús!;
que tiene demasiado ardor en la sangre y tanto temperamento que vas
a tener que sujetarla a palos; que lo único que desea es que
le batan bien batidas las mantecas; que moça es ésta del
culo veo, culo quiero, culo vi, culo quisí; que de nunca rubios
cavellos y graçia en cantar, hiçieron ajuar... Aquella
muger es fermosa, hijo, que con agua del río, puesta una lençereja,
syn otra compostura, relumbra como una estrella.
Porque te besé, carillo, (cariño)
me riñó mi madre a mí:
torna el beso que te dí. (Cancionero sevillano, fol. 283)
Pero la moça Constanza la Cosquillas era una zagala tan jacarandosa,
con tanta vivacidad y tan repajolera frescura... que cuando ésta,
de reojillo, lo miraba maliciosamente risueña y quieta, con la
inmóvil malicia de una cabra joven, el inexperto, el enamoradizo,
el lila y bragazas del Thomé Núñez, el Venado,
se rendía incondicionalmente subyugado por el verdor engañoso
de unos ojos de pécora envenenadora que no paraban de acariciarle,
sonreírle y desnudarle con aquellos destellos tan enfebrecidos
y perturbadores como sólo desprenden las hembras en celo.
- Veinte años de puta y uno de santera, ¡tan buena soy
como cualquiera!
Thomé Núñez no creyó en las sabias advertencias
de su madre, y se casó con Constanza la Cosquillas. Novio se
llamó al moço desgraciado que no vio; porque si viera,
novio no fuera. Tampoco oyó, ni quiso oír, o bien hizo
oídos sordos, a las coplillas que por el pueblo y su término
ya cantaban los labradores por las aradas, los pastores en los apriscos
y las mujeres lavando en el río apenas fueron conocidas las primeras
relaciones:
Porque el val que habéis de arar,
el desposado,
porque el val que habéis de arar,
ya estaba arado. (LASSO DE LA VEGA, núm. 92)
Las mujeres como nuestra paisana Liberata, llevan la peor parte de
las enfermedades y miserias, y son las que padecen más los fieros
zarpazos de la muerte. Uno de los momentos más delicados de sus
existencias es el del parto, pues al carecerse de aquellas condiciones
sanitarias más elementales quedan expuestas a múltiples
complicaciones y contagios. El parto, así como un sinfín
de diversas enfermedades, tuberculosis -la llamada peste blanca- o la
malaria, entre otras muchas, ítem más, los durísimos
trabajos agrícolas y domésticos contribuyen a desgastar
el cuerpo de la mujer hasta ponerla al borde mismo de la catástrofe
letal, que con harta frecuencia viene a suceder. Resulta característico
y significativo la alta desproporción entre el número
de varones y el de las mujeres: 130 por cada 100. El hecho de que fulanita
está embarazada de nuevo, no representa ninguna novedad en el
lugar. Es el destino inevitable de toda mujer casada: tener un hijo,
criarlo con el pecho propio y, en cuanto se desteta, quedar de nuevo
embarazada, volver a parir otro hijo, y rezarle a Dios para que éste
no se le muera. Llegado el momento del parto, la mujer se agacha y,
en cuclillas, alumbra su hijo sobre la estera de cañizo de su
chocita. Y así año tras año, embarazo tras embarazo,
hasta que un mal parto le causa la muerte o la muerte sobreviene por
el mismo cansancio, la enfermedad o el desgaste de una vida de trabajos
y fatigas.
- Y como el disfrute sexual de la mujer, por el mero hecho de serlo,
era un pecado tan nefando y reprobable...
Mientras Acazio el Tumbarrobles labora duramente en los campos, su mujer
pasa la mayor parte del tiempo trabajando recio también. A Liberata,
en la aldea la conocen como la Fermosa, pero al igual que su marido
-y la aldehuela toda-se levanta y se acuesta con el sol. En invierno
los días son más cortos, por lo que la familia reposa
y duerme más, ya que resulta muy caro tener las velas o candiles
encendidos y, además, éstos no dan una luz suficiente
como para arreglar las prendas de vestir, ni permite el reparar las
herramientas de la labor. En verano, cuando los días son más
largos y más cálidos, la familia se levanta más
temprano, siempre antes del amanecer, y luego descansa un rato al mediodía.
Liberata prepara el almuerzo para su marido y sus hijos, y luego retira
los revueltos jergones, que se pueden meter dentro del pajar o bien
apilarlos encima del arcón más grande. En la casa tiene
poco trabajo, porque es muy pequeña, pero tiene que barrer el
suelo para quitar los huesos de aceitunas y los trozos de comida de
la noche anterior, y luego extender paja en el suelo, o brazadas de
heno para mantenerlo limpio y seco. También tiene que cuidar
de las gallinas, y alimentarlas con grano y con los restos de la comida:
por la mañana pone la lumbre, golpea dos pedernales hasta que
saltan las chispas anaranjadas, luego sopla para encenderla, pone su
calderillo para calentar el agua y, con unos puñaditos de salvado,
prepara la ordinaria comida de las gallinas para echársela a
éstas y así fazerlas mejor ponedoras. Las tiene señaladas
a todas con unas cintitas del color del azafrán prendidas en
el ala derecha. Normalmente, durante el día las deja que anden
picoteando por los alrededores de la casa, pero por las noches las mete
en el corral para así ponerlas a salvo de los zorros y de los
ladrones descuideros.
En nuestro Graxos, las gallinas son rurales, callejeras e independientes,
de rudo pueblo campero y montesino; gallinas trotadoras, libres y callejeras,
espantadizas ante el perro callejero que gruñe y amaga dentelladas,
y ufanas pregoneras cacareantes del huevo recién puesto en el
oculto nidal. Gallinas de pata escarbadora y pico pronto y certero,
alborotadoras peregrinas de muladares substanciosos y aromáticos,
y fieles ponedoras de unos huevos reconfortantes y amarillos donde el
sol se concentra a trocitos dentro de sus yemas anaranjadas y mojadoras.
Gallinas coquetuelas y emplumadas, de torpe caminar bamboleante, orondas
y solemnes como veteranas abadesas despreocupadas, y auxiliadoras de
mucho fundamento, confianza y sosiego, de todas las mujeres ancianas
o parturientas y, llegado el caso, aun para aquellos maridos inapetentes
o desajustados en el jergón por el desgaste laboral, los altibajos
en el ritmo y frecuentes desfallecimientos.
En el lugar de los Graxos, hay gallinas primerizas y ágiles,
regordetas y torpes, rechonchetas, patizambas y corredoras, blanquecinas
y cenicientas, cacareantes y ruborosas, culibajas, moteadas, pindongueras,
escandalosas, desenfrenadas, cobrizas y negras. Te las puedes tropezar
por las callejuelas, entre las chozas, cruzártelas por la plazuela
de la Iglesia, y encontrártelas en las eras, camino de los muladares,
dentro del pacífico cementerio y hasta en las mismas cunetas
-sin caminero- de la Calzada Real o camino carretero.
- Pero son menos peligrosas y harto más discretas y precavidas
que las perezosas vacas y los sueltos gorrinos, ¿verdad, usted?
- Sí, eso sí; de mucha más confianza y menos peligro,
sí son: ¡dónde vamos a parar con la comparanza!
Las gallinas, todas las bobilocas gallinas medievales, y nadie se explica
hasta ahora muy bien el porqué, acaban salvándose milagrosamente
del envite, entiendo que por los celos, de los perros callejeros; de
los caballos lanzados al galope, de las alevosas pedradas fieras de
los chiquillos y de las ruedas de las lentas carretas. Día tras
día, salvo cuando el prudente maese raposo asoma sus tiesos bigotes
delatores del hambre que le corroe por los tapiales de los huertos,
los ángeles guardianes de las indefensas gallinas no se descuidan
un sólo instante, están de servicio continuamente, jamás
bajan la precavida guardia y son harto pacientes, previsores y considerados
con los más tontorrones de los animales de la cuadra y del gallinero:
las gallinas.
Las mujeres del lugar de los Graxos, prudentes y avisadas como pocas,
adornan y distinguen sus gallinas con cintas de variados y llamativos
colores cual divisas de su ganadería de corral. Desde tiempos
inmemoriales se los van colocando según sus merecimientos, escalafones
y categorías: verde, para las pollitas aún no ponedoras
e inexpertas; rojo y de lunares para las gallinas de mediana edad y
óptimo rendimiento, y con cintitas decadentes y floreadas a las
más veteranas, escasas ponedoras y sempiternas candidatas aspirantes
a sustanciar la más reconfortante y nutritiva de las pepitorias...
- Es que mire vuesa gentil merced, maese Escribano, las gallinas de
este lugar son pindongas en demasía y sobrado galleras, y es
la única forma que tiene una de poderlas seguir la ponedora pista
de sus huevos.
Las mujeres del lugar de los Graxos conocen muy bien a sus gallinas
y saben con certeza de dueña lo que se dicen, que las gallinas
pindongas y galleras, harto es conocido por todos, suelen ser fieles
a todos los gallos que enseñan sus espolones: esos gallos cobrizos
y tomateros que las cubren a la carrera en un montaje en cadena, efectivo
y espectacular.
Unas gallinas gordezuelas como prioras de convento, con mechones cenicientos
y dorados en sus redondas espaldas de caldo de parturienta, y que remueven
plácidamente la tierra de la plazoleta de la iglesia, ahuecan
coquetuelas sus alas emplumadas y, en posición de agachadillas,
orondas como dueñas tocadas, intentan incubar el extrañísimo
huevo de la tierra con grácil remeneo de plumas.
- ¿Y cree, usted, que lo conseguirán?
- Ya puede su merced apostar a que sí; que la gallina de Graxos,
ahí donde la ve, es mucha gallina, señor mío, para
renunciar tan presto.
- ¿Tan recias como tía Hermógena, y más
sandungas que Constanza?
- ¡Casi!; y eso que la comparanza es recia...
Cruza un perro larguirucho, desmañado y torpón, asusta
a las gallinas que huyen temerosas cacareando su histérico miedo,
y queda olvidada en la tierra, adolescente y polvorienta, la huella
irrepetible de un aprendiz de nido.
- ¡Malhaya el desgraciado perro que nos dejó en la ignorancia
de saber qué nos guarda en su interior el huevo de este mundo!
- Sí, señor; y aún más: ¡mal cantazo
se lleve!
En gallinas regaladas
tener pepita es gran daño,
y en las mujeres de hogaño
lo es el ser despepitada.
Liberata la Fermosa, aun en su actual estado de precariedades, es
muy afortunada y así se la considera entre las demás mujerucas
del lugar de los Graxos. Al ser la esposa de Acazio, el fiel de la aldea,
dispone de ciertos bienes y privilegios de los que la mayoría
de la mujeres carecen. Su vecina Sebasthiana la Mandiles, en cambio,
es muchísimo más pobre, mísera y necesitada, no
goza de tantos privilegios -a decir verdad, de ninguno-, y su horario
de trabajo y programa de labores es muy parecido al lamento diario de
la inmensa mayoría de las rurales mujeres castellanas, de sol
a sol, en esta oscurantista época bajomedieval tan machista:
Ésta es mi bienandança: echarme a las doze, levantarme
a las tres, y duerma quien pudyere; comer a mediodía y aun Dios
si lo toviere".
Fregoncillas, a fregar,
pues lo tenéis a destajo;
el agua está a calentar,
voces daba el estropajo. (CORREAS, Vocabulario)
- ¡Ay, Dios, y qué buen día cuando la sartén
chilla!, mujer mía; que el ruidillo de la sartén tiene
amigos cien.
- Y para que lo frito sepa bien, la mesa cerca de la sartén.
Pero la sartén de nuestros paisanos de la gleba, el Anthón
Ronzales y la Sebasthiana Mandiles, para mayor desespero de tripas,
pásase muda días enteros, y ni conocen sus amos las delicias
de unas simples y vulgares rosquillitas a lo pobre, las llamadas frutas
de sartén.
- ¡Ay, mi Anthón, bendito sea nuestro mal que con dormir
se quita!
- Cuando no hay jamón ni lomo, mujer, de todo como. Enfermedad,
mi Sebasthiana Mandiles, que no nos estorba a los pobres para dormir
ni para comer, poco médico ha menester.
Y, en medio de un hambriento bostezo volatinero, si no satisfechos sí
en la paz del Señor, ambos se duermen como los campestres lirones.
Por lo general, molinos harineros, hornos y fraguas se explotan como
un monopolio o regalía que sólo el Señor tiene
autorización de construir; deben ser utilizados por los habitantes
de los concejos del feudo y representan una importante fuente de ingresos
y también de innumerables conflictos. Pleitos, asesinatos, interminables
litigios, alevosas traiciones y las más sangrientas batallas
son concomitantes a la actividad molinera. Los aprovechamientos siempre
tuvieron carácter familiar para los siervos libres, correspondiendo
a cada solar el tiempo -hora o vez- que resultara de dividir el total
del tiempo de molienda por el número de propietarios. Bien entendido
que se trata del tiempo sobrante de la molienda necesaria para el Señor.
La diferencia entre los molinos propiamente dichos de las llamadas aceñas
se derivaba de la distinta posición del rodezno -horizontal en
los primeros y vertical en las segundas- sobre el que ejercía
su fuerza el agua y del que partía el eje que proyectaba el movimiento
a la muela. En algunos lugares del río -en nuestro escuálido
y agareno río Almar, por ejemplo, -"el río que nace
por donde sale la luna"- se levantan hasta tres de ellos- verdaderas
cascadas de molinos harineros y, uno tras de otro, en las épocas
más fecundas del ciclo harinero, reutilizan sucesivamente la
energía de las escasas corrientes de agua.
- Molinico, ¿por qué no mueles?
-Porque me beben el agua los bueyes. (Padilla, Thesoro)
Después de llevar el grano al buen molino que tiene el famoso
obispo don Sancho Blázquez de Ávila sobre el moro río
Almar, para que lo muelan -en el testamento de dicho obispo, 5 de octubre
de 1355, daba a los monjes de San Benito todo el algo que tenía
en Fortigosa de Rialmar, con sus cuatro yuntas de bueyes, casas y buen
molino, para que digan dos aniversarios anuales- Acazio regresa con
la harina metida en sacos para que su mujer haga con ella un pan de
centeno oscuro y áspero. Hay que hacer notar cómo en el
interior de estos molinos harineros, de estructura mayoritariamente
de madera, está prohibido encender fuego, incluso una simple
vela; por eso sólo se muele el grano durante el día. La
casa de Liberata (ninguna casa del villorrio lo es) no es lo bastante
grande como para tener un horno de pan (aunque sí puede hacer
tortas cociéndolas al fuego sobre una piedra), por lo que, al
igual que todas sus convecinas, necesariamente y por turno y vez, tiene
que utilizar el horno que tiene el Señor de behetría en
la tahona.
- De molinero mudarás, pero de robado no escaparás: "Pues
siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas
sangrías mal hechas en los costales de los que allí a
moler venían, por lo cual fue preso, y confesó y no negó,
y padesció persecución por justicia". (Lazarillo
de Tormes)
Las mujeres de Graxos hacen turnos para cocer grandes cantidades de
redondas hogazas barrigudas, aunque vigiladas cuidadosamente por uno
de los criados del Señor, que está ojo avizor allí
presente para asegurarse bien que todas pagan religiosamente el precio
exigido: tres hogazas, o medio real de vellón (una blanca), cada
vez que se usa el horno. Liberata y las demás mujeres protestan
por tal abuso, pero saben que resulta imposible hacer pan en casa, por
lo que tienen que pagar, aun a regañadientes, lo que les piden.
Siempre hay alguna que, en alarde de cínico buen humor, y coreada
por el resto de las demás mujeres, se arranca con una copleja
de aqueste estilo:
"¡Cuando mi madre cierne,
yo me enharino,
para que diga la gente
que yo he cernido!"
Tal vez aquesta otra, con aires de jota displicente y retadora:
"Me dijiste que era fea;
me pusiste una corona;
más vale fea y con gracia
que no bonita y bobona".
O, dirigiéndose al tahonero con absoluto descaro y desafío:
¡Quedito, no me toquéis,
entrañas mías,
que tenéis las manos frías! (B.N.M., ms. 4072, fol. 10)
Hay otros vecinos que para adquirir el pan utilizan la tarja. La tarja
es un palo cortado a lo largo y por medio, con un encaje en los extremos,
para ir marcando en él lo que se compra o se saca al fiado; así,
haciendo una muesca, el que compra se lleva la mitad del listón,
quedando la otra mitad en poder del vendedor. Luego, al tiempo del ajuste,
conforman las muescas de uno y otro para que así no haya error
ni engaño posible en la cuenta. El panadero tiene tantas tarjas
numeradas como parroquianos y, cuando se llevan una arroba de pan, les
hace la muesca, y así sucesivamente. El pan se guarda en las
casas dentro de un arca llamada naso. Al cabo del año agrícola
completo, y por el tiempo estival en que las cosechas de cereales ya
han sido recogidas de los campos y trilladas en las doradas parvas de
grano y paja, va el panadero con sus sacos hasta las eras y, confrontando
sus tarjas respectivas con las de los campesinos, cobra lo que le deben
los consumidores del lugar tomando trigo o centeno, al precio corriente,
por el importe total de las deudas. Otros vecinos pagan con el denominado
pan de poya, que tan mal nos suena hoy y, sin embargo, es así
llamado por ser el dicho pan con el que se contribuye o paga en los
hornos públicos por el precio de la cochura del mismo.
- Y si el pan se cae al suelo, se recoge con todo respeto y se besa.
- Había más respeto, sí señor; y el comer
costaba más esfuerzo. Ni se tiraba el pan, ni se arrojaba a la
lumbre. Había mucha miseria repartida por el mundo y, conocido
es que, en cama de galgos no busques liebres. Porque la palabra compañero
tiene su origen en compartir el pan. Si llegaba el caso, suceso harto
raro, de endurecerse en demasía para las gastadas encías
de los ancianos, mojado en vino o en agua era más que pasable
y aun bendito si lo era con el aguardiente mañanero.
- ¿O, mismamente, con la saludable y calentadora cazalla?
- También; con la salutífera cazalla, también.
Los viajes al horno, aunque son cansados, también resultan divertidos
porque allí Liberata puede ver a todas sus vecinas y cotillear
con ellas un rato, aunque también las ve cuando van a lavar sus
coladas a los distintos arroyos, nunca en las revueltas pozas. El lavado
de la ropa resulta una tarea pesada, muy difícil y harto desagradable,
porque la única manera de quitarle la suciedad consiste en golpear
reiteradamente las rudas prendas contra una lancha de piedra plana junto
al río Almar, allá abajo, por La Zarzona, y tenderlas
luego sobre algún arbusto verde o alguna rama baja trasformando
el paisaje como si de pronto hubiese nevado a las orillas del río.
No a veces, sino con demasiada frecuencia, con las faldas arremangadas
como suelen hacer las lavanderas, las mujeres de nuestro lugar de los
Graxos tienen que romper previamente con una piedra la dura capa de
hielo formada sobre el agua del río para poder lavar sus ásperas
estameñas, las sayas -el vestido de la mujer de los pechos abajo-,
y lo de arriba, el sayuelo. Lavan con el jabón que usan en esta
época las mujeres labriegas y que ellas mismas han elaborado
con el sebo de los corderos y un pellizquito de sosa. Las sufridas manos,
cubiertas de sabañones todo el invierno, las enseñan abrasadas...
- ¡Qué recias, vive Dios, se criaron nuestras antepasadas
serranas!
- Más que la salmuera y la vinagre de barril, miçer Escribano.
Cuando el tiempo acompaña, y para mejor sobrellevar el trabajo,
las mujeres, charlan y parlotean junto a la verde orilla del Almar,
como tordos en campanario: la Trotacuestas, la Melindres, la Malastripas,
la Mondaorejas, la Combá, la Trenzas, la Mejorana, la Bocatriste...
Cotillean, a veces, sobre las damas de la alta alcurnia, (que ellas
no saben muy bien qué quieren decir los juglares con eso de la
alta alcurnia -les suena como a cuernos de postín-, y aún
menos con lo de llamarlas damas); y que si se dicen así de "da
más", será porque por mucho que les den sus maridos
o galanes amantes siempre tienen algo más que pedir; que si como
dicen, el favor de una de esas tales damas no tiene precio, que bien
podrán vender el benéfico deleite a como bien quisieren...
Hoy la han tomado con la antigua y repetitiva historia de tía
Corvasia, más conocida en vida como tía Culera, (ya difunta
y descansando en el cementerio, al lado mismo de la pequeña iglesia),
olvidándose que las piedras lanzadas contra los muertos siempre
rebotan, y vuelven a recordar, entre maliciosas carcajadas y cómplices
miradas, el viejo cuento de siempre: "No es sino el alba que andaba
entre las coles".
Y al golpear la ropa contra la laja de piedra, que rítmicamente
les lleva el compás, cantan las mujeres de Graxos a voz en cuello
-¡cómo me gustaría vivir el resto de mis días
en un sitio donde las aves cantasen más alto que los vecinos!-,
haciéndose el coro las unas a las otras a la verde orilla del
agua que, por contraste, baja mansa, y contestándose pícaramente
procaces y arreboladas las otras a las unas los acertijos tantas veces
preguntados:
¿La paloma?... ¡es el pájaro de la paz!
¿la esposa?... ¡es la paz del pájaro!
¿el viejo?... ¡tiene el pájaro en paz!
¿la soltera?... ¡no conoce la paz, ni el pájaro!
¿el soltero?... ¡no deja el pájaro en paz!
¿y la viuda?... ¡no tiene paz sin el pájaro!
Tía Petronila, la Perica, arremangada hasta los codos, arrebolada
de faz y con menos vergüenzas que perra en celo, entonó
una canción obscena sobre un cura tunante y una abadesa necesitada
de su hisopo y exorcismos. Las demás mujeres del salaz grupo,
no menos acaloradas que la solista, con significativos gestos, grandes
aspavientos explicativos y sonoras carcajadas, presto la secundan rítmicamente
dando fuertes palmadas a la ropa sobre las lajas colocadas a la orilla
del río: hervía el agua.
- ¿Piensa acaso su merced, mi señor Escribano, que sintiendo
llegados los deshielos de la primavera, tornado ya el sereno a la sierra,
vueltos los tiempos propicios para el refocile, y ante las prolongadas
ausencias de sus maridos, las mujeres de nuestro lugar de los Graxos
andan algo cachondas?
- Sepan, mis respetadas comadres y honradas tocas antepasadas, que esta
dicha expresión tan vulgar como se proclama en el vocablo denominado
"cachonda" -tan poco conventual en extremo, por otra parte,
que no hay una recatada novicia que lo conozca tan siquiera- surgió
de la perra que está salida, y ansí se va abuscar los
perros, en especial los jóvenes que llaman cachorros, de donde
tomó el nombre. Y de aquesta guisa, aclarado el vulgar concepto,
respóndanse ustedes mismas.
- Decid, hija garrida,
¿quién os manchó la camisa?
- Madre, las moras del zarzal.
- Mentir, hija, mas no tanto,
que no pica la zarza tan alto. (NÚÑEZ, Refranes, fol.
76)
Un mal ventezuelo
me alzó las haldas:
¡tira allá, mal viento,
que me las alzas! (SALAZAR, Espejo, pág. 458)
Pero González,
tornóse vuestra huerta
cuernos albares. (Cancionero musical de Palacio, n. 387)
Tía Corvasia, la Culera, había casado con el tío
Genadio, alias tío Torrezno, que era hortelano, pero a éste,
un mal día le dio un aire y se quedó necio. En realidad,
al tío Genadio le dio de pleno todo el aire comprendido entre
la veleta de la espadaña de la minúscula iglesia y su
base berroqueña asentada sobre el santo suelo embarrado de la
plazoleta. Olivio, el Ferrador, padre del actual herrero, el Trastemiro,
había conseguido terminar un gallo hecho de chapa y muy aparente,
para colocarlo sobre la aguja misma de la veleta de la torre. La altura
no era demasiada, pero ya les digo, tío Genadio se cayó,
y como no sabía planear y el mal aire que se tragó en
la bajada...
- Al pobre, puede que de andar por los aires, sí, señor,
se le saliera el sentido más común de su sitio.
Todos los pueblos de los contornos tenían sus tontos, y el tonto
oficial del lugar de los Graxos era tío Genadio, alias el Torrezno,
quien, como tal, iba siempre trasquiladito a cruces. Tía Corvasia,
la Culera, aún era mucha mujer; se había ajamonado, sí,
pero lucía bien prietas las carnes poderosas y, como cualesquiera
otra hembra, seguía teniendo sus más que perentorias necesidades
matrimoniales. Como tío Genadio el Torrezno ya no cumplía
a satisfacción con sus obligaciones maritales de forma regular,
y ni tan siquiera se vislumbraban en el horizonte esperanzadoras perspectivas
para un futuro inmediato más halagüeño y aun feliz,
decidió tirarse al monte y alquilarle su senara a otro hortelano
con mejor azada, pulso y reja, y que óptimamente le cultivara
los surcos y le plantara las simientes en su necesitado huerto. Aún
nos enseña sabio el experimentado refrán para vergonzante
escarmiento de maridos apocados: el amante encogido, pronto sustituido.
Así, no es de extrañar que el zonzo de tío Genadio,
en una templada noche de verano y al reír del alba como pronto
contaron luego, sintiese cierto ruido en el huerto y, al asomarse, le
pareciera ver una persona que iba a gatas entre las berzas. Tía
Corvasia Culera le aseguró al memo del tío Genadio, juró
y perjuró por sus vivos, sus muertos y sus futuros descendientes,
que sólo era el viento fresco de la mañana el que meneaba
las coles. Además que, su Mohamed, el fiel perro guardián
de su casa y honor, ni había ladrado ni pasmado...
Mandásteisme saya de grana,
y ahora dáismela de buriel:
si el cu(co) no os canta en casa,
no me llamen a mí mujer. (B.N.M., ms. 3915, fol. 319)
- Porque las mujeres son como los carros: eje ensebado, carro callado.
- ¿Y cantó el cuclillo?
- Hasta el alba, mi señora comadre; hasta el alba no se calló.
- Si es que cuando una mujer amenaza con cuernos a su marido..., ¡es
que ya se los ha puesto!
- Y más si las faldas levantiscas pesan tan poco, revolotean
volanderas de citas ante la casa de cualquier vecino galante y son más
levadizas que la puente del castillo-palacio que nuestro Señor
de Guzmán, a quien Dios bien guarde y lejos, tiene tan engrasadas
en La Puente del Congosto.
- Cualquier viento les llega tan propicio como al gallo de la torre,
y...
- No, señor; al gallo de la torre lo que le viene propicio son
las blanditas gallinas que, a veces, forman las alocadas nubes en sus
juegos casquivanos con los preñadores vientos.
Se dice por las aldeas y villas medievales -y Graxos, aunque aprendiz
de pueblo, también lo es, oiga- que el cuclillo canta especialmente
para los maridos engañados. Sí, nuestro tío Genadio
nos resultó un poco simple: si le conocería ya de sobras
el perro Mohamed al nocturno visitante como para no ladrarle tan siquiera...
Y el cuco estaría al tanto para cantar el suceso sin necesidad
de darle cuerda... Desde su desgraciada caída de la espadaña,
el tío Torrezno llevaba la negra muerte pintada en los ojos,
en la frente y en el corazón... Pero, amigo mío, aún
se cuenta con cierta admiración por todos los contornos de la
abrupta serranía abulense que nadie más seguro que él
para dominar a los perros. Que aún no había nacido en
todo el feudo un perro tan echao palante que le enseñase desafiador
los dientes, o le ladrase descompuesto al tío Genadio. Había
quienes achacaban tal circunstancia a que si tenía de nacimiento
una señal de la cruz debajo de la lengua.
- En mi pueblo de la Alcarria aún seguimos con dicha creencia;
y, por tierras de Segovia, según tengo escuchado, también.
Algunas veces, pocas, porque el resultado así obtenido no le
pareció el más deseado, Liberata había probado
a realizar la llamada colada. Puso la ropa sucia dentro de una canasta
tejida de mimbres y con la lexía (así se nombraba el agua
que había hervido previamente mezclada con ceniza de la lumbre)
que se colaba mansamente a través de ellos intentar que se llevase
tras de sí lo sucio de los trapos. La ropa no quedaba aparente
o, al menos, a ella no se lo parecía. Prefería bajar al
río. La mayor parte de las mujeres tienen que coger también
el agua del río, o de las distintas fuentes existentes en el
lugar -la del camino de Valdecasa, donde metían el cántaro
hasta que éste se llenaba; la clara fuente de La Cigüeña,
aliviadora de trilladores en el cerrillo de las eras grandes; la abundosa
de La Cerca, a la orilla del camino carretero- pero Acazio el Tumbarrobles
y Liberata la Fermosa tienen en el corral su propio pozo, lo cual es
un gran privilegio y una auténtica bendición.
Aparte de estas tareas en las que se encuentra con sus convecinas, Liberata
pasa la mayor parte del tiempo en la casa, y además muy ocupada.
Una vez que ya ha terminado de limpiar, de preparar la comida y de hacer
el queso y la mantequilla, siempre tiene lana que hilar y tejer y ropa
que coser y remendar. ¡Qué bien se hila a media tarde,
en compañía de las vecinas, con el tavaque de mimbre a
una mano, la calabaza del agua fresca a la otra, y a la sombra protectora
de las tapias! (El tavaque es un género de cestico o canastillo
pequeño, de mimbres, en que las mugeres tienen su labor)
- Charlar y no hacer, comadres, es cacarear la gallina y no poner.
Ella misma hace la ropa de toda la familia con la excelente lana merina
de sus ovejas. Acazio tiene unas cuantas ovejas y, aunque la mayor parte
de la lana la vende, siempre deja un poco para Liberata, que la prepara
y hace con ella toscas y sencillas ropas de abrigo. En primer lugar
limpia la lana con una carda, un pedazo de piel con espinas o trocitos
de alambre clavados, algo así como un cepillo para el pelo sólo
que sin mango. Con ella peina la lana una y otra vez para quitarle todos
los nudos y las impurezas. Luego la hila, pero no con un torno, sino
con un huso, que es mucho más pequeño y más anticuado,
y que lo puede llevar debajo del brazo e ir con él por la calle
mientras se ocupa de las gallinas, vigila los cacharros que tiene puestos
al fuego o, simplemente, las menos, charla con sus amigas.
Hilandera era la aldeana:
más come que gana.
¡Ay!, que hilando estaba Gila:
más bebe que hila. (TIRSO DE MOLINA, Antona García, I)
Luego teje el hilo en un pequeño telar que guarda en el almacén
y que saca a la habitación principal para ponerlo junto a la
ventana. En realidad, Liberata posee sólo la mitad del telar,
pues comparte la propiedad con su laboriosa cuñada Vitaliana,
alias la tía Puntillas -viuda de su hermano mayor Yago, y que
la dejó con tres bocas que alimentar- ya que es muy caro y harto
complicado de mantener y reparar. Realizan alvaneguillas, echandillos,
arreos, cruzadillos, sudarios, bolsyllas; bordan almohadas y camisolas
de novia, fruteros, pañezuelos; cosen unas camisas estiradillas
e muchas otras cosas. Una vez que ha terminado la tela, la mete en agua
y la pisa para que encoja y se apriete, y también para que adquiera
un tacto agradable. Luego la alisa con una plancha caliente que tiene
junto a la lumbre, le recorta los bordes con unas grandes y afiladas
tijeras de metal, para después teñirla metiéndola
en un gran cacharro de loza vidriada con el agua caliente y tintes vegetales.
Los colores usados más frecuentemente son un verde fangoso, el
marrón terrizo y un amarillo apagado. Los colores brillantes
como los azules, los rojos y los púrpuras se consiguen con tintes
importados de otras regiones de la Península -y aun del lejano
y exótico Oriente a través de los árabes o los
incansables comerciantes de los reinos de Aragón-, bastante caros,
que sólo se encuentran en el mercado de Ávila. La tela
que consigue Liberata es cálida y resistente, y está muy
bien para hacer ropas capaces de aguantar los esfuerzos del trabajo,
capas y mantas; aunque cuando Acazio tiene un buen año y vende
bien el trigo puede permitirse comprar retales de tela más fina,
seda no, pero sí unas telas hechas por verdaderos profesionales
con las que Liberata, la Fermosa, puede tejerse un adornado vestido
de domingo para ella y túnicas para Acazio y sus dos niños:
Eutimio y Policarpo.
Liberata es una mujer amable y servicial, que cuando dispone de un rato
libre visita a los arrendatarios más ancianos de Graxos, gentes
que ya no puede trabajar y que dependen casi exclusivamente de las ayudas
de sus paisanos y convecinos más generosos para mantenerse viva.
Una de estas personas es Basthián, el Roçín, el
hijo sordomudo del tío Forthunato, el Girasoles, el hombre valiente
que luchó como una fiera contra la morisma más allá
de las altas Sierras del Valleablés y que, mientras Liberata
le limpia su pequeña choceja y le prepara un cuenco de caldo
con un hueso de caña, ya un tanto rancio, la verdad, y una pizca
de corteza de jamón, se dedica a contarle al pequeño Policarpo,
el Zarzales, las maravillosas historias, unas vividas y otras, las más,
imaginadas, y algunas de sus aventuras guerreras sufridas junto al anciano
caballero y noble Señor, don Luis de Guzmán, tan valeroso
luchador como él no conociera caballero alguno, y padre del actual
Señor de Cespedosa. E instruye al muchacho:
- Zarzales, las guerras son como el granizo y la peste: hay que dejarlos
pasar; te lo digo yo.
Hay días, incluso, en que se acerca hasta el viejo tejar situado
junto al arroyo que lleva el topónimo del anciano alfaharero,
y donde Muño Diago, el Terrero, -con tantos años ya sobre
sus cansados huesos que ni recuerda los que tiene- antaño fabricara
resistentes adobes, de toda confianza, para levantar los corrales y
casas de los vecinos del pueblo, y aun más allá de los
lugares situados bajo de la campana de Graxos. Toda una vida de esfuerzos
entre el barro y el agua le ha pasado su dolorosa factura en forma de
una artrosis degenerativa. Los últimos adobes que fabricó
el anciano alfarero, y con ímprobo y dolorido esfuerzo, aunque
ya le ayudase y mucho en la tarea su joven aprendiz Segismundo, el Mangarranas,
fueron para levantar la casa de sus buenos amigos Acazio y Liberata,
y ésta aún lo tiene presente, le está muy agradecida
y, de vez en cuando, en silencio, sin que nadie más se entere,
le lleva media hogaza de moreno pan de centeno -o un cacillo de espesa
miel siendo la época- y un poco de queso fresco que ella misma
ha hecho con leche de sus cabras.
- Es que a mí, maese Escribano, la caridad con trompeta no me
peta.
Además de atender a los ancianos que están más
necesitados (cuyas edades oscilan entre los cuarenta y cincuenta años,
no crean que más, y aun eso los más viejos), Liberata
visita también a sus vecinas enfermas y las ayuda siempre que
puede. Sobre todo a las viudas. Una mujer viuda en esta época,
si su marido no había fallecido luchando en el ejército,
era sinónimo de desprotección en todos los ámbitos:
tanto estatales como los sociales y familiares. Muy lejos, pues, de
cuadrarle a nuestra bella paisana la Fermosa aquel ácido refrán
que corría entre los avisados campesinos del medievo: "Cuidado
ajeno de pelo cuelga". En un pueblo tan pequeño como nuestra
aldehuela del lugar de los Graxos, donde todo el mundo se conoce desde
cuando siendo bebés se meaban en el carretón, y aun antes:
desde que los padres eran novios, se comparten las alegrías festeras
y los desamparos y necesidades -más de las últimas que
de las primeras- y, casi todos, también, dentro de sus estrecheces,
mermadas y escasas posibilidades, son amables y serviciales con los
desvalidos o con aquellos que tienen más problemas, y les acorren
en sus necesidades más perentorias.
- Menos tía Hermógena, la Zarrapastras.
- No; es que tía Hermógena no parece ni del pueblo, oiga,
usted.
- Pues..., ¡al mal aire, darle calle!
Las leyes imperantes en la época de la baja Edad Media, referidas
a la mujer, son muy diversas según los reinos, y aun las regiones,
pero están legisladas por hombres y, mayormente, late en ellas
un espíritu machista. No obstante, aquél que maltrata
o escarnece a una mujer casada, si hay dos testigos, tiene que pagar
300 sueldos al marido y a los parientes de la dicha mujer; y si no existen
testigos el acusado tiene que presentarse con doce vecinos y jurar con
él al menos seis de ellos. Si una mujer maltrata a otra y le
produce cardenales, le tiene que pagar 300 sueldos si presenta con varios
testigos la ultrajada y, si no hay tales testigos, la acusada ha de
jurar sobre su cabeza que no lo ha hecho.
Pero no crean sus mercedes que toda la legislación de este tiempo,
sin embargo, es tan machista como a la primera lectura nos pudiera parecer;
por ejemplo, en el recopilatorio legislativo llamado Fuero de Cuenca,
se castiga a todo varón -pero sólo si su vivienda es techada
con bálago y ramas, que para el noble caballero castellano se
encontrarían atenuantes circunstancias aliviadoras y, en su defecto,
medios habría para inventarlas ante unos jueces favorablemente
predispuestos ante los cortesanos - que cometa alguno de los siguientes
delitos contra la mujer:
-. Del que forçare o robare muger axena.
-. De la muger forçada o rascada.
-. Del que denostare a muger axena.
-. Del que tomare a la muger por los cabellos.
-. Del que forçare a la muger de orden.
-. Del que cortare las tetas a la muger.
-. Del que cortare las faldas a la muger.
-. Del que matare a la muger preñada.
Aunque sí tenemos que reconocer aquí, mi indignada lectora
y querida amiga, que las penas infringidas no son demasiado severas
en ninguno de los casos con el masculino infractor: multa, y la aceptación
de la enemistad declarada de la familia de la mujer ofendida.
En el caso de la mujer bígama, precisa con escueta brevedad el
dicho Fuero: "Quémenla". También el aborto se
castiga con la hoguera.
En el abandono del cónyuge se discrimina a favor del varón:
"Si lo hace el marido, pagará cinco sueldos a Palacio, y
si lo hace la mujer, diez."
- ¿Y Constanza la Cosquillas -que de forma incomprensible salvóse
de la hoguera- acaso pagó a palacio los diez sueldos?
- ¿Y cómo, si la dicha moça tan revolera de faldas
en el ajuar tan sólo tiene sonrisas? Le atizaron en las juguetonas
y prietas nalgas unos latigazos bien cumplidos, y la enviaron arreando
y presto hacias los pagos del Señor de Guzmán para que
él dispusiera, en su superior criterio, del futuro porvenir de
semejante madre soltera... Tal vez pudiera arreglarse con algún
solterón desprevenido o ayudar como ama de cría: sólo
el Señor conoce el futuro.
- Entonces..., ¿hasta el párroco mintió?
- Bueno..., pero sólo un poquito.
En las afueras del lugar de los Graxos vive tía Canuta. Nadie
sabe muy bien ni cuándo ni de dónde vino, o cuántos
años ha cumplido -muchos, que ya se nos aparece encorvada-; no
se la conocen ni parientes, ni amistades, ni allegados y hay quien pretende
descubrir en sus facciones ciertos rasgos semitas (ojos negros y pequeños,
nariz aquilina, frente amplia...) Tía Canuta viste halda cenicienta
y un pañuelo de hierbas cubre su cabeza; no sabe leer ni escribir
pero va por la vida adivinándolo todo: la amenazadora belleza
del amor y el aburrimiento, la vida y la muerte, el gusto y el asco...
lo que se dice todo. Con ambos oídos siempre atentos a las necesidades
ajenas, sus ojos castaños que te escudriñan intensos con
su aterciopelada mirada acariciante y tan suave como el dorado corazón
de las nevadas margaritas, tan reidores, luminosos y penetrantes que
cuando te miran sientes que pueden registrarte hasta el fondo de tu
corazón y tienes que apartar la mirada ante el temor de que puedan
descubrir tus más recónditos secretos; dibujándose
una sonrisa sempiterna en su labios cerrados, conoce de los vecinos
del lugar de los Graxos más que nadie en el lugar -sus gozos
y pesares, y aun hasta la leche que mamó cada criatura-, mas
de ella apenas si se conoce nada. A Canuta, alias la tía Morteros,
se la ve poco por el pueblo si no es necesaria su ayuda y presencia.
Su choza se levanta junto al río Almar, vecina del llamado Canto
de La Mora -misterioso habitáculo del espíritu de las
aguas-, y casi todas las mujeres de la aldea han acudido alguna vez
hasta ella para solicitarle algún remedio, porque sepan sus mercedes:
la anciana y arrugada tía Canuta es una artesana habilísima
y particular. En el interior de su choza dispone de varias hornacinas,
tacas y alacenas y, en ellas, en perfecto orden asimétrico, observamos
algunos cuencos, vasos, jarras, ollas, perolas, vasijas y tazones de
formas y envergaduras muy diversas, coloreados de extraños dibujos
y que contienen un sin fin de sustancias líquidas, sólidas,
granuladas, muertas, e incluso vivas, de distintas procedencias: mercurio,
raíces, azufre, gusanos, huevos de aves, semillas diversas, flores
desecadas y esotéricos jugos, piedras, musgo, arena, hierbas...
Jamás cerró su puerta, y por un desgarrado agujero en
la parte superior del pajizo techado de bálago de su cabañuela,
permanentemente, de día y de noche, ya con soles ardientes o
con gélidas bálfaras, se eleva una pequeña columnita
de humo grisáceo que envuelve de continuo la choza con una fragancia
muy agradable y hasta la circunda de un cierto halo de misterio y bucólica
poesía. El orégano, el romero y el tomillo cargan el aire
con el aroma de las especias y añaden colorido a las oscuras
hojas sanadoras de la consuelda y de la ajedrea. La morada de tía
Canuta huele a todas las hierbas del bosque, a humo de leña y
a desecación. La tía Morteros es la alquimista fiable
y particular de nuestro humilde lugarejo de los Graxos -y aun de toda
la serranía abulense durante la interminable y terrorífica
época de la grande peste negra, siempre provista de hilas para
las vendas y eficaces ungüentos para curar- y toda la aldea la
respeta con ese distanciamiento temeroso y casi sagrado que de siempre
nos produjo todo lo desconocido: como el ancestral misterio, casi sacerdotal,
que emanaba de la curativa medicina natural de las enigmáticas
druidesas celtas.
- ¡Ay!, padre Hunuldo, que entre los robles y las hayas, tía
Canuta la Morteros recolecta sus plantas medicinales al llegar el lubricán,
con la sola compañía de las nocturnas lechuzas y el cárabo
ululador. Y eso sólo puede ser cosa de brujas o de judías...
La Iglesia siempre alertó a sus fieles sobre el gran peligro
de las mujeres librepensadoras, e instruía al clero rural sobre
cómo localizarlas, torturarlas y destruirlas. Entre las mujeres
a las que consideraba brujas estaban las que tenían estudios,
las sacerdotisas, las gitanas, las místicas, las amantes de la
naturaleza, las que recogían hierbas medicinales, y cualquiera
fuese la mujer que estuviera sospechosamente interesada por el mundo
natural. A las comadronas las mataban por su práctica herética
de aplicar conocimientos médicos para aliviar los dolores del
parto: un sufrimiento que, para la Iglesia, era señal del justo
castigo divino por haber comido Eva del fruto del Árbol de la
Ciencia, originando así el pecado original.
- ¿Es su merced una bruja, tía Canuta? -le preguntó
un día el párroco haciendo un gran esfuerzo y medio avergonzado
por ello.
- Soy sólo una mujer, padre, que conoce un poco la virtud de
las hierbas salutíferas que nos da la naturaleza creada por Dios.
Tengo la misma fe que vos, reverendo párroco -le respondió
la mujer con tranquilidad-. Y soy de la opinión de que todos
los templos de la Tierra están consagrados a una única
divinidad, la llamen como la llamen...
No tiene miedo, y por su aspecto se hubiera dicho que es prudente y
sabia. Los recelos del padre Hunuldo se disiparon el día en que,
sin previo aviso, se adentró muy decidido en la chozuela para
sorprender a la supuesta bruja y hete aquí que se la encontró
realizando unos olorosos cocimientos de lavanda y espliego (nada de
truculentos aquelarres con el macho cabrío), y que ella misma
había recogido esa mañana por el monte, y a la frescura
del alba, en un calderillo de cobre que pendía de un pequeño
trípode suspendido a su vez sobre las recogidas ascuas de la
lumbre. Y desde el día en que tía Canuta la Morteros le
preparó una colonia especial de lavándula y espliego para
que, en Misa Mayor y en las grandes solemnidades, a falta del siempre
costoso y aromático incienso eclesial, le ambientase mejor la
humedad de su pequeña iglesia, el buen párroco quedó
desarmado del todo y sin argumento alguno que poder utilizar contra
aquella buena mujer.
- Porque a esas horas, mal pensadas del maligno, los principios activos
de las plantas se encuentran en sus momentos más álgidos.
Y le salía de su alma sencilla así, de un tirón,
sin preparárselo ni nada. El padre Hunuldo es demasiado buen
hombre para ser un cura rural. Tía Canuta la Morteros dispone
de una gran variedad de ungüentos para afytes de mugeres: anpolletas,
potezillos, salseruelas donde tyene las aguas para afeytar, otras para
estirar el cuero, otras destiladas para relumbrar como espadas, otras
para untar las manos que tornen blandas como sedas, otras para estirar
las rugas de los pechos e de la cara, et algalia (una sustancia untuosa,
consistente, blanca y de olor fuerte que empleaba en perfumería)...
Es a finales de este movidito siglo XIV cuando encontramos la primera
"agua del trovador", creada con unas sustancias aromáticas
de base alcohólica y, por tanto, precursora del perfume actual.
La famosa "agua de Hungría" nace en esta misma época
y se realiza con romero, mejorana y poleo destilados en alcohol de vino.
Como la mujer y la ensalada, sin aderezo no son nada, tía Canuta
la Cacerola prepara para sus mejores clientas de nuestro lugar de los
Graxos una cajita de ungüentos, llamada la salserilla, para que
en ella guarden con más cuidado sus distintos afeites.
"Díceme mi madre que soy bonitilla:
sábelo Dios y la salserilla". (CORREAS, Vocabulario)
- ¡Ay, de mí, tía Canuta! ¡Ay, de mí,
tía Morteros!, -la despertó cierta noche Creszencia la
Saltabardas, la mujer de Matheo Martín el carpintero, apretándose
con las dos manos el vientre anormalmente hinchado. Anoche cené
unas gachas claras y un trozo de carne de tejón y las tripas
me pesan agora como una piedra. ¡Acórrame, su merced!
La anciana curandera, por más que la madrugada ya estuviese alta,
se levantaba de su jergón de heno sin protestar jamás,
y con una voz tan dulce como el susurro de las otoñales hojas
secas, iba tranquilizando al paciente mientras le preparaba algún
remedio para su mal: Tómate Creszencia esta
ligera infusión de dientes de león y verás cómo
te alivias de tales apreturas. Y cena más ligero sin darte otros
atracones, aunque tengas para ello, que a ciertas edades las tripas
se nos vuelven más inestables y pesarosas, y no podemos intentar
matarnos el hambre de una sola sentada. Mañana ayunas todo el
día, que a ello estamos más acostumbrados, y te sentirás
mejor.
- ¡Ay, tía Canuta!, ¡Ay, tía Morteros! -le
venía llorando cada dos por tres Amalia la Melindres- que mi
Anasthasio, el Huevogüero, me lleva vinoso ya los tres días
de la función, y no me vuelve al sentido. ¡Ay, tía
Canuta!, ¡Ay, tía Morteros! que el mi hombre se recorre
enterita la escala de la borrachera: comienza con una gran facilidad
de palabra hasta por ambos codos, sigue con la exaltación de
la amistad con el primero que se encuentre, luego vocea y se desgañita
con los cantos regionales -con las habas verdes p'arriba y las habas
verdes p'abajo-; cuando se cansa, tutea a la autoridad; más luego
ya insulta al clero y, por último, me llega él solito
hasta el delirium tremens.
Y no para de cantarle irreverentes loores al Dios Altísimo, el
muy hereje, agradeciéndole al Señor todas sus bondades
por los excelentes majuelos plantados y sus cuidados. ¡Así
le castigue sus ofensas y blasfemias con una pertinaz sequía,
tan agostadora de savias, que retuerza y reseque las cepas de todos
los vinos blancos, rosados, tintos y morapios!:
"Si Dios, en su gran bondad,
tan borrachos nos mantiene,
será porque nos conviene:
¡hágase su voluntad!"
- Amalia, si solo, así se lo trinca, ¿qué hiciera
con guindas?
El mismo Arcipreste de Hita, tan comprensivo él con el pecado
de la lujuria, advertía del peligro del vino:
Buenas costumbres debes en ti siempre tener.
Procura, sobre todo, poco vino beber,
pues el vino hizo a Lot con sus hijas yacer,
y en la saña de Dios y en vergüenza caer.
Hace perder la vista, hace acortar la vida;
quita la fuerza toda, tomado sin medida;
hace temblar los miembros; la cordura se olvida;
donde hay mucho vino toda cosa es perdida.
(Libro de Buen Amor; vs. 544 y ss.)
- Mal haya quien hace pasas, dijo el morisco después de probar
el vino, -repetía una y otra vez, hipando satisfecho, el tío
Huevogüero.
Justo es reconocerle al tío Anasthasio, y en buena ley así
lo hacemos que, precisamente por ser su cuerpo una real colodra, en
toda su mojada existencia, y desde que en su neblinoso caletre guarda
alguna memoria de aquellos sucesos más importantes que le hayan
acaecido, jamás contravino mandamiento alguno del sabroso caldo
de la viña:
- Ama el vino sobre todas las cosas.
- Jura beberlo en verano y en invierno.
- Santifica las bodegas.
- Honra al tinto y al blanco.
- No mata el gusanillo con menos de seis cuartillos.
- Nunca hizo el desatino de mezclar agua con vino.
- No hurta botella o bota que esté vacía o rota.
- No murmura sin jumera ni miente sin borrachera.
- Cuando desea botella ajena, ésta es grande y está llena.
- Las tres ces observa: bebe con calma, calidad y sin cambiar.
No eran remedios para curar de una forma transitoria las borracheras,
no, señor, no; las fórmulas de la tía Canuta lograban
que hasta el mismísimo Dionisios en persona -vulgo Baco- no solamente
renunciase a adornar su deífica figura con las verdes hojas de
los pámpanos y voluptuosos zarcillos de las ubérrimas
vides, sino que hasta aborreciese el dulce néctar del rojo vino,
ambrosía de los dioses y sangre carmesí de la helénica
y feliz Arcadia. Las mujeres, todas las mujeres de la comarca del lugar
de los Graxos, se lo agradecían cada una a su manera, y la respetaban
en grado extremo.
- ¡Ay, tía Canuta, que a mi Carpazio, el Gurriato, se le
caen las plumas de lo alto y se me está quedando calvo como una
castaña!¡Que apenas si le asoma alguna que otra pelusilla!
-cloqueaba lo mismo que una gallina vieja la tía Cristheta, la
Culopera-; ¿le arreo bien arreás unas buenas friegas en
t'ol colodrillo con el aceite de bellotas que mis comadres me recomendaron?
(Era opinión generalizada en la época bajo medieval que
ahora examinamos, y con el benévolo perdón de cuantas
tocas honradas me puedan leer, y su beneplácito -y excúsenme
sus mercedes la expresión si les resulta harto grosera y descortés,
muy explícita y demasiado real- que, usando al frote enérgico
el aceite de bellotas, salían pelos hasta en las pelotas)
- Mal no le va a hacer, sobre todo si le restriegas la cabeza en ayunas
y le frotas enérgicamente con una trapo de cabritilla hasta sacarle
brillo; pero creo para mí que pierdes el tiempo Cristheta la
Culopera: pelo que se fue..., ¡pelo que no regresa!
Y tía Canuta, velaíla, que se conoce mejor que nadie de
qué dolencia padecen sus convecinos, y cuál es la naturaleza
del chinarro que más les aprieta en sus albarcas, les prepara
los remedios según los casos: agua de esparto mezclada con el
vino; la flor del centeno que se faze cuando espiga -en el espiga encyma
como una paja retuerta- al sol secado e molido e dado a bever con el
vino; asafétida que esté en vino dos días, después
colado e purificado e dádogelo a bever...
- Tía Canuta, tome su merced estos tres huevos y hágame
un ungüento para teñirme de rubia normanda o, al menos,
que parezca extranjera.
Y con la ayuda de la oscura cerveza casera, bien fermentada en honda
y panzuda tinaja a partir de la cebada, excrementos de golondrinas,
raíces de avellano, hiel de buey e infusiones de manzanilla que
diligentemente ya les tenía preparadas, todo bien caliente, frotaba
con intensidad la cabeza de la cliente y tornaba tan rubios como las
espigas de los dorados trigales de La Moraña los cabellos más
morenos.
- Tía Canuta, tome su merced este cuenco de madera hecho a navaja,
y tórneme más morenos aquestos mis cabellos de avellana.
Y con el cocimiento de unos bulbos de puerro finamente macerados en
sus morteros, embebidos y borrachos en el líquido los avellanados
cabellos, volvíanse éstos tan misteriosos y morenos como
una noche de cita sin luna.
El resto ya dependía de la clienta...
- Tía Canuta, tome su merced esta piel de conejo macho, y hágame
un bebedizo de oscura tisana pa que se lo tome mi moço, y asina
me salga un buen hombre como marido.
- ¡Ay!, hija, Elvirita Pelatordos, a mi edad he cruzado más
puentes que calles hayas tú pisado... Bebedizos de enamoramientos,
no, criatura; que ¡a saber con qué extraños fines,
siendo tan joven, los querrás utilizar!
- ¡Pa que se me fije bien fijao el moço Acisclo, el Pedolobo,
el de la tía Engrazia la Martingala, tía Canuta, que nin
caso me faze el barbián! "Ay, válame Dios, cómo
estoy de amor herida...: no viene el que bien quería".
(Claro que se conocía la tía Canuta Morteros el llamado,
entre la gente iniciada, bebedizo de los enamorados: ¡no se lo
había de conocer! Bastaba un poco de saponina de rana de charca
en luna creciente; lengua de víbora -mejor de cabe la ermita-;
borax amarillo, pellizquito de mandrágora y adamar de enamorado
para que se obrase el milagro, pero no quería verse mezclada
en hechizos, ni acusada de brujería por las mocitas despechadas,
que a ningún buen sitio la conducirían.)
- A tu edad no necesitas de afeites, niña, ni que te traigan
al moço con el ronzal del encantamiento retorciéndole
sus querencias y voluntades con extraños brebajes. Lávate
bien lavaos los churretes de pitarra que te ocultan la luz de los ojos
y restriega fuertemente con saponara la pegajosa pringue de tu cara.
Y, para esos sofocos y tamaños acaloros, te me lavas, moçuela,
con decididos chapuzones, los ambos dos perniles y las entrepiernas,
con el agua más clara y más fresquita que baje deslizando
sus murmullos por el río... ¡y usa sin peso ni medida el
jabón de la decencia, moça, hasta que la piel enrojezca
de limpia o se te desgasten los ardores, chiquilla!
- ¿Y así me vendrá, el indino?
- No es seguro; pero si viene, siempre te encontrará limpia,
dispuesta, y en posición de revista; y, mira, eso que llevas
ganado. Machaca romero, con algo de tomillo, y restriégate el
cuerpo para que no huelas tanto a porqueriza. Tal vez así, reluciendo
lo que enseñas..., y dejando que actúe la naturaleza...
- ¡Pa tanto no creo que sea, tía Canuta!; que él
me viene más renegrío que moro de las sevillas, y más
aterronao del campo que los mismos surcos.
- Pues, óyeme, chiquilicuatre de moça, la belleza sin
talento, es como la veleta de una torre, por muy alta que sea, pero
sin viento, rapaça boba. Si el saber está en los viejos,
sórbete los mocos y toma en cuenta aquestos mis consejos, ¡ea!
Y... ¿sabes en verdad qué me estás pareciendo,
moçuela Elvirita?, algo muy fuerte de decir, y que a tu cristiana
madre Adosinda la Trenzas, a buen seguro, no le gustaría escucharme
en modo alguno. Ábrete bien tu ceporro caletre de avutarda zonza,
y atiéndeme presto, pues, lo que te voy a decir y más
me creo por mi experiencia, chiquilla mastuerza: ¡Amor sin sacrificio,
más que a amor, niña, tira a forniçio! Y cierra
esa boca, ¡que siempre estás con la boca abierta! Y es
lo que la gente de aqueste lugar va diciendo de continuo así
que asomas a la calle que, o eres una camuesa, o una mamacallos, o no
respiras bien por la nariz. Y no estés tan triste, porque con
las tristezas hasta las almas más insensibles se vuelven mohosas
como las armaduras de hierro bajo las lluvias.
- ¡Ay, tía Canuta, que bien sabe su merced cómo
esperando un duque que no llegó, la doncella envejeció!
- Pues... fiar del moço y esperar de un viejo, no te lo aconsejo.
La anciana tía Canuta no solamente es capaz de pronosticar el
futuro por el vuelo de las aves y otras señales arcanas, sino
que es también una boticaria muy notable de la oculta medicina
natural y muy recurrida por todos los habitantes de los contornos, porque
nadie como ella sabe triturar en los diversos morteros, y entremezclar
en su justo término de peso y medida, las distintas pociones
de especies silvestres, y conoce las secretas propiedades que encierran
las hierbas medicinales -tan desapercibidas por la totalidad de sus
convecinos, menos observadores y carentes de sus conocimientos de la
naturaleza-, como las hojas albares del blanco matorral del marrubio,
si no las ha mordisqueado la oruga, para curar la tos rebelde (echas
agua caliente sobre las hojas, y cuando haya pasado una marca de vela
ya estará lista para beber); la valeriana, que la suministra
contra el insomnio; la manzanilla, cuyas tisanas son tan adecuadas contra
las histerias; la nuez, indicada para muchas de las enfermedades cerebrales;
el polen, para paliar los dolores de las frecuentes artritis degenerativas
y los reumas en general; el diente de león, contra la ictericia;
la sanguinaria, contra las hemorragias; las hojas de plantaina, que
consiguen que las dolorosas quemaduras mejoren; la planta escorzonera,
como un eficaz contraveneno; las raíces, flores y hojas de la
manzanilla, hervidas, para combatir la cistitis; la loción de
consuelda sobre una compresa, para los golpes; la pimpinela, contra
temblores y calambres; la denominada atuthia o tuthia, de excelentes
propiedades curativas...
- "Si no hay tuthia -les recuerda tía Canuta la Morteros
a sus atentas convecinas, sapiente conocedora del secreto-, es que ya
no existe remedio ninguno que nos sirva, amigas mías". (Aquí,
precisamente, tuvo su origen la expresión tan generalizada, aun
hoy, de: "No hay tu tía". La verdadera tuthia se produce
del hollín que se eleva del cobre cuando se funde y purifica.)
Suministra remedios para la erisipela, extrae raigones de muelas (¡y
no te olvides de rezar a Santa Apolonia, patrona de las dentaduras!),
alivia los pies llagados, el terrible fuego de San Anthonio o el inquietante
baile de San Vitho; con el humo inhalado de ciertos hongos secos amortigua
los dolores de la parte posterior de la cabeza y, con relativa frecuencia,
aplica los alivios de las sangrías recurriendo a las succionadoras
sanguijuelas para tratar mejor los oscuros edemas circulatorios de las
cargadas piernas. Pero es en las enfermedades que brotan por la piel,
la pelagra, la lúes, la sarna y el denominado "mal de la
rosa", donde la tía Canuta destapa una ciencia harto consumada,
pues aplica un potingue de fabricación propia elaborado con azufre,
plomo y polvo de mármol que cauteriza los eccemas de forma casi
milagrosa. ¡Y cuántos graves desarreglos corporales, incluso
hasta vidas, ha salvado con las aplicaciones de su tríaca casera
y recurridora! La tríaca es un antídoto eficaz contra
las picaduras o mordeduras venenosas que nuestra curandera particular,
tía Canuta, prepara con el veneno extraído de la misma
víbora. Dicho fármaco curativo había sido descubierto
casi tres siglos atrás, en la ciudad califal de Córdoba,
por el médico judío Da'ud ibn Yatom para anular los efectos
mortales de la picadura de víbora, y así aliviar los temores
del poderoso califa Abd al-Rahman III, y se había extendido por
todos los reinos de Hispania. La experiencia le ha enseñado que,
como un puente que cruza un río, un hilo invisible une las potencias
del cuerpo con las ocultas del espíritu. Si algún trastorno
se produce en una de ambas riberas, la otra orilla resulta igualmente
afectada. He aquí, amigo lector, una relación muy sucinta
de algunas de las medicinales hierbas y brevajes, las más corrientes,
que utiliza la druidesa serrana -para procurarles el necesario alivio
de todas sus dolencias- entre nuestros paupérrimos paisanos bajomedievales
del lugar de los Graxos, y sus más significativos remedios y
aplicaciones:
. acacia: para curar las llagas de la boca y dolores.
. aceite: para no ir al baño, y como un contraveneno.
. ajo: para el dolor de las piernas.
. alfalfa: para mejorar la circulación.
. anís verde: la infusión de sus semillas como expectorante.
. artemisa: para activar la digestión.
. azafrán: para disipar las borracheras.
. ahazar: para aplacar el mal de los nervios.
. beleño y mandrágora: para alivio general de los dolores.
. berros: para limpiar el hígado.
. caléndula: como cicatrizante de las heridas.
. cebolla: para desinflamar los golpes.
. cerezas: eficaces contra el mal de piedra.
. ciruelas: que reprimen los humores.
. cola de caballo: como fuerte diurético.
. diente de león: diurético y aliviador de pesadas digestiones.
(Para esta última función rara vez la utilizó en
nuestro lugar de los Graxos)
. espliego: con su infusión lavaba las heridas y úlceras.
. flores del Hipérico: para las depresiones, los insomnios...
Recogidas durante la mágica noche de San Juan, pueden ser utilizadas
para acabar con posibles hechizos, en especial el del mal de ojo; y
para proteger las casas ante cualquier fuerza maligna esparcida por
los aires.
. granada: como un remedio para la disentería.
. incienso: contra el derrame cerebral.
. laurel: contra las picaduras de las avispas.
. llantén: para los catarros, bronquitis, asma... Su uso durante
el día de San Juan se remite a sus semillas que, "introducidas
en el cañón de una pluma de ganso con unas gotas de agua
bendita, y tapado con cera virgen", proporcionan a los hombres
el poder de atraer a las doncellas.
. manzanilla: para combatir la cistitis.
. melisa: como un tranquilizante suave.
. milenrama: para curar las heridas frescas.
. nardo: aplicado contra las flatulencias.
. orégano: para cólicos y regularizar la menstruación.
. roble: para tonificar los músculos.
. romero: para evitar la caída del cabello.
. rosa: contra los dolores de cabeza.
. ruda: también para los dolores de cabeza.
. saúco: por sus propiedades depurativas, gargantas irritadas...
Muy útil para mantener a las brujas alejadas de las casas si
se recogen sus hojas la víspera de San Juan y se dejan al aire
toda la noche.
. tomillo: para combatir los parásitos intestinales.
. valeriana: como sedante e inductora del sueño.
. verbena: para aliviar las jaquecas, reumas, garganta... Una
de las plantas más utilizadas en la baja Edad Media en "sacrificios
rituales y en maldiciones", es, por otro lado, la planta que trae
la felicidad, la paz y el amor, siempre y cuando haya sido recolectada
la noche de San Juan.
. violeta: para la bronquitis crónica y el asma.
- Oiga, ¿de veras no sabe leer? pues parece, talmente, una aventajada
discípula de Dioscórides, el griego.
- Talmente, en efecto; pero no, no sabe leer ni tampoco escribir.
- Si hubiese estudiado, como dicen en mi pueblo, hubiese llegado lejos.
Y una y otra vez, con indesmayable interés y cuidado, les conmina
a los graxenses para que eviten los heladores y dañinos aires
nortizos o gallegos y el peligroso Escornacabras: "Miren sus mercedes
que al igual que el sol aviva el espíritu y la lluvia lo entristece,
el viento lo inquieta y perturba".
- Sí, sí, muy agradecidos le estamos a tía Canuta,
la curandera, claro es; ¡cómo no vamos a estarlo! Tan sólo
que, como bien habrá observado vuestra merced, miçer Escribano,
en todos aquellos lugares de nuestra vieja Castilla, allí donde
no hay boticarios, ni conocen sangradores, ni saben de algebristas ni
médicos, los hombres se mueren de viejos...
Tía Canuta Morteros sabe muy bien que, cuando la enfermedad es
más fuerte que la resistencia que ofrecen los cuerpos, hasta
el mejor de los médicos es impotente. Y que Dios protege a quienes
quiere proteger, y fuera de su poderosa mano y el alcance de su brazo
al hombre no le queda posible salvación. Y que todo mal que se
va sin que lo echen, puede volver sin que lo llamen. Tía Canuta,
la mujer, que no espera agradecimientos de nadie, como grande conocedora
que es del voluble y tornadizo espíritu humano, tortuoso como
hurón famélico; y que el pan que a los hambrientos les
has dado, quedándote tú con toda su hambre y en ayunas,
antes es olvidado que cagado, sabe que todo cuanto tenemos sólo
son recuerdos y que, cuando nos muramos, tal vez sólo queden
de nosotros unas pocas palabras mal pergeñadas sobre la fría
y olvidada losa de un triste cementerio. Un nombre que, poquito a poco,
y sin transcurrir demasiado tiempo para que se oxide en los cuévanos
de las memorias, se desvanecerá en los labios olvidadizos de
nuestros nietos. O, acaso, ni siquiera eso: nada en absoluto...
Gusta de pasear sola por los bosques de los alrededores del lugar en
busca de sus hierbas medicinales, las bayas de temporada o las fresas
tan rojizas y sabrosas, sobre todas ellas las que crece cabe el arroyo
La Vieja.
Con la llegada del buen tiempo, se acerca hasta el claro del bosque
donde solitaria y acogedora se alza la encina más longeva y majestuosa
de todo el término municipal del lugar de los Graxos -aseguran
que debió conocer a los exploradores y emisarios del mítico
Arganthonio, rey de Tartesos-, y aun de todas cuantas crecen por otros
paisajes y contornos serranos: un tronco que no lo abarca un corro de
seis o siete hombres bien formados con los brazos extendidos, con más
altura que el gallo veletero de la espadaña de la iglesia y una
copa que bien puede cobijar cumplidamente a su amparo a todo un rebaño
completo de baladoras ovejas. Desde tiempo inmemorial, en la aldea conocen
el lugar como el sitio de La Vieja. Los hombres piadosos y sabios no
eligen los lugares sagrados, sino que les son revelados. Han trascurrido
muchos años desde que los habitantes del lugar de los Graxos
percibieron el telúrico poder de aquel lugar, y toda persona
que se aproxima a la encina experimenta un temor reverencial: es la
más antigua y la más grandiosa de todas ellas; a través
de sus raíces se alimenta de la madre tierra, mientras que sus
vigorosos brazos alzados sostienen el cielo con sus ramas. Tía
Canuta conoce que el tiempo pasado sólo es un prólogo,
que los bosques son más antiguos que la memoria y el tiempo está
almacenado entre sus profundas raíces y protectoras ramas. Llega
hasta el silente tronco rugoso, acaricia con respeto su áspera
corteza agrietada como frente de anciano y, siguiendo las ancestrales
tradiciones esotéricas del amor y respeto hacia la naturaleza
de los extintos y enigmáticos druidas celtas -"aquellos
que tienen el conocimiento del roble"-, se sienta respetuosamente
al cobijo moteado de su sombra, empapa su sabio espíritu en la
atmósfera de lugar tan sagrado y, hermanándose con los
hijos de la madre naturaleza, animales o vegetales, enfrascada en sus
hondos pensamientos, más profundos que todos los ocultos veneros
de la arisca sierra y más distantes que todas las simbólicas
puestas de sol tras los desconocidos y lejanos horizontes, y al sosegado
compás de la tarde -como una abdicación de las fuerzas
vitales-, deja que fluyan mansamente sus sentimientos sobre los hombres,
la tierra y el Más Allá, sobre la vida y la muerte. En
esos momentos, si casualmente regresa el Cipriano Agallón con
su hacha al hombro, no se atreve ni a saludarla.
- Tía Canuta, ¿acaso su merced es judía?
- Ni soy mujer astrosa que se guíe por los astros. Si, a veces,
les lavo el cuerpo a los muertos antes de enterrarlos es más
por el respeto que les debemos a todos los difuntos y aseo del lugar
que por creencias religiosas; si como ajos fritos con aceite se debe
a sus reconocidos poderes salutíferos; nunca me habréis
visto comer carne los viernes de Nuestro Señor y, cuando me llegue
la hora, no pienso agonizar de cara a la pared... ¿Satisfechas,
mis señoras comadres?
- Amigos y relojes de sol, sin nubes, sí; con nubes, no.
- Ya se sabe que pueblo chico, gran infierno, tía Canuta.
- Dale a comer rosas al burro, y te pagará con un rebuzno.
Por ello, jamás se lo toma en cuenta y, por el contrario, con
la mirada bondadosa de quien siempre está dispuesto a perdonar,
no se cansa, paciente y risueña, de aconsejarle diariamente a
tan cínica, desagradecida y bruta clientela: Aceite y romero
frito, bálsamo bendito.
- Pues como ahora, velaila, su merced; que, en habiendo Escribano con
suficiente talento para ello, de las muchas bendiciones y virtudes del
romero se podría escribir un libro entero.
- ¿Y de envidias y celos? La historia interminable de la noria:
aunque el agua es distinta, sí, aún perduran los mismos
oxidados cangilones...
También es muy hábil en la cocina, y elabora unas recetas
culinarias, enriquecidas y sazonadas deleitosamente con las hierbas
aromáticas que se crían en las sierras del término
del Concejo de Graxos, y entre sus bosques limítrofes, como para
rechupetearse los dedos uno tras otro y relamerse de gusto hasta los
codos. Tía Canuta tiene una mano muy milagrera para las cosas
de la cocina, y se maneja como pocas mujeres entre las perolas, los
pucheros, las sartenes y las cacerolas; que si dos siglos más
tarde, a su futura paisana Santa Theresa le andaría el mismo
Dios de cocinilla entre los pucheros, a tía Canuta la enreda
por la cocina media corte celestial. Tanto es así que hasta el
muy ilustre y reverendo padre Hunuldo, digno párroco del lugar,
cuando es regalado un día cualquiera con sus guisos, recita loores
sin cansarse a las excelencias culinarias de tía Canuta, dando
de garrotazos a quienes osan señalarla como muger harto extraña
y hábil en pociones. El señor cura ignora que no existe
mejor escuela de cocina para una mujer que aquella que se aprende de
muy niña al lado de la madre necesitada, máxime si -como
viene al caso en tiempos tan difíciles como los bajo medievales-
las madres andaban obligadas a suplir la escasez de condimentos con
la sal de la imaginación, el fuego del diario cariño y
la cuchara de la tenacidad... Tal y como han venido haciendo, durante
tantos y tantos años -siglos-, la inmensa mayoría de las
sacrificadas mujeres de nuestros pueblos.
- La mejor medicina es una buena cocina -les reitera una y otra vez
a sus comadres la pacientísima tía Canuta; olla con jamón,
tocino, vaca y gallina siempre ha sido para nosotros los pobres la mejor
medicina. Y una y otra vez, con magistral paciencia y una exquisita
ternura les va explicando ensoñadoras recetas culinarias. No
debéis echar en saco roto que hay que comer lo que apetece; observar
con cuidado qué es lo que abraza bien el estómago, qué
es lo que digiere éste sin embarazo ya que no hay alimento tan
bueno que lo sea para todos, ni le hay tan malo que no sea bueno para
alguno. Y abrevia, escueta: Olla sin tocino, es como bota sin vino.
Y, al final de cualquier cocina y guiso, como siempre lo fue y será,
el mejor olor el del pan y, el mejor sabor, el de la sal.
- Anda, Canuta, mujer; repítenos otra vez esas recetas culinarias,
con tan raros ingredientes, y esos guisotes que se preparan en las cocinas
de las damas de la Corte o en los fogones de las grandes señoras.
Y así, las mujeres de nuestro lugar de los Graxos, cuando las
tareas del campo y aun de la casa -muy pocas veces, que no hay tiempo
de sobra que matar- se lo permiten, gustan de asistir a los cursillos
acelerados que les da la tía Canuta entre sus perolas y recurrentes
morteros. No son recetas que sirvan para un mísero poblacho de
chozas y desconocen hasta el nombre de la mayor parte, si no toda, de
sus ingredientes, pero no importa, a las mujeres de nuestra paupérrima
aldehílla serrana, asentada sobre el nido de El Portacho y la
falsa llanada de Navacuerro y estribada en ligero declive hacia el ocaso
del sol, las transporta a otros ambientes menos sórdidos y ásperos,
con menos barro y polvo; y soñar con otras cocinas y fogones...,
y que se es una dama..., es tan fácil... Les habla, por ejemplo,
de:
- Plato de pichones de paloma: Se toma un pichón gordo, que vuele;
se limpia y se pone en la olla y se le añade un poco de sal,
pimienta, cilandro seco y aceite; se hierve un poco y luego se vierte
sobre él agua que lo cubra, se le echa un cuarto de libra de
azúcar y se completa su cocción, hasta que esté
hecho, y se reboza con cuatro huevos batidos con azafrán y clavo;
se estrella con yema de huevo y se deja en el rescoldo un rato; luego
se vierte y se espolvorea con azúcar, espliego y clavo, y se
sirve.
- Plato de liebre: Se corta la liebre en pedazos pequeños y se
lava con agua hirviendo; se pone en una olla y se le añade sal,
pimienta, cilantro, mucho comino, tres cucharadas de aceite y otras
tantas de vinagre fuerte y una cucharada de almorí macerado;
luego se toman tres o cuatro cebollas y se machacan mucho en un almirez
de madera; se exprime su jugo y se mete en la olla con todo; se pone
al fuego manso y cuando se cuece la carne y se deshace, se saca al rescoldo
y se reboza con cuatro o cinco huevos; cuando se ha completado, sácalo
y déjalo hasta que se enfríe, y se sirve.
- La "lamtuniya": Tía Canuta afirmaba que este plato
se lo enseñó un viejo buhonero moro, y que se hace, sobre
todo, en el país de al-Andalus con toda clase de aves de corral,
como las gallinas, ocas y capones, que estén grasos, pichones
y demás. Se toma lo que se presente de ellas, limpias y con las
pechugas cortadas y se cuecen a medias como la tafaya de huevos; luego
se saca del horno y se endereza en el asador y se engrasa con la salsa
citada en los asados; se da vueltas con ella al asador a un fuego de
carbón moderado, poco a poco, suavemente, hasta que se haga y
se tueste y se deja a un lado. Hay quienes lo hacen frito y lo sumergen
después de freírlo en esta salsa, con ajo majado con almendras
y nueces; luego se le hace un pan delgado de harina blanca de hechura
apropiada; cuando está en sazón, se le desmigan muchas
migas del tamaño del dinar, luego se le sirve la salsa de la
gallina y se vuelve la olla al fuego moderado y se le añade mucho
aceite, pimienta y comino; cuando hierve la olla se aparta y se le pone
ajo bien majado con nueces, almendras y queso duro rallado con escofina,
se le echan estas migas desmigadas y luego se toma la gallina frita
y se pone encima de la fuente después de meterse y deshacerse
en esta salsa; se corona con huevos, aceitunas y almendras peladas,
se espolvorea con queso duro y canela y se cubre con hoja de isfiriya
hecha con huevo.
- Conejo en pepitoria: Una vez desollado y limpio, se le hace cuartos
que se espolvorean con sal de cocina y una chispa de pimienta blanca.
De seguido se echan a freír, después de envolverlos en
harina, en una sartén previamente arrimada al fuego con una pella
de manteca de puerco en el centro del ruedo y, en estando mareado, se
le pica cebolla menudita hasta que se dore. Entonces se pasan a una
cazuela de barro, se vuelca la grasa de la sartén de junto a
un machacao de nueces o un puñadillo de almendras fritas, más
una chorretada de vino blanco, mejor si lo es de dos orejas, un cacillo
de caldo o dos y una ramilla de tomillo, y se tapa bien, y se deja hacer
a fuego manso y deleitoso. Cuando veamos que, pinchando con una aguja
de las utilizadas para hacer calceta, las tajadillas están tiernas,
se espesa la salsa con una cucharadita de harina tostada o bien, mejor,
con una yema de huevo duro desleída con un chorrillo de caldo
caliente. Y ya lo podéis servir a la mesa si os dejan llegar
hasta ella.
- ¡Lástima del pimentón que aún no había
llegado!
- ¡Lástima, sí! Pero más sentían que
no les llegase la carne...
- Codornices "escabechás": Se preparan bien preparás,
se les lava la cara y se echan a freir con aceite en una sartén
honda y de patas al fuego, de junto a dos o tres dientes de ajo espachurraos.
Cuando se fríen se tapa con un papel de pergamino mojado; se
ata con un cacho de guita y san se acabó. Cuando estén
bien apañadas se pasan a una orza de barro cocido: se añade
el aceite sobrante, que se engarbulla y mezcla con igual cantidad de
vinagre, y se aromatizan con laurel, orégano, pimienta negra
y ajos fritos.
- Cocido: En un puchero de barro, de culo ancho, se pone agua fría
que cubra como media libra de carne de oveja, un cacho de tocino añejo,
una morcilla de arroz y un chorizo de la olla.
Cuando forme espuma se quita y, entonces se echa un puñado o
dos de garbanzos, y cuando principie a hervir otra vez se pone el puchero
al orete de la lumbre, se echa la sal, unas patatas cortadas a trozos,
unos cardillos y un poquejo de azafrán. Cuando esté en
la mesa, se saca el caldo y se calan unas sopas de pan de hogaza.
Empero, mis señoras comadres, cada una puede echar al puchero
lo que quiera o lo que pueda. Por tierras alavesas se prepara en tres
ollas de barro: en una se ponen a cocer en agua fría los garbanzos,
ya en remojo desde la víspera, acompañados de un trozo
de carne de morcillo; en otra, unas alubias encarnadas, un cacho de
tocino gordo y un hueso salado de puerco, cebolla picada y un buen chorretón
de aceite; y, en la tercera, se pone la berza bien lavada y picada,
unos nabos y un cacho de longaniza. Con el caldo de las tres ollas se
prepara la sopa.
- Truchas asalmonadas "pa" el Obispo: Después de un
buen avío, lavadas y bien secadas con un paño, se sazonan
como Dios manda y se echan a freír en una sartén al fuego
con unos pegotes de gordo de papada de tocino rusiente. Mientras, se
machacan en un almirez unas hojillas finas de albahaca, de junto a una
cucharadilla de azúcar y un pellizco de manteca de cerdo. Se
disuelve con una jícara de caldo y un culejo de vaso de vinagre
blanco; se vuelca a una cazuela de barro y se pone al fuego hasta que
rompa a hervir. Llegado a este punto se agregan las truchas: se reza
un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria Patri mientras van
tomando regosto y a la mesa.
- Tortilla frailera: Primero encender una buena lumbre y luego guisar
con el aliño que vaya pidiendo un baturrillo con hortalizas y
carne; luego que esté en su punto se pone a escurrir de su salsa
sobre la cobertera de una cacerola, y luego que esté enjuta se
echa a freír en una sartén honda con huevo batido, manteca
de vaca o de puerco, mientras que se reza a paso lento una estación
del Rosario. Cuando se vea que está bien cuajada, de modo que
quede de buen color por ambas partes, y hecha la tortilla, se saca y
se come con unas tostadas de pan con buen hunto de tocino culero y ajo.
- Setas a la teja: Bien elegidas, de cabeza gordota y cortados los rabos,
se lavan en agua fresca de la fuente con un chorrillo de vinagre. Se
ponen con el casquete boca abajo sobre una teja caliente. Se rocían
con un hilillo de aceite. Según van tomando color, se espolvorean
con ajo, perejil muy picado y sal. A la mesa en una cazuelilla de barro.
Recordad aquel refrán: "Las de abril para mí, las
de mayo para el amo y las de junio pa ninguno".
- El potaje dicho "morteruelo": Rallar pan que sea bien duro
y tostarlo en una sartén o cazuela; y después tomar muy
buen queso de Aragón; y rayarlo, y mezclarlo con el pan que hubieres
tostado; y después poner a cocer una pierna de carnero en una
olla aparte con pedazo de tocino entreverado; y desque sea cocida la
pierna y el tocino sacarlo de la olla y cortarlo menudo y después
majarlo en un mortero; y desque sea majado, mezclar la carne con el
queso y el pan tostado; y tornarlo a majar todo junto; y después
poner por cada escudilla un huevo en el mortero; y hecho esto desatarlo
con leche de cabras; y si no la hay con leche de almendras que valdrá
tanto; y desque lo hayas destemplado ponerlo a cocer en la olla y echarle
de todas salsas finas; y aun canela; y azúcar en la olla, y ponlo
a cocer; y desque el potaje esté cocido quítalo del fuego;
y déjalo reposar un poco; y harás escudillas; y echarás
encima culandro verde y perejil verde deshojado. (Del "Libro de
guisados, manjares y potajes", compuesto por Maese Ruperto de Nola,
editado en Toledo en el año del Señor de 1477)
- Sopa de parida: En un puchero con agua, al fuego, se echa un hueso
de rodilla de ternera, cebolla, ajo, una penca de apio limpia, cortada
en tiritas, unas hebras de azafrán y sal. Se deja cocer hasta
achicar el caldo y, entonces, se cuela sobre una sopera en la que capotean
unos menudillos de ave, previamente erogados en una sartén con
manteca de puerco y unas pizquillas de tocinejo de panceta. Las mollejas
y crestas se deben cocer antes del rehogo. Al servir, espolvorear con
huevo duro picado y perejil.
(Estas recetas, a partir de la tercera, han sido tomadas del libro "Cocina
para pobres" de A. Juderías; Ed. Seteco)
- Dignos todos estos menús de corte y rey, pero a nuestros misérrimos
paisanos les quedan algunos como más a trasmano...
- ¡Huy!, miçer Escribano; a veces, ¡ni paperito de
gachas de almortas!
A finales de octubre, prepara un delicioso codoñate que regala
a trocitos a los niños del lugar cuando visita sus chocejas,
o se acercan a la suya mandados por sus madres. ¡Ay, esas pobres
niñitas del mísero lugar de los Graxos, con los mocos
colgando y los lacrimales de sus ojos llenos de moscas! En los dorados
meses otoñales, tía Canuta anduvo recolectando, como las
inquietas ardillas de los pinares o robledales del cercano bosque, cuantos
frutos secos pudo recoger personalmente por las laderas del monte y
ribazos del moro Almar, encontrar o allegar de Orosio, el servicial
montero de Manjabálago, o de sus vecinas más camperas,
más silvestres y menos avisadas para las imprevistas sorpresas.
Y le preguntan más curiosas que intrigadas:
- ¿Qué ungüento nuevo nos vas a preparar esta vez,
Canuta? A buen seguro que no te lo habrá inspirado la patrona
de las brujas buenas, santa María Egipcíaca, ¿verdad?
Pero tía Canuta Morteros sonríe plácida y misteriosamente...
¡y guarda silencio! Al llegar las Navidades amasó paciente
y amorosa una pasta hecha de almendras, bellotas dulces, con nueces,
piñones, pan rallado y tostado y especia fina (que nadie supo
jamás de dónde la sacó), bien unido todo con dorada
y rubia miel muy subida de punto y... a hurtacordel, ¡qué
alfajores de sorpresa les preparó tía Canuta para que,
con tan exquisito manjar, todos sus convecinos de Graxos se deleitaran
una vez al año, y al menos con un trocito, después de
cantar los villancicos en la misa del gallo! Hasta el padre Hunuldo,
más en las Navidades, claro, y en las gozosas y solemnes fiestas
de la Pascua de Resurrección, sobre todo, se beneficiaba de las
deliciosas gutadas y artes culinarias de la anciana tía Canuta,
y aun de sus caseros remedios para el reuma. Y como él asegura
a sus fieles con tanta dignidad de cura rural como agradecimiento de
canónigo:
- No puede ser pecaminoso, ni deberse a artes diabólicas, manjar
que sabe tan sustancioso; ni fruslerías tan ricas, añagazas
del maligno: eximius omnium; -les comenta el enjuto sacerdote con una
beatífica sonrisa de gozo dibujada en su apacible rostro, relamiéndose
al tiempo con las perdices escabechadas que la tía Canuta le
había regalado para su mayor deleite. Y echándose al bandujo
el contenido de un paperito de rojo y espeso vino, remata angelicalmente
la faena: Bonum vinum laetificat cor hominis... Y si lo dice un párroco
tan santo...
- ¡Que le aproveche, padre; que le aproveche bien aprovechao!:
porque cura flaco y marido barrigón, ninguno cumple con su obligación.
- Como tuviese que esperar al engorde, hijas mías, para cumplir
con mis obligaciones, juntábamos los bautizos con los santos
óleos... Y escuchadme atentas: aquellos hombres y mujeres que
se privan de las cosas buenas del mundo, que Dios y los hombres toleran,
un día serán llamados a cuenta con toda severidad; porque
Dios misericordioso y justo no nos regala las cosas bellas y gratas
de su creación para que nosotros las despreciemos sin más...
De otra parte, esta buena mujer, guisa tan requetebien... Y que la manera
de dar que tiene nuestra tía Canuta, vale más que aquello
que nos da, con ser aquesto bueno y abundante...
- Lo dicho, padre: ¡de salud sirva!
Un funesto día para nuestro lugar de los Graxos, tía Canuta
sintió que el soplo de la vida se le iba debilitando, al igual
que se debilita el desgastado pabilo de un candil falto de aceite, y
que el tiempo era llegado de completar el ciclo natural de su existencia
como persona... Volvería al seno de donde surgió, hacía
más de una gavilla de años, y a la fuente de donde emanaba
toda la fuerza y nergía de la naturaleza. Y, simplemente, lo
aceptaba.
- Mi cuerpo se debilita y mi alma reclama su libertad. Ha llegado la
hora de desmontar mi tienda... -susurró con la vocecita de la
campanilla silvestre y la fragancia de la humilde violeta; y, sin darle
dos ochavos al pregonero del concejo ni comunicárselo a nadie,
un plácido atardecer otoñal, embriagada por los trinos
de sus amigas las aves, se encerró en su humilde chocita sin
echar el débil pasador de madera, guardóse el secreto
de todos sus aromas, retiró los arrimadores olleros y las trébedes
de la lumbre, apiló en la espetera sus relucientes peroles y
panzudas cacerolas y dejó que se enfriase el pobre y ceniciento
rescoldo del hogar. La luz, calladamente, se le apagó en los
ojos -aquellos ojos suyos, tan serenos, que en vida se abrían
como ventanales a paisajes interminables- y murió como había
vivido: sin armar ningún revuelo, con el manso silencio de la
nieve y con la blanda docilidad de una pluma de jilguero al caer sobre
la tierra esponjosa. Se alejó sonriendo, con la alegría
de quien lleva regalos.
- Nuestra tía Canuta, la sanadora, nos ha abandonado: su choza
ya no humea. ¡Dios bendiga su alma! -sollozó alarmada María
la Aleluyas.
- Eso es que Nuestro Señor San Christo se nos ha romanizado,
y así la quiere en el cielo, a su vera -la contestó Creszencia
la Saltabardas.
Y a su vera se marchó tía Canuta la Morteros, la servicial
curandera del lugar de los Graxos, con sus ojos llenos de sonrisas y
alboradas.
Nadie supo jamás si fue judía, cristiana o mora, ni de
dónde vino; daba igual: todos la lloraron... Cipriano y Orosio
le cavaron la tumba dentro de la iglesia, al lado del evangelio, con
un pequeño poyete para que reposara su cabeza. Las mujeres, con
Liberata al frente, le habían cepillado el cabello y amortajado
el menudito cuerpo con su mejor vestido: una negra basquiña y
pañuelo de fino encaje a la cabeza. Acisclo y Anthón,
delicadamente, sobre unas parihuelas y seguidos por todos los vecinos
de la aldea, la llevaron con el respetuoso silencio de una procesión
de la Semana Santa hasta el interior del templo y allí la depositaron
solemnemente, como una ofrenda de todo el pueblo, al pie de la cruz
del altar mayor, junto a la fría y abierta fosa. Cuando el acongojado
párroco Hunuldo finalizó sollozante el oficio de los difuntos
y había rezado los últimos responsos por el eterno descanso
de su ánima, el Agallón la cogió entre sus poderosos
y nervudos brazos, igual que si fuese una niña, y, cual si la
dejase dormida sobre una nube y en su cunita de tierra, así depositó
en la húmeda sepultura a tía Canuta la Morteros, sola
con su muerte, cuidando de que su blanca cabeza reposara dignamente
sobre el liso poyete. Sacó del bolsillo su pañolón
de hierbas más nuevo, lo desdobló con respetuoso cuidado
y, como una liviana hoja del dorado otoño, lo colocó reverencialmente
a la anciana curandera sobre su dulce rostro: "¡Pa que no
le entre tierra en los ojos!" -y él mismo, con los suyos
brilladores y húmedos por la intensa emoción del momento,
suavemente, temblorosas de afecto sus dos enormes manazas abiertas de
par en par formando un cálido cuenco de afecto, fue echando lentamente
la tierra sobre el enflaquecido cuerpecito de aquella buena mujer, sanadora
de infinitos males, tan discreta y amable, compartidora de tantos sufrimientos
y miserias, y que ya se les había ido a todos, sin ruidos y para
siempre.
Nuestros amigos Acazio, el Tumbarrobles, y Liberata, la Fermosa, en
nombre de todos los agradecidos habitantes del minúsculo lugar
de los Graxos -ninguno faltó al entierro, oiga bien su merced;
que hasta Cipriano el Agallón, como queda dicho, estaba allí
en primera fila hipando como un niño desamparado y con la inmensa
tristeza del hombre huérfano reflejada en su tostado rostro-,
se dirigieron comedidos al padre Hunuldo y le preguntaron muy respetuosamente:
- ¿Le mandamos decir una misa, padre Hunuldo?
-¡Psche! Yo creo que con un padrenuestro le basta y le sobra.
Canuta era en extremo cortés y mujer bien razonada. Mejor entiendo
que sea ella quien pida por todos nosotros, y nos siga ayudando agora
de forma deleitosa como siempre lo hizo porque, amadísimos hijos
míos, el ánima de nuestra tía Canuta, la Morteros,
lo contenía todo... Estaba impregnada internamente del espíritu
de la madre naturaleza y mantenía un cálido nido de jilgueros
okupas y vagabundos dentro del corazón. Aprendamos de ella a
repartir amor:
¡Gasta el amor a manos llenas!
El amor es el único tesoro que se multiplica cuando se divide;
es el único que aumenta cuanto más se da.
Es la única empresa en la que cuanto más se da,
más se gana.
Regálalo, derrámalo, espárcelo a los cuatro vientos,
vacíate los bolsillos, sacude el cesto,
vuelca el vaso...
y mañana tendrás más que antes.
Sombra es esta vida, que no bien asoma cuando ya es ida. La muerte
no es el final del trayecto, no; bien al contrario, es una minucia,
una telaraña que apartamos al pasar. El ritmo inexorable de las
estaciones naturales pone fin a todo, a la alegría y a la tristeza
por igual. El invierno sigue al verano, la muerte al nacimiento, la
rueda gira y nosotros debemos girar con ella. Que nuestra Señora
Santa María de las Fuentes nomnada, la Virgen Madre de las aguas
vivificadoras, cuando ya el tiempo se nos cumpla a todos y nos sea llegada
la hora de rendirle cuentas a su Hijo el Señor Christo, nos reúna
amorosa junto a Ella y bajo su sombra protectora. Por ahora, y en tanto
gire la rueda de la existencia humana, ver a la muerte hace que en los
vivos se despierten los deseos de comer y aparearse: así se afirma
la vida, y esta es su ley. Id con Dios, hijos míos.
Los rudos feligreses del lugar de los Graxos no salían de su
asombro y escuchaban estupefactos las inspiradas palabras de su párroco:
más que un simple cura de aldea se parecía al obispo de
la catedral. Ni los más viejos le recordaban tan emocionado...
Cipriano el Agallón cesó de hipar, se restregó
los ojos con la deshilachada manga sudada de su áspera zamarra
de duro leñador, y miraba al cura con la boca abierta, embazao
y en suspenso, como si jamás hubiese visto a su párroco
el padre Hunuldo: a nadie le había oído hablar nunca tan
bonito y deseguido... En un susurro colectivo respondieron nuestros
paisanos:
- ¡Así sea!
Bueno, a decir verdad, todos no, mire su merced; cuando el Cipriano
el Agallón salió de su embeleso y volvió en sí,
con sus grandes ojos abiertos y llenos de lágrimas como los de
un ciervo de los bosques, pegó tal berrido en el interior de
la pequeña iglesuca que se cayeron del techo algunos trocitos
de yeso y las palomas volaron asustadas de la espadaña como si
debajo de ellas hubiese restallado el trueno:
- ¡Vaya su merced con Dios, tía Canuta!
Nadie se atrevió ni a sisearle porque todos, como el Cipriano,
también se sentían un poco más huérfanos
y desamparados desde ese momento... El sol hizo un guiño comprensivo
y, lentamente, un poquito más triste que la tarde anterior, recogió
melancólicamente pausado los cálidos colores de su dorada
melena y, en triste ocaso alimonado y malva, se ocultó despacito
y tierno más allá de la docta Salamanca... ¡ya no
volvería más a acariciar a la anciana curandera del lugar
de los Graxos sentada a los pies de La Vieja!
El padre Hunuldo, el párroco que en vida tan agradecido la estaba,
más que tenerla presente en sus misas y oraciones, a ella se
encomienda:
- ¡Benditos sean todos los que son retrato de Dios!¡Ay!,
tía Canuta; tú que tanto bien les hiciste en esta vida
a estos nuestros cuerpos desdichados y volviste a su sitio tantos huesos
desmandados, por intercesión de la Virgen María de las
Fuentes, repáranos las imperfecciones de las nuestras ánimas
desalentadas. A veces yo también me pregunto, pero muy bajito
para que no me oigan las endemoniadas beatas de aqueste lugar, si el
temblor de las estrellas no será el pulso del universo. ¿Pero
quién se lo explica?
Cipriano el Agallón, baja pocas veces al pueblo, pero cada vez
que lo hace, sobre la tumba de tía Canuta destacan las flores
más bellas y coloristas del bosque, y las violetas más
humildes y ocultas exhalan su aroma sobre el túmulo recién
arreglado, como si la riente primavera hubiese inundado de gozos y esperanzas
ultraterrenos el pequeño templo. Cipriano se siente como un niño
grandote de tierra adentro, abandonado a su suerte, en medio de las
aguas turbulentas del remolino de la vida.
Entre las distintas mujeres de nuestro Graxos, mención muy
especial, y vallado capítulo aparte, merece la tía Hermógena.
A tía Hermógena, alias la Zarrapastras, se la teme en
todo el término municipal de nuestro Concejo y alrededores más
que a una nube de piedras porque es más bruta que un saco de
martillos macizos: la estrechez de sus ojos siempre está llena
de noche. Si pueden, el resto de las mujeres del lugar la huyen, y aun
hombres hay que prefieren el evitarla; los perros, temerosos, ocultan
su rabo entre las piernas, agachan las orejas y huyen despavoridos ladrando
como ánima en pecado que se la llevase el maligno: los mismos
gatos levantan el elástico lomo, desenvainan las uñas
aceradas y se les erizan hasta los hirsutos pelos de los bigotes en
cuanto aparece por la calle: Más negra es que un diablo; flaca,
que non paresce synón a la muerte; sus cabellos negros como la
pes, la cabeça gruesa, el cuello gordo e corto como de toro,
los pechos todos huesos, las tetas luengas como de cabra; las piernas
muy delgadas parescen de cigüeña; los pies tiene galindos:
parlera, embriaga, mentirosa, suzia, bellaca, e mucho vil; hiede a muladar
como las abubillas más viejas o cochiqueras sin mudar, aparece
sempiternamente desgreñada, cetrina y mal encarada, semicalva,
gargajosa, peluda en el resto del cuerpo como burra de arriero y más
asquerosa y repelente que montón de trapos en un hospital. No
habla, vocifera, y recorre las calles del pueblo con el ímpetu
ciego de una estampida de vacas bravas, haciendo un estruendo capaz
de despertar a los mismos difuntos. El buen sabidor de cuantas mugeres
eran, y Arcipreste de Hita, en su avisado Libro de Buen Amor, como si
de una paisana se tratase y la hubiere conocido de toda la vida, mire
su merded, por su descripción cuasi perfecta, así nos
la dibuja:
"Avía la cabeça mucho grand [e], sin guisa,
cabellos chicos, negros, más que corneja lisa,
ojos fondos, bermejos, poco e mal devisa;
mayor es que de osa la patada do pisa;
las orejas mayores que de añal burrico,
el su pescueço negro, ancho, velloso, chico,
las narizes muy gordas, luengas, de çarapico;
bevería en pocos días caudal de buhón rico;
su boca de alana, grandes rostros e gordos,
dientes anchos e luengos, asnudos e moxmordos,
las sobrecejas anchas e más negras que tordos:
¡los que quieren casarse, aquí non sean sordos!"
Su hombre, el tío Ubaldo, alias el Candiles, así que la
tía Hermógena izquierdea el temperamento de pronta mañana
-y en los diez últimos años es negocio ordinario-, se
barrunta la proximidad del temporal doméstico como rana en charca,
y sin un ¡adiós! traspone presto como duende en roble:
que más vale una traspuesta a tiempo que dos asomadas. Y, paciente
marido sufridor, parodia a Jorge Manrique en las "Coplas a la muerte
de mi padre":
Si fuese en nuestro poder
hacer la cara hermosa corporal,
como podemos hacer
el alma tan gloriosa angelical...
- Mentiras e infundios de mal nacido, Candil apagao; cuando tú
me das todo cuanto quiero, bien que me retengo el genio como mansa cordera;
pero si no me das con qué guisar, ni te queda badila que me atice
el rescoldo del fuego de la choza, ni pizca de aceite en tus secas alcuzas
pa que alumbre mis necesitados rincones la cansada torcía de
tu mecha, ¡dígasme tú, mi marido corajudo, qué
casa es aquesta! ¡Que no como si no lo encuentro, y a fe que cada
día me hallo con menos huevos en los ponederos del gallinero!
-le recrimina airada tía Hermógena.
Tío Ubaldo el Candiles nos enseña la su constitución
firme, asentada, poderosa y recia; pero más chaparrete que espigado,
eso sí, y paisajista que esbelto. Posee manos peludas, anchas,
ásperas, encallecidas y bravas -curtidas como el duro cuero reseco-
y fuertes muñecas como las ramas más nudosas y grisáceas
de la encina arrugada en el monte de La Nava Roxa; piernas poderosas,
sólidas, firmes y resistentes cual las columnas graníticas
de los templos clásicos y que le permiten pasear por las callejas
y plazoleta del lugar de los Graxos más tieso que los rectos
varales o tentemozos de los carros; las ideas de siempre, sencillas
y claras, arraigadas y persistentes como la dañina red de la
ahogadora grama en su bien amueblada cabeza; las indiscutibles convicciones
sobre el matrimonio, tan profundas, espesas y tradicionales; la densa
palabra recta como el surco bien labrado en la terrosa dehesa de La
Nava de los Carros, y tan diáfano es en su proceder como el airecillo
trotero que baja joven desde la sierra, nítido y brincador...
Su porte, que de joven fuera bizarro, gallardo y animoso, se le ha ido
apocando muy poquito a poco al compás de las broncas de su irascible
mujer.
La chiquillería del lugar de los Graxos, dos veces crueles por
ser de un villorrio tan aislado y pequeño, asilvestrados y lobeznos,
en las sucias caras reflejándoseles el vitriolo de la más
descarnada brutalidad, semidesnudos sus enflaquecidos y mugrientos cuerpecillos,
tapados por la mugre como piso de cuadra, y con las mondas cabezas infectadas
por la tiña, le cantan al apocado tío Ubaldo Candiles,
el indino, que anda más apaleado que lana de colchón en
casa limpia: "En la casa manda el padre... cuando lo deja la madre";
y a la tía Hermógena con un tono feroz de ácido
maligno, al tiempo que corren por las calles haciéndole higas
y befa:
Con el pie se toca la toca
la Juana matroca. (FLECHA, Las ensaladas 1581, fol. 23)
Nos cuentan las antiguas crónicas cómo preguntándole
a un sabio un día que en cuánto tiempo se podría
volver un hombre cuerdo en loco de remate, respondió presto y
muy acertadamente: "según le dieren priesa a ello los muchachos".
Desprecian la belleza y se burlan de la bondad. Se mueren de risa a
la vista de un lisiado y, de encontrarse con un animal herido, lo matan
a pedradas. Tía Hermógena, la Zarrapastras, más
tiesa que el velón eclesiástico de la Pascua Florida,
les gruñe con rictus encolerizado de rabia a los crueles chiquillos
del lugar, les grita y les amenaza, fiera y brutal, con repartirles
una buena tunda de torniscones, sopapos y vigorosa somanta pescozonera
a cada uno de ellos; pero, en la aldehuela, hay quien opina que la irascible
mujer, acosada por la constante crueldad de los críos, ya se
encuentra columpiándose en la misma divisoria de la demencia.
El tío Ubaldo Candiles, su esposo y mártir, y con un temperamento
tan acoquinado que no se conjuga con su físico, no hace más
que repetirse recio para sus adentros y bajito para las afueras: "Si
el buen Dios misericordioso quisiera acordarse de mí..."
Y nadie conoce con mediana certeza como para poder jurarlo sin riesgo
alguno de error, si desea de cierto quedarse viudo y así emparentar
con tierna jovencita receptiva y fresca -a buey viejo cencerro nuevo-
o que, efectivamente, sin engaño ni disimulo, anhela que el Señor,
en su infinita compasión y benignidad, se lo lleve ya a su descanso
eterno. El tío Ubaldo Candiles no teme a la muerte, ¿por
qué va a mirarla con recelo si el infierno ya lo vive aquí
en la tierra? Como bien asegura a sus convecinos el desdichado marido:
Los amores de mi muger son como los amores de la burra: bocados, coçes
e rebuznos. Sí, tía Hermógena, la Zarrapastras,
es el compendio de todos los males y desdichas sin mezcla de bien ninguno...
- Mire, usted, padre Hunuldo, mi Hermógena me insulta a diario
con palabras capaces de marchitar cualquier flor en capullo, y me ha
arrojado a la cabeza tales improperios que hasta chichones me han sacado.
¡Dios sabe que se le almacena la pus en su bífida lengua
viborera! ¡Cuanto más pronto y más lejos, mejor!:
ya no consyento más que adentro y en las afueras de la casa mi
muger sea el gallo, e yo sea gallina con pepita. Es muy capaz de venderme
por dos granos de cebada. Conoce bien su reverencia cómo hay
tres cosas que terminan por echar al hombre de su casa afuera: el humo,
la gotera y la mujer gritadera... Y si la mato, me cuelgan.
Y el buen párroco, suspirando hondamente y pesaroso por las trágicas
consecuencias que puedan acarrearse, le exhorta al tío Ubaldo,
contestando a sus deseos, y como clara advertencia de buen padre y mejor
amigo:
"Aún enterrado no está,
la viuda casarse quiere:
¡desdichado del que muere
si a paraíso no va!" (HOROZCO, Refranes, núm. 736)
A veces, el tío Ubaldo se sincera a boca llena, vaciando el
saco de sus lamentaciones, sobre los oídos comprensivos del hombre
bueno del pueblo:
- Compréndelo, bien Acazio; si es que mi mujer no es una mujer.
Si es que la Hermógena Zarrapastras es peor que un cepo lobero...
Y que cuando me frunce su estropajoso entrecejo, de esa manera tan diabólicamente
suya, es muy capaz de helar hasta el agua hirviendo.
- Ya sabes, Ubaldo, que cuando el diablo no sabe cómo hacer,
le pide consejo a la mujer.
¡Qué tiempos aquellos, ya tan lejanos, en los que siendo
aún novios, y con toda la ilusión de una vida sin estrenar,
el tío Juan, con la dura madera de un ciruelo joven le hizo una
rueca hilandera y se la regaló en señal de su amor!¡Tiempos
de juventud en que su Hermógena tan sólo le levantaba
la mano para acariciarle el cabello, y no llegaba siquiera a pitoflera!
"Mira, Ubaldo, lo que te dije,
no se te olvide.
Mira, Ubaldo, lo que te dije
en barrio ajeno,
que me cortes una rueca
de aquel ciruelo.
De aquel ciruelo te dije,
no se te olvide". (ESTEBAN DAZA, fols. 109-111)
Al único que obedece en el Concejo -refunfuñándole
siempre, eso sí, pero le obedece- es a Acazio, porque ya desde
joven le parecía que su cara era un rostro de hombre antiguo,
uno de esos semblantes graves que sólo sonríen con la
mirada. Pero se cree más bien, y así comentan las comadres
por las callejas de la aldehuela, que dicho respeto es debido a no haberla
castigado presa de tobillos en el lugar del cepo cuando agarró
del pelo a la viuda Gaudiosa, la sacudió a un lado y al otro
como hace el perro de caza con la liebre, y la arrastró iracunda
por el suelo enfangado de la Costanilla abajo llenándole las
míseras ropas de sucias cazcarrias -¡que buena estaba la
dicha callejuela!- a cuenta de no sé qué pareja de huevos
perdidos de su propiedad y gallinero, y que vociferaba que aquélla
le había sorbido como guluzmera lechuza en ayunas, berreando
como posesa a los cuatro vientos: ¡Ay, huevos míos de dos
yemas, que para echar vos guardava yo! ¡Ay, qué gallo e
qué gallyna salieran de vos! Del gallo fiziera capón que
me valiera veynte maravedís, e la gallyna catorze!
Acazio, comprendiendo que non estava en dispusyción de rescebyr
doctrina la tal muger, synón de feo responder e mal e desonestamente
obrar, y, como no podía mandarla, así, sin más,
que se fuera por las callejas, según la fórmula usada
con los inocentes, despachó tan comprometido asunto con el castigo
de media docena de empujones en el envés, vulgo zurriagazos,
pero tan bien asentados, eso sí, en las prosaicas y huesudas
nalgas de la susodicha, que saltaban en su picuda trasera como granizo
en albarda.
- Al próximo escándalo, tía Hermógena, como
hay Dios que la encepo.
Hasta el buen padre Hunuldo se sintió obligado esta vez a reprenderla
severísimamente en la iglesia:
- ¡Ay, Hermógena!, siempre se conoció que cuatro
son aquéllos en que mala voluntad es firme: el lobo con el cordero,
et el gato con el mur (ratón), et el azor con la paloma, et con
los cuervos los buhos. Pero en nuestro lugar de Graxos tendremos que
añadir un quinto más a la lista: et Hermógena con
el resto del universo. Hermógena, hija mía, reconoce que
eres muy bruta y una mala bestia, y ni el mismísimo diablo te
soporta a su lado. ¿Tan lejos te pilla el río que no te
has vuelto a lavar desde que te limpiara la comadrona?
Y dirigiéndose a todos los fieles congregados en Misa Mayor:
- Hijos míos, algunos monjes predican que el hambre es la mejor
amiga del cuerpo; cuando uno está unido a ella de por vida, ya
no teme gran cosa en este mundo. Simplemente, no estoy de acuerdo con
ellos. Las miserias y penalidades del cuerpo desfiguran los caracteres
y sentimientos de algunas almas, y las alejan tanto del camino del buen
Dios que corren el riesgo de no volver a encontrarlo nunca.
- ¡Uhm, uhm! -, gruñó, más que respondió,
la desdichada Zarrapastras, como un salvaje animal malherido y acosado
por el cazador.
Tía Hermógena, de forma inesperada en ella, y suceso muy
comentado por todos los asistentes al oficio eclesiástico -porque
el párroco se lo espetó como tiro de ballesta, los ojos
fieros, recia voz que sonaba como si hablara esta vez con los nudillos
metidos en la boca, y en pleno sermón de la Misa Mayor-, con
la cabeza gacha, y por esta vez, se calló como negra en baño.
Las gentes sencillas del lugar de los Graxos, y en ocasión semejante,
no daban abasto a persignarse con las rápidas cruces del asombro,
atónitos y maravillados en extremo de caso tal, y tan extraño
acontecer, muy digno de transmitirse de padres a hijos de generación
en generación.
- Pues no todo se alcanza a punta de lanza; con palabras melosas se
consiguen las más de las cosas; y pizquita de miel en rebanada
de hogaza, aunque ésta sea de centeno, más que con barril
de vinagre.
- Ya; pero no todos tenemos el mismo cuerpo para sufrir chaleco.
Tenían que haberla visto y, aún más, oído
sus dignas mercedes el otro día martes pasado, sin alejarnos
más allá en el tiempo, cuando perdió una de sus
cuatro gallinas, la ponedora rubia, e iba descompuesta de casa en casa
conturbando toda la vezindat e colleando como mochuelo. Lean, lean presto
sus mercedes, y pásmense con asombro de todo cuanto nos escribió
a propósito para la tal ocasión el mencionado Alfonso
Martínez de Toledo, que bien la oyó en sus lamentos y
mal decires:
"¿Dó mi gallina, la rubia de la calça bermeja,
o la de la cresta partida, cenicienta escura, cuello de pavón,
con la calça morada, ponedora de huevos? ¡Quien me la furtó,
furtada sea su vida! ¡Quien menos me fizo della menos se le tornen
los días de la vida! ¡Mala landre, dolor de costado, ravia
mortal comiese con ella! ¡Nunca otra coma! ¡Comida mala
comiese, amén! ¡Ay, gallina mía, tan ruvia! ¡Un
huevo me davas tú cada día! ¡Aojada te tenía
el que te comió; asechándote estava el traydor! ¡Desfecho
le vea de su casa a quien te comió! ¡Comido le vea yo de
perros aýna e non se tarde! ¡Ay gallyna mía, gruesa
como un ansarón, morisca de los pies amarillos! ¡Más
avía en ella que en dos otras que me quedaron! ¡Ay, triste!
¡Aun agora estava aquí! ¡Agora salió por la
puerta, agora! Salió tras el gallo por aquel tejado. ¡Moças,
fijas de putas, venid acá! ¿Dónde estades, moças?
¡Bien sé que me oye quien me la comió! ¡Alonsillo,
ven acá, para mientes, e mira que las plumas no se pueden esconder,
que conocidas son! Comadre, ¡vedes qué vida tan amarga!"
Y así continuó despotricando tía Hermógena
contra todo el Concejo del lugar de los Graxos, sus anexos, sus habitantes
y animales, hasta más allá de la puesta del cansino sol
otoñal. Y perjurando como carretero herido, más que perjurar
con su voto favorito, y utilizando una lengua más áspera
que lima de preso o el estridular veraniego de las resecas cigarras:
- Para la muerte que a Dios le debo..., ¡de perejil está
el mortero!
- ¡Amén, Jesús, con esta mujer del demonio! -y,
todos cuantos la oían tales imprecaciones y jaculatorias, se
persignaban temerosos de que un rayo divino les fulminase de forma instantánea.
El tío Ubaldo Candiles, el indino, no para de lamentarse de continuo
alzando sus ojos al cielo por ver si algún santo desocupado y
que anduviera ocioso se apiada de sus pesares y desventuras, mira hacia
abajo, extermina a tan irreverente blasfema y le alivia de semejante
carga:
¿Yo qué le hice, yo qué le hago,
que me da tan ruin pago?
Mas ¿yo qué le hago, yo qué le hice,
que de mí tanto mal dice? (Romancerillos de Pisa, 89)
- Y lo peor de todo, tío Candiles, es que no nos queda ni una
miajita de esperanza: que caballo o yegua viejos ya no aprenden trote
nuevo.
Tía Hermógena padece en sus piernas de una malísima
circulación de la sangre, se le hinchan como botos los dos tobillos
y ambos pies y sufre de horrísonos dolores. Cuando se le agravan
los dolorosos síntomas, entonces, se acerca renqueando hasta
la choza de tía Canuta y, sin decirle ni mediar palabra alguna,
le señala con un gruñido el lastimoso estado de sus piernas:
dos columnas de dolor. Tía Canuta le sonríe levemente
y le prepara en sus morteros una mixtura con tuétano de vaca
y manteca fresca que le alivia en gran medida las inflamaciones de los
pies y mitiga sus dolores. Mientras le va frotando las piernas con suma
delicadeza, le habla dulcemente con una voz tan blandita como el blanco
algodón de curar, y tía Hermógena, al sentir la
mejoría, ronronea de satisfacción como gata junto a la
lumbre: entonces parece casi humana. Pero no contesta nunca, no se despide
jamás, ni le da las gracias: las cosas más importantes
nunca se dicen con palabras, debe pensar. En los días siguientes,
en un atardecer cualquiera, tía Canuta se encontrará con
un hermoso calabacín o una fresca lechuga apoyados en la portezuela
de su chocita.
- Gracias, Zarrapastras; - murmura, sonriente, para sus adentros.
Cuando tía Hermógena está algo alegre -cosa harto
rara, y suceso que tan sólo se produce si ha empinado el codo
y se pasa en apurar el vino del botillo que su esposo Ubaldo aportó
orgulloso, y como única dote, a la boda, bebiendo con sigilosa
avidez el gustoso aloque como si lo hubiera robado de la misma iglesia,
o un vinorro espeso y barranqueño en el que mojan el pan para
los chiquillos desmedrados todas las madres de la aldehuela- vocea por
todas las calles del lugar de los Graxos, desde la entrada de la Calzada
Real hasta su pronta salida hacia Fortigosa del Rialmar, como loca pregonera
de esperpénticos sucesos, -ejemplares sus modos de desollar la
zorra- con la discreta tonalidad que caracteriza a diario y golpeándose
al unísono ambos costados, cual mulas de tiro al tiempo de arrancar,
se carcajea del mundo conocido como desafinado coro de hienas: "Aires
bola, aires tararira, cagajón para quien me mira"; canturrea
graznando con voz tropezona. Divide la vista y se torna bisoja: ¡Santo
Dios, cómo está de borracha!
"Bendito sea Noé,
que plantó el primer sarmiento:
a unos les quitó la sed,
a otros el conocimiento". (Cancionero Popular)
- Y que el vino más bueno, para quien no sabe mearlo, es un
veneno.
- Razón que le sobra: ¡Quien no sepa mearlo, no debe catarlo!
Si de Dios está ordenado
que me he de acostar borracha,
daca el jarro, muchacha. (CORREAS, Vocabulario)
Se comenta por todo el pueblo, pero en voz muy bajita -porque el viento
más sutil también es el más traicionero e indiscreto
correveidile, pregona ululante e incontinente y hace volar en rizadas
tolvaneras giratorias aquellas palabras prestadas en secreto, te las
sube a los resbaladizos tejados donde ya no alcanzamos a retirarlas,
o las expone en vivos cueros por las esquinas más indiscretas
donde quizás no nos guste ir a recogerlas-, que el juego de La
Calva lo inventó tío Ubaldo Candiles el día en
que, con un buen meño de duro granito en la mano, confeso y resignado
de todo punto a padecer las peores consecuencias si falla en el intento
y ayuno de toda esperanza por sobrevivir a él, guiñó
un ojo, sacó la lengua, apuntó decidido a la desgreñada
cabeza de tía Hermógena, su queridísima esposa,
dio un paso adelante y...
- ¿Y hubo suerte?
- Más bien, sí. Darla, darla, no la dio, eso no; -se notó
enseguida que al hombre le temblaba el pulso en demasía dada
la tamaña responsabilidad que asumía sobre sus lomos-,
pero tuvo tiempo suficiente para esconderse rápido tras la esquina
de la cercana bocacalle sin esperarse a contemplar los resultados de
su arriesgadísima razia particular. Si se lo llega a barruntar
tan siquiera por un momento la fiera corrupia de tía Hermógena
la Zarrapastras, que no para de mirar con ojos desorbitados hacia los
pajizos techados de las casas, y bufando calle arriba y calle abajo...
- Hecho es propio de villanos, tirar la piedra y esconder la mano.
- Sí; pero también se salvó de una buena tunda.
¡Anda que si no llega a trasponer ágil por la calleja de
la torre parroquial...! A estas alturas, y bien lo pudieran asegurar
sus mercedes, el tío Ubaldo, alias el Candiles, ya estaría
apagado, sin mecha ni aceite, y aun de cuerpo presente en el húmedo
santo suelo de la iglesia parroquial, y... ¡ni criando malvas
como menor consuelo!
- Vista así la tal historia del susodicho suceso, y estudiada
fríamente la exégesis del caso en concreto...
- Sí, señor: así. ¡Y no hay otra manera de
verla!
Año tras año, con paciencia infinita y esperando con callos
en el alma el reparador milagro que nunca llega, el Domingo de Ramos,
al fondo de la pequeña iglesia, sentado con las piernas cruzadas
sobre el santo y húmedo suelo, y mientras el padre Hunuldo desgrana
su sermón de esperanza, de alegría y penitencia, tío
Ubaldo el Candiles se prepara una crucecita con el ramo bendito de laurel
para, más tarde, clavarla en lo alto de la puerta de su choza:
¡Crucecita bendita de los ramos de Pascua, ahuyenta los malos
espíritus desta mi casa! Se conoce que al bíblico Ángel
Exterminador no le explicaron bien cuál era su nueva misión
y el veraz significado de la marca en el dintel. Como antaño
por las rojizas tierras de Egipto: veía la señal en la
puerta y pasaba de largo...
El otoño había sido largo y frío, muy frío,
descolorido y tormentoso, y los días cortos y acerados llegaban
envueltos en heladoras bálfaras y cegadoras tolvaneras. Tía
Hermógena la Zarrapastras se murió al amanecer de un día
tan anodino como desapacible, con su debilitada mente enferma navegando
a la deriva por los mares de la locura y el desatino: sin saberlo, y
a la caída desmayada de la hoja seca. Los perros del lugar de
los Graxos, inquietos, habían aullado la víspera anunciando
la llegada de la muerte.
- Ese aullido tan especial de los perros barrunta la muerte...
La gélida ráfaga de un viento azotacalles remolineó
un instante sobre la choceja como orientándose, se coló
veloz como un verdugo avisado a través de la portezuela entreabierta,
gritó un alarido infrahumano, espeluznante y aterrador cual ánima
herida por una condena, y se la llevó ululando entre sus brazos
de vinagre un ácido remolino alimonado. Los cerrados ojos de
tía Hermógena semejaban dos pozos perdidos entre las arrugas
de una cara que, ahora sí, por fin, parecía haber encontrado
la paz definitiva. El sol iba ascendiendo despacio y era un débil
círculo en el cielo color pizarra. A media mañana empezó
a nevar y los blancos copos caían silenciosos bajo el cielo gris.
Nadie llevaría luto por tía Hermógena que había
sido una mujer brutal y violenta, mal avenida con casi todos los habitantes
de la aldehuela y temida por muchos de éstos. No se la echaría
en falta.
- ¡Ya está en la Verdad! -comentaban entre sí con
absoluta resignación cristiana los rústicos labriegos
del lugar de los Graxos.
- Yo no es que me alegre de la muerte de nadie -le decía tía
Gaudiosa la Empalá a su vecina, durante la misa de difuntos;
pero el molino del Señor muele bien; puede tardar, pero hace
su trabajo concienzudamente.
- Dios la dé, en su infinita misericordia, el descanso que aquí
nos deja - comentaba sin ambages, rodeos ni otros disimulos su propia
hermana, la tía Bonifacia, la Sopafría. ¡Dios haya
recibido, comprensivo y paternal, su alma atormentada! A Dios, después
de todo, le será más útil que a nosotros. Y la
retenga a su lado por toda una eternidad si, en su inagotable bondad
divina, es capaz de aguantarla nuestro Padre y Señor.
Y hasta el paciente y resignado padre Hunuldo, por esta vez y casi con
satisfacción, dijo para sus adentros: ¡¡¡Amén!!!
Y a los feligreses:
- Hijos míos, detrás de las yeguas se van los potros,
y detrás de unos tiempos vienen otros. Días se fueron
y días vendrán; lo que unos trajeron, los otros se llevarán.
Se calló, y no dijo nada más. Todos los vecinos del lugar
de los Graxos comprendieron en seguida lo que su compasivo párroco
les había querido enseñar y, harto difícil de creer,
miren sus mercedes, todos, absolutamente todos nuestros paisanos, estuvieron
de acuerdo.
- ¿Está usted seguro, miçer Escribano, de que todos
acordaron?
- Pues, no; más bien, no: seguro ya no está uno de casi
nada.
El huraño leñador que levanta su choza al lado mismo del
calvero en que reina la encina conocida como La Vieja, de oscura barba
enmarañada, florida de hojas y grasienta por fregar los platos
con la lengua, Cipriano, el Agallón, quien tanto se emocionara
con la pérdida de tía Canuta, esta vez no asistió
al entierro porque no le dio la gana. Estaba almorzando unas gachas
de avena cuando le anunciaron el fallecimiento:
- Cipriano, esta mañana murió tía Hermógena,
la Zarrapastras. A la caída de la tarde la entierran. Lo digo
por si quisieras acercarte...
- Ya, -contestó el leñador como distraído, sorbiendo
ruidoso el caldo de su escudilla- : ¡Así se olviden los
diablos de su cristiana ánima como yo trato de olvidarme para
siempre del influjo de sus maléficos recuerdos!... ¡Que
el maligno me lleve de la lengua si lo siento!
Una vez recargado su enorme bandujo, eructó como un vendaval,
asió el mango de la pesadísima hacha y el ligero hocino,
bebió al paso un trago de agua casi helada en el arroyo La Vieja,
se escupió con fiereza lobuna en las palmas de sus encallecidas
manos poderosas, y siguió talando árboles como si se tratase
de un hercúleo titán enfurecido contra todas las oscuras
y desatadas fuerzas de la naturaleza puestas en fila. Tras cada uno
de sus formidables hachazos, esa tarde inverniza y grisácea,
teñida del triste color plomizo de las cosas perdidas, bajo los
blancos árboles atemorizados en el hondo bosque, nevaba doblemente
al sitio callado del Hombre Muerto.
A tía Hermógena la Zarrapastras, la enterraron en sagrado,
sí, pero no dentro de la iglesia como a la recordada tía
Canuta, sino en el cementerio allegado a ella y en el lado nortizo.
La ubicación fue idea del padre Hunuldo y a nadie le extrañó
en absoluto: el olvido pronto caería sobre la desangelada tumba.
Tan sólo las hierbas silvestres se encargarían de su adorno
y decoro. Cipriano, cuando baja hasta el pueblo, ni mira.
- La misericordia de Dios es infinita, y diluye, con un solo gesto de
sus todopoderosas manos de Padre, el odio enconado de los hombres como
el viento del septentrión espanta las nubes.
- Entonces, ¿tía Hermógena la Zarrapastras?
- Aprendiendo a su lado.
Capítulo X: LOS MATRIMONIOS
Aunque todo el ambiente medieval establece el mando del marido sobre
la mujer, también se daba el caso opuesto, a menudo recogido
en leyendas y caricaturas de sillerías góticas, de que
fuere la esposa la que golpeaba al marido. La mayoría de comentaristas
del tiempo advierten a quien se va a casar que debe mostrar el primer
día quién manda en la casa para evitar sorpresas posteriores.
Ejemplo típico es el cuento del "mancebo que casó
con mujer brava" del Libro de Patronio (Juan Manuel): Advertido
del mal carácter que tenía la rica moza con quien enlazaba,
el mozo, al sentarse por vez primera en la mesa, pide al perro que le
traiga agua para lavarse las manos; el can, naturalmente, no lo hace,
y el joven saca la espada y lo mata. Pide luego a su único caballo
el mismo servicio, y el corcel, como es lógico, tampoco le aporta
lo que ha pedido, con lo que a su vez es acuchillado hasta morir. La
tercera petición de agua es a la nueva esposa que ha asistido
aterrada a aquella demostración de ira y que se apresura a traerle
el recipiente con el líquido y una toalla para que haga sus abluciones.
Desde aquel día la esposa se guardó mucho de manifestar
otra cosa que obediencia a su marido y señor.
Hasta el ecuménico Concilio de Trento (de 1545 a 1563) fueron
válidos los matrimonios secretos celebrados sin la intervención
de testigos ni de la jerarquía eclesiástica: con el simple
consentimiento de los contrayentes.
Llaman en las aldeas "redoma" lo que se ofrece a los novios
el día de la boda, a reddendo, porque cuando los que les han
ofrecido se casan, ellos o sus hijos, están obligados a volverlo
en buena cortesía y comedimiento; y anssí tienen ciertas
palabras solemnes los que dan como los que reciben. El que ofrece dize:
"Prestado vos lo doy"; y el novio responde: "Aquí
estoy, papagayo". Las arras, si se podían presentar, eran
12 monedas de oro o plata y una metalada. Comúnmente se toma
este vocablo por el donativo que hace el esposo a su esposa como señal
de que cumplirá lo prometido de casarse con ella, y assí
lo pierde no cumpliendo su palabra, pues queda por él; pero si
se muere aviéndola besado, buelve la mitad, y si no ha tocado
a ella del todo. (Covarrubias)
El casamiento, a mi ver,
cuando bien lo estoy mirando,
no es más que estarse engañando
un hombre y una mujer. (El curioso impertinente)
La sociedad medieval es una sociedad fuertemente androcéntrica
en la que la medida tanto moral, social y aun estética la da
el varón, y en la que el patriarcado es un elemento sustancial
que estructura toda la sociedad. De esta manera, las relaciones de dependencia
de la esposa respecto al marido son la piedra angular de un sistema
de poder que se manifiesta siempre a través de imágenes
y símbolos de carácter familiar.
- Sería norma general, y valdría para todas las mujeres
de Castilla y aun
de las Españas; para todas, sí, menos para tía
Hermógena, la Zarrapastras, que manda como una reinona dentro
de su choza y le zumba la badana del cuero al tío Ubaldo, el
Candiles, su marido, cuando a bien lo considera y le place -las más
de las veces sin pararse a considerarlo ni nada, así como al
buen tuntún-, cambiase o no de rumbo el valdecasero viento Escornacabras.
El marido es la cabeza en la sociedad conyugal, como Cristo lo es de
la Iglesia y, como hace ésta, así la mujer debe conformarse
a sus designios, encauzando toda su vida hacia ese fin. De ahí,
que ambos tengan distintos compromisos para con ellos mismos y para
con la sociedad. En las Epístolas morales, Guevara los diferencia
muy claramente: "El oficio de marido es despachar todo lo que es
de puertas afuera, y el de la mujer el dar recaudo a todo lo de dentro
de la casa. Finalmente, digo, que el oficio de marido es granjear la
hacienda y el de la mujer es gobernarla".
Así lo glosa fray Luis de León en La perfecta casada,
insistiendo en el carácter real y no metafórico de esta
atribución: "¿No dijimos arriba que el fin para que
ordenó Dios a la mujer y se la dio por compañía
al marido, fue para que le guardase la casa y para que, lo que él
ganase en los oficios y contrataciones de fuera, traydo a casa, lo tuviese
en guarda la mujer y fuese como su llave? Pues si es por natural oficio
guardar la casa, ¿cómo se permite que sea callejera, visitadora
y vagabunda?"
Ninguna de las actividades propias del sexo femenino son de adorno,
sino tareas imprescindibles que, al ser desempeñadas por personas
con tan poca autonomía económica, se convierten real y
materialmente en servicios gratuitos que perciben el marido y la familia.
Hay muchas supersticiones en este siglo XIV, sobre todo las forjadas
respecto al matrimonio, por la supina ignorancia de aquella época.
Es a la sazón universal creencia, valga el ejemplo, que quien
golpee suavemente la puerta de un cubil, cochiquera o zahúrda
durante la noche de la vigilia de San Andrés, y oiga el gruñido
de los lechoncillos antes que el de la cerda, casará con mujer
soltera, y con viuda si se anticipa a protestar la lechona. No se conocen
días propicios para los esponsales, pero los miércoles
y los viernes en la semana, y los meses de mayo y agosto sobre todos
los demás del almanaque, se tienen por nefastos para contraer
matrimonio, y es de muy mal agüero toparse poco antes de la boda,
más para la novia, con un fraile, una liebre, una serpiente,
un cojo o un "... home tuerto".
- De cualesquiera sea la boda: ¡líberanos Dómine!;
que el hombre que pierde una buena mujer, ¡no sabe bien lo que
gana!
De las tres condiciones impuestas por la Sta. Madre Iglesia para poder
contraer matrimonio: edad (12 años, para la mujer), ausencia
de parentesco y consentimiento, únicamente se observan las dos
primeras, dejando de lado casi siempre la última, pues los matrimonios
se conciertan sin que la mujer intervenga en la elección. Las
mujeres se casan por decisión de los padres, quienes a veces
las prometen cuando todavía son niñas. En todas las clases
sociales, el marido es el indiscutido dueño y señor del
hogar.
Desde niña me casaron
por amores que no amé:
mal casadita me llamaré. (Segunda parte de la Silva)
Un matrimonio sin amor, y sujeto siempre a la voluntad del más
fuerte, genera un alto grado de insatisfacción conyugal, cuando
no de real fracaso. Así lo reconocen algunas de las autoridades
municipales, que señalan que no todas las mujeres se hallan sujetas
a sus maridos como deben, que hay muchas desconcertadas y que otras
tantas riñen y gruñen, y son rebeldes, invirtiéndose,
en ocasiones, los papeles domésticos.
- ¿Cómo esa ejemplar esposa de nuestro Graxos que todos
sabemos?
- ¡Como ésa!
Para muchas personas, sus vecinos son marido y mujer sencillamente porque
viven en la misma casa, comen en la misma mesa y duermen en el mismo
lecho nupcial, además de referirse el uno al otro, respectivamente,
como marido y mujer. Los matrimonios de esta época se conciertan,
gran parte de las veces, según la mejor conveniencia de los contrayentes,
sin más reparos en los melindres de posibles enamoramientos.
El Rey Sabio, en la Segunda Partida, exhortaba a los hombres a que se
guardasen de ciertos peligros, y prestasen vigilante atención
en precaverse de cualesquiera tipo de matrimonios embargantes de non
fazer linaje, tales como la unión de personas excesivamente jóvenes
o demasiadamente ancianas, porque a los unos embarga mengua de edad
e a los otros enflaquecimiento de días; la desproporción
entre ambos contrayentes, casando el moço con la vieja o el viejo
con la muy moça, coyundas en las cuales hácese difícil
el amor y poco probable la descendencia, y, en fin, la mala complission
o enfermedad, que tanto daña a la raza, cumpliéndose en
muy pocos matrimonios el precepto de que fueran ambos cónyuges
sanos e fermosos, o al menos la mujer, e sobre todo que se quisiesen
bien, que es cosa que vence a todas las otras.
Juan Ruiz, el sabio cura tan enamoradizo, y Açipreste de Fita,
que de mujeres sabe más que varón alguno de su siglo en
todo el viejo continente, advierte a los mançevos más
desorientados en la búsqueda de pareja -como una guía
fiable de navegantes- las físicas cualidades que deben adornar
a la muger que escojan por esposa en su Libro de Buen Amor:
"Cata muger fermosa, donosa e loçana,
que non sea mucho luenga nin otrosí enana;
si podieres non quieras amar muger villana,
que de amor non sabe, es como baüsana.
Busca muger de talla, de cabeça pequeña;
cabellos amarillos, non sean de alheña;
las cejas apartadas, luengas, altas, en peña;
ancheta de caderas; ésta es talla de dueña.
Ojos grandes, someros, pintados, reluzientes,
e de luengas pestañas, bien claras, paresçientes;
las orejas pequeñas, delgadas; páral mientes
si á el cuello alto: atal quieren las gentes.
La nariz afilada, los dientes menudillos,
eguales, e bien blancos, poquillo apartadillos;
las enzías bermejas; los dientes agudillos;
los labros de la boca bermejos, angostillos.
La su boca pequeña, así de buena guisa;
la su faz sea blanca, sin pelos, clara e lisa;
puna de aver muger que la vea sin camisa,
que la talla del cuerpo te dirá: "Esto aguisa".
Ha fijado en la última página del libro de experiencias
amatorias, como un serio aldabonazo a la liviana sensatez masculina,
y rejón de castigo a las hipocresías de la naturaleza
humana, esta sentencia definitoria:
"Como dize Aristótiles, cosa es verdadera,
el mundo por dos cosas trabaja: la primera,
por aver mantenençia; la otra cosa era
por aver juntamiento con fenbra plazentera"
Recomienda a los moços que para casarse elijan una mujer que
sea en la cama muy loca, en (la) casa muy cuerda, al tiempo que bien
les advierte cómo muger, molino e huerta siempre quieren grand
uso.
"Cierta cosa es ésta: molino andando gana,
huerta mejor labrada da la mejor mançana,
muger mucho seguida siempre anda loçana:
do estas tres guardares, non es tu obra vana".
Sí, sí, mis adorables y, justamente, indignadas lectoras;
ya sé que los escritos citados del tan reverendo como vivales
Açipreste de Fita tienen todo el aspecto del peor machismo y
la más exacerbada misoginia, pero así son los oscuros
y eclesiásticos tiempos bajomedievales, y no me invento nada
que no esté ya dicho, hecho, comentado y escrito, ni tomo partido
alguno, oigan sus dignas reverencias. Observen vuestras mercedes, en
cambio, con el ánimo jovial y propósito de desintoxicación,
aquesta variopinta muestra de aquellos casamientos de la época,
a veces tan desiguales: Quatro maneras son de casamientos -nos cuentan
en El Corbacho-, las tres son reprobadas e la una de loar. No me resisto
a transcribirte, amigo lector, tales matrimonios:
- La primera manera sý es quando el moço casa con la vieja.
Esta tal madre bendita, con sus rugas en el vientre, ¿qué
espera? Que con lo suyo della tenga el moço una o dos e más
enamoradas a su ojo cada día, e la vyeja maldita que rebyente
de gelosýa e muera mala muerte en pena e vida dolorida; e sy
fablare, que ande el cardenal en el ojo.
Las madres predican sólo en el desierto las más de las
veces cuando, queriendo avisar a sus verriondos hijos les aconsejan:
"Dote de cara, culo y tetas, no me peta; dote de casas, viñas
y olivares esos quitan mis pesares..."
- Miçer Escribano, conozco a más de un bribón que
no se casó por la oveja, sino por el vellón.
- Pues anda con ella moço, mas no te olvides que, en allegándose
las mugeres al cuatro y el cero, todos los abriles se vuelven eneros.
- La segunda manera de matrimonio reprobado, quando el viejo casa a
la moça. Podrá ser cierto el antiquísimo refrán
que nos recuerda cómo el viejo podrá perder sus dientes,
pero no las sus simientes; mas..., ¿de qué le sirve?¿Qué
espera el tal viejo guargajoso, pesado como plomo, abastado de vilezas,
synón que la moça, farta de enojo de estar cabe tal buey
de arada, que busque un moço con quien retoce; e que lo syenta
él e calle. E échase la moça en la cama sospirando
cabe él, mas non sospira por él. ¡Otra logró
su mocedad, y para mí, captiva, estudo guardada esta mala vejedad!
¿Qué vos paresce? El toro bravo como oveja es tornado.
E al viejo conviene veer e callar e soportar, e que faga ojo de pes,
e se aparte, e dé logar. (Hacer ojo de pez significa "hacer
la vista gorda")
Un rosal cría una rosa,
y un clavel, otro clavel:
un padre cría una hija
sin saber para quién es.
¡Mal haya quien os casó,
la de Pedro borreguero!
¡Mal haya quien os le dio
ese marido grosero! (Flor de enamorados, fol. 79)
¡Si se cumpliese, marido,
lo que esta noche he soñado:
que estuviésedes subido
en la picota, emplumado,
yo con un mozo garrido
en la cama, a mi costado,
y tomando aquel placer
del cual vos sois ya cansado! (Cancionero de Palacio)
En este tipo de casamientos suele enredar de por medio la alcahueta:
esa mujeruca y abuela, endilgadora de refocilos, enflautadora de personas,
tejedora de caras, engarzadora de cuerpos, eslabonadora de gentes...
A las alcahuetas acostumbran a desnudarlas de medio cuerpo arriba y,
untadas con miel, las siembran de plumas menudas, que parecen monstruos,
medio aves medio mugeres. (Covarrubias)
Sabido es que la caída, el casamiento y el catarro, son las tres
ces que mandan al viejo a mascar barro. (¡Ah, qué tiempos
tan venturosos en que no se conocen ni el estrés, ni los colesteroles,
ni hay coches en las calzadas!)
- A quien viejo se casa, muerte a cornadas.
- ¿Y si disimula?
- Comerá restos, y ello si guarda la llave del arca en sitio
seguro.
- Y mire su merced, que ya nos lo decía la mi abuela que en el
cielo descansa del mi abuelo: Viexo paxar, malo de enzender i peor de
apagar. Y que donde hay mujer moça necesitada y un viejo con
la talega bien cumplida de escudos, el diablo no anda lejos.
- Pues mire, comadre aquesto que le digo, más me vale para mis
avíos el hombre viejo con plata que un moço joven con
zaragata; y más quiero yo un viejo que me ruegue, que galán
que me abofetee, ¡ea!, y que ya lo dije.
- Viejo que se casa con una mujer moça, o pronto el cuerno o
pronto la losa; si no son las dos cosas. Que ya es sabido, comadres
y vecinas, cómo a pájaro muerto, la jaula abierta.
Desde el cercano lugar llamado de Muñico, asentado en la denominada
Moraña, o "tierra de moros", se extendió por
toda la anchura de la cerealista tierra de pan llevar, y subió
hasta nuestro Graxos, el dicho que rezaba: En la boda de Robles, ni
faltó, ni sobró, ni hubo bastante. El tal Robles, según
nos cuentan las viejas crónicas del siglo XIV, era un hombre
razonable y discreto, de los que no hacían nada sin su peso y
medida. Aunque no era un anciano, casóse cuando ya estaba muy
pasada la primavera de su edad y, como era un labrador de dos yuntas,
y medio "riquillo" para lo que se llevaba por entonces, para
su boda convidó a algunos amigos y gente conocida de algunos
pueblos de los alrededores -todos labradores libres, por supuesto- y,
entre ellos a sus amigos de Graxos, y nuestros, Acazio, Liberata y los
niños. A todos les dio de comer muy bien, hasta el hartazgo,
pero sin despilfarro alguno. Los invitados, sin excepción, elogiaron
el buen tino de aquel hombre, diciendo: "¡Con qué
pulso lo arregla todo Robles, que aun en su boda, ni faltó ni
sobró!" Y, al día siguiente, contándole a
la novia este justo comentario de los invitados, la recién casada,
arreboladas las mejillas, susurró quedo al oído de Liberata,
íntima amiga suya: "Ni faltó, ni sobró...
¡ni hubo bastante!". Por esta vez, afortunadamente, Liberata
no guardó el secretillo -que por eso nos enteramos nosotros-,
y de ahí nació el enigmático y malicioso refrán.
El dicho, igual que al tirar una piedra sobre la plateada lámina
de un estanque el agua va formando ondas concéntricas hasta llegar
a la orilla, así corrieron los decires, como liebre acosada por
galgo, alrededor de Muñico, la Moraña entera y aun por
los reinos de ambas Castillas.
- ¡Gracias, Liberata la Fermosa!
- Por cierto, y que viene al pelo... Con la moça, ¿qué
hace el viejo?
- ¡Hijos huérfanos!
- La tercera manera reprobada, -verés qué gala e qué
dicha buena- el viejo con la vieja, que non son synón para reñir
e porfiar el uno de una parte e el otro de la otra; nunca están
alegres, el uno con dolores e la otra con más, ella diziendo:
¡Ay de las renes! ¡Ay de la cabeça! ¡Ay d'axaqueca!
¡Ay de la muela! ¡Ay de la teta! ¡Ay del ojo! ¡Ay
de la cadera! ¡Ay del onbligo! ¡Ay de todo el cuerpo!
E el otro dize: ¡Ay de la gota! ¡Ay de la yjada! ¡Ay
de los lomos! ¡Ay de los reñones! ¡Ay de ceática!
¡Ay de las muelas!, en tanto que el uno llora e la otra regaña.
- ¡Ni deshacen el jergón!
- La quarta manera de matrimonio es aprovada: el moço con la
moça, y la moça con el moço. Éste es de
loar e los otros de evitar, e en este tal matrimonio deve aver tres
cosas: comienço, firmesa e acabamiento.
Comiénçase en los esposorios, fírmase en las palabras
e acábase en la carnal cópula.
Para en uno son los dos:
vivan, y guárdelos Dios. (Lope de Vega)
Y aun universales recomendaciones y advertencias de supervivencia
en muy distintas épocas, siglos diferentes y para cualesquiera
matrimonio, tanto para él como para ella, que bien se pueden
extrapolar los sexos en el escrito sin menoscabo alguno del mensaje:
"De una cosa te guarda quando amares alguna:
non te sepa que amas otra muger ninguna,
si non, todo tu afán es sonbra de luna,
e es como quien sienbra en río o en laguna".
(JUAN RUIZ, Libro de Buen Amor)
Los deslices de las esposas se consideran más graves que los
de sus maridos porque aquellas ponen en evidente peligro el orden natural
de la descendencia y la transmisión de la herencia familiar.
La fornicación supone el ayuntamiento o cópula carnal
fuera del matrimonio "quando algún suelto conoce a alguna
suelta". El adulterio queda reservado exclusivamente para la grave
falta en las mujeres casadas; amancebamiento, para la infidelidad de
los hombres; incesto, si existe grado de parentesco entre la mujer y
el hombre; estupro, si la mujer es virgen o doncella. El castigo previsto
por el Derecho Canónico para el delito de estupro es el desposar
a la víctima o dotarla bien para que consiga marido: "Si
un hombre seduce a una virgen, no desposada, y se acuesta con ella,
le pagará la dote o la tomará por mujer". Arrebatar
la virginidad a una doncella comprometía la posibilidad de la
salvación directa de dicha mujer, quien también pierde
expectativas en el mercado matrimonial y aun en la herencia... Según
el Derecho Castellano, el marido estaba facultado para matar a los adúlteros
si así lo deseaba y para disponer de sus bienes como quisiera.
Ahora bien, como se recoge en el Fuero Real, no puede vengar la afrenta
sufrida con la vida de uno sólo de los adúlteros y perdonar
la del otro; o mata a los dos, o a ninguno: "Si el esposo los hayare
en vno hasiendo la maldad, que los pueda matar, si quisiere, ambos a
dos, así que no pueda matar al uno, y dexar al otro". (Ordenamiento
de Alcalá de Henares; 1348)
También existe la posibilidad de una reconciliación cuando
las mujeres infieles alcanzan el perdón de sus maridos. Las Partidas
señalan:
"Si después que la muger ha fecho el adulterio, la recibe
el marido en su lecho a sabiendas, o la tiene en su casa como a su muger
[...] entiéndase que la perdonó".
Tais, la bellísima hetaira griega, adoctrinaba a las mujeres
de su época: "Ningún hombre merece el afecto de una
mujer. Todos los hombres merecen una puñalada mientras duermen.
Pero sólo cuando haya algo mejor para sustituirlos". Y en
esas aún estamos los hombres, miren sus mercedes.
Para evitar dudas que en el futuro pusieran en graves apuros a estas
mujeres perdonadas, pueden exigir a sus maridos que les sancionen por
escrito, y mejor ante notario, su perdón. Estos documentos notariales
son designados con el nombre de "cartas de perdón de cuernos",
y en ellas se consigna la voluntad de volver a reiniciar la vida en
común. Algunas parejas suscriben ante notario un acuerdo que
les regula su vida en común. Ellas son las "barraganas",
y de ellos se dice que viven "abarraganados": Son de acuerdo
en faser vida en vno casy maridablemente. Como la relación de
barraganía (tan extendida entre el clero), para la Iglesia resulta
pecaminosa y censurable desde el punto de vista moral, cuando estas
parejas decidían separarse era habitual que recurrieran a justificar
esta ruptura por librarse del pecado porque "tras permanecer abarraganados
en uno, sin haber entre ellos palabra de matrimonio, salvo en una compañía
de mesa y cama", rompían dicho acuerdo "por se quitar
de pecado".
Si es notorio y como cosa pública que un joven festeja a una
moza y es regalado por ésta, habiendo testigos que los hayan
visto juntitos muchas veces hablarse a solas y aún más,
que por la honestidad de la leyenda se calla, dicho mozo viene obligado
a desposarse con ella o, al menos, dotarla de un ajuar suficiente bajo
pena de ser castigado de forma muy severa por la justicia: Con esto
fue condenado nuestro Pedro de la Trampa a que no le valiese la que
intentaba hacer con Olalla: y así, le mandaron que se casase
con ella y que, de no lo hacer, la dotase en una buena cantidad, que
se le señaló; y en caso que todo faltase, fuese al charco
de los atunes a servir a su Majestad, al remo y sin sueldo, por tiempo
de seis años.
(CASTILLO SOLÓRZANO, Alonso; Aventuras del Bachiller Trapaza)
En las ciudades, los niños mueren en racimo; en los pueblos
y aldeas rurales son más los que fallecen que aquellos que consiguen
llegar hasta la edad juvenil o adulta. El nacimiento de un niño
en la aldea es, normalmente, un gran acontecimiento. Se dice que a los
bebés los trae una cigüeña y que los recoge de algún
lago. Un gran número de supersticiones se relaciona con el período
que precede al nacimiento del niño y, sobre todo, con el parto.
La gente cree que el bebé está expuesto permanentemente
al poder de los malignos demonios, de los malos espíritus y de
las brujas. Contra todo ello lo protege las tijeras, las escobillas,
las puertas cerradas con llave, planchas y amuletos. Pero la mejor protección
de todas ellas es el manto de la novia. Durante el embarazo es necesario
observar ciertas reglas pautadas para que el cordón umbilical
no se envolviera peligroso alrededor del cuello del niño. Así
se lo recordaba nuestra tía Canuta la Morteros, a Liberata la
Fermosa, cuando ésta esperaba la llegada de su hijo Eutimio:
- Liberata, durante los nueve meses del embarazo, no puedes colgar la
ropa, ni pasar por debajo del eje de un carro. No puedes abandonar la
casa por la noche, ni matar ningún animal, incluido el gorrino,
ni asistir a funerales; y debes evitar también cualquier agitación.
El recién nacido se pone en un cesto para la ropa, arreglado
como una cunita y, para protegerlo contra las temidas brujas, los malos
espíritus y los demonios, se colocan también unas tijeras.
Si se tienen, se envuelve entre los pañales una cruz pequeña,
aunque sea de madera. En el período que transcurre del noveno
al vigésimo día después del parto, la madre está
considerada impura y tiene que tomar muchas precauciones para protegerse
contra los malos espíritus y los demonios. Se le recomienda no
abandonar la casa y realizar sólo las labores más necesarias
para ella y su hijo, ya que cualquier lugar en el que entre sin necesidad,
o cualquier cosa que haga sin que sea imprescindible, pueden traerle
mala suerte y desdicha: entrar en un establo basta para que el ganado
caiga enfermo; cruzar un campo, para que durante varios años
no produzca ninguna cosecha... Cuando, a pesar de todo, la madre decide
salir, tiene que envolverse en su manto de bodas. Éste tiene
un poder mágico y la protege contra todos los males.
El bautizo del niño tiene que transcurrir lo más pronto
posible -lo mejor es en el plazo de tres días- y, a más
tardar, a los catorce días después de su nacimiento. Se
cree que, después del bautizo, ya no le amenazan al bebé
tantos peligros. Antes de salir para la pequeña iglesia, donde
les espera el párroco Hunuldo, dicen los padrinos: Llevamos a
un pagano, traeremos a un cristiano. Al regresar a casa se pronuncia
primero: Llevamos a un pagano, traemos a un cristiano. Seis semanas
después del parto, la madre, superado el período crítico,
puede salir con el niño para mostrarlo a los vecinos.
La elección del nombre para un recién nacido es una tarea
muy ardua y compleja porque ha de escogerse aquél que mejor indique
de antemano las cualidades o aptitudes atribuidas gratuitamente a la
criatura. Tal es la causa primera de tan extravagantes y feísimos
nombres, a nuestro parecer, como llevaban la mayor parte de las personas
de nuestra aldea, aún después de generalizada la cristiana
costumbre de colocar a los niños bajo el patronato del santo
patrón del día. Pero... ¡cuántas veces era
peor el remedio del diario santoral que la enfermedad de buscarle un
apelativo idóneo! Ni los nombres, ni aun la fecha de la celebración
del sacramento del bautismo -celebración entendida como la recepción,
no como festejo- se anotan en registro oficial alguno. Acazio escribió
estos datos sobre sus hijos en las vigas de la casa. A fin de cuentas,
durante todo este siglo, las personas son más conocidas por sus
apodos -generalmente haciendo referencia a sus lugares de origen- que
por sus apellidos familiares.
Si naces campesino, y has podido sobrevivir a las enfermedades, fiebres
y cuartanas de la infancia, seguramente seguirás siendo campesino
durante toda tu vida. Apenas si existen escuelas en los burgos, ni remotamente
en los menospreciados ambientes rurales y, apenas ya cumplidos los cuatro
o cinco años, los niños se inician en los duros trabajos
del campo: como hacer de hernandillos gran parte del año, cuidar
los rebaños de las cabras, regar el huerto o la herrén,
ir a recoger setas o cardillos, traer el agua... Quizá, si eres
un chico avispado y te destacas del grupo, tu Señor te deje ser
clérigo. O, tal vez, te permita ser soldado y acompañarle
como peón en la guerra contra el moro, porque hombres de Graxos
escoltan a sus Señores de behetría, los muy caballerescos
Señores de Guzmán, en la decisiva batalla del Salado,
en la no menos de Aljubarrota... y, tan sólo un siglo más
tarde, nos consta por testimonios fidedignos que también colaboran
en la toma de la Granada mora o, arrojados, mueren junto al noble caballero
abulense don Francisco González Dávila, Señor de
Cespedosa, que cayó heróicamente en la batalla de Los
Gelves. Es probable que te tome, uno más entre sus numerosos
y serviles lacayos, como un simple criado para todo en su castillo-palacio
de La Puente del Congosto o en el de Cespedosa. Un campesino listo,
con suerte y temerario arrojo, puede llegar, incluso, hasta alcanzar
el alto rango de caballero: pero no es frecuente. Aquellos villanos
fornidos y valerosos, aptos para los ejercicios físicos, pueden
fiar su ascenso social al azar de una escaramuza militar o cinegética
en que atraigan hacia su persona la atención de su Señor,
o del mismo Rey Soberano, dispensador omnímodo de premios y mercedes.
Pero aquellos plebeyos más débiles en su constitución
física, e indigentes misérrimos en recursos económicos,
sólo como juglares logran acercarse a los poderosos, y participar
en sus comodidades y esplendores cuando personales dotes de entendimiento
o de habilidad les elevan sobre el montón de sus iguales. Acazio
comenta orgulloso a su mujer:
- Liberata, nuestros hijos son libres y no deben servicio a nadie.
La fórmula jurídica usada en Alemania para entregar la
pensión que todo hijo de viuda debe asignar a su madre desde
su mayoría de edad, es la expresión gráfica y feliz
de los peligros que, en aquellos difíciles tiempos, amenaza a
la infancia: Esto os doy, porque me preservasteis de los colmillos del
cerdo, del pico del gallo, de los dientes del perro, del casco del caballo,
del cuerno de la vaca, del fuego, del agua hirviendo, del pozo, del
hoyo y del arma punzante.
Los niños tienen muchas cosas que hacer durante el día.
Como en la aldea de los Graxos no hay escuela -ni en ninguno de los
pueblos de ambas Castillas y el reino de León, salvo en aquellos
que se levanta un monasterio, y, por lo tanto, casi ninguno de nuestros
paisanos sabe leer ni escribir-, el párroco les enseña
las cuatro oraciones que hay que saber, el Padrenuestro, el Avemaría,
el Credo y la Salve Regina, que procura que se aprendan todos de memoria,
así como los mandamientos de la ley de Dios y las creencias básicas
del cristianismo. Al joven Eutimio el Trepapinos -hijo de Acazio y Liberata-
le gusta el campo, y no teme las tormentas. Nunca le dieron miedo los
relámpagos ni los truenos, ni siquiera de más pequeño
cuando se salía corriendo de la casa para exponerse a las cataratas
de agua. Para Eutimio, los furores de los elementos desatados de la
naturaleza no tienen nada de terrible ni aterrador: infunden respeto,
pero nada más. En el zigzagueante resplandor de los enfurecidos
rayos, y en el tonante restallido de los truenos intuye los poderes
telúricos y elementales de la Creación. Por grandes que
sean estas fuerzas, él sabe que no son enemigas. Aunque tampoco
son sus amigas, sencillamente están ahí como explícitas
manifestaciones de un gran poder que abarca toda la tierra y de la que
él mismo forma parte. Intuye todas estas cosas aunque sin comprenderlas
todavía por completo. El joven Eutimio espera heredar algún
día las mejores tierras de su padre, aunque él preferiría
que el Señor don Nuño de Guzmán le otorgara algunas
tierras para él sólo cuando ya sea un poco mayor. Esto
podría hacerse, o bien concediéndole parte de las tierras
de su padre, con lo que se convertiría en un arrendatario responsable
directo ante el Señor y sometido a un pago en metálico
o en servicios, o bien nombrándole heredero de su tío
Yago, que no tiene hijos. Don Nuño de Guzmán podría
hacer cualquiera de estas dos cosas si lo deseara, pero en cualquier
caso todo ello sería en un futuro y, por ahora, el joven Eutimio
se conforma con trabajar a diario junto a su padre en las arduas tareas
del campo, y en aprender cuanto pueda de su experiencia o de la dilatada
vida de Pero Garcés, el Revientacabras; de la de Anthón,
el Ronzales... A veces, Orosio Gorragrande, el montero de Mángalo,
le deja acompañarle, caballero sobre Pitorro el burro chico,
en sus recorridos diarios por los montes del término, y le enseña
los secretos del bosque.
- Si escuchas a los árboles, éstos te contarán
su historia, Eutimio...
Otro medio principal de conseguir tierras es a través del matrimonio,
pero aquí en el lugar de los Graxos... Si un vasallo muere antes
de que sus hijos crezcan, su Señor tiene que ocuparse de ellos
y también de sus tierras hasta que sean bastante mayores para
hacerlo por sí mismos. Si el hombre fallecido tan sólo
ha dejado hijas para heredar sus tierras, normalmente se establece una
dura carrera para casarse pronto con ellas. El deber del Señor,
que hace de guardián, es cuidarlas bien y encargarse de que hagan
una boda interesante. Pero, para un guardián, siempre resulta
tentador sacar algún beneficio y, a veces, casa una heredera
al mejor postor. Hay muy poco romanticismo en las bodas: es más
un asunto serio de negocios.
En cuanto a Policarpo, el hijo más joven, no comparte las ambiciones
de su hermano. A él le interesan mucho más las lecciones
que estudia con el piadoso párroco, el padre Hunuldo, y a veces
piensa que le gustaría ser un buen sacerdote como él.
La inmensa mayoría de los párrocos, incluido el de Graxos,
proceden de familias campesinas, y todos comenzaron su deficiente educación
igual que lo ha hecho él. En caso de que Policarpo el Zarzales
deseara en serio entrar un día en la Iglesia, lo primero que
tendría que hacer sería demostrar que es hombre libre
y no un siervo de la gleba. Después, estudiaría latín
en la escuela de la catedral de Ávila; teología, la Biblia
y los escritos de los cristianos famosos o Santos Padres, como San Agustín,
así como todo lo referente a las ceremonias, ritos y los servicios
eclesiásticos, incluidos los rezos, las meditaciones y los cantos.
Después, el Sr. Obispo le examinaría meticulosamente y,
si alcanzaba un nivel satisfactorio y tenía la suficiente edad,
le permitirían tomar los hábitos y convertirse en sacerdote,
tras lo cual un Señor, un Obispo o un Abad que fueran patronos
de la iglesia de alguna aldea lo llevarían allí como párroco
de la misma. Ahora trabaja con su padre y su hermano, y también
le hace recados a su madre, y la ayuda a llevar la harina a la panadería
y la ropa al río, cuando baja a lavar hasta La Zarzona. A veces
tiene que ayudarla también con las gallinas, pero la verdad es
que las odia. Lo que más le gusta es ver cómo trabaja
Trastemiro, el tío Chapuzas, un pariente lejano de sus padres
y que es el herrero de Graxos, porque le apasiona la fragua y adora
los caballos: contemplándole, se pasa Policarpo Zarzales las
horas muertas con la cabeza llena de aprendizajes. Más los días
de lluvia, porque hasta él, tan sólo un crío, sabe
que en el lugar de los Graxos "los días de agua: taberna
o fragua". A veces, incluso, piensa para sí que, en realidad,
preferiría ser herrero, como le aconseja su padre Acazio, mejor
que sacerdote, como tanto le gustaría a su madre Liberata.
- Ni en botica probar, ni en herrería tocar.
- Zarzales, en una fragua... ¡al mismo Dios se le escupe!
No le importaría tener que trasladarse a vivir con la familia
del maestro herrero hasta la ciudad de Ávila al cumplir los doce
años -como aprendiz del oficio- y someterse a su severo control
y dura disciplina. Está tan ilusionado por lucir el delantal
de cuero tan característico de los aprendices de herrero... Sabe
bien que, al cabo de cuatro años, podría ya convertirse
en oficial tras someterse a específicos exámenes previos,
pudiéndose marchar a trabajar con otro maestro más acreditado
hasta poder conseguir realizar él mismo, sólo con la ayuda
de sus manos, su propia obra maestra. En las Ordenanzas de Burgos se
especifica que para poder ejercer el oficio, desarrollar y realizar
cualquier tipo de trabajo en la forja, así como admitir aprendices
y oficiales a su cargo, el aspirante debería realizar:
"...una hoz de podar, una hoz de segar, una hazuela de martillo,
una açuela de mano de cabestro, un martillo de orejas, una segura
de carnizero, una acha nueba u calçada, un legón de huerta,
una dalota cerrada, un açadon ancho y angosto, una haçada
de orejas y media boca, una açada punta aguda, una rreja de arado
nueba o calçada, una armella para arado, una arrejada, un barreño
grande o pequeño, un escoplo, una pelota abierrta, un rrelanpago
de huerta, una tixera de perayre, una trevede quadrada o rredonda, un
asador de qualquier manera que sea o de tornillo, unos morillos, una
guarda zeniza, unas tenaças de lumbre, un badil, una paleta de
lumbre, una cadena de mula, una hebilla de beynte y tres piessas, una
herramienta nueba a la ytaliana o de rranplon mular o cavallar, un callo
con lumbre, et un pasabante, et un martillo, una parrilla de herrador,
una guarnición de mula o cavallo, una barbada de la brida, una
barbada de la mula, una hebilla de açion quadrada o rredonda
de hebilla herredonda con su puente, aderezo de una espuela, una guarnición
de un molino, un gonçe, una cadena de vanco, una armella, una
guarnición de puerta, una clavazón para una casa grande
o pequeña, talabartes forjados de cualquier manera, aldabillas,
unas escarpias de cualquier suerte, varras de cama de canpo terraça,
martillo y limas para el oficio, y el que en todo lo susodicho no fuese
allado ábil y suficiente, se le de solamente carta de examen
de las cosas en que fuere allado ávil y por si solo no se entrometa
a hazer ninguna obra excepto las de que fuere dado por ávil sin
la labrar en cassa de oficial ávil y suficiente hexsaminado en
tal obra, so pena de mill mrs. aplicados como arriba se aplican".
Ardua tarea que al pelirrojo y decidido Policarpo no le arredra lo más
mínimo.
Una vez superado el examen del ejercicio práctico, Policarpo
tendrá que realizar aún otro más de complicadas
pruebas teóricas, conformando satisfactoriamente a todos los
integrantes del severo tribunal del oficio -"los behedores y hexsaminadores"-,
hasta conseguir que éstos le concedan su carta de examen, lo
cual puede darnos una sucinta idea de lo difícil que era acceder
al oficio de herrero y obtener licencia para abrir taller con fragua,
mantener oficiales y enseñar a los aprendices. Mediante contrato,
el maestro y los aprendices se comprometen a cumplir unas obligaciones
estando los jóvenes obligados a convivir con el instructor sin
abandonar, bajo ningún tipo de justificación, el taller.
Si ocurriera, el artesano está autorizado a tomar un nuevo oficial
pasándole los gastos al tutor del aprendiz, en este caso a su
padre Acazio. El preceptor se compromete a encauzar ordenadamente las
enseñanzas de la forja y el oficio, debiendo vestirlos y alimentarlos.
De este modo, los oficiales y noveles se encuentran sometidos a sus
maestros. (EL PAPEL de Villatoro: nº 26, octubre 1999; Arte y Cultura:
Los carros de Villatoro. Editor: José Mª. Hdez. Escorial)
Además de estos dos hijos, Acazio y Liberata tuvieron otros dos
más: un niño, llamado Visario, y una niña, a quien
pusieron Momerina. Nacieron entre Eutimio y Policarpo, y que Dios tan
presto se llevó: ambos murieron siendo muy pequeños a
causa de la enfermedad llamada tabardillo. Es muy frecuente que los
bebés mueran a los pocas semanas, incluso días y aun horas
del nacimiento, pues en esta insana época de la baja Edad Media
hay innumerables epidemias y, además, muchas veces escasea la
comida, por lo que los niños nacen muy débiles y enfermizos.
Gran parte de aquellos que sobreviven a las primeras semanas de vida,
mueren antes de los cinco años porque están expuestos
a todo tipo de enfermedades, sobre todo cuando estallan las mortales
epidemias, harto reiterativas; o después de un invierno muy crudo
o de una época de arrasadoras hambrunas. En nuestro lugar de
los Graxos, hambre, lo que se dice hambre, los míseros siervos
de la gleba pasan toda la que pueden aguantar y un poco más.
A mediados de este siglo XIV, hay tal hambruna por toda la mísera
comarca de la Serranía abulense que la inmensa mayoría
de los lugares, aldeas y villorrios quedan diezmados de ganados y habitantes.
- ¿Y el Señor de Cespedosa y La Puente del Congosto?
- Estupendamente bien: tan sano y tan orondo como siempre; que Dios
ayuda a los malos cuando son más que los buenos...
Cuando una mujer enviudaba, si no tomaba los hábitos en alguno
de los muchos conventos de monjas, tenía que esperar, al menos,
el fazer cabo de un año para poder volver a casarse, es decir,
que se celebrase el oficio de difuntos que se oficiaba pasado el año
de la defunción de su marido. Y tenía que presentar sus
ofrendas de molletes: bodigos de pan redondo y pequeño, por lo
regular blanco y de regalo. Entretanto, ayunos de jergón, y...
¡ni guiños de refocile a varón alguno!
No puedo apartarme
de los amores, madre,
no puedo apartarme. (Juan Vázquez, Recopilación,)
A la villa voy,
de la villa vengo,
si no son amores,
no sé qué me tengo. (Cancionero de Elvas, I, 63)
- Llanto de viuda y aguaceros de abril, no llenarán barril.
- Y el enterrado, mi señora comadre, a los tres días olvidado.
La pobreza más extrema y la indigencia de medios constituyen
males endémicos entre los campesinos medievales, más para
los habitantes de los pueblos o lugares como el nuestro de Graxos. Y
dentro de estas sociedades rurales, el estamento más necesitado
e indigente es, sin ningún género de duda, el de las viudas.
Curiosamente, la miseria desaparece en los casos de aquellas mujeres
que se han quedado viudas a causa de las continuadas guerras contra
los árabes. Así lo recogía la legislación;
ahora bien, que se lo dieran... eso ya era harina de otro costal y distinta
cosecha. La legítima de la viuda es, por ejemplo, en Cáceres:
una casa de hasta 12 cabiadas (medida equivalente a una brazada, según
nos cuenta el Fuero de Soria); una tierra de barbecho de 2 cahices (cada
uno de los cuales tenía 12 fanegas); una aranzada de viña;
el derecho de ir una vez, cada 15 días, al molino o aceña
del Señor o del Concejo; un moro o una mora, como esclavos; una
cama con su colchón, manta, piel, almohada y dos sábanas;
una caldera, dos bueyes, doce ovejas y una cerda. Los restantes enseres
de la casa, la ropa interior y exterior, el calzado, el tocado y todo
lo superfluo -otras varias fruslerías e adereços-, tan
necesario, muchas veces, como todo aquello que se reputa imprescindible,
son cosas desdeñadas con desprecio por el orgulloso y aguerrido
pueblo castellano.
El Fuero de Salamanca concede a la viuda, amén de tres cahices
de sembradura, en lugar de dos, y un asno para reemplazar al esclavo
y las 12 cabras, una mesa, varios cubiertos de madera, escaños,
cedazos e badil, e escamielos, e calderas, e cubas e una carral de trenta
medidas, cosas todas que alargan el contenido de la lista, aunque no
su mayor sustancia. La viuda, en resumen, tiene derecho a que la indemnicen
con una casa de hasta 20 metros cuadrados, una parcela de 100 metros
cuadrados, el derecho a ir cada 15 días al molino a moler el
trigo gratis -en nuestro lugar de los Graxos al molino de S.S.I. don
Sancho Blázquez-, un moro o mora esclavos, y una cama con colchón,
manta almohada y dos sábanas, además de una caldera, dos
bueyes, doce ovejas y una cerda, como dijimos. Mas no es demasiado que
se reduzca a esos términos la congrua de una pobre viuda -lógicamente
apartada por el dolor de cualesquiera sean los goces materiales, al
menos hasta un nuevo matrimonio, poco probable- cuando los magistrados
de las ciudades, hombres sanos, robustos y acostumbrados a comer caliente,
y, por lo general, harto satisfechos consigo mismos, reciben a diario,
como único condumio de las aldeas a donde les envia el Concejo,
una gallina, medio cuartillo de pan y otro tanto de vino; y, si son
dos, pueden escoger entre dos gallinas ponientes y un cabrito, acompañados,
eso sí, de una hogaza de pan de centeno para cada uno de ellos,
mientras se alimentan a sus monturas con media ochava de cebada siendo
caballos, o una tercia, siendo mulas.
"En caso de separación legal, los bienes gananciales, y
aun los regalos de boda, se repartirán entre los ex esposos;
mientras que los bienes raíces respectivos con que llegaron al
matrimonio, quedarán para cada uno de ellos o sus familiares.
La viuda, aparte de hacerse responsable de las deudas del difunto, administrará
libremente sus bienes raíces y su dote".
- Y se quejan de que los tiempos que corren no les son propicios...
En el llamado lugar de los Graxos también tenemos nuestras
viudas. La pobre tía Sisinia, la Comadreja, sin ir más
lejos a buscarla, que vive al lado mismo del tejar de Muño Diago,
el alfaharero, cabe el arroyo, a la orilla que da frente a la fértil
dehesa de la Nava de los Carros, con el único hijo que la vive:
Segismundo el Mondonguero, y sordomudo de nacencia. Está ya tan
arrugada, escurrida e indefensa como las secas pasas malagueñas.
Se quedó viuda hace más de catorce años, sí,
ya lo creo, -ahora tiene treinta y uno...-, tan joven y sin ningún
otro pretendiente, y a quien, como una negra maldición de cuantos
destinos más amargos e infelices le puedan caer en suerte a cualquier
mujer que en la historia haya sido, sea, o venga después, le
cumplen que ni pintiparadas y con asombrosa exactitud las cuatro fatídicas
efes que desangelan a cualquier mujer: flaca, fea, fría y floja.
Tía Sisinia, la Comadreja, es viuda desde casi moza. Dejó
de serlo (moza) en el pajar del tío Eustasio, alias el Cascabeles,
y con el dueño del mismo, un día gris plomizo de amenaza
y oscuro de tormenta negra, que tronaban los truenos del espanto y caían
rayos a manojos y por todas partes, y como apenas si se veía
hablar... Tía Bonifacia, alias la Sopafría, la mujer del
tío Eustasio el Cascabeles, y hermana que lo es de tía
Hermógena la Zarrapastras, ni se enteró. Cose el cuero
de los venados con gran maestría, eso sí, pero de la humana
cornamenta ni se enteró. Cuando el relampagueo cesó de
blandir su llameante espada sobre la tierra y los pajares, y el trueno
paró bruscamente, la moçita que tenía achaques
el viernes por no ayunarle se halló cumplida de ayunos, ahíta
de estrenos y feliz, y más satisfecha que gato de convento en
matanza ajena. La moça Sisinia, alias la Comadreja, y que haciendo
honor a su escurridizo apodo había entrado sigilosamente en el
pajar a buscar unos huevos, encontróse de golpe entre sus exploradoras
manos adolescentes con el nidal completo, de suerte que, tras la atronada,
la moçuela regresó a casa de sus padres hecha una mujercita,
más liviana de acaloros juveniles -¡ay!, la leve pubertad:
ese paisaje enorme y cambiante que va de los quince a los veinte años-
y con menos entereza de aquella con que salió.
- Mal regaña el amo a la moça, si a veces con ella retoça.
Ahora, transcurridos ya unos diecisiete años desde aquella tormenta
y mal rayo, aún se conserva casi virgen porque Críspulo,
el Maula, su marido, un jovenzuelo de buen conformar, pusilánime,
retraído y muy resignado, tras las pertinentes comprobaciones
durante la noche de bodas ya no le anduvo apenas bueno y de algún
provecho; apenas se le enderezó lo necesario su enflaquecida
salud para serla de utilidad y, sin consideración alguna con
las precisas necesidades femeninas más perentorias de la por
entonces aún joven tía Sisinia -¡velaíla
el indino del marido capón!-, la espichó enseguida dejándola
sin aradas profundas sus vergeles; sin veceras de turno de riego en
su poza; ni aun siquiera los nocturnos rocíos primaverales aplacando
su sedienta senara, mustias las enfebrecidas ilusiones maternales de
hembra insatisfecha y su fértil herrén -que de vivero
serviría- en perenne barbechera. Críspulo, el Maula, cuando
vivía, era un hombre pequeño con el aspecto de un pinzón,
de movimientos inquietos y bruscos. Su piel era suave y trigueña,
de la color de la canela, y poseía unas cejas copetudas. Parecía
inteligente, pero no llegó hasta viejo: ¡lástima
grande! Nació con poquito aliento, y murió yéndose
como un suspiro...
- Me lo barrió la inmisericorde escoba del tiempo, que no se
harta jamás de cosechar difuntos... ¡y en la huesa hace
años me lo tengo!
Tía Canuta la Morteros suele tratar la otitis de tía Sisinia
la Comadreja con hojas de pino, bien majaditas y cocidas en vinagre,
indicándole que se enjuague la boca con el líquido aún
caliente. A veces, para paliarla en parte sus cambiantes estados de
nervios, le receta la hierba pimpinela.
- Procura no coger frío en la cabeza y no olvides el pañolón
de hierbas para protegerte los oídos. Cuando vaya a cambiar el
tiempo, Sisinia, tómate una tisana de estas hierbas de pimpinela
y verás como te alivias, mujer.
Tío Eustasio el Cascabeles, una tarde que venía de regar
la hortaliza del huerto que tiene al pie de la Dehesilla del extinto
Robledillo, al tiempo del lubricán, al subir a cerrar la poza
se encontró con tía Blasa, la Sayalisa, que andaba retrasada
recogiendo los trapillos y la ropa que había tendido sobre la
olorosa hierbabuena y los arbustos leñosos de los alrededores.
La mujer se encontraba algo agachada y distraída haciendo su
hatillo, notó el hombre que estaba indefensa e intentó
sobrepasarse con ella dándole un azotazo en el redondeado y firme
bullarengue. ¡Y qué suerte tuvo el indino del ganapán!;
porque tía Blasa la Sayalisa es mujer que no se amilana ante
cualquiera, se apoderó rápida del azadón que éste
se había dejado tendido en el suelo, enderezó su cuerpo
como ondulante serpiente dispuesta a atacar, y le envió tal mandoble
que si le alcanza de lleno lo parte por medio.
- En Sisinia te cobraste bien cobraos los huevos que te quitó,
malnacío, pero yo te dejo sin nidal, ¡hijo de una perra
loba y un moro!
Por pies, se salvó el tío Cascabeles; dándose con
los talones en el culo corrió hacia el pueblo y sin volver la
vista atrás, aunque no se escapó sin un buen cantazo entre
las paletillas del lomo y una ristra de tales improperios que fueran
muy capaces de ruborizar al más curtido de los carreteros: aún
no le ha explicado a su atónita mujer ni dónde ni cómo
perdió el azadón...
Tía Engrazia Martingala, madre del Acisclo el Pedolobo, -el
moço por quien suspira enamoriscados ayes lastimeros Elvirita
Pelatordos la derretida hija mayor de tía Adosinda la Trenzas-,
bueno, pues también es viuda. Vive al lado mismo de Los Vergeles,
junto a las verdes eras de la trilla, en una cabañuela donde
predomina la madera, el ocre barro entre las paredes y el pajizo bálago
sobre el techo. Tía Engrazia la Martingala vive bien, y hasta
con un cierto desahogo, que le quedó buen apaño a la muerte
de su marido en arriesgada acción de guerra. Como padece de hinchazones,
tía Canuta le ha recomendado que utilice hojas de roble, muy
cortaditas y bien majadas; para sus dolencias de oídos, la sustancia
exprimida de las rosas secas cocidas en vino, y una decocción
de valeriana para sus intensos dolores de costado. Es viuda del espigado
tío Sabiniano, alias el Talloslargos, de oficio labriego, quien,
como un siervo más de la gleba y obligatoriamente sujeto a las
opresivas servidumbres del vasallaje medieval, acompañaba a don
Luis de Guzmán, padre del actual Señor de behetría
de nuestro lugar de los Graxos, en las numerosas reconquistas y algaradas,
incursiones y pillajes, cruentas batallas, encontronazos y lides que,
anualmente, por extender sus reinos y cobrar gran fortuna y fama, llevaba
a cabo por las cálidas tierras del Al Andalus el fogoso rey castellano,
aquél que quiso ser emperador de un continente, Alfonso el Onceno.
En vida, el tío Sabiniano Talloslargos, era notoriamente delgado
y alto, muy pálido, como desvaído, con el pelo canoso
tan revuelto como un cardo y las cejas blancas: parecía un hombre
hecho de nieve. A tía Engrazia la dejó viuda con el Acisclo
y otra media docena más de chiquillos entre muchachos y muchachas
de todos los colores: al juntarlos a la mesa, la familia semejaba talmente
el arco iris.
- Mi Sabi se parece al mayo de la plaza, así de esbelto; -acostumbraba
a decir la tía Engrazia presumiendo de marido delante de las
vecinas. Se guardaba para sí que su Sabi y ella habían
sido el vivo retrato del viejísimo refrán: De recién
casaditos, "arrímate más cielito". Al año
de matrimonio: "hazte para allá, demonio". Y que no
sólamente el tallo, también poseía unos brazos
que llegaban a cualquier descuido y unas manos atizadoras que, de vez
en cuando, le daban un repaso en toda regla.
Una de las batallas más sonadas del siglo XIV fue la del río
Salado (en Cádiz, a 30 de octubre del año 1340) El rey
cristiano Alfonso XI, al grito de "¡Por Castilla y por León!",
derrotó a los benimerines africanos obteniendo una de las más
decisivas victorias de toda la Reconquista; pero, ¡ay!, que el
tío Sabiniano, alias el Talloslargos, un simple siervo de la
gleba del lugar de los Graxos (Ávila), fue uno de los 5.000 cristianos,
entre caballeros y peones, que se quedaron allí para siempre,
conquistando el estreno deslumbrante de una nueva divisa nobiliaria
en el cuartel del escudo de armas del señorío de los Guzmanes
y, sobre todo, como un puñadito de histórico abono en
los pisoteados y marginales campos del necio olvido en la memoria colectiva.
Su viuda de guerra, la desconsolada tía Engrazia, alias la Martingala,
desde entonces vive como las empingorotadas damas y señoras:
de las rentas.
- Mucho mejor, miçer Escribano: mi marido, al menos, fue tan
caballero, tan cortés y suficientemente delicado... ¡que
tuvo la decencia de morirse!
Tía Higinia Ropavieja es viuda del tío Thelesforo, el
Liendres, de oficio labrador, que murió retorciéndose
de dolores en su chozita de las eras de El Exido, víctima de
la peste bubónica. Un año que subió hasta el norte
con los carros de la lana, ya camino de regreso, por Madrigal de las
Altas Torres, se le declararon los primeros, claros y alarmantes síntomas
de la maligna puta descarná, o mortal peste negra: se le iniciaron
tantos y numerosos bubones o hinchazones que, al final, terminaron por
cubrirle de llagas todo su cuerpo. La choza olía a enfermedad
incurable. En las dos últimas semanas se había ido encogiendo
notablemente igual que una manzana que se seca. No tuvo tanta suerte
como su paisano, y tantos años compañero de labriegas
fatigas, el tío Leocricio, el Patacomba: la mortandad de la peste
era tan alta que la gran mayoría de las veces no se podía
hacer nada por el enfermo, y nada se pudo hacer por tío Thelesforo.
Aunque pequeña de cuerpo, tía Higinia, bien lavada y el
pelo recogido en un discreto rodete o moño, casi resulta hasta
bella de rostro. Graciosa y discreta, es sin embargo harto difícil
de alegrar y su ánimo acostumbra a enseñarse tan melancólico,
tan grisáceo y triste... que a distancia refleja las estrecheces
y necesidades que se viven de pajas abajo en su chozuela. Tío
Thelesforo, el Liendres, había sido en vida un hombre de mediana
estatura, de rostro afilado, con la nariz tan aguileña como la
de un judío, los ojos muy hundidos, el pelo de la cabeza crecido
a rodales, las manos ocres y llagadas, las uñas de luto sempiterno
y una boca semejante a un costurón rojizo. La tía Higinia,
frenética e iracunda, les echa la culpa entera de su desgracia,
y les acusa como únicos responsables de su helada viudedad, a
"San Acazio y compañeros mártires", Patronos
Menores Principales de Graxos, después del Principal Mayor: nuestro
Señor San Joan Baptista del Olmo. Aunque el tío Thelesforo
Liendres a menudo le había sido en vida muy cazolero y le contaba
hasta los garbanzos que echaba en el puchero, la tía Ropavieja
se gastó lo poquito que tenía -una usada escudilla de
madera- en trueque por una esbelta vela de cera amarilla, nueva y derecha,
tan bien enrolladita que daba gusto verla así, tan tiesecita,
para que el Santo Acazio y sus ayudantes le ayudaran a vencer la enfermedad
y echaran una benéfica mano sanadora a su marido Thelesforo,
y mejor le hicieran por devolverle la huidiza salud...
- Padre Hunuldo, aquí le traigo esta escudilla de madera para
que su merced les ponga una vela de cera, pero que sea aparente, a "San
Acazio y compañeros mártires", a ver si miran hacia
abajo y me curan al mi hombre.
Empero, más le pareció a tía Higinia, la Ropavieja,
como si los Santos Patronos hubieran mirado displicentes hacia otras
partes: su hombre, cual leve pavesita del rescoldo de las bostas que
todas las mañanas pone en la lumbre para hacerse el pucherete,
cuando hay con qué, fue soplado por la muerte hacia las orillas
del otro mundo como la lene pluma del frágil pájaro. Aunque
aquel mismo día, de vuelta del entierro, se encontrase de nuevo
con su escudilla de madera dentro de la choza, más de un año
largo se esforzó el bondadoso y comprensivo párroco, el
padre Hunuldo, de forma denodada e infructuosa en intentar convencerla
de que la intercesión y el milagro ya se habían producido,
y que no residían tanto en que los Santos Mártires no
le hubiesen sanado a su marido, velaila, sino en cuanto que ella misma,
a su vez, no se hubiera contagiado ipso ipso con la maligna peste bubónica
y ahora, en lugar de estar despotricando contra toda la corte celestial
en pleno, no estuviese bajo tierra haciéndole compañía
al muerto en el campo santo.
- Pues, mire usted, tan ricamente; lo mismo en los inviernos no pasaba
tanto frío como ahora estoy sufriendo sola; -llega a contestarle
en forma desvergonzada al buen párroco la tía Higinia
Ropavieja, que se mantiene en el filo mismo de perder no sólo
la creencia en las milagrosas intercesiones de los Santos, empero hasta
la fe en las inmensas ventajas -tan predicadas desde siempre y nunca
vistas- de pertenecer a la Santa Madre Iglesia.
- En las panzudas calderas de Pedro Botero es donde no vas a pasar frío,
mujer so deslenguada. Debes llamar en ti misma como si llamaras a una
puerta. Es allí donde encontrarás la respuesta si todavía
existe para ti.
- Ya he esperado en vano una respuesta a mis llamadas, durante toda
la dolorosa enfermedad de mi pobre hombre. Al parecer, y que no le suene
a blasfemia de hereje, padre, una tiene que actuar como un pájaro
carpintero, reiterativo tamborilero de troncos, con este san Acazio
tan duro de oído, y a mí, sencillamente, ya me faltan
el pico y las ganas. Mire su reverencia: gracia que pedí, vela
que encendí; gracia que no logré, vela que apagué...
Como padece con harta frecuencia de embarazosos vientos anales y de
ruidosas y comprometidas flatulencias en el estómago, retortijones
de tripas (crepitus ventris), y artríticos dolores en casi todas
las articulaciones de su ya cansado cuerpo, tía Canuta Morteros
la está tratando con raíces de hinojo majadas con miel
cruda. A raíz de la muerte tan apestosa de su malhadado marido
Thelesforo, el tío Liendres, Acazio el Tumbarrobles, ejerciendo
con sus deberes de hombre fiel del lugar, y bien aconsejado por la sanadora
tía Canuta y por Pero Pérez, el Tordo, barbero y sangrador
de Graxos, ordenó que se quemase enteramente la choza de tía
Higinia con todas las ropas y enseres que en ella hubiese, sin nada
que salvar, porque el yeso, el fuego y la cal cubren y sanean mucho
mal. Hoy, la viuda se defiende gracias a las ayudas de su generoso hermano
el tío Juanucho, alias El Vertedera, que es más terco
que la reja de un arado romano, sí, sin duda, pero que tiene
un corazón más grande que el Montote de Valdecasa y el
alto Castrejón juntos y, con la pareja de burros, traza unos
surcos en la zona de Los Terreros, en las nuevas rozas o en la fértil
Nava de los Carros que da gloria el verlos, y más rectos que
la mayoría de los campesinos de toda la behetría y que
aran al servicio del Señor de Guzmán. Tío Juanucho,
alias El Vertedera, está casado con Balthasara la Mondaorejas,
y tienen cuatro hijos y dos hijas que les crecen muy sanos, lustrosos,
bien dispuestos y muy trabajadores.
- Mientras pueda manejar el arado, Higinia, pan no nos ha de faltar.
- Gracias, Juanucho; que Dios te lo premie con una buena cosecha.
Y entonces, a tía Higinia, le parece que un halo angelical envuelve
por completo a su hermano tío Juanucho, alias el Vertedera, y
ve resplandecer sobre su cabeza, con todo el esplendor de la corte celestial,
deslumbradora como mil soles enloquecidos, una corona más brillante
que la que luce en la iglesia el mismísimo San Acazio y compañeros
de martirio, y de más quilates y fulgores, también. El
portento le parece de lo más razonable del mundo y, entonces,
plácida y beatíficamente, sonríe confiada: su hermano
es un ángel.
Tía Eufrasia la Castañera, así apodada porque
si te da un guantazo te viste de juglar, y que tira del arado en la
besana con el mismo entusiasmo y la fuerza que otra cualesquiera caballería
del pueblo, y tal vez con el mismo conocimiento, también es viuda,
y su enorme marido, el tío Leopoldo, alias el Tumbaollas, de
profesión leñador, no se la murió de muerte de
viejo, con lo recio que él era, ¡quiá!, no señor,
sino que se le mató un mal día por esos raros acaeceres
inexplicables y que a veces pasan, oiga. El tío Leopoldo, alias
el Tumbaollas, era uno de esos hombres sin comedimiento alguno y desmesurados
en todo: trabajador incansable y un empedernido mujeriego; gran bebedor,
pero rara vez vinoso; poseedor de una fuerza tan descomunal que ni él
mismo conocía sus límites, y a quien en el lugar y su
término, tan sólo Cipriano, el Agallón, y leñador
como él, se atrevía a echarle un pulso; poseía
dos manos como las ruedas harineras del molino episcopal del río
Almar, y ers tan glotón o más que un abad experimentado.
Muy convencido, solía repetirles a sus convecinos del lugar de
los Graxos: Agua de navazo, sólo ensancha la barriga y estrecha
el espinazo. Y éstos le contestaban, a su vez, con idéntica
firmeza y convicción gastronómica :
- ¡Ay, Leopoldo Tumbaollas, calabaza no embaraza, pero a todos
nos llena la tripaza!
Entonces, tío Leopoldo el Tumbaollas, invariablemente, al tiempo
que les argumentaba que en una panza llena no hay sitio para la pena
y que en panza vacía no hay alegría, levantaba estentóreamente
la pierna derecha y encadenaba una traca tal de salvajes y horrísonas
ventosidades que eran muy suficientes para levantar remolinos y tolvaneras
en los roquedales del Atalayón o desecar, así hubiese
jarreado la víspera, una cualquiera de las pétreas tumbas
de La Cova visigoda. Una sofocante tarde del cálido verano, que
andaba el tío Tumbaollas tirándose pedos y cortando árboles
al sitio de Las Abubillas, coincidió a la puesta del sol con
Orosio el Gorragrande, el montero, que ya regresaba a lomos del Castaño
a su lugar de Manjabálago. Clavó el hacha en el tronco
de un roble medio podrido que había derribado, se escupió
en las enrojecidas manos y retó al montanero:
- Orosio, te apuesto a que, a penca descubierta y bien orientada la
su salida, se oyen más lejos los gritos de mi vientre que tu
cuerna de montero.
Al día siguiente, el Tumbaollas le preguntó a Cipriano,
el Agallón, si a eso de la caída de la tarde, y ya hacia
el ocaso, había sentido la cuerna del montero Orosio, y como
éste llegase a contestarle afirmativamente, que sí, que
la había sentido y clara, volvió a preguntarle si no había
oído nada más.
- Pues... sí; ahora que lo preguntas, creo que sí. Las
tórtolas echaron a volar y me pareció sentir como un trueno
lejano, pero como la tarde estaba despejada de nubes... me extrañó,
pero no le hice mayor caso. ¿Por qué?
Tío Leopoldo se hinchó como un pavo, se atacó sonriente
las calzas y quedó más redondo que la clara luna que iniciaba
la dificultosa escalada del horizonte por encima del vecino Valdecasa:
¡qué feliz se sentía esa tarde!
El matrimonio parecía, talmente, un saco de refranes. Tío
Leopoldo, el Tumbaollas, era muy capaz, ya lo creo, de derribar a un
buey arador de un solo guantazo. El Señor don Nuño de
Guzmán, después del mal trance pasado a causa del fiero
macho de jabalí cuando cazaba por la sierra de La Perdiguera,
si volvía nuevamente de caza por los montes del término
de los Graxos, siempre le avisaba para que, junto con el fiel labrador
Anthón, el Ronzales, ambos humildes siervos de la gleba, le acompañaran
corriendo al trote ligero al lado de su negro corcel: con ambos como
escuderos se sentía más seguro entre las brañas
intrincadas de la abrupta sierra. Tío Leopoldo, el Tumbaollas,
le profesaba un cariño especial a su burro Nortizo, y ambos se
entendían como si fuesen hermanos de camada: El burro tropezando,
y el arriero cayendo, ellos se irán entendiendo. Un mal día,
bajaba tío Leopoldo hasta el molino harinero de Su Ilma. el obispo
don Sancho Blázquez, junto al río Almar, caballero en
el asno del tío Thelesforo, el Liendres, que éste ya no
andaba bueno de la salud y se lo pidió prestado por la urgencia,
un burro de poderosa alzada y más sano y enterizo que un prior
joven de convento de jerónimos, con un costal de granado centeno
-siguiendo el trazado culebrero de la Calzada Real que, orillando el
vecino lugarejo de Fortigosa de Rialmar, continuaba hasta Peñaranda
y Salamanca- cuando el pollino garañón, que andaba últimamente
más de cuadra que de campo, lustroso y poco trabajao, atinó
a ventear las propicias querencias de la burra en celo que subía
por la dicha Calzada hacia la aldehuela, montada sobre la enjalma y
una pierna en cada seno por la tía Sisinia, la Comadreja. Visto
y no visto, mire su merced: comenzó a rebuznar como si de pronto
le atacasen fieras todas las locas avispas de los enjambres de los robles
cercanos, rebuznó como un barco que libra sus gruesas amarras
del puerto un día de niebla, soltó dos ágiles y
poderosas tangainas al aire y media docena de corcovas volatineras,
pilló desprevenido al semiadormilado tío Leopoldo, el
Tumbaollas, y, cuando éste quiso hacerse con las riendas del
jumento, ya fue demasiado tarde para nuestro paisano que salió
volando por encima de las orejas del burro y cayó dando vueltas
junto al costal de centeno por la pina barranquera abajo, y no paró
de dar tumbos y volteretas hasta llegar a las aguas del río Almar.
Cómo quedaría el pobre hombre, que así que lo subieron
con harto esfuerzo hasta su chozuela cubierta con ramos, sita en la
plazoleta, al lado mismo de la iglesia, y lo visitó tía
Canuta, la Morteros, ésta le dijo a su mujer:
- Eufrasia, para tu Leopoldo, el recio Tumbaollas, ya no hay tu tía
que le valga. Avisa sin demora al buen párroco Hunuldo, que venga
y le prepare cuanto antes para el gran viaje de sólo la ida...
- ¿Tanta prisa corre, tía Canuta?
Y como tía Eufrasia la Castañera no estaba prevenida para
semejante trance, se quedó sin una mala blanca sonando en su
esquilmada faltriquera, pero tan resignada y conforme con su suerte,
tan determinante y fatalista, como si en nuestro particular libro de
los destinos individuales ya estuviese escrita toda nuestra vida de
antemano y, además, sin posible marcha atrás y de forma
irrevocable. Un domingo de la pasada cuaresma, en el sermón de
la Misa Mayor, con suavidad y sin ásperas aristas heridoras en
sus decires para evitar que se despertasen rabiosas las adormiladas
hambrunas de sus resignados feligreses, bordando las palabras con la
delicadísima hebra de plata de la conformidad, el padre Hunuldo,
con toda la fuerza de su cándida inocencia, la puso como ejemplo
de viudas:
- Algunas viudas del lugar de los Graxos -dijo el párroco- tendrían
que tomar buen ejemplo de la cristiana conformidad de tía Eufrasia
la Castañera, y no andar por ahí removiendo tanto los
panderos, ni los pañolones, por las calles o aquí en la
misma santa iglesia, como si éstas aún fueran aquellas
ingenuas jovencitas casaderas de unos años que ya están
traspuestos. Si el corazón, amados hijos, desconoce lo que los
labios murmuran, entonces no se trata de oraciones... Y, aunque de tales
menesteres no sea licenciado, convenceos de una vez, hijas mías:
joya en viuda, o en mujer fea, la adorna pero no la hermosea. Sí,
ese día el padre Hunuldo
...díxolis fuertes dichos, un brabiello sermón... (Berceo)
...que siempre me pagué de pequeño sermón,
ca lo poco e bien dicho finca en el corazón.
(Arcipreste de Hita: Libro de Buen Amor)
Y entonces, como los sermones cortos mueven el corazón, y los
largos mueven el culo, a los graxenses que asistían a la predicación,
ellos y ellas, les dio por toser y remover los pies sobre la tierra
del piso. Y comentaban en apenas un susurro inaudible: Consejos a viejas
y pláticas a gitanos, trabajos vanos... Otras murmuraban con
la vecina de al lado:
- El padre Hunuldo, tan experimentado, aún no ha comprendido
bien -¡el pobre!- que las mujeres y las ensaladas sin aderezos
no somos nada.
Y alguna que otra viuda de las presentes, que estaban todas aquellas
que no sufrían en ese día de algún mal, o achaque,
o necesidad ineludible que les impidiera asistir a los oficios, canturreaba
por lo bajo:
Aunque yo quiero ser beata,
¡el amor me lo desbarata! (Cancionero sevillano, fol. 229)
Y aun las casadas, cuchicheando sobre las claras alusiones hechas
por el padre Hunuldo a las viudas -aunque el buen padre se dirigiera
a todas las mujeres en general sin hacer excepción alguna entre
ellas-, aprovechaban la ocasión que se les presentaba benigna
y, entornado los ojos, recordaban ensoñadoras tiempos más
mozos ya idos, con una sonrisa de satisfacción columpiándoseles
aún entre sus labios entreabiertos y sugeridores:
- Dime, pajarito, que estás en el nido:
la dama besada, ¿pierde marido?
- No, la mi señora, si fue en escondido.
(CORREAS, Vocabulario, pág. 324)
Tía Eufrasia critica agriamente a Constanza Cosquillas, la
mujer de Thomé Núñez, y, comenzando por fray Luzio
Xill, el Verraco, tilda a todos los célibes anacoretas de la
sacrosanta ermita de Ntra. Sra. la Virgen de las Fuentes, sin salvar
uno sólo, de ser unos garañones desocupados. Felipillo,
alias el Hurón, el crío más pequeño de los
siete que parió, de unos seis años escasos, es uno de
los desastrados mocosos que con más saña apedrean a tía
Hermógena por las calles del pueblo, el muy indino.
- ¡Felipillooo! ¡Deja las piedras y ve a buscar unos cardos
y unas setas!
Padece mucho de los flemones, y tía Canuta le tiene recetadas
unas cataplasmas de hojas tiernas de plátanos cocidas en vino.
A veces, y para mitigar sus inflamaciones, también le aplica
una cataplasma con harina de trigo y harina de cebada. A sus siete críos,
que cuando uno deja los piojos la otra coge las liendres y, por consejo
de tía Canuta y cuando es capaz de atraparlos -que se la deslizan
por las treinta y dos esquinas de la rosa de los vientos como ligeros
perdigones de codorniz- les unta la cabeza con resina de cedro hasta
que les brilla el cabello como las ancas de un caballo recién
almohazadas por el diligente moço de cuadra. Cuando ésta
unción ha surtido su efecto, entonces tiene que coger cáscaras
de nueces, quemarlas lentas al fuego de la lumbre de la choza, majarlas
pacientemente en vino y aceite, y aplicárselas, en fin, a todos
los muchachos en enérgicas fricciones, como un ungüento,
para desenredarles y traerles al orden sus revueltas pelambreras y evitar
así las incipientes alopecias.
- Y no desmayes, que más parece tu choza una fértil herrén
de lustrosas calabazas que vivar de muchachos...
- ¡Ay, Canuta Morteros, tú bien sabes que cuando en nuestra
casa se nos adentra la sana alegría por alguno de los resquicios,
ya nos va llegando el maléfico pesar a la puerta...! Y que el
vino y el aceite caros andan.
Fronilde, la Morañera, llegó ya preñada de por
las tierras de abajo. La trajeron sobre un carro, del que tiraba una
recia mula torda, unos criados del Señor de Guzmán, y
la dejaron aposentada en una choza recién levantada en el sitio
que hoy día conocemos como La calleja de Las Torralbas, con las
maderas frescas, oliendo aún a la pegajosa resina en sus troncos
de pino, con algunos enseres, ropas y hasta un arcón con sus
herrajes de hierro y de mediano tamaño. Se encontró dueña
de una tierra al sitio de Las Yeguas de Juan Domingo, otra al Concho
de las Mulas, una en La Piñuela de la Nava Roxa y, aun una cuarta
más en el Arquetón de Marranos que lo acababan de desbrozar
la primavera anterior. En las fatigosas tareas de la casa la sirve como
criada Salomona la Gusarapa, hija del tío Dagoberto, el Alobao,
viudo de la tía Genoveva, más conocida como la tía
Mediavara, a quien Orejones, una borrica gurrufera y matalona que tenían
para las labores del campo, la envió al cementerio de una certera
coz entre los ojos. Se conoce que a la burra la picó el tábano,
soltó la pata sin fijarse quién estaba detrás y
estampó a la infeliz de tía Genoveva mismamente contra
el hastial de la panera, cabe la iglesia misma, y a más de cuatro
varas largas de distancia. Ni rechistó la desafortunada tía
Mediavara. Ese mismo invierno a Orejones se la comieron los lobos allá
por el Despezonadero de Navaelmaguillo. Todo el pueblo sabe que el tío
Dagoberto el Alobao, conocedor de la existencia de varios lobos por
la sierra, la trabó a propósito esa noche y la abandonó
a su suerte, pero como la pollina era un animal asesino y propiedad
del ausente Señor feudal don Nuño de Guzmán, nadie
se molestó en hacer ni el menor comentario; y nos cuentan quienes
de esto saben, que si de ahí le cayó encima el apodo del
Alobao. La huérfana Salomona, la Gusarapa, -llamada con semejante
apodo gusanero porque se comía todos cuantos encontraba en las
crujientes manzanas, acuosas peras, sonrosados albaricoques o cualesquiera
fuese la fruta, sin hacerle ascos a ninguno de ellos, ni aun raros visajes
en el gesto- es una moçuela culibaja y paticorta, de escasos
entendimientos, zonzorriona en sus entrecortados decires asilvestrados
y de parcos hablares, mas no se crean sus mercedes que amanezca poltrona
ni perezosa, ni crie moho en sus espaldas, piernas y brazos: tan zamuga
y dispuesta para el trabajo, por penoso que éste sea, como las
sufridas y resistentes mulas manchegas.
- ¿Y tan falsa, también, miçer Escribano?
- No, tan falsa, no: a Salomona se le puede confiar todo cuanto no se
coma, beba, ni tenga valor alguno. Pero falsa, falsa, no es.
- Salomona, restriega con arena la escudilla de madera, y enjuágala
bien para preparar la ensalada de maruxas que nos han traído.
(El plato de verduras que se sirve a la mesa, y porque le echan sal
para que tenga más gusto y corrija su frialdad, se llamó
ensalada)
- Al instante voy, mi señora doña Fronilde.
- Y lávate bien, moça, todos los días, la cara,
las manos y las piernas.
- Bien temprano en el río que lavéme, mi señora
doña Fronilde.
Las feraces tierras de su pertenencia, todas tierras de sembradura,
se las trabajan el año entero dos maduros y experimentados siervos
de la gleba que viven en el cercano lugar de Manjabálago, y ayudan
en los trabajos más duros a la joven Salomona la Gusarapa. Recogida
la cosecha -y apartados los prietos haces en altos amiales de las comunales
eras del exido-, le trillan las mieses en una pequeña nava situada
entre la escuálida corriente del río Almar y la estrecha
y polvorienta Calzada Real, la que se despeña culebrera hasta
Fortigosa y que luego, sosegada en la llanura, se acerca humilde por
Peñaranda hasta la sabia y estudiantil Salamanca. No sin ciertos
cuartillos de ironía, algunos celemines de rabia mal contenida,
babosos retintines por fanegas y biliosa envidia por arrobas y costales
comienzan a llamarle al lugar donde trillan los criados de Fronilde:
Las Eras de la Señora.
- Fuisteis virgo y vinisteis parida; muchas querrían ir a tal
ida.
Cuando ya median los otoños le traen dos carros de leña
troceada para el próximo invierno. Hasta le ensilan el grano
en la panera después de las cosechas, se lo llevan al molino
junto al Almar y cambian las harinas blancas por las panzudas hogazas...
Fronilde, la Morañera, es mujer galana y joven, con sus redondeadas
formas aún adolescentes, de cabello rubio y rizado, frente ancha,
cejas finas, con ojos alegres de un azul de espliego, grandes y límpidos
como los de una niña sorprendida y párpados abombados;
más rolliza que enjuta, de carnes prietas, alta y esbelta de
cuerpo, buena cara y, sobre todo, mujer muy jovial, jacarandosa, y más
de espejo que de aldea: su talle es una rama que se balancea sobre su
cadera, y su rama se viste de dos lunas doradas, como a buen seguro
le cantaría el poeta moro. En esta oscura época bajomedieval,
como la Santa Madre Iglesia -con inexplicable encono- había puesto
su veto feroz a la belleza femenina, muchas mujeres tuvieron que ocultarse
en la austeridad, el pudor y aun el ascetismo religioso. Hasta las secretas
fórmulas para intentar conseguir una piel tersa se hacían
repugnantes, como aquellas friegas con estiércol de vaca sumergido
en vino. Fronilde, la Morañera, jamás contravino ninguna
de las ordenanzas de los celosos clérigos, pero tampoco ocultaba
aquello con que la madre naturaleza tan generosamente la había
dotado para mayor gozo y disfrute de todos sus convecinos, y algunas
que otras miradas venenosamente envidiosas, cierto, de ya saben qué
mujeres de nuestro lugar de los Graxos.
Vive bien, de comer caliente dos veces al día nunca le falta,
viste ropa digna de una dama y calza zapato de calidad. Se la suponía
viuda de guerra, y era una de las pocas mujeres del lugar de los Graxos,
por su específico estado de manifiesto privilegio que, con cierta
galanura, se podía permitir la licencia de adornarse los domingos
y días festivos con algunas cintitas de llamativos colores como
las moçitas más presumidas. Cuando por marzo le nació
el muchacho que todo el pueblo esperaba -porque, aserto sabido es, la
que sanjuanea marcea y si se descuida abrilea-, la gente del minúsculo
villorrio del lugar de los Graxos comentaba animadamente el contraste
tan acusado de un crío que, siendo tan moreno y endrino cual
las negras noches invernizas, había nacido de una madre como
la señora doña Fronilde la Morañera, que lucía
más rubia natural que las áureas y tornasoladas mieles
colmeneras, las campestres berceas plateadas de las montaraces y oreadas
sierras o las doradas mieses ya encañadas por la dehesa de la
fértil Nava de los Carros en el cálido verano... y, claro,
el discreto personal del lugar de los Graxos se preguntaba en grupitos
callejeros, pero muy bajito, sin alzar la voz ni con gestos exagerados,
como para no hacerse notar ni llamar demasiado la atención, por
aquel desconocido y misterioso padre: que quién era, o fue; que
dónde vivía, o vive... que bien pudiera tratarse de un
elevado clérigo de rojizo fajín ceñido a la cintura
y morado capelo; que si era cristiano viejo con notoria pureza de sangre;
que si converso moro enriquecido... o, ¡quién sabe si hija
una tropeçada de avergonçado castellano seglar!; que dónde
en el hijo moro los ojos como piedras celestes de la madre...
- Mire su merced, el nombre del padre nunca supimos averiguar quién
pudiera serlo. Se sospecha... corren rumores... se murmura que... Como
al chiquillo, apenas si éste se arrancó a caminar, se
lo llevaron tan presto unos soldados del Señor de Guzmán,
y cuentan que si al castillo de Cespedosa...
- Hay quienes comentan por la aldehuela de Graxos, en un susurro tan
envidioso como biliar, que si antaño lo fue, o que aún
sigue siéndolo hogaño, la mantenida de algún señor
principal, o tal vez barragana de algún obispo, o al menos canónigo,
allá por las tierras bajas de Salamanca o Peñaranda...
- ¡Bah!, la envidia que no descansa y mueve las bífidas
lenguas de las mujeres como el aire las aspas de los coloristas molinillos
del buhonero, o el agua del río Almar las muelas harineras del
molino de su Ilma. don Sancho Blázquez por el caz adentro.
- Más hiere la palabra que la espada, mi señor Escribano;
y, a falta de otras armas más contundentes, hacemos sangrías
con las afiladas lenguas...
- Con los dedos de una oreja, y sobrarían, contaríamos
todas aquellas mujeres que no se cambiarían gustosas por Fronilde
la Morañera.
- ¡Que os lleve el buen Dios, si no es atinada tal observación!
Nunca se la ha considerado del todo como miembro del Concejo, ni ha
sido aceptada como una más del lugar de los Graxos, no, señor.
Esa mujer, para todos los graxenses sólo es la Señora
de fuera. Intuyen que tienen que tratarla con respeto, sí, pero
no se sienten obligados a nada más. Algunas mañanas de
la riente primavera, si el tiempo acompaña en su templanza y
la garganta no se la empañan las nostálgicas nubes de
la añoranza, a Fronilde la Morañera se la oye cantar dulces
canciones de románticos y evocadores recuerdos, como silban entre
las mimbreras sus endechas los adolescentes jilgueros enamoriscados.
Y con tales tonalidades, maese Escribano, que es un contento para el
ánima y un regalo para el espíritu tan sólo el
oílla:
Porque duerme sola el agua
amanece helada. (B.N.M., ms. 3913, fol. 18)
Si viniese y me llevase,
por vida mía que no gritaría. (Cancionero de Palacio)
Aires de mi tierra,
vení y llevadme,
que estoy en tierra ajena,
no tengo a nadie. (CORREAS, Arte, pág. 448)
- Fronilde, a la puesta del sol, mándame a Salomona hasta mi
choza con algún cuenco para que te traiga unas tisanas o aguas
de las borrajas. La borraja te mitigará seguramente la tristeza
del espíritu. Esa cara larga no es propia de tus años
ni para la estación en que estamos, mujer.
Fronilde la Morañera confia ciegamente en los poderes curativos
de la anciana Canuta. Esa misma noche, después de cenar, se tomó
la tisana endulzada con un poquito de miel. El brebaje tenía
un sabor mohoso, pero le aclaró la cabeza. Aquella sencilla bebida
disipó su melancolía y se sintió muy agradecida:
algunos de los remedios más eficaces, pensaba, son pequeños.
Jamás se la conoció devaneo ninguno con mozo del pueblo,
ni hombre de los alrededores, aunque no le faltasen pretendientes de
toda condición... y algunos hasta con sanas y honestísimas
intenciones. Los enamoradizos y bucólicos cabreros graxenses,
y los gañanes de la sembradura y rastrojera, le cantan por las
ásperas sierras abulenses sus desdichadas cuitas y amores desventurados
e imposibles:
"Bien es verdad que tal vez,
Fronilde, me has dado indicio
que tienes de bronce el alma
y el blanco pecho de risco". (CERVANTES, Quijote I)
Al inicio del cálido junio, como todos los años desde
que llegara a la aldehuela de los Graxos, y con recia mula galanamente
enjaezada, vienen a buscarla dos espigados mozos muy serios y compuestos
-por la ropa se les adivina que sirven en casa noble y acostumbran a
comer caliente-, y ya no regresa hasta el término del afrutado
y otoñal septiembre, cuando las mieses y los frutos del campo
ya están entrojados. Fronilde cabalga a la jineta y, al cruzar
por la frágil Puente de Palo, en la curva de la Calzada Real
sobre el Almar, sin barandas protectoras, dirige la riendas de la mula
con mano firme para que no se espante al tamborileo de sus cascos sobre
la madera. Del pueblo tan sólo la acompaña el siervo Anthón,
el Ronzales, pero nadie pudo sonsacarle jamás a dónde
se dirigían calzada abajo. Ni siquiera se lo tiene dicho a su
mujer Sebasthiana la Mandiles, porque, como muy juiciosamente les repetía
a todos cuantos, harto impertinentes, se interesaban cada año
por aquesta dicha cuestión:
- El secreto mejor guardado es el no compartido, y no es un hombre muy
discreto quien a hembra confía su secreto: secreto a mujer confiado,
a la calle lo has echado. No lo diré, que el mayor saber que
en el mundo hay es el no decir. Sí os contaré, que licencia
he para ello, cómo el caballero que acude a recibirla es de buena
estatura e aspecto, más alto que mediano y de recios miembros;
los sus ojos vivos e las otras partes del rostro de buena proporción;
el cabello muy bermejo, y la cara algo encendida y pecosa; bien hablado,
cauto, e de gran ingenio, e gentil presencia... No le pasará
al hijo de mi madre lo que cuentan de los enamoriscados de Anchuelo
(Dicen que Anchuelo es un lugar puesto en un valle con dos cerros a
los lados, y del uno al otro se dixeron ciertas cosas un çagal
y una çagala, y encomendáronse el uno al otro el secreto,
aviéndolos oydo todo el pueblo)
Fronilde, la Morañera, sufre en silencio las molestas hemorroides,
y le reza a San Fiacro -santo especialista en el negociado de tales
menesteres- para que le alivie pronto de sus molestos dolores. Empero,
tan sólo acude a los remedios de tía Canuta la Morteros,
siempre tan discreta, cuando se le reproducen, de forma intermitente
y cada vez con más frecuencia y duración, las afecciones
de garganta. Cuando la dolorosa inflamación es de la tráquea
y siente irritadas las amígdalas, se echa un pañuelo sobre
la cabeza y acude hasta la olorosa y humilde chocita de nuestra anciana
curandera. Sonriendo, tía Canuta le recomienda que, todas las
mañanas, haga sonoras gárgaras con una decocción
de higos.
- Fronilde, cuece unos higos frescos y, con el caldo aún caliente,
haces todas las mañanas gorgoritos cantarines. Si está
en tus posibles, allégate a la culta Salamanca y allí
examinen los físicos tus gorjas. Y deja esas coplillas tan lastimeras
por una temporada, mujer...
Y en un susurro, para que ni el viento se enterase de aquello que no
le importaba ni debiera saber, le decía al oído: La flor
del poleo, mezclada con tuétanos de ternera, resuelve fácilmente
las almorranas.
- Gracias, tía Canuta; es su merced muy bondadosa conmigo. Aquí,
en la alta sierra, me siento muy sola y orillada y echo de menos al
hijo... Cuando canto siento que mi soledad, de repente, se puebla de
bellos recuerdos y de buenos amigos. Me comprende, ¿verdad?
El azul celeste de sus ojos se nublaba y gotitas de rocío empañaban
su mirada como si una tormenta se le iniciase en el fondo del alma.
- Entonces... ¡cántale a la vida, mi niña, hasta
que te envidien los siete colores de los canoros sirgueros que trinan
gozosos sus primeros quereres ocultos entre las espinosas zarzas que
asoman a las callejas!
A tía Liliosa, la Cermeña, mejor casi ni la nombramos.
Es viuda de tío Silverio, que trabajó toda su penosa vida
de labrador, alias el Meaja, porque era más bien chaparro y hacía
poca sombra; más renegrío que moreno, y a quien la maligna
peste negra se lo llevó por delante como un ligero aperitivo
y abriendo camino porque fue el primero. Murió en su choza de
adobe y paja, cerca del lugar conocido hoy día como Canto el
Milano, allá a la entrada del villorrio, y que fue reducida a
pavesas y cenizas para combatir el contagioso mal. Entonces, a la desconsolada
viuda le apañaron presto un pajarzucho al lado de la pequeña
iglesia y de la gran panera del Señor de Guzmán.
- Con tales vecinos, ni habrá desconsuelos, ni pasarás
hambre, hija mía -le dijo el padre Hunuldo no sin cierta socarronería;
reza y come.
Tía Liliosa la Cermeña es una mujer pequeña y regordeta,
de siempre caminó con la mirada gacha y los hombros caídos;
sus formas de mujer asaz madura las disimula dentro de unas amplias
sayas de color indefinido, más tirando a panza de burra, y detrás
de un delantal sucio, remendado y negro. El pelo castaño oscuro,
salpicado de mechones grises sobre la frente se lo sujeta en forma de
moño en la nuca. El moño lo lleva atado con una delicada
cinta verde que le había regalado -¡habían transcurrido
ya tantos años!- el tío Silverio cuando la rondaba de
mozo. A raíz de la muerte de su marido, tía Liliosa inició
una rápida decadencia física y moral, quedándose,
talmente mis señoras comadres, en la espinita de Santa Luzía.
Sólo le queda un único diente amarillento y podrido que
le sobresale como una daga herrumbrosa -ruin testigo de tiempos mejores-
por encima del labio leporino; sus párpados se asemejan a dos
ciruelas y la chata nariz a un boniato picado. De los cinco hijos que
tuvo, sólo la vive Othilia la Panzabuche, talludita y solterona,
más interesada en el potente engranaje y mejor provecho y mantenimiento
de las virilidades de Thobías el Cuesco, su novio, que en la
raquítica salud de su madre. Hoy, la viuda del tío Meaja,
ya no se levanta del raquítico jergón de heno donde está
postrada a causa de una severa tisis -es una tos constante, pertinaz
y que apenas si puede expulsar el débil aliento de sus fatigados
pulmones- que se la lleva velozmente, vertiginosa y rauda entre sus
resecos brazos sarmentosos. Presenta un aspecto demacrado, violáceo,
de labios semitransparentes, finos y malvas; enseña nariz afilada
y un rostro cubierto de repliegues y ahora señalado por tantas
arrugas y tan profundas como los antiguos pergaminos de reseca piel
de cordero. La infatigable tía Canuta la Morteros, la atiende
tan solícita como una hermana y procura que se tome el reconfortante
pisto que con tanto esmero le ha preparado, consistente en un jugo o
sustancia nutricia que, machacándola o prensándola, se
sacaba de las aves, especialmente de la gallina o perdiz, y se hacía
para los enfermos que tan sólo podían tomar comidas líquidas.
También la obliga a beberse a diario el jugo que le prepara con
las bayas frescas del enebro para mitigar las ahogadoras afecciones
del pecho y alivio de las secas toses que tanto la atormentan, y que
todos los días, oculta en su escusabaraja, se lleva consigo la
frasca de analgésico y reconstituyente cordial para que así
la enferma tía Cermeña se beba un vasito y mejor se reconforte.
Cuando al atardecer de cada día, cansada por el continuado esfuerzo
contra la implacable "dama de la guadaña", camina lentamente
hasta su chocita, mueve con la tristeza del desánimo su noble
y blanca cabeza y duda que el buen Dios amanezca de nuevo para su débil
paciente.
- Canuta, ¿cómo anda hoy nuestra tía Liliosa la
Cermeña?
- De despedida, mis señoras comadres, de despedida; que el su
dañino mal se le ha complicado con la fatídica perlesía.
Para estas nocivas pestes cavatumbas, propias del maligno, sólo
el buen Dios conoce los secretos... La pobre, ha dejado de alimentarse,
suspira quedo, reza aquellas oraciones que a todas nos enseñaron
de niñas y sólo vuelve el rostro hacia el sol poniente.
¡Y esta Othilia, sin dueño de sus sofocos... !
é havia tan gran fever
que quen a via enton
decia, seguramente
desta non escapará. (Cantigas)
- ¡Vaya!; y qué poquitos vamos quedando ya en el lugar,
Canuta...
- Pocos. ¡Que la Virgencita de Las Fuentes nos tenga entre sus
manos!
Otra de las viudas de nuestro lugar de los Graxos, como fin y remate,
es tía Gaudiosa, la Empalá, pero ésta luce muy
distinta a las demás viudas -a excepción de Fronilde,
la Morañera-, que aún se le conservan las carnes prietas,
tieso el lustroso moño y los aromas del cuerpo tan afrutados
como los maduros membrillos que, por el veranillo de San Miguel, diligentemente
guarda Liberata entre la seca paja del sobrao... Pues bien, tía
Gaudiosa, la Empalá, aun siendo una mujer tan flamencona, no
se atreve a hacerle frente a la fiera de tía Hermógena
la Zarrapastras, ya lo ven sus mercedes. Tras el desdichado encontronazo
que ambas tuvieron, los hirientes insultos verbales y el tantarantán
pescozonero que ésta le arreó a la viuda, después
de medio lavarse como mejor pudo y arreglarse en las límpidas
aguas de la fuente La Cerca -la fuente que enseña su fresco venero
a las afueras del dicho lugar de los Graxos, al lado mismo de la Calzada
Real-, porque mucha vergüenza la dio acercarse hasta el caño
y limpiarse a fondo toda la pegajosa mugre acumulada en el arrastre,
tía Gaudiosa tuvo que visitar al sangrador, y luego a tía
Canuta. Que así se le quedó el raído vestido a
la desdichada mujer, tan mojado y entrapado en cieno, que iba por las
calles goteando mismamente como una carga de paños cuando recién
la traen del batán o el lavadero. La viuda Gaudiosa, la Empalá,
era una viuda sin meaja alguna de los derechos que beneficiaban a todas
las viudas de la guerra ya que su difunto marido, el llorado tío
Custhodio, labrador por cuenta ajena, alias el tío Zancaslargas,
no murió sirviendo heroicamente al rey, ni a consecuencia tampoco
de la infección de una fea herida recibida contra el hereje moro
más allá del puerto El Pico, o las extensas llanadas del
portazgo del sitio de Derramacastañas, sino de una muerte tan
vulgar que, con buena voluntad, gran afecto y regalo por huebos y de
gracia, se la podría considerar como un accidente laboral. Murió
desnucado cuando se cayó hacia atrás desde lo alto del
varal de un carro que volvía desde el Val Hondillo, cabe el río,
cargado con una torre de prietos haces de centeno: al trepar las vacas
por frente mismo de La Cova, una mala rodera, el brusco vaivén
del carro... ¡y el tío Custhodio, alias el tío Zancaslargas,
que se nos fue rebotando ladera abajo como un triste pelele roto o el
desprendido canto rodado! Y como no se había inventado todavía
la seguridad social... Desde entonces, la tía Gaudiosa vive de
la diaria caridad de algunos convecinos -escasa, que no hay para muchas
derramas-, de las parcas limosnas que el padre Hunuldo, con sus sacrificios
y ayunos puede allegarla ("Toma esta manzana Gaudiosa, que me recuerda
la tentación del Paraíso y me da dentera nada más
verla"), de la rebusca por el campo de las frutas y bayas durante
las propicias temporadas de la templada y radiante primavera, el cálido
verano trillador y el otoño dorado en que pueden casi autoabastecerse
los pobres con sus sazonados frutos; o le sonríe la diosa fortuna
y se encontra un nidal; y a salto de mata, si la rara ocasión
se presta propicia de poder consolar a algún afligido de sus
tormentos maritales... Y tal vez por este mismo orden, concierto y regla,
miren sus mercedes. ¡Bien se da cuenta tía Gaudiosa que
los campesinos miran, por ejemplo, hacia otro lado cuando alcanza, como
distraída, esta pera, aquella manzana, por aquí un puñadito
de nueces del nogal, por allá los higos maduros de sus higueras;
o espiga esperanzada en las secas rastrojeras, sobre todo si el avinagrado
manigero del Señor de Guzmán no se halla presente!
Entrastes, mi señora,
en el huerto ajeno,
cogistes tres pericas
del peral del medio:
dejaredes la prenda
de amor verdadero. (JUAN VÁZQUEZ, Recopilación, II)
- Pues a la viuda Sisinia la Comadreja, tan indigente como ella y
mucho más necesitada, bien que la vigilan, silban, azuzan los
perros y hasta le tiran piedras picudas de aristas heridoras...
- Es que no resiste un atisbo de comparación, oiga su merced.
- Ya; pero... ¡de balde no se hace ojo de pez! Algo buscan...
- Razón que la sobra, mi señora comadre, que caricias
de puta y convite de tabernero, de siempre cuestan dinero; y honra que
se manosea, entre las manos se queda.
- Sí, sí: escaramujos come la zorra; le pica el culo,
pero anda gorda.
- Pues óigame, vecina: marido mal casero canta en otro gallinero.
Los apodos, como la mayoría son heredados de sus padres, y éstos,
a su vez, de los abuelos, a menudo no tienen relación alguna
con el personaje en cuestión, ni sirven para definir su personalidad
o cualidades. Así ocurría, por ejemplo, con el tío
Custhodio, el difunto marido de la tía Gaudiosa, y su apodo del
Zancaslargas. En realidad, el tío Custhodio, por estar tan recio,
aparente y robusto -tanto como los larderos y nutricios cebones, que
vuelven tan lustrosamente redondos del monte concejil, engordados a
diario en las frondosas dehesas de exuberante encina vareá de
la montanera- más bien parecía hecho a las delicias gastronómicas
de las sustanciosas, avellanadas y engordadoras bellotas, como los ágiles
gochos extremeños de negra pata y sustancioso pernil, que no
acostumbrado a alimentarse tan sólo de las ágiles ranas
croadoras de las cenagosas charcas, y con alguna distraida tenca que
otra como las zanquilargas cigüeñas de su heredado sobrenombre.
- Para que uno especule en los pueblos con los motes de sus gentes.
Desde tan infausto día, la noche más oscura envolvió
a tía Gaudiosa entre la seca negritud de sus ensombrecidos velos
y la mantiene entre las tinieblas más opacas sus ansias de vivir:
ella, tan vitalista y necesitada de un hombre a su lado... El pueblo
es tan pequeño que cualquier ausencia afecta a todos los vecinos
empobreciéndoles su vida cotidiana; cuando es el marido quien
muere, no es una ausencia cualesquiera y el recuerdo no acierta a rellenarle
con nuevos aromas de esperanza la vacía alacena del alma. A la
viuda tía Gaudiosa le sangran de continuo las diarias heridas
que le abren los recuerdos aún calientes y no le cicatrizan con
calor ajeno... Y hay tantas vivencias que recordar a lo largo del camino
de toda una vida: la choza tan desvencijada, la breve callejuela donde
ya no resuenan los firmes pasos del hombre, ni sus recios juramentos;
cada rincón del villorrio entero... todo le refresca constantemente
la memoria, le estremece el alma y constituye una fuente estremecedora
y continuada de emociones vitales: recuerdos que la arrastran bruscamente,
de golpe, hasta el presente solitario, unos momentos y vivencias de
otros tiempos ya pasados -y ciertamente mejores- que por siempre con
el hombre se la fueron...
¿Cómo llevarle el consuelo a una viuda cuando sólo
se dispone del bálsamo de la palabra, y la palabra de que se
dispone no se asemeja en absoluto a la que se espera -ya ida para siempre-,
no se pronuncia con la entonación debida, ni el acento familiar
y adecuado? Hay personas que se quedan silenciosas observando y lamiendo
sus heridas, sentadas en el suelo donde cayeron o en la triste, solitaria
y abandonada cuneta de la vida; otras, en cambio, más enterizas,
compactas, pétreas y berroqueñas, se las vendan enseguida,
apretando con furia los dientes, y siguen graníticas caminando
por las ásperas barbecheras del monte o los vergeles del valle
según vengan barajados los naipes de la existencia. Las heridas
cicatrizan -que el paso misericordioso de los años remansa el
dolor y reposa los sentires como el vientecillo peina las doradas mieses
o los cardos borriqueros- pero nos quedan las huellas de los seres ausentes
grabados en el alma en forma de imborrables recuerdos... ¡siempre
perduran los recuerdos!
- ¿Y todos buenos?
- Qué más da, si son recuerdos.
- Mire usía, miçer Escribano, no me sea tan filósofo,
ni me eleve el tono de voz por nadie, que la mancha de la mora con otra
verde se quita presto, y entre mullidos prajones, eras nocturnas y techados
pajares ocultos ofrecen tan propicias y discretas ocasiones que manchas
hay para exportar...
- Y como los de Graxos de siempre fueron tan relimpios, ¿verdad?
- Su merced lo ha dicho; ¡y harto bien nos conoce!
Romanticismos al margen, el paciente, sufrido y desdichado tío
Ubaldo, el Candiles -casado con la fiera mujeruca de la tía Hermógena,
como saben bien sus mercedes, e íntimo amigo del tío Custhodio,
alias el Zancaslargas, cuando éste vivía y aún
no se había despeñado necrópolis abajo, allá
por La Cova-, ahora, desde las Pascuas navideñas hasta las de
los Ramos Floridos y desde los higos hasta que maduran las brevas, es
decir, el año completo sin más ayunos ni cuaresmas, acude
solícito hasta la humildísima choza de la acogedora viuda
Gaudiosa, (que se alzaa solitaria, como pidiendo mil perdones a la entrada
misma del Carrilejo que por Balbaharda llega hasta Ávila) y,
mutuamente, de común acuerdo -la una al uno, y el otro a la otra-
en meritorio acto de recíproca y pía misericordia, en
santa compaña y suspiros entrecortados, se consuelan de la ausencia
del amigo, el uno, y la carencia del esposo, la otra. El tío
Ubaldo, el Candiles, altruista con la viuda como no hay ningún
otro moço del lugar de los Graxos, ni tan constante ni aficionado
tampoco, la techa con ramos impermeables las goteras que aparecen por
su chocilla y entonces, así de pasada, tan generosa y abundantemente
como lo hacen los caballeros con las damas en los cantados romances
de juglaría, le riega cumplidamente la senara de su reseco vergel
mientras le susurra esta copleja al reguilón oído consentidor:
Ojos matadores
tenéis, señora.
¿Cómo la justicia
no los ahorca?
Y tía Gaudiosa, la Empalá, románticamente abandonada
entre los mullidos jergones, haciéndosele ya la boca agua pensando,
más que en la aceitosa torcida de su ocasional amante el tío
Candiles, en el olorcillo que desprenderá en la sartén
la loncha de tocino que le ha traido su rondador Ubaldo, le contesta
desmayada de amores y temblándola el estómago:
En doblones me escriba,
galán, su pasión,
que es letra más clara
y la entiendo mejor.
Antes de la visita, y como sabiamente le había aconsejado tía
Canuta, -sin conocer muy bien ni a ciencia cierta el fin último
y postrero, tan jolgorioso y sofisticado de semejante consulta, o bien
que lo disimulaba la tía Morteros tan prudente, comprensiva y
discreta- tía Gaudiosa, la Empalá, de profesión
viuda y sola, recogía su liso cabello sobre la nuca en artístico
moño y, con oloroso vinagre y un suave aceite consolador y ligeramente
perfumado en la mezcla, se aplicaba ligeras fricciones en la despejada
frente y masajeaba en giros concéntricos sus sienes con una aliviadora
y refrescante cataplasma de almendras amargas, bien molidas en el mortero,
para ahuyentar el maligno influjo de las pesarosas y tan dañinas
cefaleas apáticas que bien pudieran presentársele así,
de improviso, a salto de jergón, sin ser invitadas a la cita,
y la incapacitasen para todo donaire, gracejo y chanza o, y aún
peor para el trance, que se asomasen luego las desanimadoras migrañas...
Canturreaba suave, cabe la lumbre del hogar, con susurro de gata consentidora:
Esta noche me cabe la vela:
ruego a mi Dios que no me duerma. (TOLEDANO)
Ahora bien, como un día de estos les sorprenda tía Hermógena
en sus mutuos consuelos de pesares y compartimiento de soledades -y
alguna pista o mal aire se debe ventear últimamente que por las
calles del lugar camina rezongando: Oigo mi gallo cantar, pero no sé
en qué corral-... ríase usted del terremoto o aerolito
que fulminó a los prehistóricos dinosaurios: ¡el
caso lo van a tener que juzgar en la mismísima Chancillería
de Valladolid!
- Pero..., ¡si aún no está creada la dicha Chancillería!
Mire su merced de no exagerar los términos, sacar así
los cabestros a la plaza a lo tonto me lo bailo, sin ton ni son, a salga
lo que saliere, ni poner en alerta al Escribano de número de
Manjabálago sin más sustancia que difusos rumores.
(La Chancillería de Valladolid, o Tribunal Supremo de Castilla,
amigo lector, tendría su sede permanente en dicha ciudad a partir
de 1480)
- Porque aún no les ha descubierto la interfecta de la tía
Zarrapastras: ¡déle usía tiempo al angelito de la
tal Hermógena para proseguir el rastreo, o una miajilla más
de temeraria confianza y descuido a los dos tortolillos enamorados!
Un paso en falso en la medida del encuentro, una palabra que se le escapa
a quien ya lo barrunta, una mirada de entendimiento, una pareja de huevos
caseros, y desaparecidos, con los que contaba la Zarrapastras... El
tiempo y yo contra otros dos, que decía aquél.
A la tía Gaudiosa, la Empalá, y al tío Ubaldo,
el Candiles, ya, igual se les da la col que el repollo, la siesta que
la noche, una ida que una venida, el discreto asomotraspón que
un topetazo a la carrera:
Aquel ¿si viene o no viene?,
aquel ¿si sale o no sale?,
en los amores no tiene
contento que se le iguale. (B.N.M., ms. 3924, fol. 24)
Tío Ubaldo, el Candiles, recuestando a la viuda, se olvida
de su mujer: "Nada hay peor, dice él, que amar a tu amante
como si fuese tu esposa"; y tía Gaudiosa se lo agradece
tan vivamente y a su gentil manera que se llegan a olvidar del pueblo
entero. Sus cuerpos, al parecer, están hechos de brasa: el del
uno para la otra, sí, pero de ascuas encendidas como rubíes
apasionados. No admiten curiosos impertinentes. Han soplado la vela,
como invitándonos a marchar, han dejado la chocilla -¡velaila!-
con menos luces que el dormitorio de un topo y crujen tenuemente los
secos juncos del lecho. Salgamos despacito de la tórrida chozuela,
así, de puntillas, echándole al portillo la leve tranca,
y dejemos en soledad a los dos amantes: es un momento en el que no pueden
estorbar indiscretos testigos atisbadores; ¿no lo creen así
sus mercedes?
Capítulo XI: LAS DIVERSIONES
Los juegos dentro de la villa se proscriben con leyes tan severas como
aquella CCCX del Fuero de Salamanca, que ordena con severo y ceñudo
laconismo: Todo ome que jugar tablas o dados, enforquenlo. Así,
sin más juicio ni abogado defensor de por medio: ¡ahorcado!
Suerte para muchos que aún no existen las máquinas tragadoblas
o maravedíes, y a nadie se le ha ocurrido algo ni remotamente
parecido al bingo. Sí, por Zamora se juegan a las chapas buenos
reales de vellón y aun ducados, pero sólo por Semana Santa
que es cuando Dios más nos perdona, y aún más el
Viernes Santo, que nos lo perdona todo. Y... ¡cómo se van
a atrever los alguaciles a prender a los jugadores, y menos los jueces
a juzgarlos, ante el ejemplo divino! Claro que, en nuestro mísero
Graxos, no tintinean ciertamente los maravedíes de vellón,
ni aun siquiera las blancas. Como no se jugasen en el envite alguna
almorzá que otra de garrobas...
A los tramposos se les castiga según la importancia de la trampa,
con azotes o con la pérdida del dedo pulgar de la mano derecha
(o izquierda en el caso de que el jugador fuera zurdo) También
se castiga a todos "...los que rompieren los dados con los dientes
o se los tragasen y a los que quebrasen el tablero en la cabeza del
contrario o en la suya mesma".
En la Ley I del eficaz "Ordenamiento de las Tafurerías",
que compuso el maestro Roldán por orden del rey Alfonso X el
Sabio, se castiga a quien, no siendo fijodalgo, blasfeme durante el
juego, con la multa de seis maravedíes de oro por la primera
vez; con otra de doce la segunda, y la tercera con la pérdida
de dos dedos de lengua cortados en travieso; mientras los tahures blasfemos
son corregidos la primera vez con treinta azotes; la segunda con cincuenta,
amén de repetir: Sennor e Santa María, en vos creo e en
vos fío, y la tercera, con la ya referida mutilación.
El tafurero es nada menos que el comisario regio para el cumplimiento
de las normas en los juegos de azar y envite. No creo que se acercase
hasta nuestro por entonces orillado Graxos.
"Non quieras jugar dados nin seas tablajero,
ca es mala ganançia, peor que de logrero:
el judío al año da tres por quatro; pero,
el tablax de un día dobla el su mal dinero".
(Libro de Buen Amor. 554)
En nuestra aldehuela, a lo que más se juega es a La Calva,
y con los borrillos de granito. En el envite va la honrilla de los mozos,
pero nada más, porque tampoco tienen nada más de valor
que jugarse... El desempate, de producirse, se llama "echar las
cabras"; pero nadie paga porque nadie tiene una blanca: Echar las
cabras los jugadores es echar a quién cabrá pagarlo todo
aquello que se haya perdido entre compañeros; y de la palabra
cabrá dijeron cabrear, y de allí se dijo echar las cabras.
Y como el que lo paga todo parece quedar cargado, se dice echar las
cabras al cargar todo el cuidado a otro. Y de aquí, más
corruptamente, el meter las cabras en el corral al poner en cuidado,
aprieto y congoja. (Covarrubias)
A veces, como en otros muchos pueblos del reino de Castilla, se juega
a la pelota o a los bolos en el cementerio que rodea la iglesia, por
lo que la autoridad eclesiástica determinó: "...
ni juegue nadie a la pelota ny bolos en el dho cimenterio, ny naipes,
so pena de excomunión y de tres reales a cada vno que lo contrario
hiziere..." Y a renglón seguido se ordena a los párrocos
que hagan cumplir esta dicha sentencia ya que, si no lo hicieren, también
ellos incurrirían en sanción, pero esta vez mucho más
fuerte: tres ducados, es decir, once veces mayor que aquella impuesta
a los jugadores de bolos, naipes, etc., pues ya sabemos que el ducado
equivalía a 34 reales.
El padre Hunuldo, tan comprensivo ante otras debilidades de la carne,
clama como un poseso desde el pequeño altarcito de la iglesuca:
"Terrible vicio es el juego. Y como todas las corrientes de las
aguas van a parar a la mar, así no hay vicio que en el jugador
no se halle". Además, Acazio, el hombre bueno y fiel del
Concejo, no se cansa de repetirles una y otra vez a sus paisanos más
inquietos por el juego y, sobre todo, si entran los naipes o dados de
por medio: "El mejor lanze de los dados es no jugallos".
- Dámelo aficionado al juego, y yo te lo daré borracho
y mujeriego.
- Naipes, mujeres y vino, sacan al hombre de tino.
Los muchachos juegan al estirafloxa, un juego inocente y adecuado para
toda la chiquillería. Se juega con unas correas o cuerdas, teniendo
cada chaval la suya en la mano. Quien dirige el juego figura que es
un tejedor y va distrayendo la atención de los muchachos con
unos graciosos cuentecillos o historietas. Cuando nota que alguno está
algo descuidado les dice: ¡Estira!, -y los chavales tienen que
aflojar, haciendo lo contrario de aquello que se les indica. Los errores
se pagan con alguna entretenida penitencia.
También juegan los muchachos al quebrantabarriles, cogiéndose
por la cintura y quedándose el uno boca abajo: alternativamente
se van mudando, dejándose caer el uno sobre el otro, hasta que
el que está boca abajo topa con los pies en el suelo por la parte
opuesta y levanta al compañero.
Las niñas, sobre todo, juegan a la tángana utilizando
una piedra plana llamada rasa. Se dibuja en el suelo, con todos los
respetos, una especie de cruz latina, es decir, una figura rectangular
alargada, cruzada verticalmente por otra más corta, y divididas
ambas por cuadros a los que hay que lanzar la rasa salvando las rayas
y, después, si el triunfo les ha sonreído, recorrer a
la pata coja todo el trazado, recogiendo la rasa al regreso, siempre
que se haya tenido éxito al desplazarla previamente con el pie
que se mantiene apoyado en el suelo, hasta el cuadro siguiente, pero
sin ocupar línea alguna. Y vuelta a empezar, lanzando la rasa
a un cuadro más avanzado.
Pocos, muy pocos, disponen de trompicos que poder azotar con las correas
o çurriagas y, lo que es más esclarecedor, ni tiempo para
ello.
"Desde los comienzos de la primavera, hasta la llegada del verano
en que los exigentes y duros trabajos del campo retenían a los
mozos día y noche, y muchas veces también durante gran
parte de ésta, en un alarde de mocedad bien llevada y de juventud
explosiva, las noches de las aldeas eran testigos de la algazara y cánticos
de los mozos, que colocaban el ramo en la ventana de las mozas solteras,
y a poder ser en la ventana donde éstas dormían. El ramo
a la ventana, es señal de amores, es aviso para todos de que
esa moza está ocupada, que tiene ya su mozo propio". (Alonso
Ponga: Tradiciones y costumbres de Castilla y León)
La noche que precede a la llegada del mes de mayo, los mozos del lugar
de los Graxos levantan en medio de la plazoleta del pueblo un árbol,
al que previamente han despojado de casi todas sus ramas: es el mayo,
que presidirá la actividad festiva de los días siguientes.
Constituye un viejo rito de la mágica exaltación de toda
la madre naturaleza, cuyos orígenes absolutos pudieran remontarse
a las antiquísimas religiones agrarias de la humanidad que con
sus prácticas ofrecían culto a la naturaleza y pretendían
apropiarse de su fuerza y vigor en un momento en que éstos se
manifiestan en todo su esplendor. La colocación del mayo con
las consiguientes rondas a las moças y enramadas, son parte de
los actos de las fiestas de la primavera, cuyo remoto precedente en
el tiempo se encuentra en las fiestas en honor de la diosa Maya, en
la antigua Roma pagana.
El árbol elegido es siempre uno de los chopos más altos
y rectos del lugar, pues, como es propio de los pueblos, se hizo de
él una prueba de la bizarría y valentía de los
mozos. Una vez cortado, para aligerar su peso, se limpia el árbol
de hojas y ramaje, dejando tan sólo un fleco o corona en la cima;
y, seguidamente, con paso solemne, se transporta a hombros hasta el
pueblo. Ya en la plazoleta, y en el lugar señalado, se prepara
el hoyo donde ha de levantarse el árbol que, siendo de gran altura
y no pudiendo tener sujeción externa alguna, exige una cierta
profundidad. Las moças, mientras se levanta uno de los símbolos
más nítidamente fálicos, cantan canciones de ánimo
y sátira, sí, pero también alusivas a un semioculto
significado:
Arriba con ese Mayo,
moços de poco salero,
que si no fueran las moças,
el Mayo estaba en el suelo.
(ALONSO PONGA, José L., "Tradiciones y Costumbres de Castilla
y León")
El esfuerzo colectivo y bien conjuntado de los jóvenes permitía
levantar en alto y apuntalar enhiesto al árbol sin otra ayuda
que sus propias fuerzas, como prueba de cuanto aunados puede llevarse
a cabo. El árbol se erguía después con majestuosa
complacencia sobre los edificios colindantes, vulgo chozas, con sus
cintitas de colores en la menguada copa. Una vez más ha tenido
cumplimiento un antiquísimo y misterioso rito ancestral en el
que aún palpitan anhelos de muchas generaciones que -en otros
tiempos- en torno al árbol, y en primaverales días posteriores,
cantaron, bailaron, se enamoraron quizá, y escucharon admirados
los relatos de sus mayores.
Después de regar con rojo vino alentador su propio trabajo, los
mozos recorren las calles del pueblo cantando viejas canciones de ronda,
como aquesta tan propia de este día:
Esta noche va a salir
la ronda de la alpargata,
si sale la del zapato,
ya tenemos zaragata.
Mañana por la mañana
levántate tempranito,
y verás que en tu ventana
he puesto yo un ramito.
Allí va la mocedad,
que es la que divierte al pueblo,
la guitarra y la bandurria,
la pandereta y los hierros.
Y ésta otra:
Para rondar a esta dama
hay que levantar la voz,
que tiene la cama en alto
y escondida en un rincón.
- ¿Por qué sabes que está en alto
la cama de esta doncella?
¿Por qué sabes que está en alto?,
¿será que has dormido en ella?
- Yo no he dormido en ella,
ni he pensado en dormir,
pero sé que está en lo alto,
la cama de un serafín.
Estando enferma en la cama,
con su madre pasé a verla;
por eso sé que está en lo alto,
la cama de esta doncella.
Seguidamente tiene lugar la enramada de las ventanas de las mozas del
pueblo: en el remoto pasado se hacía después de la ronda,
en silencio y bien avanzada la noche, para que al día siguiente
la sorpresa fuera mayor. La rama podía ser sustituida por un
cardo, o cosa parecida, en la ventana de las chicas ariscas y engreídas,
o amantes de dar calabazas. Qué no hubiese dado la moça
Elvirita la Pelatordos por cantarle al Acisclo el Pedolobo:
Me pusiste el ramo,
Dios te lo pague;
me rompiste más tejas
que el ramo vale.
Pero... ni Acisclo el Pedolobo, de momento, siente amores por ella,
ni hay tejas que romper en el techo de su humildísima chozuela.
El ramo es, por lo general, señal de amores, por lo que cada
mozo se ocupa de colocárselo a su chica preferida. A veces, si
ésta es novia formal o prometida, el joven no se contenta con
una rama, sino que se hace con un árbol pequeño, lo que
le obliga a pasarse la noche en vela para evitar que algún otro
mozo avispado pueda aprovecharse del trabajo ajeno y el árbol
vaya a adornar otra ventana. Si las mozas aceptan esa ofrenda, es señal
de que corresponden al amor de sus pretendientes.
Si queréis que os enrame la puerta,
vida mía de mi corazón,
si queréis que os enrame la puerta,
vuestros amores míos son. (Laberinto amoroso, pág. 47)
Hoy comamos y bebamos,
y cantemos y holguemos,
que mañana ayunaremos. (Juan del Enzina)
Las carnestolendas o carnaval,-desde San Anthón, mascaritas
son-
abren el ciclo de las fiestas profanas, y se hacen tan populares que
llegaron a eclipsar a otro tipo de diversiones como el baile o los toros.
Lo fundamental de estas fiestas irreverentes son las máscaras
y disfraces y, dentro de los cortejos carnavalescos tienen lugar destacado
las mojigangas: grupos de gentes disfrazadas de forma harto desenfadada,
lasciva y grotesca, entre las que abundan los más diversos animales,
y que recorren las calles al son de cencerros y campanillas. Las personas
mayores se disfrazan de marimantas (fantasmas, resucitados, figuras
espantosas... para atemorizar a los niños) o de cachidiablos
(disfraz de un diablo horrible, o botarga, o vestido ridículo)
El carnaval (carne vale, porque nos despedimos de la carne) es época
de bromas desenfadadas y chanzas, y resulta muy común poner cuerdas
disimuladas, por ejemplo, atravesando las calles; arrojar a los transeúntes,
desde ventanas y balcones, aguas inmundas con toda clase de desperdicios
y cenizas; quemar estopas malolientes; correr los gallos; colgar o mantear
peleles; fustigarse con porras y látigos; quebrar pucheros y
ollas; lanzarse unos a otros huevos podridos o llenos de pútridas
sustancias... Una de las más extendidas diversiones populares
consiste en romper una garrafa y atar su envoltura de mimbre, con los
cascos dentro, a la cola de un gato, que corre enloquecido con su ruidoso
acompañamiento. O, también, el llamado ladrillejo: cierto
género de burla y cantaleta que hacen los mozos poniendo un ladrillo
pendiente de las aldabas de la puerta de la calle, con un cordel largo,
y retirándose a donde no puedan ser vistos, tiran del cordel
de suerte que unas veces le hacen dar golpes en la puerta como que llaman,
y otras le hacen raspar que parece que liman: y con este ruido despiertan
e inquietan a la gente, y la chasquean.
Martes era, que no lunes,
martes de Carnestolendas,
vísperas de la Ceniza,
primer día de Cuaresma.
Ved qué martes y qué miércoles,
qué vísperas y qué fiesta;
el martes lleno de risa,
y el miércoles de tristeza.
La mujer se viste de hombre,
y el hombre se viste de hembra,
aquí se asan entre cuestos,
allí se asan entre cuestas.
Aquí va un perro acosado
de un cuerno que atrás le cuelga,
allí va un pobre casado
que lleva dos en la testa.
¡Qué de gritos por las calles,
qué de burlas, qué de tretas,
qué de harina por el rostro,
qué de mazas que se cuelgan;
trapos, chapines, pellejos,
cuernos y broquetas,
sopas, papeles, andrajos,
zapatos y escobas viejas!
(LUCAS HIDALGO, Gaspar; "Diálogos de apacible entretenimiento".
Cit. por Julio CARO BAROJA, "El Carnaval")
El espectáculo carnavalesco dimensiona a la población
y muere con el triunfo de las virtudes y el ascetismo de la Cuaresma.
Esta lucha renovada cada año, entre los valores paganos y cristianos,
la versificó la pluma del entrañable malandrín
que fue nuestro Arcipreste de Hita y retrataron los multicolores pinceles
de Pieter Bruegel. Resumiendo: la Navidad la ha de tener el hombre con
su Señor, las Carnestolendas con su mujer y la Pascua de Flores
con su cura. La idea de la brevedad de la vida, que impera en este siglo,
animó a muchas personas urbanas o palaciegas a agotar su existencia
hasta las últimas consecuencias. Las diversiones, los grandes
festines, la ostentación en el vestir, el sexo, el placer y el
pleno disfrute de los bienes materiales es la nueva concepción
de vida que impregna a la población.
Aparte de las fiestas religiosas, sus ceremonias y las procesiones de
la Iglesia, los únicos momentos de entretenimiento de Acazio,
Liberata y los niños son en Navidad y en la cálida época
de la cosecha, cuando el Señor de behetría da una fiesta.
A veces, en estas fiestas de Navidad, y en la que se hace una vez terminada
la recolección de los frutos, hay también baile, y se
canta, y todo el mundo puede participar alegremente de la diversión
en cuanto empiezan a sonar los pastoriles y rurales estrumentos: las
chirimías, los tambores, rabeles, laúdes, farpas, banborras,
media vigüela, e panderos con sonajas, gaitas e churumbelas...
En Navidad, incluso, acompañados de las zampoñas, cantan
las populares chanzonetas: unos villancicos que se cantan la noche de
Navidad en las iglesias en lengua vulgar, con cierto género de
música alegre y regocijado. En cuanto al resto de los días,
la mayor parte de ellos, suele haber pocos entretenimientos, a excepción
de las veces en que se reúnen al filandón alrededor de
los ancianos, o de algún peregrino desorientado y de paso hacia
otras tierras, que les narran añejas leyendas y modernas hazañas.
A la sombra espesa del copudo olmo secular -de donde el Santo Patrón
de la parroquia tomó su ecológico y silvestre apellido-,
que sólo entrega una a una sus marchitas hojas al furor de los
vientos otoñales y se yergue altivo en la concejil plazoleta
ante la iglesia, acontecen las reuniones comunales de cierta importancia:
normativas del Señor de Guzmán, los fallos justicieros
del fiel del Concejo, de la suelta de la hoja, el inminente abono de
los tributos o pechos...; la alegre algarabía de los pájaros
en las ramas más bajas sólo cesaba cuando la ronca voz
de algún fraile mínimo caminante evocaba ante el absorto
auditorio de nuestros paisanos espeluznantes visiones infernales, panacea
de la terapéutica moral de entonces. De vez en cuando, muy de
tarde en tarde, constituyendo un suceso realmente extraordinario y singular,
se acercan hasta la aldea de los Graxos algunos trovadores despistadillos
de conocidas veredas, o como una etapa más en su camino. A cambio
de cama y de comida -que la moneda contante no abunda en la sierra-
les cantan a los entusiasmados vecinos algunas de sus delicadas baladas
y romances. Aquellas gentes, la mayoría de las cuales jamás
se han asomado por encima y más allá de las onduladas
sierras que delimitan el pueblo, se sientan en el suelo y escuchan los
relatos de los bardos con la boca abierta y los ojos redondos como platos.
Escuchan unas historias maravillosas en las que los personajes son serpientes
del tamaño de un roble, de un lago muerto en Galicia donde toda
vida perece, de una ciudad de bronce construida por el rey Salomón;
del olivo de San Thorcuato, que un día del año florece,
brotan aceitunas y se ennegrece. No saben quiénes son Alejandro
el Grande, ni el emperador Carlos, el guerrero de la barba florida;
ni el "rey vello" don Jaime el Conquistador, rey de Aragón,
quien, después de haber prometido su hija al infante de Castilla
don Enrique, se negó luego a cumplir la promesa dada suscitando
la ferocidad de los burlados castellanos; ni el glorioso Eneas, ni el
impetuoso Aquiles, ni el astuto Ulises..., ni tan siquiera son capaces
de distinguir un héroe mitológico como Hércules,
de otro legendario y real como el cantado héroe Roldán
en Roncesvalles, cuyas hazañas, vertidas en los romances, tantas
veces habían escuchado. Pero aquellas humildes paisanos nuestros
del paupérrimo y aislado lugar de los Graxos no hubieran cambiado
nada de este mundo -tampoco poseían gran cosa para el trueque-,
por oír a los juglares cantar aquellas epopeyas junto a los compañeros
de fatigas de todos los días, y allí en su propia aldea.
"¿Acaso queréis carnero,
como el que dieron a Andeiro?
¿Acaso queréis cabrito,
como el que dieron al obispo?"
(FERNAO LOPES, Crónica, pág. 225)
Era de dominio público -y no tardó en saltar a los cantares,
y traído de acá para allá por los andariegos juglares
y trovadores- que el conde Andeiro fue en vida amante de la reina Leonor
Telles, la mujer de Fernando I de Portugal, y muerto en la revolución
de 1383 por el Maestro de Avis, y futuro rey, Juan I de Portugal. En
la misma revolución mató el pueblo al obispo castellano
de Lisboa. (L.F. Lindley Cintra.)
- ¡Ya han venido de nuevo hasta el pueblo los cornados demonios
de los titiriteros, engañamuchachos y sacadineros! -, rezonga
tía Hermógena escupiendo de lado como uno más de
los carreteros que acarrean troncos y piedras para las iglesias que
se están levantando en el valle de Amblés y en La Moraña.
Tía Hermógena, por suerte para todos, nunca forma parte
del auditorio, ni la interesan lo más mínimo las melódicas
baladas...
- ¿Ni las de amor, esas que tan bellamente trovan los juglares?
- ¡Ni aun ésas, mire su merced!
- Y entonces... ¿tío Ubaldo el Candiles?
- Encerrado me lo tiene en la choza el tiempo que dure la función.
De ordinario se trata sólamente de historias antiguas, sencillas
y sin pretensiones ningunas, conocidas ya desde niños y que a
todo el mundo le gusta escuchar: narradores de añejas leyendas
y, con suerte, de modernas hazañas. Historias, por ejemplo, sobre
la providencia especial con que Dios ha mantenido en los áridos
desiertos a algunos siervos suyos por medio de un cuervo o graxo que
les trajese el pan (los córvidos son aves con las que están
muy familiarizados nuestros paisanos: viven en un pueblo, Graxos, que
lleva su nombre y en las sierras cuyas estribaciones llegan hasta el
mismo valle del Corneja...); o leyendas acerca de los inmensos tesoros
que ocultan en la tierra los taimados gnomos o duendes. Narran, como
desde siempre les han contado, que quando ponían términos
a las tierras y posesiones, ultra de la piedra que dexaban sobre la
tierra hincada, que ellos llamavan término, debaxo dél
hazían primero una hoya o concavidad donde en cántaro,
tinaja o otra vasija, echavan las monedas corrientes de aquel tiempo,
y juntamente algunos carbones a fin de que, mudándose la piedra
de encima, cavando se hallasse el verdadero lugar del término,
topando con las ollas de los carbones. Pero que en realidad son ollas
repletas con monedas de oro que esconden los duendecillos al inicio
y al final del arco-iris. A las personas mayores -y con mucho cuidado
de no ser oídos por el padre Hunuldo- les cuentan el nutricio
y mitológico origen del llamado Camino de Santiago: Que se formó
con la leche que se le fue de los pechos a Juno, quando estando durmiendo
le puso Júpiter a Hércules para que la mamase; y de lo
que cayó en la tierra sobre los lirios, se tornaron blancas açucenas.
Y un sinfín de historias, mitos y leyendas, tantas como la calenturienta
imaginación de los humanos pueda concebir: "La sombra del
fresno, es tan aborrecida por las serpientes que antes atravesarán
por un fuego que por ella". Pero las narraciones más solicitadas
-aquellas que más gustan a todos, tanto a niños como a
mayores- son las frecuentes apariciones de Ntra. Sra. Santa María
Virgen a niños pastorcillos o vaqueros -nunca a zagalas- por
los distintos pueblos de Castilla; de los santos y sus milagros, los
romances de frontera y del gran Cid Campeador, de las luchas contra
el moro más allá de los picachos que cierran el valle,
junto al señor de Guzmán; de algún viaje realizado
hasta el fin del mundo a visitar la tumba del apóstol Sant Yago...,
o de aquella otra que narra la asistencia a los desamparados en la ciudad
de Valencia: En Valencia ay una cofradía de los desamparados,
la qual entierra los que han sido muertos en el campo, y una imagen
devotíssima que llaman Nuestra Señora de los Desamparados.
Siempre que ay alguno, dizen que le oyen dar tres golpes a las puertas
del retablo a do la tienen con gran veneración cerrada; y a la
parte donde hallan acostarse un ramo de açucenas que tiene en
la mano derecha, van a buscar el desamparado...; cómo en el vecino
lugar de Villatoro, ante la llegada de los sacrílegos árabes,
sus atemorizados habitantes escondieron también la imagen de
la Virgen Ntra. Señora. Que en el pasado año del Señor
de 1320, no habían pasado tantos años y alguno recordaba
haberlo oído, se le despeñó una cabra a un pastor
de dicho lugar y se cayó dentro de una gruta oscura. Que buscando
su cabra se asomó el pastor a la cueva y encontró el recinto
todo iluminado por una luz del más allá. Que una voz le
dijo que fuese a Villatoro a dar el aviso, y cómo sus paisanos
no le creyeron y aun le tomaron por loco. Cómo volvió
de nuevo a la gruta del risco y la Virgen le mandó regresar al
pueblo y, como prueba, los más fuertes del lugar no consiguieron
abrirle la mano. Y cómo, al final, convencidos y avergonzados
de su testarudez y desconfianza, construyeron un templo dedicado a la
Virgen de los Dolores, más conocida por los contornos como La
Virgen del Risco...
Pero la más común de las leyendas, la que más les
gusta a todos y no se cansan de escucharla una y otra vez, es aquella
que les cuenta a los niños, y recuerda a los mayores, cómo
la Virgen Ntra. Sra. de las Fuentes -que había estado bien oculta
y segura sumergida en las aguas de la laguna donde la escondieron los
devotos habitantes de La Cova, también por temor a las profanaciones
de los árabes- se apareció al pastorcillo Hernán,
junto al manantial de una fuente cristalina, en el cuenco de la sierra
-más arriba del Val Hondillo, donde ahora tiene su pequeña
ermita- y justo antes de coronar el puerto que da vista al valle de
Amblés. Ya nadie recuerda quién había sido el inspirado
trovero popular que tan bien la compusiera, pero todos los habitantes
de Graxos se la saben de memoria desde muy pequeños. La poesía
es anónima y, por lo tanto, se constituye en patrimonio de todos:
Era el tiempo en que las rosas
en sus cálices se abrían
y la Virgen de las Fuentes
hizo la gran maravilla:
Deja las vacas, vaquero,
y no vayas tan deprisa.
Así le dijo al muchacho
la Virgen Santa María.
Cabe el pozo que manaba
las aguas más cristalinas,
el asombrado mancebo
se postraba de rodillas:
No te asustes, hijo amado,
no te asustes, vida mía;
soy la tu madre que te hace
desde el Cielo esta visita.
De la impresión se repone
y con voz dulce y tranquila
así le habló el buen vaquero
a nuestra Madre María:
Señora, aquí me tenéis
a vuestras plantas benditas
con el alma rebosando
de incomparable alegría.
La Virgen volvióle hablar
inundándole de dichas:
Hijo, quiero que consagres
por entero a mí tu vida.
A poco de decir esto
la Virgen desaparecía
y unas perlas asomaron
del vaquero en sus pupilas.
Pasó el tiempo, y el mancebo
decía su primer misa
cuando las rosas de Mayo
en sus cálices se abrían. (Anónimo)
Hay quien asegura como muy cierto que las tres Vírgenes, la
de Las Fuentes, la del Risco y la de Riondo, son primas, pero primas
hermanas y carnales, que se visitan las unas a las otras las serenas
noches estrelladas, romeras de sus templos; y cómo por lo alto
mismo de las peñas han dejado sus huellas en una continuada cinta
de piedra, de distinto y llamativo color, que une en lazo cosanguíneo
las tres ermitas... Y la certeza tan generalizada en el lugar de los
Graxos de que los niños vienen de las prolíficas aguas
de Las Fuentes no vayan a creerse sus mercedes que es de ahora, qué
va, ni mucho menos. Escuchen sus reverencias:
Decía el aguadero:
-Arriba, hermana,
allí está la fuente
del agua clara:
mujer que de ella bebe,
al año preñada.
Decía el aguadero:
-Niña chiquita,
allí está la fuente
del agua viva:
novia que de ella bebe,
al año parida. (LARREA, pág. 85)
Los juglares, son personajes siempre mezquinos y mendigos, siempre infames,
siempre con hambre...; pordioseros que tocan la vihuela, y que no aspiran
más que a recibir unas pocas monedas con que pagarse un plato
de garbanzos. El juglar, que no es un ladrón ni lisiado, ni clérigo
ni vagamundo, desastrado y desheredado, en las villas, lugares y en
los campos da solaz a las gentes menguadas, hilaridad a los huérfanos
y contento a las viudas más desaguisadas: venden sus cantos y
bailes por ganancias de queso, algo de carne y un poco de rojo vino.
Divulgan hazañas y cobardías, actos nobles y vilezas,
hasta que el eco de sus cantares llega al tranquilo monasterio donde
algún fraile paciente reproduce en poema de clerecía o
cronicón histórico, con ingenua escrupulosidad, los vulgares
relatos que matizan el odio y la envidia, la adulación vil, la
artera lisonja, la maledicencia o la calumnia. En Castilla se establecen
diversas categorías: trovador, es el que sabe trovar en verso
y hacer danzas y tonadas (nuestro mundanal Arcipreste declara haber
compuesto para cantaderas moras y judías: Et después fiçe
muchas cantigas de danza e troteras/ para judías, et moras, e
para entendederas); juglares, son aquellos que tañen propiamente
instrumentos musicales (lira bizantina, vihuela, arpa rota, salterio,
cinfonia); segrieres, los trovadores que ofrecen su arte por las cortes;
cazurros, los que recitan sin ningún sentido y carecen de buenas
maneras; remedadores, los que imitan o parodian toda actividad ya humana
o animal (rebuznos, trinos, risas y burlas...); zaharrones, aquellos
que hacen saltar simios, machos cabríos o perros; y, finalmente,
bufones, quienes se fingen locos y carecen de toda vergüenza.
[Nota: El albogue es un instrumento de dos cañas paralelas unidas
por un esqueleto de madera; la zampoña, el caramillo y la flauta,
son más de carácter pastoril. Nos dice al respecto el
Arcipreste de Hita:
El pastor lo atiende fuera de la carrera,
tanniendo su zampoña et los albogues espera,
su mozo el caramillo fecho de cannauera,
teniendo el rabadán e çitola trotera.
En los instrumentos, encuentran los pastores solaz y compañía
durante los largos períodos de soledad y las frías noches
invernales, manteniéndoles así despiertos para mejor evitar
que los lobos y otras alimañas les arrebaten el ganado, como
hacía San Millán en su infancia cuando fue pastor:
Abía otra costumne et pastor que vos digo
por uso una çitara traye sienpre consigo,
por referir el suenno, que el mal enemigo
furtar non li pudiesse cordero nin cabrito.
(GONZALO DE BERCEO, Vida de San Millán, estrofa 7)]
Luego el otro día de buena madrugada
levantose la duenya rica-mente adobada,
prisó huna viola buena e bien tenprana,
e salio al mercado a violar por soldada.
Començo hunos viesos e hunos sones tales,
que trayen grant dulçor e eran naturales,
findiense de omnes apriesa los portales,
non les cabie en las plaças, subiense en los poyales.
Estas dos estrofas del Libro de Apolonio, escrito a mediados del siglo
XIII, nos muestran el apasionado interés con que el pueblo llano
acogía la actuación de los juglares. "Juglares -como
nos enseña MENÉNDEZ PIDAL- eran todos los que ganaban
la vida actuando ante un público, para recrearle con la música,
o con la literatura, o con la charlatanería, o con juegos de
mano, acrobatismo, de mímica, etc." (Poesía juglaresca
y juglares) Los juglares constituyen en esta época un vehículo
constante de alegría, al traer a la cerrada sociedad del momento
la maravilla y lo desconocido con unos espectáculos tales que
satisfacen las aspiraciones más arraigadas en el hombre. Sus
espectáculos dan color y alegría a los festejos de bodas
y bautizos en las celebraciones religiosas; amenizan las veladas, las
fiestas, los viajes de los Señores, las campañas de los
ejércitos... Sus atracciones son imprescindibles en cualesquier
corte que se precie de tal: "Cantares e sones e estrumentos debe
el rey usar a la vegada para tomar conorte en los pesares e en los cuidos".
(Partidas II) Don Juan Manuel estima que son una de las atracciones
esenciales de cualquier noble principal: "...heredades et huertas
et... caballos, et mulas, et aves, et canes para caçar et tomar
plazer, et joglares para te fazer alegria et solaz" (Conde Lucanor)
Los músicos alegran cualquier instante de la vida cotidiana;
acróbatas y contorsionistas personifican el sueño ancestral
de todos por liberarse de las limitaciones de la naturaleza; los zaharrones,
además de sorprender a su público con simios amaestrados
y animales terribles o desconocidos, divierten a la concurrencia con
sus propios disfraces demoníaco-grotescos, y con gestos y ademanes
obscenos. Son citados en El libro de Alexandre:
"destos auia hy muchos que fazien muchos sones
otros que meneuan symios e xafarrones".
Durante su actuación logran hacer olvidar la miseria, las calamidades
y la violencia de la áspera dureza sin esperanza de la existencia
cotidiana. El pueblo muestra abiertamente su devota admiración
por la magia juglaresca.
Su modo de vida nos ilustra los comportamientos prohibidos que deben
evitarse: son vagabundos, mendigos, borrachos empedernidos, glotones
hasta la indigestión, jugadores, tahúres, ladrones, haraganes,
blasfemos... Su incesante peregrinar, propio de su profesión,
resulta abominable a los ojos del censor eclesiástico, pues esta
movilidad, opuesta a la rigidez y a la estabilidad de la sociedad medieval,
les convierte en un elemento extraño a la organización
feudal del campo, y a la artesanal y corporativa de las villas. Son
los habitantes de ninguna parte; viajando desde las ciudades hasta las
aldeas no pertenecen ni a unas ni a otras. Sus juegos, sus acrobacias
son ejercicios inútiles y, por lo tanto, ilícitos. Expulsados
de la categoría de los labradores, su actividad, más que
un trabajo, es un delito. Don Juan Manuel nos alerta sobre los juglares
asegurando que tañen sus instrumentos para mover los talantes
de las gentes a los placeres et delectes corporales, que tomen más
las gentes a pecar que a servicio de Dios (Libro de los Estados)
Por todas estas razones quedan irremisiblemente excluidos del cuerpo
social y religioso de la baja Edad Media y, en consecuencia, los manuales
de derecho canónico y de confesión, los sínodos,
los concilios... ordenan que se les niegue el acceso a los sacramentos
y a los lugares sagrados. Así, pues, los juglares son duramente
fustigados por los moralistas eclesiásticos, al considerarles
por su frivolidad responsables de la relajación de las conductas
de los fieles, pues sus espectáculos, llenos de danzas, acrobacias
obscenas y cánticos tan procaces, alteran las buenas costumbres
y corrompen los espíritus; la música está vinculada
con la liviandad y favorece las efusiones amorosas, y las acrobacias
volatineras también son censuradas debido al espectáculo
indecoroso y obsceno que suponen del cuerpo, convertido en un instrumento
de lujuria. El arte románico ofrece una visión plástica,
en piedra, de tan pecaminosas licencias juglarescas: están representados
todos estos motivos "tan malignos" en los modillones y canecillos
de las iglesias.
La Iglesia, como rectora de la Salvación, obliga al hombre medieval
a
aceptar una visión ascética del mundo y de su conducta,
y se sirve de los medios a su alcance (sermones, condenas, la decoración
de los edificios religiosos...) para imponer su ideología. La
existencia humana se convierte, según la doctrina eclesiástica,
en una constante lucha entre el bien y el mal, los ideales del cristianismo
ascético frente a las apetencias dictadas por la naturaleza.
El fiel se encuentra en la terrible encrucijada dialéctica expresada
en la violenta contradicción entre lo dicho por el estamento
eclesiástico que prohíbe la satisfacción de las
apetencias corporales, y un sistema natural en el que se hallan enraizados
el hombre y la mujer del lugar de los Graxos, que no sólo las
autoriza, sino que mueve hacia ellas el ímpetu de toda criatura
viviente. Dicha tendencia es expresada en el ámbito literario
por la pluma del entrañable malandrín que fue nuestro
Arcipreste de Hita:
Omnes, aves, animalia, toda bestia de cueva
quieren segund natura, conpaña siempre nueva,
e mucho más el omne que toda cosa que se mueva.
Nuestros amigos y paisanos de la época como Acazio el Tumbarrobles,
Liberata la Fermosa, y demás aldeanos de Graxos, ni conocimiento
tienen de tales corrientes y veleidades, tan lejanas, por otra parte,
tanto de sus hondas convicciones religiosas como de sus capacidades
pecuniarias... En nuestra mísera aldea, en fin, ni las fiestas
más solemnes se celebran con la alegre ronda de jóvenes
danzando al compás del tamboril y la dulzaina, rimando los pasos,
idas, las vueltas, las revueltas y los besos... como en aquellos bailes
que -y siempre según las narraciones que les cuentan los escasos
viajeros que se aventuran hasta nuestra mísera aldea- animan
los disolutos trovadores y lascivas juglaresas, ágiles volatineros
y músicos de chirimía, zaharrones y acróbatas más
allá de los puertos...
El vino, por su parte, constituye uno de los ingredientes imprescindibles
de cualquier celebración lúdica, y juega un papel fundamental
en la vida del hombre medieval, pues es junto a la sexualidad, la fiesta
y el espectáculo juglaresco una de las pocas gratificaciones
que puede obtener. Sus efectos eufóricos le hacen sentirse por
momentos amo del mundo, anulando todo temor con la victoria sobre el
miedo y la opresión ejercida por la Iglesia y la aristocracia.
Todo se revieste de juego, trasgresión y alegría.
- Para nosotros, los desheredados de la fortuna, son más los
días que las alegrías, mi señor Escribano; pero
una sola hora de alegría como ésta de escuchar a los juglares,
nos compensa por diez malos días.
En realidad, cuando por fin terminan de trabajar en sus penosas y diarias
labores en los campos o con los animales, todos los campesinos de los
rurales villorrios castellanos, como el de Graxos -sean hombres, mujeres
o niños- se alegran con poder limitarse, tan sólo, a descansar
un rato sin más obligaciones, cenar si hay con qué, y
recuperarse para el día siguiente.
Capítulo XII: LA IGLESIA
En el siglo XIV, la parroquia de Graxos pertenece a la diócesis
de Ávila, la cual, a su vez, está inclusa en la Provincia
eclesiástica de Santhiago. Los campesinos libres tienen que pagar
el llamado Voto de Santhiago, una renta eclesiástica muy semejante
a la primicia. Consiste en el pago anual de una medida de pan, diferente
según las zonas, y otra de vino, si se produce, por parte de
los agricultores para el sostenimiento del culto al apóstol Sant
Yago y mantenimiento del clero de su gallega catedral. El voto no supera
el 1% de la producción agraria. En la Meseta Norte las cuotas
son en centeno, fijas, y afectan a la mayoría de los agricultores.
(El Concejo de Graxos, a mediados del siglo XVIII, aún seguía
pagando religiosamente el Voto de Santhiago: ...otras tres cuartillas
(de trigo) al Voto del apóstol Santhiago por el mismo ordenamiento
que las antecedentes.)
Todo el mundo va a la iglesia los domingos y otros días, por
ejemplo, los de las fiestas patronales de los santos importantes. La
Iglesia ordena que tales fechas se reserven sólo para adorar
a Dios, libres del trabajo cotidiano, e ansí ninguno unza los
bueyes, cargue, trabaje ni cultive. Estos son los únicos días
libres que tiene la gente, y es lo que hoy se conoce como fiestas de
guardar. Van a las iglesias para asistir a la Misa Mayor, como se llama
el servicio principal de la mañana y, a veces, el sacerdote predica
y les habla de Dios y de los santos, y les anima a llevar una vida de
bondad. Las iglesias carecen de asientos. Tendrán que cumplirse
al menos otros doscientos años hasta que los bancos se conviertan
en un elemento habitual en los templos. La Iglesia del padre Hunuldo
es tan humilde que no dispone siquiera de un triste arambel para su
ornato y decencia. El mismo párroco viste una sencilla loba consistente
en un manto o sotana de paño negro que, con el capirote y bonete,
formaba el traje que fuera del colegio llevaban los colegiales, y otras
personas autorizadas por su estado o ejercicio para el uso de esta vestidura;
la cual empieza por un alzacuello que ciñe el pescuezo y, ensanchándose
después hasta lo último de los hombros, cae perpendicularmente
hasta los pies. Tiene una abertura por delante, y dos a los lados para
sacar los brazos. Loba de color indefinido, raída por tantos
años de servicios prestados y roída por los ratones de
la minúscula rectoral, donde ahora vive el padre, anexa a la
pequeña iglesia; manteo de bayeta y sombrero de grande falda.
Los días de gran fiesta y solemnidad, hace una excepción
y saca del arca la mejor ropa que tiene y que él denomina de
forma muy cortesana y ampulosa su hábito de San Pedro: sotana,
manteo y bonete negros. Anda maltrecho con unas rebeldes llagas que,
frecuentemente, le salen en el interior de la boca y unas afecciones
nasales que le llevan extensas temporadas por el camino de un severísimo
mutismo obligado: come tan poco y habla tanto el buen padrecito... Tía
Canuta le está tratando con zumo de granada bien cocido y mezclado
con miel. Las imperiosas ordenanzas referidas a los clérigos,
y dictadas por el Concilio de Valladolid, no le afectan ni atañen
siendo uno de los párrocos más necesitados; le sobrevuelan
y pasan de largo: "que hayan corona nin muy grande, nin muy pequenna,
et vestiduras non felpadas, nin entreteiadas, nin vermeias, nin verdes,
nin muy largas, nin muy curtas; nin zapatos con betha nin con cuerda,
nin canmisa cosediza -es decir, con botones- sul cuerpo nin en la manga,
nin saya con cuerda".
El último amor que tenga
ha de ser un señor cura,
ya que no tengo dinero
tendré la torta segura.
(NARCISO ALONSO CORTÉS. Cantares populares castellanos)
Pocos miembros de la parroquia saben leer, si es que hay alguno más
que sepa aparte de Acazio y, en cualquier caso, no hay libros de rezos
para ellos porque, además, les serían inalcanzables por
su precio. El sacerdote pronuncia el sermón en la lengua romance
usual, pero la Misa la oficia en latín, la lengua madre que usa
la Iglesia en todos los países, y en altares a la romana, es
decir, de espaldas a los feligreses. Probablemente la mayor parte de
la gente está ya tan acostumbrada a oírla así,
que puede darse cuenta de todo lo que va pasando, aunque no entienda
gran número las palabras; pero en caso de que se distraigan de
lo que está diciendo el buen párroco, y sus ojos aburridos
empiecen a vagar por ahí, tanto el interior de la iglesia, más
el gran retablo del Altar Mayor y aun los retablos de los altares laterales,
tienen pinturas y estatuas de bulto policromadas sobre pasajes de los
Evangelios, temas del Testamento Antiguo o la vida de los Santos Patronos,
para llamar su atención -catequesis activa- y hacerles pensar
en cuestiones religiosas.
En una población analfabeta, cerrada al mundo exterior por la
dificultad de las comunicaciones, el sacerdote se erige como el único
intérprete de los problemas más acuciantes de la comunidad.
De esta forma, sus opiniones acerca de la medicina, los remedios caseros
para combatir la epidemia y el grado de responsabilidad de los judíos
en la propagación de la peste, como ejemplo, se convierten en
órdenes.
- Padre Hunuldo, a mi vaca algún envidioso me la tiene aojá.
La cotidiana asistencia a la Misa es, sí, práctica inexcusable
de todo buen cristiano. Se ordena que todos los vecinos, así
como los que lleguen al lugar desde fuera, "...honbres e mugeres,
mozos e mozas de catorce años arriva..." acudan a la misa,
advirtiéndoles que "...no la quebranten arando, cavando,
segando ni vendimiando, ni mosteando, ni vendiendo pan ni vino arrobado,
ni hunzan carros ni carretas, ni vayan a caza ni pesca, ni al molino;
ni los oficiales tenderos ni mercaderes usen sus oficios ni abran sus
tiendas ni vendan sus mercaderias, ni hagan otros servicios serviles
semejantes, so pena de tres reales a cada uno, e medio real al que no
oyere misa entera por la primera bez, e por la segunda doblada, e ansi
baya creciendo la pena como fuere creciendo la contumacia... y a los
que no quisieren pagar, los curas invoquen el auxilio del brazo seglar
si fuere necesario, so pena de excomunión..." Celebrábase
el Santo Sacrificio de la Misa a cualquier hora antes del mediodía
y, aun cuando por lo general oficia cada sacerdote sólo una vez
cada mañana, se permite binar canónicamente si después
de dicha la misa muriesse alguno que ouiessen de soterrar o sobreuiniesse
algún ome honrado que la quisiesse oir: assi como Rey o Obispo
o otro Perlado o algún rico ome Señor de la tierra; si
faltasen formas consagradas para viaticar a algún enfermo grave;
o si nouios con priessa quisiessen facer bodas.
La misa es una ceremonia incomprensible para la mayor parte de los fieles,
y está dotada de tan oscuros misterios que favorece la generación
de supersticiones. Johan Huizinga, en "El otoño de la Edad
Media", cita la extendida creencia según la cual nadie puede
quedarse ciego, ni sufrir un ataque de apoplejía, el día
en que haya oído misa, y eso sin contar otro efecto positivo
igualmente tentador, el de no envejecer durante el tiempo que se tarda
en oírlas. Ya en la baja Edad Media se dicen misas especiales
con las más variadas finalidades y raras devociones. Muchas de
estas misas se aplican por los difuntos. Están muy extendidas
las Misas de san Amador, que había recibido la gracia de conocer
en vida el estado en que se hallaban las almas del purgatorio y, por
tanto, era abogado para acortar su estancia en él; y las Misas
de san Gregorio, un treintanario. A él se refiere el Arcipreste
de Hita cuando, criticando los falsos sentimientos de la viuda, dice
de ella que nunca del trentanario e del duelo mucho siente.
Aunque tía Eufrasia la Castañera, una de las beatas oficiales
del lugar de los Graxos, le insiste reiteradamente en su oferta de darle
una gorrina a cambio, el párroco Hunuldo no acepta oficiar el
treintanario cerrado por su difunto marido tío Leopoldo el Tumbaollas
-estos oficios, normalmente son un encargo dictado en un testamento-,
dadas sus parroquiales obligaciones ya que el clérigo que se
hace cargo de dichas misas debe estar recluido en la iglesia durante
los treinta días. El ámbito de la reclusión se
reduce al templo y su cementerio: sin salir en todos treinta días
de la iglesia con treinta pasos alrededor. Si no tuvieren cámara
apartada, que coman en la tribuna o en otro lugar, el más convenible,
apartado et honesto que pueda ser, so pena dexcomunión. Como
la soledad del cura durante la reclusión suele dar pie a encuentros
y ocasiones peligrosas o, cuando menos, a sospechas y habladurías
entre la gente del pueblo llano, todas las sinodales prohiben de forma
taxativa que entren mujeres a servir a aquestos clérigos, a llevarles
la diaria pitanza o hacerles la cama: "E mandamos a los clérigos
que en aquel tiempo que estouieren encerrados para decir los dichos
treyntenarios que no se siruan de moça, ni de muger alguna, ni
de fijo o fija de muger sospechosa con quien ayan tenido alguna fama".
Acazio, Liberata, Eutimio y Policarpo van a misa todos los domingos
y los numerosos días que la Iglesia considera festivos. Durante
el servicio, la mayor parte de la gente permanece de pie, apoyada en
los muros laterales o de rodillas; los enfermos y los ancianos pueden
sentarse a un lado, en unos poyetes preparados al efecto. Acazio, como
de pequeño ayudó en el altar, comprende parte del latín
en que se dice la misa, pero casi ninguno de sus vecinos conoce el significado
de las ocultas palabras, por lo que dependen únicamente de la
explicación dada por el sacerdote -más o menos acertada-
en el primerizo y romancesco castellano aún adolescente.
- En el estricto monasterio benedictino de San Millán de la Cogolla,
aún destilaban tinta fresca, por la cuaderna vía, los
escritos de la pluma de un tal Gonzalo, y natural del pueblo riojano
de Berceo.
La confesión y la comunión tan sólo son válidas
si se realizan, salvo casos excepcionales, en la parroquia de cada feligrés.
Se recomienda decir los pecados a los simples seglares siempre que "en
ninguna manera clérigo non se pudiese haber e fuese grande la
premia". No hay confesionarios: sentábase el penitente,
si varón, a los pies del clérigo, y si hembra, a su lado,
non muy cerca, nin delante, de guisa que la oyga e non la vea la cara,
porque dice el profeta Abacuc que la cara de la mujer es así
como la llama que abrasa a quien la cata.
- Y como en los clérigos de inmediato prendía...
- El hombre fuego, la mujer estopa... enseguida llega el diablo y sopla.
A lo largo de todo este siglo XIV, ha aumentado considerablemente la
práctica del culto eucarístico y difundido los actos de
genuflexión ante el sagrario, mantenimiento de una lamparilla
encendida junto a él, y los ritos de elevación de la hostia
sagrada y el cáliz en el momento de la consagración son
considerados centro de la misa. Además de los domingos, la gente
va a misa en las fiestas más importantes, que también
son días en los que no se trabaja. Algunas de estas fiestas son:
Jueves y Viernes Santos, el día de San Acazio y compañeros
mártires, el día del señor San Joan Baptista del
Olmo, 24 de junio -con su procesión solemne-, el de San Pedro
y de San Pablo, el día de San Miguel o el día de Todos
los Santos. Aún así, el padre Hunuldo reconoce, y sabe
muy bien, que no ha conseguido erradicar del todo las antiquísimas
supersticiones. Las guerras y los desafíos en que se ven envueltos
desde la cuna, las hambres y las pestes, amedrentan a los hombres infundiéndoles
terror a la vida, y absurdas supersticiones y pueriles consejas hallan
fácil curso entre gentes ignorantes para quienes los más
triviales acontecimientos diarios denuncian ora la intervención
milagrosa de Dios o de sus santos, ora la artera y espeluznante mano
del espíritu maligno.
Tanto la Iglesia, como el párroco, son muy importantes en la
vida de Acazio. De pequeño aprendió los fundamentos de
la religión de boca del sacerdote y, al igual que todos sus vecinos
de Graxos, fue confirmado por el obispo don Mendo. Se casó en
la iglesia, va a misa los domingos y los días de fiesta, comulga
y se confiesa al menos una vez al año, por Pascua, y reza sus
oraciones, tal y como le han enseñado. Sus hijos fueron bautizados
allí, y él sabe que algún día lo enterrarán
en el cementerio que hay junto a la Iglesia, por la puerta de poniente.
También sabe que si infringe las leyes de la Iglesia o si blasfema,
comete sacrilegio o hace daño a un clérigo, será
castigado tanto en este mundo como en el venidero. Elegirá su
sepultura en tierra sagrada -quizás, incluso, hasta amortajado
con un áspero y penitente hábito monacal- y espera tener
sus correspondientes rezos de pío velatorio (padrenuestros, salmos
y avemarías) y unos funerales dignos y clamoreados.
Dentro de sus parroquias, los curas, so pena de sanción económica
por una parte y excomunión por otra, vienen obligados a enseñar
la doctrina cristiana todos los domingos "...al tiempo del Ofertorio
y después de comer, del siguiente modo:
- Los dos primeros meses, las quatro oraciones en romance, los Mandamientos
de la Ley de Dios y los de la Iglesia.
- Los dos meses siguientes, los artículos de la Fe, los pecados
mortales y los cinco sentidos corporales.
- Los dos meses siguientes, los Sacramentos y las obras de misericordia
espirituales y corporales.
Al terminar estos seis meses, vuelta a empezar..."
La autoridad eclesiástica advierte a los pueblos que deben aprender
la doctrina cristiana que los curas deben enseñar, y se determina
que:
a) "... los dhos curas y confesores no absuelvan a los penitentes
que no sepan las quatro oraciones (Ave María, Padrenuestro, Credo
y Salve) artículos de la Fe, Mandamientos de la Ley, Obras de
misericordia, Sacramentos de la Yglª..."
b) "... todos los feligreses estan obligados a saber la doctrina
cristiana; y al que no la supiere, hasta que la aprenda pagara cada
domingo quatro reales. Tambien en Quaresma, al ser confesados, los curas
les preguntaran las quatro oraciones y, al que no las supiere en romance,
no seran confesados hasta que las sepan, so pena de excomunion, aparte
de que seran castigados.
Del mismo modo, hasta que la doctrina cristiana no se sepa, no se permitiran
en las calles y plazas juegos, danzas ni bailes, ni tamborinos, so pena
de excomunión y tres reales..."
c) "... el cura no despose y bele a ninguna persona que no supiere
las quatro oraciones de la yglª y los articulos de la fe, y los
madamientos de la ley y los de la santa amdre yglª, las obras de
misericordia y los pecados mortales que no les tubieren confesados para
el dho efecto, so pena de un ducado por cada vez que lo contrario hizieren."
El buen padre Hunuldo (nombre descendiente de aquellos antiquísimos
invasores visigodos), hombre más espigado que reponchete y más
curtido que coloradote, sabe leer, abandonado ya el sistema memorístico
que había prevalecido entre el clero analfabeto durante siglos,
predominante incluso a través de la Edad Media. Explica el simbolismo
de la misa a la congregación de sus feligreses, los santos evangelios,
vidas de santos y demás servicios religiosos en un castellano
aún adolescente y les enseña las oraciones más
importantes, tanto en el romancesco castellano neonato como en el latín
más vulgar y que él tampoco domina. Ellos las aprenden
de memoria, y el párroco les explica qué es lo que quieren
decir dichas palabras en términos generales. Así es cómo
la gente normal de la aldehuela de los Graxos se aprende el Padrenuestro,
el Avemaría y el Dogma, los Diez Mandamientos y el Credo, los
siete pecados capitales y sus virtudes correspondientes, y las creencias
básicas de su fe. En realidad, como apuntábamos más
arriba, hay muy pocos que sepan leer, y desde luego ninguno puede permitirse
comprar manuscritos, por lo que todo tienen que aprenderlo de forma
oral. Muchos domingos, el padre Hunuldo, en vez de dar un sermón
normal, lo que hace es contarles a sus feligreses un pasaje sencillito
de los Evangelios y luego explicárselo a su manera, algo simple
-y a veces no muy coincidente con la auténtica ortodoxia-, para
que se familiaricen con la vida de Christo y con sus parábolas.
El buen párroco tiene tantas lagunas y carencias de estudios
como sobrantes sus paneras en grandeza de alma y buenas acciones. A
la inmensa mayoría de los sacerdotes rurales de la época
-casi todos con su barragana- y carentes de una mínima instrucción
eclesiástica, se les puede aplicar, con respeto pero sin exageración
ninguna, el refrán que corre por los pueblos de entonces: Los
curas de las aldehuelas, más saben de pepinos que de letras.
Pero explican sus teologías de forma casi familiar, mucho más
sencilla y asequible a sus analfabetos feligreses y que de otra manera
más académicamente exacta no les entenderían. Y
así les comentaba el padre Hunuldo a nuestros antepasados, por
ejemplo, el pecado original:
"Vos comistes la manzana,
Adán y su compañera,
vos gustastes la manzana,
y otros tienen la dentera". (DÍAZ DE MONTOYA, fol. 2)
Los días que siente llegarle la inspiración del Verbo,
se transfigura y ni él mismo se reconoce en las prédicas
con que les regala los oídos a sus extasiados feligreses. Explicándoles
la soberbia de los ricos, ya me parece que le oigo decir poniendo el
discurso de esta guisa en boca ricachona:
"Vós, como pobre, sois el que os habéis de morir
y padecer aquesas desventuras; que yo soy rico, valido, valiente, discreto
y generoso. Tengo buena casa, duermo en buena cama, como lo que quiero,
huelgo según se me antoja; y donde no hay trabajos, no hay enfermedad
ni llega la vejez.
¡Ah loco, loco! Pues a fe que Sansón, David, Salomón
y Lázaro eran mejores, más discretos, valientes, galanes
y ricos que tú y se murieron, que llegó su día.
Y de Adán a ti han pasado muchos y ninguno dellos ha quedado
en el siglo vivo.
Y el mejor, cuando muy bueno, es un poco de polvo. Escojan de qué
polvo quieren ser, si de tierra o de ceniza, porque no hay otro".
(MATEO, Alemán: Guzmán de Alfarache)
Sobre los coros angélicos, y sus distintos símbolos,
prefiere pasar de puntillas pues él mismo no se aclara aún
lo suficiente a tal respecto. Tiene anotado en una vieja tablilla, que
para pergaminos la parroquia es chica:
"Los siete ángeles de la jerarquía cristiana que
permanecen de pie en presencia de Dios, son: San Miguel, a veces completamente
armado, sostiene una espada y una balanza, como Ángel del Juicio;
también una vara con una cruz. San Rafael sujeta un pez, un bordón
de peregrino y una calabaza; San Gabriel lleva un lirio; Uriel un rollo
de pergamino y un libro, como intérprete de profecías;
Samuel una copa y un bastón; Sofiel una espada en llamas y Zadaquiel
el cuchillo que quitó a Abraham en el sacrificio de su hijo".
La memoria, a veces, le juega malas pasadas y le bailan los nombres
y los símbolos sin encajarle muy bien los unos con los otros.
En cambio, como pilar básico de su doctrina, les repite una y
otra vez a sus feligreses:
"Estos son los mandamientos de la ley de Dios:
Devemos saber que los mandamientos de la ley de Dios son diez. Et deseos
diez, los tres de la primera tabla pertenesçen al amor de Dios
et los otros siete pertenesçen al amor que deve aver todo omne,
a su christiano.
El primero mandamiento es que el omne aya et onrre un solo Dios et non
muchos; contra este mandamiento fazen todos los encantadores et adevinos
et sorteros et agoreros et los que paran mientes en los suennos.
El segundo mandamiento es no jurarás en vano; et contra este
mandamiento fazen los que juran falsidat o sin menester.
El terçero mandamiento es que el omne guarde et onrre las fiestas
de los domingos et las otras fiestas que son establesçidas solepnnemientre
por la Eglesia, para que sean guardadas; et contra este mandamiento
fazen los que labran et trabajan en las fiestas en sus menesteres o
en tierras o en posesiones o fazen mercado o los que non oyen mysa non
aviendo escusación legítima a los menos el día
del domingo.
El quarto mandamiento es que devemos onrrar a nuestros padres et a nuestras
madres carnales et a nuestros padres et a nuestras madres spirituales,
así commo a nuestros padrinos et a nuestras madrinas et aquellos
que han en cura de nuestras ánimas, que son nuestros padres spirituales;
et fazen contra este mandamiento los que maldizen et denuestan a sus
padres et a sus madres o non les dan lo que han menester; nin los acorren
de lo suyo quando están menesterosos.
El quinto mandamiento es que non deve omne matar a alguno; contra este
mandamiento fazen los que matan alguno de fecho o son en consejo o dan
ajuda para que lo maten o que procuran que muevan las mugieres.
El sesto mandamiento es quel omne non faga fornicaçión;
contra este mandamiento fazen cualquier que ha ajuntamiento desonesto
a otra muger, si non a la suya con que es casado o la muger a otro omne,
sin non a su marido.
[Recordemos en este sexto mandamiento cómo entre los católicos
de la Edad Media estaban vedadas todas las relaciones sexuales durante
los días festivos y sus vísperas, también en sus
octavas, los viernes y durante toda la Cuaresma completa: quedaban,
"ad libitum", unos insuficientes restos de 24 días
al año. ¡Si se llegó a considerar que se rompía
el ayuno de la Cuaresma si se veían los contornos de una mujer!
Para un mayor cúmulo de desgracias y cuitas, ítem más,
solían coincidir las propicias ocasiones conyugales con el denominado
buen tiempo atmosférico agrario quien, a su vez, representaba
para el sufrido agricultor la temporalidad de un mayor esfuerzo laboral
en el campo -más allá del sol a sol a diario en la besana-
y un máximo desgaste de energías físicas, otrosí
pues, las devastadoras hambrunas del siglo XIV no se limitaron sólo
al pan nuestro de cada día... Si a tantas facilidades para un
mejor desahogo del personal campesino, les unimos los obligados meses
temporeros de la trashumancia..., aquellas innumerables noches malvividas
en los chozos solitarios vigilando los rebaños de estúpidas
ovejas..., los días, las semanas y aun los meses pasados fuera
del pueblo por unos quehaceres forzosos e ineludibles mandados por el
señor feudal como tributo en forma de trabajo... en la inmensa
mayoría de los villorrios, aldeas y villas rurales del medioevo
europeo ¡existían más astas en ellas que en todas
las dehesas boyales de los Concejos puestas en fila!
Cuernos os he criado
con aspas tales,
tan largas y tan grandes
como varales.
Venistes vos, marido,
de Sevilla,
cuernos os han nacido
de maravilla:
no hay ciervo en esta villa
de cuernos tales,
que no caben en casa
ni en los corrales. (Cancionero musical de Palacio)]
El sétimo mandamiento es non furtarás; contra este mandamiento
fazen todos los ladrones que furtan et los usureros et los robadores
et todos los que venden o compran engannosamientre et los que retienen
las primiçias et los diezmos et las debdas que deven contra voluntad
de sus duennos.
El ochavo mandamiento es non dirás falso testimonio; contra este
mandamiento fazen todos los que en faman a otros et non dan testimonio
de verdat quando es menester o dizen la mentira.
El nono mandamiento es non cobdiçiarás la muger agena;
contra este mandamiento fazen los que catan las mugeres agenas et las
cobdiçian et las que se afeytan et las que se demuestran por
que las cobdiçien los omnes.
El dezeno mandamiento es non cobdiçiarás las cosas de
tu vezino; contra este mandamiento fazen los que engannan o traen a
otros con malas arterías por que les den o les vendan las sus
cosas". (Catecismo del obispo Don Gutierre.)
Ahora bien, la oración más extendida por nuestro supersticioso
Graxos, la más tradicional, la que noche tras noche se reza de
techadas pajas abajo en las chozas más humildes es la siguiente:
Alma mía, morirás;
de este mundo, al otro, irás;
pasarás por el valle de Josafat;
con el maligno enemigo te encontrarás,
y le dirás: ¡Apártate!, maligno enemigo,
que tú no tienes parte conmigo,
que, el día de Ntra. Sra. de Marzo,
cien avemarías recé, cien veces me santigüé
y cien veces dije: ¡Jesús, María y José!
La superstición gobierna la vida mental de las gentes bajomedievales,
de todas las gentes, sin distinción de clases. Claro que creen
en demonios, y en brujas, y en espíritus malhechores de la tierra,
porque el sesgo del mal es enorme y cabe de todo en él. Todo
eso no son más que plagas dañinas y, como tales ropajes
satánicos, la Iglesia tiene que eliminarlas. La superstición
es hija y, a su vez, fomenta y desarrolla la ignorancia. Los bufones
se ponen a cantar crípticas y herméticas canciones a la
entrada del castillo, para que después las palabras del Señor
sonaran claras y convincentes a los oídos de todos sus súbditos.
Algo parecido se hace en las iglesias, son ofrecidas en oscuro latín
las partes dogmáticas referidas a la religión y, las arengas,
en el incipiente castellano vulgar para que, cada individuo, aun el
más inculto de todos, cumpliese con su cometido irrenunciable
y previamente establecido por la sabia providencia divina desde su mismo
nacimiento. Pues se trata de una sociedad sumamente estructurada, sin
tales estructuras no se sostienen las jerarquías, del mismo modo
que, sin la religión, no hay forma de hacer ver la necesidad
de los reyes absolutos.
- Y quien ose razonar por su propia cuenta... ¡hereje, y a la
hoguera!
La vida la ha diseñado Dios, y Él escoge a los más
apropiados para regir
sobre el resto. Esto es algo que está asumido, que nadie duda.
Lo bueno y lo malo se designan en función de lo que la moral
religiosa señala como tal. Lo "malo" ha de ser destruido.
Pero en lo cotidiano no están estas cosas, en lo cotidiano existe
el castigo del trabajo, del tipo que sea; comida escasa, en malas condiciones
e insípida, pues la sal es un bien preciado y caro; y un jergón
piojoso al finalizar la jornada de trabajo. Hay días especiales,
como los domingos, que se pasan casi por entero en la iglesia, los santos
del día que en la comunidad se veneran, las festividades eclesiásticas
oficiales, la Navidad, la Pascua... Son 126 los días ya preestablecidos
de fiestas, sean éstas religiosas o no. Aquellas celebraciones
que previamente constituyen fiestas paganas, fueron sabiamente convertidas
al catolicismo por la Iglesia: el 1º de Mayo; el 21 de junio, el
Solsticio de Verano; San Crispín, el día 25 de octubre;
San Miguel, el 29 de septiembre; o San Valentín, el 14 de febrero.
La noche de San Juan, o la noche de las ánimas de los difuntos,
el 31 de octubre, son claros ejemplos de aquello que empezó como
simple fiesta y celebración pagana, y terminó recogiéndose
en el calendario eclesiástico: 1 al 2 de noviembre.
En la propia Castilla, modelo de países tranquilos bajo el férreo
puño del Emperador, veíanse de noche exercitos de espíritus
en figura humana, representándose los muertos a sus parientes
y amigos, que quedaban asombrados y no se atrevían aun a estar
en sus propias casas a solas. (Sandoval, cap. XXVIII)
La brujería ha tenido largo arraigo en la serranía abulense
desde los tiempos más remotos: quizás desde los mismos
vetones. Ello se debe a la supervivencia de cultos y ritos paganos,
a la ignorancia y a la miseria física y moral de unas poblaciones
abandonadas casi por completo a sí mismas: los médicos
están en los centros urbanos y a sus servicios sólo acuden
los ricos y poderosos; los curas rurales, en la inmensa mayoría
de los casos -¡pobre padre Hunuldo que con su escasa preparación
hace milagros!- son casi tan ignorantes como los mismos fieles, y no
es extraño oírles recomendar que la noche de Todos los
Santos ningún hombre o mujer debe permanecer al raso sin necesidad.
Explicaciones tan peregrinas como esta dada por Castañeda ante
la pregunta de cuál es la razón por la que los moros no
comen tocino, ni tampoco lo tomen los judíos, es una buena muestra
de la preparación exegética de la época, y más
en los ambientes rurales: Como Dios echase de ver que cuando levantaron
por ídolo los judíos una ternera la habían reverenciado
como si fuera su dios, sabía cuánto mejor era un torrezno
que diez terneras, y que si les dejaba comer tocino, pensarían
que no había otro dios en el mundo sino el tocino; y ansí,
se lo quitó de las garras. Además, podemos añadir
aquellas creencias que, desde los tiempos más remotos e inmemoriales,
hemos tenido los seres humanos en los astros, nacidos con, o sin estrella
(desastrado era el hombre que, en su nacimiento, no tuvo estrella bien
puesta que le favoreciese), y en muy diversos entes mitológicos:
hadas, duendecillos, sílfides, gnomos o trasgos, como fuerzas
vivas, si bien ocultas, de la naturaleza y que tan sólo durante
la propicia y misteriosa noche de San Juan de junio, en el solsticio
de verano, se dignan tener un detalle y darse a conocer a los míseros
humanos.
Entre las prácticas mágicas propias del día de
San Juan de junio, que es el Patrón Principal de nuestro lugar
de los Graxos, no lo olvidemos, se haya incluso también el ritual
mágico de "El Paso", con el que se pretendía
conseguir la extraordinaria curación de hernia de los niños
pequeñitos que nacían quebrados. Cuando a tía Thadea,
conocida por la Renca, la mujer del tío Eustaquio, alias el Malasyerbas,
le nació Silvina, una niña guapa como un amanecer de mayo,
le ayudó en el parto tía Canuta la Cacerola, la vecina
que tenía más a mano, y también la más entendida
y preparada comadrona de entre todas las mujeres del villorrio. Enseguida
le notó el defecto a la criatura y se lo advirtió a la
madre:
- Thadea, la tu niña Silvina, ¡velaíla!, más
linda que una pajarita de las nieves, que pa mí me creo que te
ha nacido herniá. Mira que no se entere el padre Hunuldo, pero
tendríamos que someterla pronto al rito de El Paso. El guindo
de Los Chiones, que ahora está cubierto de brotes, nos servirá.
- ¡Ay!, Canuta, avísame tú, mujer, a María
la Aleluyas y al Juanucho el Vertedera para que me estén listos
pa la madrugá del Patrón. Los dos ya lo han hecho otras
veces y te saben guardar el secreto.
- ¡Ahora mismo te los aviso!
El rito consistía en pasar al niño o la niña que
estaban quebrados por entre las ramas de un árbol concreto, y
elegido -quizás un guindo- mientras se pronuncian unas palabras
consagradas por el uso. El rito tenía lugar con las primeras
luces del alba y se iniciaba con la señal de la cruz (expresión
de la voluntad de cristianización de una práctica de dudoso
origen pagano) hecha por los dos celebrantes, estando éstos de
rodillas. Acto seguido se producía El Paso propiamente dicho,
operación que habían de realizarla un hombre y una mujer
-llamados Juan y María- y vestidos, a ser posible, con el traje
típico serrano. Mientras ambos se pasaban el niño al amanecer
de San Juan de junio, estando bajo un guindo, iban pronunciando la frase
ritual: "Por la gracia de Dios y de María, toma este niño,
María", decía él entregándola el niño;
a lo que ella respondía haciéndole devolución del
mismo: "Por la gracia de Dios y de San Juan, toma este niño,
Juan". Este paso, y en su doble dirección, se repetía
tres veces seguidas -número al que se le concedía un indudable
valor sagrado durante esa madrugada- pronunciando siempre, y muy solemnemente,
las palabras rituales. Toda la operación se repetía con
cuantos niños fuesen presentados.
El rito concluía quebrando una pequeña rama del guindo,
la que no había de llegar a desgajarse del todo, gesto éste
al que se atribuía un poder infalible: si la rama quebrada soldaba
era segura la curación del muchacho, cosa que no podía
asegurarse en caso de secarse. Si la rama no soldaba, al año
siguiente había que repetir la misma ceremonia y, otra vez, un
año más tarde si fuera necesario. Como norma general,
la tercera vez se consideraba definitiva. Sólo se podía
hacer el día de San Juan, porque sólo ese día hay
virtud en toda la naturaleza: agua, viento, plantas, tierra...
Anda, niño, anda,
que Dios te lo manda,
y la Virgen María,
que andes aína. (GONZÁLEZ DE ESLAVA, pág. 272a)
Se creía que al amanecer del día de San Juan las aguas
de las fuentes, neveros, regatos y riachuelos estaban dotadas -por unos
momentos mágicos desconocidos- de unos poderes especiales para
curar ciertas enfermedades y proteger a las personas, animales o incluso
bienes materiales rociados con ellas, por lo que se guardaban en las
casas como un bien preciado. El agua caída sobre la tierra en
forma de rocío que empapaba los campos aquella mañana,
cuando la Luna aún no se ha ocultado y el Sol empieza a salir,
curaba todos los males, de forma que se paseaba a los animales por las
tierras y las personas desnudas se revolcaban por los húmedos
eriales para quedar protegidas a lo largo de todo el año siguiente.
Tía Canuta Cacerola, en persona, pasó repetidas veces
el cuerpecito de la niña Silvina, con toda suavidad, sobre la
fresca hierba de un prajón cercano...
- ¿Y la pequeña Silvina sanó?
- Coja sigue, que va para dos años. A ver si en éste que
pinta bueno...
- A ver.
Nuestro viejo Canto de La Mora, sin ir más lejos ni apuntar más
alto, es un ejemplo singular y válido como asentamiento de una
náyade y "misterioso espíritu mágico de las
aguas". Por estas comarcas de la vieja Castilla, y aún por
León, se denominan Moras a las hadas de las aguas que suelen
habitar en los ríos, manantiales, en fuentes o en cuevas cercanas
a las corrientes, y cuyo canto se confunde con el rumor cristalino de
las aguas. Espíritus con ojos rasgados, abismales y risueños,
de engañoso y profundo color verde esmeralda, que lavan su blanca
ropa en la mágica madrugada del solsticio de San Juan de junio;
que seducen a los seres humanos con sus melódicas canciones suaves
como los susurros del agua; les encantan con su aspecto hechicero de
hermosísimas mujeres; embrujan con sus fascinantes y hondas miradas
extremadamente seductoras, y enamoran al hombre con estudiado gesto
atrayente al peinarse los sedosos cabellos dorados con peinecitos de
plata...La misma Iglesia prevenía contra ciertas mujeres -mujer
= tentación = pecado- en las que se encarnaba el demonio, y que
chupaban el alma de los hombres mientras éstos yacían.
¡Ah!, y en el interior de los píos y recatados templos
cristianos, los hombres en formación de revista al lado del evangelio
y las mujeres, en decente actitud, al otro lado, el de la epístola.
- ¿Y el pasillo, miçer Escribano?
- De cortafuegos, mis comadres; de cortafuegos.
Con no disimulado temor se afirma por los campos, valles y sierras que
el séptimo hijo de un matrimonio -aunque esta unión básica
sea cristiana-, si es alumbrado con luna llena, el muchacho se convertirá
inexorablemente en un diabólico e irredento hombre lobo. Se buscan
explicaciones esotéricas a todas las desgracias individuales
o colectivas que tanto abundan por aquel entonces: las enfermedades,
las muertes repentinas, las calamidades, las epidemias, etc. Todo ello
se achaca fácilmente a influencias maléficas, al poder
que los demonios confieren a las personas que han pactado con él.
Las crueles guerras continuas, las crisis provocadas por el alza constante
de los precios, el hambre, todo esto les causa terror y angustia. En
Graxos se tiene sumo recelo, y aún miedo, a todo y a todos cuantos
asoman por el Alto de Navacuerro o del Portacho, bien procedentes del
Valle de Amblés o de las llanadas de La Moraña. Es una
especie de histérico terror colectivo que se apoderó de
las crédulas gentes de ambas Castillas y de León, y que
llevó a los zotes campesinos hasta unos extremos de crisis insospechados
hasta entonces. Los salteadores, proscritos y ladrones dominan amenazantes
en las carreteras solitarias y, cuando un Rey ordena que se quiten los
árboles y los arbustos a una distancia no menor de tiro de arco
a cada lado de las calzadas reales, es que tiene buenas razones para
ello...
- Y de horca casi todas ellas...
La crítica popular anticlericalista incide especialmente en los
aspectos eróticos y económicos. Pero conviene destacar
que el pueblo llano es más tolerante con el cura que con el fraile,
pues al fin y al cabo comparte su vida con él, e interviene frecuentemente
en su propia existencia: bodas, bautizos, entierros, festejos... De
cualquier manera, cuán distante del padre Hunuldo los burlescos
refranes que corren entre los habitantes de los pueblos por estas oscurantistas
épocas medievales: ¡Cada amén que el cura dice,
le vale un par de perdices!; ¡En casa de cura, siempre hay hartura!;
¡Quien tiene un cura en su casa, hambre no pasa! El párroco
de nuestro minúsculo grupo de chozas puede no saber mucho de
teologías, de facultades salmantinas o de ciencias, ni siquiera
las sagradas, que las ignora casi todas, pero lo suple con un corazón
tan grande que la pequeña iglesita del lugar de los Graxos, -cuarenta
varas de fondo, por veinte de ancho, y dieciocho hasta lo alto de la
cresta del orgulloso gallo de la veleta- rematada con su minúscula
espadaña y todo, se le queda harto pequeña.
El padre Hunuldo cree a pies juntillas que el buen Dios le habla por
medio de señales: quizás sea a través de una simple
hoja que cae fuera de tiempo en el verano, el gañido de una bestia
agonizante o el rielar del agua en calma producido por el viento; tal
vez en el humo que flota a ras de tierra, un claro entre las nubes o
el alto vuelo de un pájaro...
- Él está en todos los sitios, y debemos estar atentos
para oír su voz y conocerle. Él nos habla a través
de la luna, el sol, las flores, las piedras, los pájaros y el
viento, el alba y el ocaso...
Los fieles lo saben, y las palabras de su párroco, aunque no
las diga en la misa, tienen para ellos un valor tan sagrado como todas
las encíclicas de los Papas romanos puestas en fila, o los discursos
de los druidas celtas bajo los añosos robles de ocultas fuerzas.
Aun así y todo, nuestros antepasados siguen aferrados a sus antiquísimas
creencias vividas y mamadas desde la cuna, y de toda la vida: una pócima
de orines de moro o negro no cristiano, el agua de lavarse los pies
una negra, zumo de limones, tierra de sepultura, el azogue y sal, sirve
para que un hombre odie a la mujer de la cual está enamorado,
siempre que con aqueste líquido se rocíe la casa de la
amada; el escuerzo molido en caldo o en vino sirve para que la víctima
se muera secándosele la sustancia; un sapo atravesado por una
aguja, con un trozo de pan en la boca, colocado en la casa del hombre
que acaba de abandonar a una mujer, le produce la muerte en pocas semanas;
una araña triturada, mezclada con la ensalada, mata en tres días;
los alfileres clavados en una figurilla de cera producen dolores intensísimos
en la víctima: si se punza en el corazón la muerte es
inevitable... Nuestros graxenses antepasados, se cubren las sangrantes
heridas, las propias y las de sus hijos, con las telas de araña
de la cuadra; contra el dolor del lumbago utilizan el estiércol
de las golondrinas, del perro, del niño o del lobo fiero... Que
estas cosas, algún tanto desecadas, sobre una teja, sean sopladas
en la boca o sean cocidas con hidromiel y hagan gargarismo. Tomen una
víbora y la ahorquen con un hilo y cerquen con él el cuello,
que mucho aprovecha. Una araña metida en un saco para así
mejor sanar las convulsiones; despellejar un gato y la piel aún
caliente, aplicarla al abdomen para curar las apendicitis; la telaraña
para curar las hemorragias; matar una gallina, ponerla bajo un altar
y, terminada la misa que en el mismo se diga, darla a comer al atacado
de fiebres; siete escarabajos hervidos y dados a comer al enfermo para
curar la pulmonía...
- ¿Y tía Canuta la Morteros, tan ejemplar sanadora y curandera?
- ¡Bah!, a tía Canuta recurrimos sólo para casos
más importantes... No la vamos a distraer de sus profundas cábalas,
¡velaila!, con minucias de tan poco fueste y monta como fácilmente
podrá entender su merced... ¡Así lo hacían
nuestros padres, hicieron nuestros abuelos, así lo hacemos nosotros
también, y esperamos en el Señor que lo continúen
haciendo nuestros hijos!
- ¡Amén, paisanos!; y... ¡que sirva de salud!
- ¡De salud sirva!
Todos los habitantes del lugar de los Graxos ayudan al padre Hunuldo
a limpiar y reparar la iglesita, porque cuando el obispo viene de Santa
Visita, cosa que hace cada varios años, no viene sólo
a vigilar si la gente está bien educada y sabe rezar sus oraciones,
sino también a asegurarse de que la pequeña Iglesia está
en buen estado. El buen párroco Hunuldo, hora es ya de decirlo,
había nacido por las tierras cerealistas del salmantino Diego
del Carpio, cabe las limpias aguas del río Agudín, está
acostumbrado a superar escaseces y privaviones desde su infancia, no
le hace remilgos a ninguna de sus obligaciones pastorales, por más
exigentes que éstas se le presenten, ni al cuidado y decoro necesarios
de su minúscula Iglesia. No tiene sacristán, y él
mismo se encarga de que las lámparas, dos, estén llenas
de aceite; de que las túnicas, vestiduras y sabanillas del altar
estén limpias y arregladas, y de que se repare el frágil
techado a dos aguas. Asimismo, es muy limpio en las necesidades de su
ministerio: todos los sábados quita las telarañas que
hubiere colgadas por la techumbre, imágenes y rincones del templo;
encala las paredes, limpia los retablos y altares con un pañito
de cabritilla, allana las tumbas de los difuntos enterrados en el templo
y barre el húmedo suelo de la Iglesia todas las vísperas
de fiesta mayor que hay en el año. Periódicamente, apelmaza
cuidadoso la tierra de los enterramientos para así evitar las
fisuras y aquellos desagradables efluvios capaces de quitarle a cualquiera
de sus feligreses la pía devoción. Cada día, y
a hora competente, ha de tocar a misa y a Vísperas conforme la
festividad; y ha de dar las oraciones todos los días al anochecer;
y las avemarías, también todos los días del año,
al salir del sol; y todas las fiestas de primera y segunda clase ha
de tocar a Maitines antes del amanecer, y la víspera de Navidad
ha de hacerlo a medianoche. Y todas las jornadas, a la hora del mediodía,
desde el primero de mayo hasta el día de la Asunción de
Nuestra Señora la Virgen Santa María de Agosto, ha de
tocar las campanas a "buen tiempo". Y, así mismo, ha
de tocar a "ñublado" desde el primer día de
mayo hasta que los frutos del campo se metan en las seguras trojes de
las casas, y esto a todas horas y cuando sea menester, que bien pudiera
suceder, para una mayor desgracia del campesinado, que los malos ñublados
no les permitieran trillar y el cereal se nazca en las eras.
En el Libro de Castromonte, f. 24 A.G.D.V. se lee lo siguiente:
"A la alva es costumbre taner quando enpieça a reir el alva
en todos los domingos y fiestas de guardar dando un Repicon con solas
las campanas y desde el primer día de maio hasta el de S. Miguel
de septiembre se tañe cada día en esta forma que en los
domingos y fiestas de guardar se da primero el dicho Repicon y luego
se tañe otro a buen tiempo con la diferencia que es costumbre
y entre semana solo se tañe cada día el Repicon a buen
tiempo y el mismo se da cada dia en dando las doce a medio dia todo
el dicho tiempo que se tañe a buen tiempo. Esto es lo ordinario
a lo cual se añade el tañerse a buen tiempo todas las
beces que el tiempo anduviere Revuelto con algunas malas nubes, truenos
y Relámpagos de que se pueda temer alguna tempestad de graniço
o piedra. Lo cual se haçe por dos raçones, La primera
porque naturalmente las nubes se abren, deshacen y desbaratan con las
voces y ruidos de las campanas. Y aun de esta qualquiera cosa cuya voz
y ruido alcance a las mismas nubes. La otra porque como algunas veces
permite el Señor, por su justo juicio, las tempestades y calamidades
del graniço, piedra y niebla a veces en unas partes a veces en
otras. Y es opinión de que las tales nubes y tempestades las
mueven los angeles mals que andan en la región del aire por permission
del Señor como dicho es. Y entre las bendiciones que la iglesia
tiene para consagrar o bendecir a las campanas quando se funden y se
hacen de nuevo, una es que en el nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo, aquella campana tenga tal virtud que con su voz ahuyente las
nubes malas y las tempestades y a los angeles malos y demonios que las
pueden mover como dicho es.
Los graxenses acuden a su pequeña Iglesia a buscar ayuda para
todo tipo de problemas. El Párroco visita a los pobres y a los
enfermos y, cuando falta el sangrador, también actúa como
médico de urgencia, ya que tiene algunos conocimientos básicos
de rural medicina casera. Algunas de sus feligresas realizan ciertos
extraños brebajes medicinales con las hierbas del campo -no la
tía Canuta que es una mujer de mucho fiar-, pero para él
estos bebedizos se parecen más a las vulgares tisanas que a los
encantamientos y a las brujerías. No obstante, el alimentar y
mantener a tantos enfermos a veces llega a ser un auténtico problema.
El pueblo es muy pequeño -cuatro chocitas- y todos se conocen
entre sí; la mayor parte de ellos son parientes más o
menos cercanos, por lo que siempre hay alguien que se encarga de cuidar
a los enfermos pero, muchas veces, la gente es demasiado pobre para
ofrecer ayuda material suficiente, por mucho que lo desee. También
hay viudas y huérfanos que no tienen apenas tierras ni dinero,
y que necesitan ayuda. Normalmente, el padre Hunuldo les proporciona
ropa y alimentos de su propio almacén de granos (panera), o lleva
a cabo alguna colecta en especie para ellos. Como párroco no
recibe ninguna retribución, pero sí se queda con la cuarta
parte de los menudos (diezmo de los frutos menores, como son las hortalizas,
frutas, miel, queso, cera y otras semejantes, que se arrendaban, y se
recaudaban con el nombre de renta de menudos), y como disfruta del producto
de una parte del patrimonio de la iglesia rural, con más carencias
que desahogos, se vienen arreglando. La percepción del diezmo
obligado -10%- también la efectúa él mismo. El
diezmo, pecho que consiste en entregar la décima parte de todo
lo que se obtiene o gana con el honrado trabajo, se distingue por su
carácter de índole general: todas las tierras, casi todos
los productos y también el ganado debe contribuir a pagarlo;
hasta los propios judíos están adscritos al pago del diezmo,
si tienen una propiedad de cualquier tipo que ésta sea dentro
de la demarcación parroquial. También los artesanos tienen
que dar a la iglesia la décima parte de todo lo que fabrican:
"Et esttos diezmos quiso nostro sennor pora las eglesias cuemo
pora las cruzes, pora calzes, pora vestimentas et pora sustentamientos
de los obispos que predican la fe et pora los otros clérigos
por quien son dados los sagramientos de la christiandad et otrosí
pora los pobres en tiempo de fambre, et pora servicio de los reyes a
pro de sí et de su tierra quando mester es" "...por
ent mandamos et establecemos por siempre que todos los omnes de nostro
regno que den su diezmo a nostro sennor complidamientre de pan et de
vino, et de ganados et de todas las otras cosas que se deven dar derechamientre
segunt manda sancta eglesia. Et porque fallamos que en dar estos diezmos
se fazíen muchos engannos defendemos firmemientre daquí
adelant que ninguno non sea osado de coger nin de medir so montón
de panes que toviere fecho limpio en la era si non desta guisa: que
sea primeramientre tannida la campana tres vezes a que vengan los terceros
o aquellos que los deven recabdar defendemos que non sean menazados
de ninguno ni corridos ni feridos por demandar so derecho; et non lo
coian de noche ni a furto mas paladinamientre et a vista de todos.
XXIII días andados del mes de octubre en era de mill e dozientos
et novaenta et tres annos".
(Carta de Alfonso X, el rey Sabio, a las villas y las aldeas del obispado
de Zamora.)
Referente al diezmo, el padre Hunuldo posee un registro nominativo en
el que le obligan a constatar por escrito lo que se debe entregar por
cada vecino, siervo o no, ya sea en moneda o bien en especie, y en qué
época del año. Aquellos que se retrasan deben ser advertidos;
si no hacen caso, tienen que ser sancionados y si, aun así y
todo, caen en reincidencia, los debe excomulgar. Pero... ¡cuántas
veces no habrá hecho la vista gorda el buen párroco, a
su carboncillo se le quebraría la débil punta, no encontraría
pluma de ave de su agrado y hasta se le habrá olvidado el anotar
el cargo...!
Como ya vimos anteriormente, también Liberata suele visitar
a este tipo de personas más necesitadas para llevarles algo de
comida que aliviase sus carencias más perentorias; y cómo
Acazio y su hermano, reiteradas veces, les ayudan, por ejemplo, cortándoles
la leña en el monte y llevándosela a sus casas. Incluso
en la muerte de un convecino, antes de darle sepultura dentro de la
iglesia al cuerpo del difunto, se encargaban de echarle la cera en los
ojos para que éstos les quedasen bien cerrados, y de taponarle
con estopa los orificios naturales al cadáver, cerrándole
así al alma todos los caminos posibles por si se le antojaba
volver al cuerpo. No se admitían plañideras que participasen
con sus llantos y lamentaciones en los enterramientos. Al difunto se
le llevaba a hombros hasta la iglesia no dentro de una caja, sino sobre
unas sencillas parihuelas. En este siglo XIV aún se enterraba
dentro de la iglesia, en una tumba excavada en el suelo y cubierta con
tierra, lo que conllevaba la irregularidad de la tierra que servía
de santo suelo en el templo parroquial. Ni siquiera se colocaba sobre
ellas una simple laja de piedra. La cruz, en estas circunstancias, no
se ponía sobre ninguna tumba por estar ya éstas cobijadas
bajo sagrado y en tierra santa. El padre Hunuldo también ayuda
a sus feligreses "liberados" con los problemas que puedan
surgirles acerca del arrendamiento de las tierras (la mayor parte de
ellos sólo conocen de cuentas aquella de la vieja y la del trillo:
en cada agujero su piedra), de las rentas producidas por las tierras
o de las cartas y los documentos que, vía Manjabálago,
hubiera que escribir al mismísimo don Nuño de Guzmán,
Señor de Cespedosa y La puente del Congosto, (solicitando permiso
para casarse, por ejemplo), ya que la inmensa mayoría de nuestros
antepasados no es libre ni sabe hacerlo. Ni tan siquiera saben deletrearlo
y, menos aún, escribir su nombre y, en su lugar, dibujan una
cruz. Sí, en el año de 1328 las Cortes de Medina les habían
vetado a todos los clérigos el ejercer como abogados y escribanos,
mayormente de los ignorantes campesinos, pero, ¿quién
se lo iba a hacer, si no, a nuestros incultos paisanos? Llegado el momento,
y si preciso fuera, ya hablaría él con las pesqueridoras
justicias de los distintos lugares, concejos, aldeas o villas...
- Ya no quedan curas como aquellos, ¿verdad usted?
- Sí que eran curiosos, sí... Y, a veces, ¡hasta
admirables! Tenían sus barraganaso queridas, sí; comían
placenteramente de la olla de tres vuelcos cuando podían, también;
bebían con sed de caminante, por descontado; conocían
pocos latines, claro es; pero igualmente reconocían como propias
las flaquezas, miserias y debilidades humanas -aun aquellas más
abyectas y groseras-, procuraban pasar desapercibidos ante las exigencias
del Obispo, al igual que la mayoría de sus necesitados feligreses
trataban de escabullirse como buenamente pudieran de los impredecibles
caprichos del Señor de horca y cuchillo, el Amo de Cespedosa
y La Puente del Congosto, don Nuño de Guzmán..., y comprendían
y perdonaban, sin mayores penitencias, las humanas flagilidades de sus
conciudadanos porque sabían perfectamente de qué barro
tan deleznable estaban hechos.
- En su memoria, amigo mío, ¡quitémonos los sombreros,
y brindemos!
- ¡Brindemos! ¡Que Dios les tenga en su gloria en lo alto
de los cielos!
APÉNDICE
Bien, paciente lector y amigo, henos aquí llegados hasta el
final de este mínimo escarceo histórico, sólo divulgativo,
y aún no te duele la cabeza. La señal es propicia, que
diría nuestro paisano Acazio. Sí, ya comprendo que, de
momento, tan sólo has ojeado las fotografías, pero algo
es para empezar. Quizás un fasto día, cuando no televisen
a tu equipo favorito en uno de sus innumerables partidos del siglo y
no sepas realmente en qué entretenerte, te sugiero que te asomes
a esta pequeña saetera que se entreabre a tu sana curiosidad
por conocer, y hasta te permite hurgar una meaja con el siempre inquietante
badil de los saberes sobre el ceniciento rescoldo de nuestros antepasados.
¡Anímate, hombre! Echa medio cuerpo fuera... ¡y no
te importe si te caes rodando y sorprendido paisaje adentro, que ancha
es la espalda de Castilla para mejor imaginártela como buenamente
desees!
Tal vez, pero sólo tal vez, y con mucha suerte, aún llegues
a tiempo de contemplar al buenazo de Thomé Núñez
baldando iracundo a palos -por entre los robles de Las Callejas, allá
junto al arroyo que cambió de nombre- al rijoso frailuco, al
tiempo que Constanzica, ya repuesta, le saca la lengua y le hace una
higa. Si regresas, y no te quedas como distraído por el enfermizo
siglo XIV; si no te descabalga la hambruna o te lleva con los apagados
cirios boca abajo la famélica puta descarná, rézale
con fervor una salve por todos nosotros a la Virgen de las Fuentes que,
por entonces, aún sería talla niña, arriba, en
su minúscula ermita; no te olvides de echarle una blanca, en
su cepillo-tronco, a la joven adolescente, y ya enrejada, Virgen de
los Arrieros; acompaña a Sanchico en una de sus salidas cetreras,
admira su milano y avísale del peligro que éste corre;
cuéntanos cómo sobrelleva su artrosis degenerativa el
anciano Muño Diago, ya le conoces, el alfaharero que vive cabe
el manso arroyo; si nuestra aldeílla de Graxos ya se ha desenganchado
-¡loados sean los cielos por levantarnos la cabeza y permitirnos
ganárselo a la Calva!- de la dependencia administrativa que la
tiene supeditada al vecino Manjabálago; no te hagas el encontradizo,
amigo mío, con tía Hermógena no sea que te culpe
iracunda de alguna de sus desapariciones; asómate, sí,
con discreción al pequeño laboratorio de tía Canuta
y ofrécele un ramilletito de humildes violetas para las cocciones
de sus colonias; entérate si Thomé Núñez,
el hombre que regresaba de sus viajes con los ojos color de mar y oliendo
a Cantábrico, ya se serenó, y se le pasaron los dolores
de cabeza; averigua: los Infantes de Aragón, ¿qué
se hicieron?; si Thobías se casó con su Othilia, aliviándole
los bajos; Anasthasio sigue tan vinoso, aceptando la sagrada voluntad
del buen Dios; Matheo Marthín persevera tan artista, tan bailongo
y tan dispuesto; si el tío Ubaldo sigue consolando a hurtadillas
a la viuda Gaudiosa; si Orosio, el montero de Manjabálago, de
rastreo tras las corzas, ya encontró a su nueva montera con ojos
limpios de sierra; ¿se arregló al tercer año la
quebradura de la niña Silvina?; si el moço Acisclo, el
de la Engrazia, se fijó en la calentura de la Elvirita; y si,
por fin, las piadosas oraciones de Liberata la Fermosa, en santa conspiración
con el buenazo del padre Hunuldo, han inclinado al joven Policarpo Zarzales
a vestir la loba de clérigo o, bien por el contrario, han hecho
más peso -y decidido más sobre los panzudos platillos
de la romana de sus decisiones, al pie mismo de la sudorosa fragua-
los campaniles soniquetes del pesado martillo aguzando la reja del arado
sobre el duro yunque...
- Acazio, me rindo; ¿cuántas viejas y ovejas iban para
Villavieja?
- Ninguna. Quien iba a Villavieja era yo.
Si, andariego, entras en alguna posada del camino, no busques menú
ninguno que se aderece con diversas viandas y patatas -aún no
habíamos descubierto América para traerlas-, ni, por idéntica
razón, hortalizas donde se destaquen las coloradas mejillas de
los tomates. No extrañes, ni menos receles, de que el chorizo
sea negro: fue en el siglo XVII cuando, al añadirle el pimentón,
adquirió el color rojizo que ahora tiene... ¡Ah!, ni pidas
café a los postres, ni sueñes con echar un cigarrillo:
te quemarían seguramente por ser un nigromante con tratos con
el maligno macho cabrío, un brujo o hereje, por expeler humo
por tus orificios naturales. Sigue los sabios consejos del padre Hunuldo
y, sin mayores aspavientos ni melindres, come cuanto puedas y de todo,
cuando las calvas ocasiones pasen por tu lado. Si a la revuelta de uno
cualesquiera de tus caminos te encuentras necesitado y en apuros, pide
que te socorran por caridad y ¡por huebos!, que es expresión
harto explícita para demostrar tus acuciantes penurias, y muy
honesta y solícita para recabar un eficaz remedio y pronto auxilio
entre el paisanaje de los reinos cristianos.
Adiós, amigo mío y paciente lector. He recogido en estas
páginas los cotidianos quehaceres del entrañable lugar
de los Graxos, tan cuidadosa y delicadamente como la niña recoge
las moras del zarzal. Razonablemente, confío en que, como dicen
los italianos, si no es del todo cierto cuanto aquí has leído
-hasta un noventa por ciento podríamos apostar a que sí
lo fue-, al menos esté pasablemente ambientado y casi bien trovato.
Abochornado, y con sonrojo de vergüenza por tanta incompetencia
demostrada, si ha lugar, te pido humildes disculpas por cuantos bostezos
incontrolados te hayan podido arrancar las páginas de esta breve
sinopsis histórica de nuestros carpetovetónicos antepasados
y... Pero, ¡bueno!: ¿por qué me tendría que
disculpar yo, que sólo pasaba por aquí y ni siquiera soy
de este pueblo? Sí, cierto es que me nombraron hijo adoptivo
del mismo, pero... Para sólo cuatro días de calderilla
que vamos a vivir, y tres de ellos laborables..., ¡dejemos esto,
por tu vida, y brindemos con vino de una sóla oreja, compañero!
- ¡Salud, y hasta el fondo!
- Eso: ¡hasta el mismo fondo del alma, y por el hoyo de las agujas!
- Amén. ¡Que la Virgen de las Fuentes nos reúna
con Ella en el cielo!
Í N D I C E
Prólogo .................................................................................
3
Capítulo I La aldea .................................................................
15
Capítulo II El Señor de behetría .............................................
26
Capítulo III Los campesinos ...................................................
36
Capítulo IV La casa ..................................................................
53
Capítulo V La alimentación ....................................................
72
Capítulo VI Siervos y Artesanos ..............................................
88
Capítulo VII El trabajo diario en el campo ...............................
135
Capítulo VIII Los años especialmente malos ...........................
167
Capítulo IX Las mujeres ...........................................................
187
Capítulo X Los matrimonios ...................................................
237
Capítulo XI Las diversiones .....................................................
273
Capítulo XII La Iglesia ................................................................
288
CRONOLOGÍA CASTELLANO - LEONESA EN EL SIGLO XIV
Aunque suene a cursilada culta para los más leídos,
mi obligación es apuntarlo al menos: Allende el pueblo, más
allá de El Pajarón y El Cruce, en el resto de Castilla
y León, ocurrían cosas como aquestas:
Año Suceso histórico-cultural
1300 Se concluye la tercera redacción de Las Partidas.Los nobles
monopolizan el uso del molino, la fragua o el horno, el a-provechamiento
del monte, el derecho de protección, o el permiso decomprar o
vender antes que sus campesinos.
1302 Se compone la primera novela de caballería en castellano:
El caba-llero Cifar.
1304 Concordia de Ágreda entre los reyes de Castilla y Aragón.La
tregua de Torrellas incorpora el reino de Murcia a Castilla, salvo laparte
situada al norte del río Segura.
1308 Se firma el tratado de Alcalá de Henares: Aragón
se compromete a aliarse a Castilla contra Granada.
1312 Alfonso XI, el Justiciero (porque ajusticiaba), reinará
hasta 1350.Poema de Alfonso Onceno y Libro de miseria de omne.María
de Molina es regente en nombre de su hijo Enrique IV elEmplazado. (1295-1312)
Fallece Fernando IV, en Jaén.
1315 Constitución de la Hermandad General en las Cortes de Burgos.
1321 Fallece en Valladolid María de Molina, reina de Castilla
(1284-1295)Se crea la feria de Medina del Campo.
1325 Alfonso XI, rey de Castilla.
1328 Las cortes de Medina prohíben a los clérigos ejercer
como abogadosy escribanos, ya que se les exige ser seglares.
1332 Álava es incorporada a Castilla.
1335 El infante don Juan Manuel concluye el Libro de los enxiemplos
delconde Lucanor et de Patronio.
1340 Alfonso XI vence a los musulmanes en la batalla del río
Salado.Convierte el santuario de la Virgen de Guadalupe (Cáceres)
en unpriorato monástico dependiente del arzobispado de Toledo.Juan
Ruiz, Arcipreste de Hita, compone su Libro de Buen Amor.
1342 Alfonso XI implanta la alcabala, un impuesto que grava en un 5%
lasVentas que se realizan en Castilla y León.
1343 Sucesión de malas cosechas en Castilla. (1343-1346)
1344 Alfonso XI conquista Algeciras.
1345 Sem Tob termina su traducción de los Preceptos temporales.
1346 Clemente VI aprueba la fundación de la universidad de Valladolid.
1348 La Peste Negra llega a la Península. Promulgación
del Ordena-miento de Alcalá donde se reconoce el Fuero Viejo
de Castilla.Muerte el infante don Juan Manuel, autor de El conde Lucanor.
1350 Batalla de El Salado. Alfonso XI muere víctima de una epidemia
sitiando Gibraltar. Pedro I el Cruel, rey de Castilla. Muere el Arcipres-te
de Hita, autor del Libro de buen amor.Se redacta en castellano el libro
de caballerías Amadís de Gaula.
1351 Cortes de Valladolid: importantes medidas económicas y regulaciónde
precios.
1352 Redacción del Becerro de las Behetrías de Castilla.
1356 Pedro I el Cruel de Castilla declara la guerra al rey Pedro IV
el Cere-monioso de Aragón.Hace construir el Alcázar de
Sevilla, a mediado de este siglo.
1357 Pedro I es proclamado en Lisboa rey de Portugal.La sinagoga del
Tránsito (Toledo) se decora con elementos de tipogranadino.
1363 Paz de Murviedro entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón.Canciller
López de Ayala: Crónica de Pedro I, Rimado de Palacio.
1366 Invasión de Castilla por Enrique de Trastámara y
las CompañíasBlancas de B. Duguesclin. Se proclama rey
en Calahorra.
1367 Enrique II de Trastámara es derrotado en Nájera por
Pedro I el Cruel y las tropas inglesas del Príncipe Negro.
1369 Asesinato de Pedro I en Montiel. Enrique II, el de las Mercedes,asciende
al trono de Castilla.Las Cortes de Toro toman medidas contra vagos,
vagabundos y hol-gazanes.
1370 Pedro López de Ayala compone el Rimado de palacio.
1372 Victoria de la marina de Castilla, formada únicamente por
vascos ymandada por Bocanegra, sobre la inglesa en La Rochelle.
1374 Período de sequías y graves crisis agrarias.
1375 Tratado de Almazán que pone fin a la guerra entre Castilla
y Aragón.
1378 Se inicia el Cisma de Occidente.
1379 Enrique II muere envenenado en Santo Domingo de la Calzada.
1381 Castilla proclama su obediencia al pontífice de Aviñón.
En un mo-mento determinado hay 3 papas en la Iglesia: uno en Roma, otro
en Pisa y otro en Peñíscola = Benedicto XIII, nuestro
Papa Luna.
1385 Juan I es derrotado por los portugueses en Aljubarrota.
1390 Sube al trono de Castilla Enrique III el Doliente, primer herederode
la corona de Castilla que llevó el título de Príncipe
de Asturias.
1392 Se empieza a componer la Danza de la muerte, sátira social.
Personajes ficticios
Abelardo el Piñones, casado con Adosinda la Trenzas; padre de
Elvirita.
Acazio el Tumbarrobles, fiel de Graxos; esposo de Liberata la Fermosa.
Acisclo el Pedolobo, hijo de Engrazia la Martingala y Sabiniano Talloslargos.
Adolfo Ferranz, el Boliches, techador de la casa de Acazio y Liberata.
Adosinda la Trenzas, madre de Elvirita la Pelatordos.
Amalia la Melindres, sufrida mujer de Anasthasio el Huevogüero.
Anasthasio el Huevogüero, bebedor empedernido, casado con Amalia.
Anthón el Ronzales, esposo de Sebasthiana la Mandiles.
Aparizia la Malastripas, madre de Thobías el Cuesco.
Argimiro el Vinoalegre, casado con Candelitas la Mejorana.
Baldomero el Cañahueca, casado con Blasa la Sayalisa.
Balthasara la Mondaorejas, mujer de Juanucho el Vertedera.
Basilia la Combá, casada con Trastemiro el Chapuzas.
Basthián el Rocín, hijo de Forthunato el Girasoles.
Beatriz la Bellota, el amor de Acisclo e hija de Legundia la Trampera.
Blasa la Sayalisa, casada con Baldomero el Cañahueca.
Blasillo el Mangarranas, hijo de Petronila la Perica y Ciriaco el Zurrapas.
Bonifacia la Sopafría, casada con Eustasio el Cascabeles.
Bonifacio el Poyagrande, tahonero del lugar de Manjabálago.
Candelitas la Mejorana, mujer de Argimiro el Vinoalegre.
Canuta la Morteros, curandera del lugar de los Graxos.
Carpazio el Gurriato, marido de Cristeta la Culopera.
Censurio el Rastrojeras, hijo de Gaspara la Piconera y Panthaleón.
Cipriano el Agallón, leñador y solterón de por
vida.
Ciriaco el Zurrapas, casado con Petronila la Perica y padre de Blasillo.
Colasa la Cabriolas, la juglaresa enterrada al pie de La Cruz del Yerro.
Columba la Trotacuestas, madre de Sebasthiana la Mandiles.
Constanza la Cosquillas, mujer de Thomé Núñez el
Venado.
Corvasia la Culera +, mujer de tío Genadio el Torrezno +.
Creszencia la Saltabardas, casada con Matheo Marthín, el carpintero.
Crispín el Tentemozo, solterón de por vida: enamorado
de Elvirita.
Crispina Hernández, alias Bocatriste, casada con Epifanio el
Çenteno.
Críspulo el Maula +, marido de Sisinia la Comadreja.
Cristheta la Culopera, casada con Carpazio el Gurriato, madre de Cipriano.
Cristhóbal el Perolo, hijo de Lorença la Perejila de Fortigosa
de Rioalmar.
Custhodio el Zancaslargas +, casado con Gaudiosa la Empalá.
Dagobertho el Alobao, viudo de Genoveva la Mediavara +
Demetrio el Malospelos, hijo de Gaspara la Piconera y Panthaleón.
Elvirita la Pelatordos, hija de Adosinda la Trenzas, enamorada de Acisclo.
Emerenciana la Torcaza, hija de Gaspara la Piconera y Panthaleón.
Engrazia la Martingala, madre de Acisclo el Pedolobo y viuda de Sabiniano.
Epifanio el Çenteno, casado con Crispina Hernández, la
Bocatriste.
Eufrasia la Castañera, casada con Leopoldo el Tumbaollas +.
Eustaquio el Malasyerbas, casado con Thadea la Renca.
Eustasio el Cascabeles, marido de Bonifacia la Sopafría.
Eutimio el Trepapinos, hijo de Acazio y Liberata.
Eutropio el Comechinches, casado con Columba la Trotacuestas.
Felipillo el Hurón, hijo de Eufrasia la Castañera y Leopoldo
el Tumbaollas.
Firmo +, antiguo párroco del pueblo; se mató en el canto
Quebrantaollas.
Forthunato el Girasoles, padre de Basthián el Roçín.
Fronilde la Morañera, nadie sabe de dónde vino ni el porqué.
Gaspara la Piconera, esposa del carbonero Panthaleón el Tiznao.
Gaudiosa la Empalá, viuda de Custhodio el Zancaslargas +
Genadio el Torrezno +, marido de Corvasia la Culera +.
Genoveva la Mediavara + mujer de Dagoberto y madre de Salomona.
Guiberto el Trancatiesa, casado con Legundia la Trampera.
Gumersindo el Silbamirlos, padre de Orosio el Gorragrande, el montero.
Hermógena la Zarrapastras, mujer de Ubaldo el Candiles.
Higinia la Ropavieja, viuda de Thelesforo el Liendres +.
Hunuldo párroco de Graxos.
Juanucho el Vertedera, casado con Balthasara y hermano de Higinia.
Legundia la Trampera, madre de Beatriz la Bellota, mujer de Guiberto.
Leocricio el Patacomba, casado con Palmira la Baleítos.
Leopoldo el Tumbaollas +, marido de Eufrasia la Castañera.
Liberata la Fermosa, esposa de Acazio el Tumbarrobles.
Liliosa la Cermeña, viuda de Silverio el tío Meaja +,
madre de Othilia.
Lobita la Cachicuerna, estante en una dehesa cercana a Trujillo.
Lorença la Perejila, madre de Cristhóbal el Perolo, de
Fortigosa.
Luzio Xill el Verraco, ermitaño del pequeño santuario
de Las Fuentes.
María la Aleluyas, esposa de Ruperto el Calvalisa y madre de
Sampiro.
Matheo Martín el Serrines, primo de Thoda la Moñoliso
y carpintero.
Mendo don, obispo que confirmó a Acazio.
Momerina +, hija de Acazio y de Liberata.
Muño Diago el Terrero, alfarero de Graxos; el arroyo Muriago
trae su nombre.
Odón el Topinera, hijo de Gaspara la Piconera y Panthaleón.Olegaria
la Mulona, molinera en Fortigosa de Rialmar.
Olivio el Ferrador, herrero +; padre de Trastemiro el Chapuzas, actual
herrero.
Orosio el Gorragrande, montero de Manjabálago; casado con Rosaura
+.
Othilia Martín la Panzabuche, novia de Thobías el Cuesco.
Palmira la Baleítos, mujer de Leocricio el Patacomba.
Panthaleón el Tiznao, carbonero de Graxos, casado con Gaspara
la Piconera.
Parmenia la Abubilla, hija de Gaspara la Piconera y Panthaleón.
Pero Garçés el Revientacabras, solterón de por
vida; hijo de tía Corvasia.
Pero Pérez el Tordo, barbero y sangrador del lugar de los Graxos.
Petronila la Perica, mujer de Ciriaco Zurrapas; padres de Blasillo.
Policarpo el Zarzales, hijo de Acazio y Liberata.
Remigio el Mimbreras +, padre de Liberata la Fermosa.
Restituto el Zorreras, marido de Aparizia la Malastripas, padre de Thobías.
Rosaura la Desmayos, mujer de Orosio el Gorragrande, el montero.
Rufo el tío Tragapanes, manigero por alguna de las dehesas de
Trujillo.
Ruperto el Calvalisa, marido de María la Aleluyas y padre del
Jopozorras.
Sabiniano el Talloslargos +, casado con Engracia la Martingala.
Salomón Ezra, judío, uno de los administradores del Señor
de Guzmán.
Salomona la Gusarapa, criada de Fronilde e hija de Dagoberto el Alobao.
Sampiro el Jopozorras, hijo de María la Aleluyas y Ruperto el
Calvalisa.
Sanchico el Normando, a quien le mataron por envidia su milano.
Sebasthiana la Mandiles, mujer de Anthón el Ronzales.
Segismundo el Arrendajo, hijo de Sisinia y aprendiz de Muño Diago.
Silverio el Meaja +, esposo de Liliosa la Cermeña; padre de Othilia.
Silvina, la niña herniada, hija de Thadea la Renca y de Eustaquio.
Sisinia la Comadreja, viuda de Críspulo el Maula, madre de Segismundo.
Thadea la Renca, madre de Silvina, casada con Eustaquio el Malasyerbas.
Thelesforo el Liendres +, marido de Higinia la Ropavieja.
Thiburzio el de La Horcajada, caporal de las carretas que subían
con la lana.
Thobías el Cuesco, hijo de Aparizia la Malastripas y enamorado
de Othilia.
Thoda la Moñoliso, tía de Acazio y prima de Matheo Martín,
el Serrines.
Thomé Núñez el Venado, marido de Constanza la Cosquillas.
Trastemiro el Chapuzas, herrero de Graxos, casado con Basilia la Combá.
Ubaldo el Candiles, marido de Hermógena la Zarrapastras.
Vicencio el Golondrino, hijo de Gaspara la Piconera y de Panthaleón.
Visario + fallecido al nacer; hijo de Acazio y de Liberata.
Vitaliana la Puntillas, cuñada de Liberata y esposa de Yago el
Colorinches.
Yago el Colorinches +, esposo de Vitaliana la Puntillas y hermano de
Liberata.